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Cuando estuve en Chile,
durante la dictadura de
Pinochet, me encontré
con algunas de las
personas que hacían
teatro en ese país. Me
explicaron cómo el
teatro era la
posibilidad de mantener
un espacio libre donde
respirar. Y una de las
maneras que Pinochet
tenía para destruir
estos espacios sin
necesidad de una acción
que tuviera mucha
repercusión —porque no
valía la pena, el teatro
era como un espacio
pequeño que involucraba
a poca gente—, era
convencer a los actores
de pasar a la
televisión. Recuerdo que
un tiempo después volví
a Chile, estaba haciendo
un taller fuera de
Santiago y fui con los
participantes a un lugar
próximo a la ciudad. En
un momento, nos paró la
policía y vi sus ojos
abrirse porque todas las
personas que estaban en
el bus eran
famosísimas stars
de la televisión que
habían vuelto luego a la
escena.
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Ayer tuve la misma
sensación. Estaba
viajando en un carro, me
detuve en la autopista,
de pronto se paró un
bus y comenzaron a
bajar mujeres: Cristina
Castrillo, Patricia
Ariza, Beatriz Camargo…
mis ojos se abrieron y
dije: “¿cómo es posible
tener en un solo bus
a estas mujeres?” No sé
si se dan cuenta de tal
riqueza. Estaba Deborah
y por la noche llegaron
otras. Mis ojos se
vuelven siempre más
grandes porque todas son
grandes mujeres: cada
una de ellas tiene una
fuerza enorme en el
lugar donde trabajan;
cada una de ellas puede
hacer un festival sola;
cada una de ellas puede
tener una escuela, puede
organizar un festival,
puede hacer libros y
todas esas mujeres están
juntas en un lugar, en
uno solo. Durante diez
días, coexisten en el
Festival Magdalena.
Es una maravilla
increíble, después me
senté en el carro y
pensé ¿qué es lo que me
interesa: el pasado, el
futuro? No, es este
momento, es este enorme
gozo de estar en el
momento, estar en el
presente, estar aquí y
ahora. Y entonces,
cuando pienso en la
historia de estos 25
años —voy a tomar el
opuesto de Geddy: 25
años es un cuarto de
siglo, es una de esas
cosas que entran en los
libros, que marcan— y
¿qué es esta historia?
Lo cierto es que no se
trata de una ideología,
no es un punto de vista
siempre igual, es una
memoria compartida.
Estar en una misma sala
y hablar del pan
enterrado o de la
máscara en el árbol con
Beatriz Camargo
presente, la persona que
hace 24 años hizo esto,
no ocurre todos los
días. No todos los días
uno tiene el privilegio
de estar en la misma
sala, en el mismo lugar
con personas con quienes
comparte memoria. Y es
una memoria incorporada,
es una memoria que
tenemos en el cuerpo, en
nuestras células, en
nuestra sangre, en
nuestro pensamiento;
pero no es una ideología
porque haya que
demostrar que tenemos
razón o no, es que
vivimos algunas cosas
juntas, y estas
experiencias se han
depositado en nuestros
cuerpos.
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Siempre me pregunto cómo
la hija de mi hermano
sabe encender el video a
los tres años de edad
cuando yo no sé hacerlo.
Hay una manera de pasar
las informaciones, lo
vivido, la experiencia a
través de los cuerpos,
las vibraciones, el aire
que corre entre las
personas. De esta
manera, Magdalena
Project ha pasado sus
experiencias a las que
son más jóvenes, a
quienes aún no existían
en este mundo cuando
nosotros empezamos con
la primera reunión en
Trevignano, en el año
1983.
Si pienso Magdalena en
todos estos años, puedo
verlo como un proceso;
pero ¿un proceso para
llegar a cuál resultado?
Durante el primer
festival, en el 86,
hicimos una
improvisación:
simplemente era caminar
en líneas rectas y
encontrarse, cambiar de
dirección, hasta que de
pronto de eso salió un
espectáculo donde 24
mujeres gritaban en un
estante: ¡Magdalena! Ahí
supimos que esto era un
espectáculo y después
preparamos otro, hasta
que nos preguntamos:
¿los espectadores tienen
que pagar?, ¿esto es un
resultado para lo cual
hay que pagar o es otra
cosa? Discutimos mucho y
decidimos que no tenían
que pagar.
Los primeros encuentros
fueron con actrices;
pero en nuestros
talleres comenzaban a
hacer de directoras y se
encontraban con la
palabra poder,
autoridad, con la
conciencia de lo que uno
intenta decir con un
espectáculo. El proceso
nos ha llevado a hablar
de política; pero
política como postura,
como tomar posición
hacia lo que pasa en el
mundo. También nos ha
conducido a momentos en
los cuales hemos pasado
por la voz, por cantar
la idea de tener mil
mujeres juntas en un
lugar especial; o a
enfrentar el tema del
centro y la periferia
—¿cuál es el centro de
la periferia o la
periferia del centro?
Y todo esto es parte del
proceso de Magdalena, el
mismo proyecto que hace
que nosotros estemos
aquí juntas, que mis
ojos se agranden al ver
tanta riqueza en un solo
lugar. Entonces pienso:
¿cuál es esta necesidad
que hace que estemos
aquí; qué es esta
necesidad; por qué está
ahí la palabra que hace
que cada una llegue
aquí, que cada una venga
buscando algo? Magdalena
es encuentro, es saber
que este encuentro
provoca otros encuentros
y que siempre vale la
pena producir el efecto
olas: uno tira una
piedra y el movimiento
se reproduce. Espero el
día en que
Roxana
organice un Magdalena en
Las Tunas, por ejemplo,
para no hablar de otros
lugares en el mundo.
Nuestra necesidad es
estar aquí, ahora, y
gozar de esto al mismo
tiempo que trabajamos
muy duramente; es este
trabajo y este oleaje el
que nos hace sonreírle
al mundo.
* Julia
Varley: actriz del Odin
Teatret, de Dinamarca.
Fundadora del Magdalena
Project. |