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Magdalena Project
nace en Gales, Reino
Unido, en 1986. Está
cumpliendo este año su
aniversario 25. Su
fundadora,
Jill
Greenhalgh, quería
calmar el ímpetu de su
rabia creando un espacio
donde la voz de las
mujeres de teatro
pudiese sentirse
protegida. No se trata
de una secta ni estamos
hablando de una
asociación con
presidenta, oficina,
productoras y autos en
los que moverse de
reunión en reunión.
Magdalena Project
trabaja como una red, un
tejido que se reproduce
por la voluntad de estar
y participar, y que con
algunas reglas no
escritas, promueve,
protege y abre espacios
de encuentro y debate
sobre el teatro
contemporáneo hecho por
mujeres en diversas
partes del mundo.
La fuerza de
Magdalena Project está
en esa estructura de
red, que funciona con
autonomía y permite que
los encuentros se
multipliquen y se abran
a las urgencias y
necesidades de cada
lugar donde ocurren.
Después de 25 años,
Magdalena Project se ha
convertido en una red
muy fuerte, donde las
preguntas sobre el
oficio y la invención de
un lenguaje para abordar
la naturaleza de los
procesos son aspectos
priorizados y temas que
se deben enfrentar.
El
centro de Magdalena
Project está en el
trabajo teatral, en la
diversidad de miradas
artísticas y propuestas
de indagación sobre el
lenguaje, también en las
relaciones de
transparencia entre el
oficio y los contextos
en que se producen, así
como en la capacidad
para generar acciones
desde el universo del
teatro hecho por
mujeres.
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Magdalena Project
insiste en la necesidad
de que las mujeres del
teatro construyan sus
propios discursos y
encuentren el lenguaje
particular para nombrar
los procesos que van
tejiendo a lo largo de
su experiencia. La
transmisión de esa
experiencia y los
modelos pedagógicos
alternativos, junto con
el modo específico de
reunión para producir
espectáculos son otra
zona de interés de
Magdalena Project, que
junto con experiencias
artísticas ya
reconocidas y de
prestigio a nivel
internacional, trabaja
con las más jóvenes
creando relaciones de
intercambio que no
quieren reproducir
jerarquías, sino
propiciar un diálogo
movilizador, un amparo
artístico que estimule
el crecimiento personal
de las que comienzan el
camino del teatro.
Los encuentros de
Magdalena Project se
diseñan con autonomía
por las que dirigen cada
convocatoria. Por lo
general, se hacen
programaciones de
espectáculos,
conversatorios, talleres
y demostraciones de
trabajo según decidan
sus organizadoras. Pero
cada propuesta lleva el
sello de una estructura
interesada en priorizar
alguna zona de interés
dentro del campo del
oficio o algún tema
social asociado a las
condiciones de vida
concretas de las que en
cada lugar hacen su
teatro.
Lo importante es
poder crear estructuras
de verdadero diálogo, un
espacio de tiempo que
permita realmente
confrontar y visibilizar
el trabajo realizado por
diferentes mujeres, y
hacer que esas
diferencias de texturas,
ritmos, intensidades,
cualidades energéticas y
necesidades de
expresión, encuentren
una zona franca para
poder mostrarse y
dialogar sin una censura
previa, sin el
establecimiento de una
jerarquía que como
ocurre en el mundo
conocido decide qué vale
más o vale menos, dónde
hay verdad y dónde no.
