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Quien ha visto a
Cristina Castrillo en
Umbral,
quizá no debiera leer
esta entrevista. Creo
que yo misma no habría
insistido tanto en el
diálogo —grabadora
mediante— si el primer
encuentro con ese
espectáculo que no quiso
nunca serlo, le hubiese
precedido. No es su
biografía, insiste. No
obstante, me habría
quedado solo con la
compañía en el Taller,
con las conversaciones
en el parque Vidal de
Santa Clara que en las
tardes parece una foto
fija, como postal de un
pueblo de colonia que
tiñe también al
visitante en su sepia. Y
lo detiene. Será por eso
que le gusta tanto a
Cristina este lugar. En
las mañanas del
Magdalena, comparte un
taller con estudiantes
santaclareños de teatro.
Digo “comparte”, porque
no “imparte” Cristina
cuando los hace
encontrar sus sonidos
propios, íntimos, entre
los ruidos externos:
quizá para que la rutina
de cada tarde en el
parque Vidal les sea
luego más significante.
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El cuerpo de cada uno de
ellos, como el suyo
propio, es su escritura
teatral. “Un mapa —les
dice—, un registro que
se ha ido conformando
con el tiempo”. Por eso,
insisto: prefieran
siempre verla caminar,
hablar, ¿actuar? en ese
“umbral” entre
existencia vital y
teatral que han sido sus
años, desde que en 1970
se entregara a la
fascinación escénica en
uno de los proyectos más
efímeros, arriesgados y
a la vez más
trascendentales de la
historia del teatro
latinoamericano.
¿En qué condiciones se
funda el Libre Teatro
Libre?
¡Son condiciones
ancestrales! El LTL nace
—porque nos conocimos
allí— en el Departamento
de Teatro de la
Universidad Nacional de
Córdoba, Argentina.
Jóvenes, muy jóvenes. La
cátedra de práctica
escénica era de María
Escudero. Fue un período
particularmente
revulsivo, muy
efervescente: fines de
los años 60. Fue un
termo del movimiento
estudiantil
universitario del
momento, a nivel de la
escuela de artes, porque
se trató de propiciar
una serie de
modificaciones en lo que
era la estructura de los
métodos de estudio, del
sistema y todo lo demás
con tan mal resultado
que María fue
prácticamente echada.
Todo lo que poco después
se convirtió en el LTL
era una parte de esos
alumnos. Nació, por
tanto, en un conflicto
institucional, en una
inicial carrera
universitaria que
interrumpimos. Desde el
principio, fuimos
considerados alumnos
peligrosos.
¿Y luego, con la
dictadura…?
La dictadura estuvo
siempre. Argentina, a
partir de 1930, con
alguna excepción tuvo
siempre gobiernos
militares. Lo que sucede
es que se recuerda mucho
más la última dictadura,
que fue muy feroz.
El LTL tuvo una vida muy
corta, pero
absolutamente intensa,
al punto que se volvió
muy importante para lo
que en ese momento era
la escena teatral
latinoamericana.
Vivíamos ya en la
dictadura militar,
esquivando lo que se
podía. Cuando vino la
última, la cosa se
volvió más grave y
decidimos separarnos.
Algunos artistas, sin
embargo, consideran que
los períodos de censura
o represión son
paradójicamente
fructíferos para la
creación, pues ayudan a
buscar nuevos recursos
expresivos…
Es verdad,
absolutamente. Cualquier
situación de dificultad,
el artista la convierte
en un incentivo para
poder sobrevivir,
convirtiendo también su
creación en un espacio
para la supervivencia.
Sin embargo, en aquel
momento no nos bastaba:
se trataba de salvar la
vida. No era solamente
asumir un rigor de ese
tipo para enriquecer la
creación: nos iban a
matar si no nos íbamos.
¿Qué le sucede a un
teatrista, Cristina,
cuando tiene que dejar
su país e irse a hacer
teatro a uno tan
diferente, como lo es
Suiza de Argentina?
Cuando empecé y cuando
terminé la experiencia
del LTL, yo era muy
joven. Una vez que
decidimos separarnos,
decidí que después de
haberla vivido quería
estar sola: aquella
había sido una
inmensidad para mí. Ese
período de soledad, que
duró cinco o seis años y
coincidió con el exilio,
fue lo que considero mi
mejor ejercicio de
sobrevivencia y a la vez
mi mejor ejercicio de
potenciar el instrumento
con el que trabajo y mi
manera de hacer teatro.
