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“El teatro no debe nunca
volverse retórica —les
dice una maestra
colombiana a sus alumnos
en Santa Clara—, el
texto es solo lo que
necesitamos decir. Un
grupo es el mediador
entre la obra de arte y
la sociedad. Lo más
fácil es complacer a esa
sociedad, hacerla reír y
sufrir, que también es
un goce; pero eso mejor
dejémoslo a las
telenovelas, no es
teatro. Al menos, no es
el teatro en el que
creo: el arte crítico,
esa utopía que no nos
deja descansar y que
siempre vemos como un
imposible. Es la única
posibilidad de
trascender la escena, de
transgredir. Si no lo
hiciéramos, si
pudiésemos alcanzar ese
teatro todos los días,
simplemente haríamos la
función y nos iríamos
luego a dormir como
bebés”.
Cuando Patricia Ariza
tiene a su cargo un
Taller, pareciera que el
pálpito transformador
del mundo entero
concentra sus mayores
fuerzas en la escena. Y
no solo en lo que al
ámbito artístico se
refiere. A quienes hemos
tenido la suerte de
conocerla, de presenciar
sus demostraciones de
trabajo o de asistir a
sus clases, las
“alucinaciones
terrenales” de la
fundadora de La
Candelaria alimentan una
vieja suposición: el
teatro es política, el
teatro es conciencia, el
teatro es plenitud. Y
quienes así lo habitan
comparten una estirpe
que ha de reproducirse
en miles o los próximos
decenios conocerán un
teatro ajeno a las
pulsaciones sociales,
teatro-artificio: arte
muerto.
La Candelaria se funda
en Colombia, en 1966.
¿Cómo se sentía el hacer
teatral en la
Latinoamérica de fines
de los 60?
La Candelaria, en este
2011, cumplirá 45 años.
Es un grupo emblemático
porque es el primer
teatro independiente que
se funda en Colombia y
sobrevive como grupo
estable, con una
dramaturgia propia, con
un repertorio, con una
metodología y con un
público, con una sala
propia. Todo este tiempo
ha sido difícil porque
tanto los medios como el
estado han abandonado el
teatro, especialmente el
teatro de arte, crítico;
pero un grupo como La
Candelaria sobrevive
porque forma parte de
una memoria colectiva
muy amplia, porque está
como incrustado en la
vida cultural del país y
del continente.
Comenzar esta aventura
en aquella década fue
crucial. Hacer teatro en
los 60-70, en América
Latina, era un fenómeno.
Antes se hacía solo un
teatro costumbrista,
eventual; pero ya por
esa fecha Santiago
García y Enrique habían
comenzado la aventura de
un teatro más
contemporáneo, de grupo,
más arriesgado y cuyos
impulsos, creo,
sobreviven en cierta
zona de la creación del
continente.
¿El hecho de ser un
grupo que ha apostado
siempre por la creación
colectiva ha marcado la
propuesta y la
permanencia de La
Candelaria?
Totalmente. Uno no
podría pensar nunca en
La Candelaria como un
espacio solamente, sino
como un grupo. Para mí,
que soy cofundadora, son
una sola cosa la
creación colectiva, el
grupo y el espacio
físico donde trabajamos.
¿Concibe usted que pueda
estar el teatro, alguna
vez, ajeno al pulso
social?
No creo. Incluso, a
partir de la historia
del teatro uno puede
analizar hasta la
situación económica y
política de la sociedad,
en un momento
determinado. Un buen
antropólogo toma las
piezas y ahí está la
historia de la
humanidad. Es imposible
no hacerlo… aunque hay
gente que lo intenta.
Algunos, de manera
consciente y compleja,
mantenemos esa relación
con la sociedad
entendiendo que la
política es una práctica
distinta a la artística
y que en la medida que
se entiendan distintas
deben ser muy
solidarias.
Desde el momento que un
actor está sobre el
escenario y un
espectador toma asiento,
creo que se ha producido
—además de un hecho
teatral— un acto
político. ¿Lo cree
usted?
El teatro solo sucede
cuando hay esos dos
elementos. Y desde el
punto de vista de la
macropolítica, sí, todo
es político. Ahora:
podemos analizar el
teatro desde “lo
político”, en términos
filosóficos, no desde
“la política”
circunstancial.
Para muchos ha sido un
medio de comunicación
fundamental. Incluso,
hay quienes ubican en el
teatro latinoamericano
los orígenes de ese
concepto tan de moda en
los últimos años:
“comunicación
alternativa”, en el
sentido de la práctica
contrahegemónica…
La creación colectiva es
como una actitud. Y
aunque también es una
metodología, no puede
reducirse a eso: es una
actitud de creer que se
puede crear con el otro
y con la otra. Es
transgresora de los
tiempos en que vivimos,
donde se ha heredado la
idea de que el arte es
privilegio de iniciados,
generalmente hombres, de
que el arte es
individualista, como un
hecho sacerdotal,
alejado de la realidad y
de las mujeres.