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En enero del año
2005 realizamos la
primera convocatoria de
Magdalena Sin Fronteras
en Santa Clara. La
decisión de hacer en
Cuba un encuentro de esa
magnitud me pareció un
sueño y una posibilidad
retadora. Siempre me he
sentido atraída por
crear espacios de
participación donde
poder compartir un modo
diferente para dialogar
y confrontar
experiencias. Diseñar
estructuras de encuentro
que desde su propio
diseño contengan una
propuesta de
participación y obliguen
de forma natural a
discutir en una zona
franca, una zona donde
no hay jueces ni sabios,
una zona de
horizontalidad donde al
decir de Borges no
importa de qué boca sale
la verdad, una zona que
al igual que Magdalena
Project proteja la voz
de los que no tienen voz
y haga circular la
información, la
historia, las
referencias de un modo
de hacer que huye del
pensamiento establecido
para adentrarse a través
del trabajo concreto, en
otras formas de relación
y de lenguaje. La
búsqueda de una mirada
descolonizada, una forma
de concebir la vida del
oficio que huye de la
banalidad, del
oportunismo y el marasmo
artístico, y que también
puede reconocer en lo
diferente, en lo otro,
una alternativa, una
posibilidad de ser.
Alejarse de zonas
trilladas es siempre muy
difícil, reconocer cómo
se esconde lo superfluo
tras una máscara de
supuesta actitud
transgresora, lo podrido
detrás de lo maduro, lo
malsano detrás de lo
juvenil, lo disparatado
detrás de lo
establecido, todo ese
marasmo se vuelve un
caos que hace muy
complejo el acto de
organizar encuentros
donde podamos hablar sin
trampas, es decir,
mostrar lo que hacemos,
lo que queremos hacer
detrás de las acciones,
lo que intentamos fijar
en imágenes, lo que
soñamos hacer imaginar o
vivir a otros. Pero es
absolutamente necesario
tejer espacios así. Por
eso desde el año 2005
dirijo Magdalena Sin
Fronteras con mi equipo
de trabajo, el Estudio
Teatral de Santa Clara.
Es un encuentro asociado
a la red Magdalena
Project, que ha
realizado tres
ediciones, y que con
carácter trianual
realizamos en la ciudad
de Santa Clara siempre
entre el 8 y el 18 de
enero.
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Hay muchas
razones que podrían
justificar un encuentro
como este. Santa Clara,
desde la periferia, pasa
a ser centro teatral por
el peso de una
programación que reúne
en diferentes salas de
la ciudad espectáculos y
demostraciones de
trabajos, videos y
performances,
intervenciones en
espacios de interés
social, conferencias,
talleres. El peso
pedagógico de los
Talleres liderados por
maestras de la escena
mundial, actrices y
directoras de una amplia
y reconocida trayectoria
en el teatro
contemporáneo, muchas de
ellas integrantes de
grupos míticos del
teatro latinoamericano y
europeo, permite
compartir y sembrar
referencias, plantar un
debate sobre modelos de
formación y procesos de
invención, el trasiego
de una sabiduría que,
puesta en espacio,
permite el conocimiento
de otras vías de
creación, permite la
apertura hacia nuevas
interrogantes, permite
estimular zonas dormidas
o enmudecer gritos
vacíos de sentido,
permite una batalla
técnica y conceptual, y
sobre todo, la
posibilidad de sembrar
la inquietud, la
curiosidad, la capacidad
de hacerse preguntas y
buscar respuestas
personales pero siempre
a través del trabajo
concreto, a través de
acciones precisas que
tienen que llevar la
marca de nuestra entrega
y sacrificio personal.
Magdalena Sin Fronteras
ha creado y defendido
esa zona franca de la
que antes hablé. Por
diez días la ciudad se
vuelve un hervidero de
teatro protagonizado por
mujeres, y cada vez con
más fuerza hemos logrado
que el diálogo
horizontal devuelva a
las que participan una
experiencia útil en su
vida profesional; a
veces, sin quererlo,
también en su vida
personal.
Inmersa en la
tercera edición de este
encuentro, que en los
instantes en que escribo
está a punto de
culminar, pienso qué es
lo que más me empuja a
sostener un evento así.
Quisiera encontrar una
imagen que me ayudara a
definirlo, una imagen
que pudiese nombrar su
complejidad y su
fragilidad, lo que lo
hace furiosamente
necesario y lo que me
hace defenderlo a pesar
de la carga de trabajo
que implica o las
dificultades que nos
impone. Seguramente
tiene que ver con la
protección de mi grupo y
su filosofía de vida,
con el impulso para
inventar acciones que
hagan circular nuestra
experiencia y validen
desde el trabajo
artístico una actitud
cultural que va
contracorriente de lo
que el mundo
contemporáneo impone.