Nunca pensé que mi
arraigo fuera la
Argentina, ni siquiera
cuando vivía allí;
aunque sí es verdad que
sufrí mucho cuando me
fui. Siempre pensé que
yo tenía la especial
necesidad de estar
siempre en contacto con
otras realidades, con
otras maneras de
entender la creación y
especialmente la vida,
porque la creación era
el territorio de mi
individualidad y lo
tenía que definir. Por
un lado, el exilio y la
soledad fueron muy
duros, pero al mismo
tiempo fue una manera de
construir esa relación
con un mundo que me
parecía vasto, enorme,
terrible, pero del cual
yo era parte.
Puedo vivir en muchos
lugares, he vivido en
tantos lugares y siento
nostalgia por tantos
lugares, que por eso voy
a ser siempre una
extranjera.
¿Por eso le interesa
tanto la memoria, como
material?
Sí, es posible, aunque
de todas maneras ya esa
inquietud estaba en mí.
Al inicio, no obstante,
estas cosas son tan
incipientes, como
especie de intuiciones…
son sensaciones de las
cosas, antes de volverse
sistemas de trabajo.
Pero esa sensación de
las cosas es la que
vale, porque es la que
se vuelve luego una
brújula y te orienta, la
que te lleva y no te
hace ceder, la que te
hace equivocarte,
levantarte y volver.
Entonces, sí, creo que
más que el exilio, mi
interés por la memoria
viene de esa sensación
de desarraigo, de esa
sensación de pérdida de
las cosas. Y está muy
unido a la secuela de
pérdidas en mi vida: ya
las tuve mucho antes del
exilio. De alguna
manera, se unieron las
dos cosas.
La memoria es la riqueza
que tenemos y
probablemente todo lo
que a mí me interesa,
desde el punto de vista
teatral, está unido a la
memoria no como concepto
autobiográfico, sino
como instrumento para la
creación. Es siempre
recuperar aquello que
perdimos pero que quedó
grabado en nosotros y
puede manifestarse de
maneras diferentes. De
alguna manera, sí, el
destierro lo acentuó.
Usted ha desarrollado,
paralelamente, una
vocación pedagógica muy
fuerte…
Me lo han dicho varias
veces; pero no lo sé, de
verdad. Soy una persona
muy cauta y solitaria.
Paso mucho tiempo
conmigo misma,
trabajando. Cuando
empecé a tratar de
transmitir, a tratar de
acompañar a los demás en
el trabajo, siempre me
dije: espero tener la
capacidad de darme
cuenta de si puedo
hacerlo, porque me
fastidia la gente que
hace laboratorios y
talleres solo porque
aprendió tres chucherías.
El hecho de que uno haya
aprendido mucho o poco,
no significa que uno
tiene los instrumentos
para transmitirlo.
Siempre me hacen esa
pregunta porque de
alguna manera se me
demostró que algo de lo
que he intentado
transmitir ha quedado en
las personas, y quedaba
mucho más allá de haber
hecho un taller o un
espectáculo: quedaba
como ser humano. Dije:
pues tal vez debo
hacerlo.
Y lo ha hecho de una
manera particular:
siento, por la
experiencia del taller,
que para usted la
pedagogía no es
corrección…
No es que no lo haga
nunca, pero creo más en
la pedagogía como
proceso. Hay maneras de
hacer entender: una, en
la que te cuento la
lección, la aprendes y
tratas de reproducirla;
otra, que consiste en
vivir los procesos y en
esa manera de vivir, vas
construyendo. Sé que un
maestro, en realidad, no
puede hacer más que
acompañarte al
descubrimiento de lo que
tú eres. Un maestro no
te puede enseñar en
términos absolutamente
literales: si lo
hiciera, estaría
construyendo fotocopias
de sí mismo. Un maestro
tiene que tener presente
que ese individuo tiene
cosas que él no tiene,
que ese individuo tiene
que descubrir cosas de
sí mismo que no sabe:
cuando las descubra,
sabrá lo que quiere
hacer y cómo. Esa ha
sido mi función.
En el taller, al final,
los muchachos le
preguntaban por Fito
Páez y le hablaban a
usted de Pablo Milanés.
Cuando los dejamos en el
salón, usted me contaba
lo mucho que eso la
había inspirado, sobre
la capacidad de cierto
arte y de ciertos
artistas para unir
generaciones. ¿Cree que
algo une a las
generaciones teatrales?
¿Cree que algo une a
Cristina Castrillo con
los jóvenes que hacen
teatro hoy en Argentina,
por ejemplo?