Claro que no solo
colectivamente se puede
crear, grandes pintores
y escritores han hecho
grandes obras en su
soledad. Ahora, en el
caso del teatro, creo
profundamente en la
creación colectiva y en
el pensamiento que se
genera alrededor. Eso es
comunicación y,
ciertamente, nos ha
servido en el continente
para comunicar ideas que
no tenían cabida en
otros espacios.
Patricia, si algo hace
del Magdalena un espacio
trascendental —en el
sentido más íntimo,
personal— es que, además
de constituir un espacio
pedagógico como pocos,
quien acude tiene la
posibilidad de convivir
durante días con mujeres
con una confianza en el
teatro a prueba de
balas... literalmente.
[Ríe]
¿Percibe en los jóvenes
teatristas algo de ese
espíritu?
Los jóvenes están
también muy permeados
por la sociedad
dominante. Nosotros en
Colombia trabajamos con
jóvenes de la periferia,
por ejemplo, hombres y
mujeres que hacen rap.
Con ellos nos
comunicamos
perfectamente y, cuando
vamos a ver por qué, es
precisamente porque
ellos también crean y se
expresan colectivamente.
Es natural a los seres
humanos crear lo que se
llama las nuevas tribus:
es como la necesidad de
juntarse para trasgredir.
Así son más fuertes.
No obstante, es difícil
transmitir toda esta
experiencia a los
jóvenes teatristas
porque no tenemos los
medios para publicar lo
suficiente. Lo hacemos
por los escasos medios
con que contamos; pero
la hegemonía de los
medios de comunicación
en el arte es brutal. En
Colombia, por ejemplo,
como en casi todos los
países latinoamericanos
que conozco, el
monopolio de los medios
de comunicación
privilegia el teatro
comercial, la farándula
y luchar contra eso es
durísimo. Como lo es
mantener un teatro
crítico, de arte.
En el taller, usted les
decía a los alumnos que
el teatro no está para
resolver problemas, pero
al menos sí para
plantearlos. Recordaba,
mientras la escuchaba,
ideas similares de un
escritor cubano que
confía también en que la
literatura debe tomar de
la mano a las personas y
arrastrarlas a lo más
profundo de los
conflictos. No obstante,
¿cabe en el arte la
posibilidad de ofrecer
alguna salida?
Más que guiar a las
personas —idea que me
suena un poco misionera—
el arte puede develar
esas soluciones. Es como
abrir huecos a una
realidad que permanece
tapada. Me gusta usar el
término subterráneo: es
como viajar por el
espacio subterráneo de
la sociedad. Los
artistas no somos más
sabios que otra gente,
lo que sucede es que
trabajamos con
diferentes herramientas
que nos permiten
expresar la realidad de
otras maneras. Y en
teatro, las expresamos
de forma distinta a como
lo hace un músico o un
pintor. Cuando la gente
ve la obra de arte,
reconoce otra realidad.
Así puede comprender que
las cosas pueden ser
distintas.
Tal vez me estoy dejando
llevar por mis
preferencias; pero creo
que de entre las
manifestaciones
artísticas, en el teatro
se conserva la tradición
más fuerte de
resistencia, de espíritu
transgresor…
Cierto… ¡bueno,
revelemos todos nuestras
preferencias! [Ríe].
Pero no sucede en todos
los teatros. Aunque no
nos guste admitirlo,
prevalece el teatro
complaciente, comercial.
Hablemos entonces del
teatro de arte… ¡Perdón,
de eso estamos hablando
desde que empezamos!
¿No?
El tema de la mujer
persiste, en esa
tradición, como uno de
los asideros de la
creación teatral. ¿Por
qué cree que suceda?
Porque las mujeres somos
más de la mitad de la
humanidad y estamos
excluidas en un universo
jerárquico, vertical.
Algunos piensan que el
arte es un terreno
sagrado donde no existe
el género, que lo
importante es la obra de
arte sea hecha por un
hombre o por una mujer.
Y eso es muy relativo.
Los roles tradicionales,
el patriarcado, influyen
culturalmente en todas
las prácticas humanas:
la familia, los sistemas
sociales… todo. El arte
no se escapa a eso. Hay
grandes obras maestras
que reproducen la lógica
patriarcal: mujeres
bonitas, sumisas,
silenciosas, siempre
esperando. El arte sirve
también para entender la
mirada de una
determinada época sobre
las mujeres. Dicen
algunos que el arte es
puro y limpio, como si
pudiera existir alguna
práctica humana
descontaminada de los
roles que la humanidad
nos ha impuesto a cada
uno de los géneros, no
solo a las mujeres.