Somos víctimas de una
forma de pensar y
existir que cada vez más
nos separa de lo humano
del ser, y esa minoridad
se expresa también en el
afán de ser novedosos a
toda costa, en el afán
de epatar, muchas veces
desde la ignorancia,
muchas veces desde la
disidencia de todo
compromiso que no sea
nuestra preciada persona
pública. También corren
tiempos donde el
pensamiento, el grupo,
la investigación teatral
pueden correr el riesgo
de concebirse como
actitudes pasadas de
moda; como si la hondura
y la capacidad de
trabajo pudiesen pasar
de moda, como si la
búsqueda de un lenguaje
pudiese pasar de moda,
como si el compromiso
con lo que hacemos
pudiese pasar de moda.
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Esas son algunas
de las razones visibles,
también porque me gusta
tener cerca personas en
las que creo, y artistas
mujeres que con su
energía y experiencia
pueden proponer
referencias y modos de
asumir el trabajo que
quizá, en algún momento,
pueden despertar a
alguien. Las razones no
visibles deben quedar
ahí, en el silencio,
porque es también esa
energía subterránea la
que en la práctica
permite un fluir sin
interrupciones y hace
posible cada vez más
ahondar en los detalles.
Siempre cuido
mucho que actrices,
directoras, estudiantes
de teatro, críticas e
investigadoras, artistas
de todo el país, lleguen
a esta ciudad y puedan
conocer y compartir,
asombrarse y
cuestionarse, y se
lleven siempre alguna
experiencia que no las
deje indiferentes, es mi
manera también de luchar
por lo que creo y de
seguir echando arena en
la maquinaria de lo
establecido
Esta edición de
Magdalena Sin Fronteras
me hace feliz, porque
siento y veo con mucha
claridad que un halo ha
rondado a todos los
participantes, y esa
energía no nos dejará
indiferentes. De todas
formas, lo más
importante no es el
encuentro en sí, lo más
importante es si seremos
capaces, todos, de
convertir esa energía en
acciones, y que esas
acciones lleven la marca
incandescente de nuestra
visión personal.
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Para que reine la
confusión entre los
jóvenes, para que no
aprendan a ser
conservadores antes de
tiempo, para que se
arriesguen y quieran
hacerse preguntas y
aprendan a hacerse
preguntas, y no se
conformen con las reglas
que anulan la
posibilidad de cultivar
alas. Para que las
personas que amo puedan
llegar otra vez y
encontrarse en mi
pequeña ciudad y entre
anécdotas, batallas y
mucho trabajo, repasemos
las coordenadas de lo
que ahora mismo somos,
para que alguien se
salve, para que mi grupo
siga soñando y
combatiendo, para que en
Cuba circulen estas
experiencias y dialoguen
con nosotros. Y para
colmar mi deseo de
mantener estos pequeños
espacios como oasis en
medio del desierto de la
vida, es que decidí
hacer otra vez Magdalena
Sin Fronteras. Y por
todo eso, como un acto
de confusión bendita,
como respuesta
irreverente a las normas
de conducta que imponen
un modelo pedagógico
“correcto”, es que
decido escoger el tema:
Investigación y procesos
de Trabajo, sabiendo por
experiencia que la
creación y la
transmisión de esa
experiencia es más útil
y profunda mientras más
se aleje de normas y
panfletos, mientras más
huya a los ABC
inventados siempre por
alguien que necesita
validar su pequeño
espacio de poder.
Ojalá que el año
2011, año en que se
cumplen los 25 de vida
de Magdalena Project, se
abra en Santa Clara,
Cuba, con la fuerza y la
delicadeza de las
mujeres que siguen desde
sus territorios
personales, tejiendo
esta inmensa red donde
hay huecos para todas y
todos. |