Ya no me planteo si la
creación sucede en
Argentina o en Colombia
o en África. Lo que me
une a las generaciones
precedentes es muy
personal: nunca tuve
maestros directos y es
un elemento
determinante. Me inventé
el oficio. Por un lado,
esta falta de
referencias puede ser un
handicap
terrible; por otro,
también es terrible
porque te da una
libertad frente a las
cosas donde solo tú
tienes la
responsabilidad de
decidir caminos, maneras
de apoyar tu creación. A
veces es más fácil que
alguien lo haga por ti y
tú solo caminas. Lo que
sí es cierto es que me
siento profundamente
unida a una tradición
que nunca conocí. Hay
cierta literatura,
filmes, personas… y no
solamente teatristas,
que de alguna manera
formaron mi manera de
hacer, aunque la
concreté trabajando
conmigo misma. En el
bien o en el mal,
equivocado o no.
Por eso me interesa
tanto la formación de
cada teatrista
individual, con sus
necesidades y su
memoria. Tengo una
estructura de actores
que llamo de acuerdo a
los proyectos: de todas
las generaciones. Es
fantástico porque
trabajar con los jóvenes
es una manera de ponerme
delante de esa juventud;
trabajar con quienes
tienen mi edad, me pone
en la coyuntura de un
tipo de sensaciones que
de alguna manera me
involucran. Tengo la
impresión de que me
siento unida a una
tradición subterránea,
una tradición que en el
mundo teatral tiene que
ver con los actores y
sobre todo con quienes
sudan, buscan, inventan,
se equivocan y vuelven a
empezar.
¿Lo hecho por mujeres,
qué lugar ocupa? Tengo
la impresión de que el
Magdalena le interesa a
Cristina Castrillo no
precisamente por la
condición femenina del
hacer, sino por la
propia memoria que aquí
se comparte, por el
carácter
indiscutiblemente
pedagógico de su
estructura…
Magdalena es mi casa y
una referencia
importante. He tenido la
suerte de estar presente
en muchas ediciones. No
es mi rol el de Jill, el
de Julia o el de Geddy
—fundadoras del
proyecto—; pero esa
posibilidad de estar
aquí es parte de mi
tradición, de mi cultura
y mi visión de las
cosas. Y tienes toda la
razón: me interesa el
Magdalena porque es lo
que más se acerca hoy a
lo que originariamente
fue en América Latina la
cultura de grupo, una
manera de construir
encuentros, de
confrontación diferente.
Es una identidad que
difícilmente se borrará
de mí. El Magdalena es
como mi pecera: me
identifico con él no
porque su objetivo sea
el trabajo teatral de
las mujeres. Me
identifico con el
Magdalena en tanto
manera de enfrentar la
vida, como estructura,
como manera de respetar
las culturas, la
diversidad de las
creaciones. Claro que me
interesa que la mujer
tenga una presencia;
pero ciertamente me
interesa más esto.
¿Qué es Umbral,
Cristina?
Umbral…
Hago un trabajo para mí,
de vez en cuando. Soy
actriz y he construido
el trabajo con los
actores a partir de mí
misma. Me gusta más la
dirección; pero de vez
en cuando necesito
recogerme en mí para
reflexionar. Umbral
muestra —casi sin
quererlo, porque yo
pensaba que sería solo
un trabajo demostrativo—
la manera en la cual
trabajo…
Usted dice que no quería
hacer un espectáculo;
pero ya son más de 200
presentaciones…
Umbral
te cuenta y te hace. Es
una manera de contar
cómo uno se inventó este
oficio y a dónde lo ha
hecho llevar.
Cuénteme sobre Crack,
el otro espectáculo que
trajo a Santa Clara,
esta vez como grupo.
Crack,
como cada uno de
nuestros espectáculos,
tiene procesos e
historias muy
diferentes. Es un poco
sobre la manera en que
uno mismo puede estar a
veces sobre el límite de
una cosa y hay que
recomponerse; dice que
no hay que tener
vergüenza en hacer
“crack”, ni los
superhombres ni las
supermujeres. Crack
es el espectáculo de la
fragilidad. Tiene mucho
que ver con que a veces
no sabemos cómo
colocarnos… incluso
gente muy joven a veces
no sabe cómo colocarse
en un mundo como este,
con tan poca verdad
interior. Ni yo misma lo
sé ya…
En el taller, usted y
Bruna concentraron
algunos ejercicios en
hacerles encontrar a los
alumnos sus propios
sonidos, entre los
ruidos externos. ¿Cuál
es el sonido interior de
Cristina, entre tanto
teatro y ruido de la
vida?
El silencio. Es el
sonido que más prefiero.
¿Incluso aquel que sobre
el escenario es capaz de
hacer visible lo
invisible, a los ojos
del espectador…?
Todo el silencio,
incluso ese. Tiene que
ver mucho conmigo: como
las palabras
“resistencia”,
“desarraigo”, “memoria”.
Tal vez porque el
silencio es el espacio
del pensamiento… Y de
los sueños. |