Roles que, incluso, nos
alienan.
Hay teatro hecho por
mujeres que reproduce
los mismos modos
patriarcales…
¡Seguro! Aun las mujeres
que luchamos por un
mundo más justo, a veces
nos sorprendemos a
nosotras mismas
asumiendo modos
patriarcales. Lucho de
manera consciente e
inconsciente; pero se
necesitan generaciones
para lograrlo.
Magdalena es parte de
esa lucha. Sin embargo,
está fuertemente
sostenido en los hombros
de sus fundadoras: Jill,
Geddy, Julia, usted
misma, que inspiran cada
encuentro. ¿Cómo hacer
que perdure, que exista
para acompañar todo ese
tránsito que requiere la
humanidad para superar
ese pensamiento
patriarcal en la
creación artística y en
la reproducción de la
vida?
Hoy, es difícil hacer
que el arte crítico y el
pensamiento que se
genera a su alrededor
persistan de generación
en generación, porque
los medios nos alejan
cada vez más. No
obstante, es posible
porque todo lo que
construimos queda en la
memoria colectiva, a
través de los talleres
que hacemos. Es muy
difícil ya borrar
Magdalena, aun cuando
todas estas mujeres
desaparezcamos. Queda
porque es creación
colectiva. El
pensamiento, como la
energía, no muere: se
transforma.
Lo bueno del Magdalena
es que no tiene
teléfonos ni
directorios. Uno se
comunica con esta
familia no porque haya
alguna autorización para
que las mujeres podamos
ser Magdalenas: soy y me
siento Magdalena porque
sí. Por supuesto,
tampoco hay estatutos ni
jerarquías
tradicionales,
verticales.
La gente, en el mundo,
se asocia de dos
maneras: unos,
verticalmente; otros,
horizontalmente, a
través del vínculo. Eso
es Magdalena, vínculos
en varios planos: en los
afectos, en el teatro y
en la necesidad de abrir
espacios a las mujeres.
Realmente, no los
tenemos, aunque lo
creamos. Hace demasiados
años que taladramos la
piedra, pero son
insuficientes. Acabo de
leer que solo en lo que
se relaciona con la
propiedad de la tierra,
apenas el uno por ciento
de la superficie del
planeta les pertenece a
mujeres. Cuando uno
escucha eso, sabe que
solo puede ser
contestado con imágenes
trasgresoras y
encuentros como este.
Hace unos años, a Cuba
llegaron ecos de
acusaciones que los
medios de su país hacían
en su contra: “hippie”,
“guerrillera”. ¿Qué le
interesa a Patricia
Ariza decir desde los
escenarios? Sabemos que
en su vida son
múltiples…
Cierto: tengo muchos
escenarios. Soy
activista política,
artista; mis escenarios
son el teatro, el arte y
el feminismo. Siempre la
mesa está coja por
alguna pata: cuando
estoy entre los
compañeros de izquierda,
me acusan de ser
feminista; cuando estoy
entre mujeres,
feministas, me canso
porque no se preocupan
por el problema social
sino por el género;
cuando estoy entre los
artistas, igual, puedo
sentirme incompleta.
Encontrar un sitio donde
las tres cosas
coexistan, es difícil. Y
en esa búsqueda está el
sentido de mi vida.
Soy sobreviviente de un
movimiento llamado la
Unión Patriótica, un
movimiento colombiano
que intentó hacer la paz
con la guerrilla y el
gobierno. Hablo de
mediados de los 80.
Asesinaron a todos los
militantes. En este
momento, trabajo con una
ONG que ha hecho la
denuncia y tiene miles
de casos registrados.
Fue un politicidio. Soy
fundadora de ese
movimiento y es una
marca, me duele esa
herida. Creo que no
quisieron matarme,
aunque tuve una
protección durante
cuatro años de mi vida:
una época dolorosa pero
rica. Eso fue hace
tantos años que pensé
que había pasado; pero
hace dos años salieron
otra vez con un
expediente: me acusaban
de tener vínculos con la
guerrilla y me
endilgaban los
antecedentes más
ridículos que te puedes
imaginar. Mis
antecedentes eran hippie
y nadaísta, cosas de las
que, además, me siento
muy honrada. No
obstante, la actitud
solidaria de las
personas y,
especialmente, de las
personas de teatro del
mundo, fue tan grande,
que se arrepintieron y
me dejaron en paz.
No obstante, eso ha
tenido serias
repercusiones en el
trabajo del grupo: el
Ministerio de Relaciones
Exteriores de Colombia
tiene un portafolio de
teatro colombiano, donde
tiene registrados grupos
del país, que envían al
exterior para que sean
conocidos e invitados a
festivales. En ese
portafolio no está La
Candelaria, aun cuando
sea un grupo emblemático
del teatro colombiano. Y
lo estoy peleando.
Cuba me ayudó mucho.
Cuando estaba en la
Unión Patriótica y
amenazaron a mi hija,
por entonces de 13 años,
Cuba la recibió de
inmediato, la protegió.
Y yo no tenía un
centavo. Me unen nexos
afectivos muy fuertes a
este país.
Julia Varley dice que
cada mujer viene a
Magdalena por una
búsqueda personal. Entre
tantas mujeres que
incluso han venido al
festival a expresar sus
miedos o sus fortalezas,
a través del teatro o de
la simple fraternización
que el Magdalena también
contempla, uno la mira a
usted, mira a Geddy, a
Julia, a Cristina, a
Jill, con esa gran
experiencia feminista,
política, artística,
humana… y uno siente que
“son” —como decía hace
un rato una joven
mexicana—seres humanos
de una completez
extraordinaria. Y
sabemos que no ha sido
de la nada, sus
historias individuales
dan cuenta de ello. ¿Qué
les dirías a esas
jóvenes que contra todo
tipo de obstáculos —la
amenaza de muerte,
incluso— luchan por
hacer un Magdalena en un
país tan corrosivo para
la mujer como México o
en una India que se
prepara para asumir este
año la prostitución como
un trabajo legal,
moralmente aceptado por
la institucionalidad de
la nación?
Primero, pienso
seriamente que el miedo
debería ser uno de los
derechos humanos. Yo
misma he vivido con
mucho miedo, durante
largos años; pero era un
miedo distinto: una
forma muy patriarcal de
asumirlo, me enfermé por
intentar superarlo a
toda costa. Cuando no lo
puedes mostrar, el miedo
es una enfermedad
incurable y
degenerativa.
Las mujeres, en ese
sentido, somos valientes
porque somos capaces de
gritarlo. Los hombres no
lo hacen porque la
cultura patriarcal se
los impide, pero también
lo sienten. En aquella
época de mi juventud, no
pensaba como ahora y me
levantaba todos los días
—con los guardaespaldas
esperándome para salir
conmigo a la calle—
repitiéndome: “no tengo
miedo”. Pero el miedo
viaja, se expresa de
muchas maneras y tienes
que dejarlo ser.
Nunca cuento esto, pero
lo voy a contar ahora
porque, por lo general,
entre las mujeres nos
contamos todo [ríe]: en
aquella época, yo hacía
cosas como tomarme unos
tragos cuando me dejaban
los escoltas en la casa.
Una vez que estuve sola,
cogí el revólver, me
quité el chaleco
antibalas y salí a la
calle a ver quién me
quería matar. El valor
es una forma del miedo:
aquello no era valor,
era locura. Lo hice dos
veces porque no
aguantaba más la zozobra
y la amenaza, me
ahogaba. En una de esas
salidas, entré a un bar
y allí estaban mis
escoltas… ¡me senté con
ellos a tomar unas
cervezas! Ese es el
miedo legítimo: el que
se convierte en fuerza.
Desde el teatro, hay
muchas maneras de
manejar el miedo. El
performance me ha
ayudado mucho en eso. En
Colombia, estamos
trabajando en
performances masivos
donde nos unimos las
artistas, las
teatristas, con las
mujeres víctimas de
explotación. Hace poco
hicimos una en la Plaza
Bolívar. Estuvieron unas
300 mujeres, de las
cuales la gran mayoría
eran sobrevivientes de
la Unión Patriótica.
Buscamos lenguajes
colectivos, habitamos la
Plaza de otra manera.
Como artista, ¿cree que
tiene capacidades
particulares de
transmitir fuerza a
quienes no lo son?
Y a la política. Hay que
volver polifónico el
lenguaje: el discurso
político, por sí solo,
no basta siquiera para
entender la realidad. Lo
valoro y lo respeto,
pero es un discurso muy
patriarcal. Necesitamos
otros discursos o al
menos nutrir unos con
otros: con el del
feminismo, el del arte…
Han surgido nuevas
ciudadanías, han
emergido en el
imaginario contemporáneo
aun cuando estaban hace
siglos: el pensamiento
indígena, por ejemplo.
De ahí la importancia de
unirnos y respetarnos,
teniendo en cuenta que
todos son discursos en
proceso. |