La Habana. Año IX.
22 al 28 de ENERO
de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

El teatro:
Exorcismo y transformación
María Isabel Bosch* • Santa Clara
Fotos: Cristyan González

Soy dominicana. Mi formación como actriz transcurrió en ese país; pero las ganas de búsqueda me llevaron a España, donde viví algunos años. Allí siempre hice papeles de prostituta: claro, “era dominicana”. Un maestro que tuve, al que llamaban El Ruso, me dijo que volviera a América, pues aquí hallaría lo que buscaba. No le entendí muy bien, pero a los tres meses decidí volver. Terminé en Buenos Aires, en esa ciudad han transcurrido mi trabajo como artista y mis caminos como ser humano.

En Argentina conocí a aquellas compatriotas que llegaban desde mi país con hambre, con frío, asustadas, sin papeles, amenazadas. Al principio, no comprendía lo que estaba sucediendo con esas mujeres; pero con el tiempo fui conociendo de dónde venían aquellas lágrimas. No había muchos dominicanos en Argentina. Algunos estudiantes, empresarios…; pero de repente llagaron diez mil mujeres dominicanas a la ciudad, que habían sido traficadas para la explotación sexual. Todo eso se me quedó muy dentro, corroyéndome. Salían en los medios de prensa todo el tiempo y yo sentía que, como artista, tenía que hacer algo. Cada vez eran más y más.

Primero, comencé a escribir unos textos en forma de cartas, como si yo fuera una de esas dominicanas y le contara a un amigo de mi suerte en Buenos Aires. Las historias que escribí no eran reales, pero estaban basadas en entrevistas que sí les hice a esas mujeres. Sin embargo, llegué a Dominicana con mis cartas, para publicarlas, y a nadie le interesaron: “usas el argot para comunicar las ideas de los personajes, no es comprensible”, me decían. ¿A quién le interesaba la suerte de una “puta”? “No me digas que ellas no sabían a lo que iban”… era lo único que recibía.

Lo que me mutilaba no era que esas mujeres fuesen prostitutas, sino que habían sido traficadas y que sus sueños —sean cuales fueran— habían sido vulnerados. Cada vez me sentía con más veneno dentro. Así empecé a hacer una investigación más profunda: estuve yendo a prostíbulos en Santo Domingo, me entrevisté con familiares de muchachas que se habían ido, continué buscándolas en Buenos Aires. Con toda esa información, yo —una “niña de papi y mami”, nacida en una casa de artistas y escritores— supe por primera vez que mi país, República Dominicana, era el cuarto exportador de mujeres para tráfico sexual en el mundo. Supe también que el dos por ciento de la población femenina dominicana estaba siendo prostituida y traficada en el extranjero.

Decidí entonces que ese arte que me acompaña y me sirve de expresión desde que era niña, podía ayudarme a comunicar toda esa experiencia acumulada. Mientras lo intentaba, comencé a padecer de una enfermedad con la cual vivo y tuve que posponer el proyecto. Luego de un año, lo retomé adaptándome a mi nueva condición física y me encuentro, al poco tiempo, con mi nuevo grupo —Tibai Teatro— haciendo funciones en Dominicana, para todos los pueblos de mayor éxodo de estas mujeres. Aún no soy capaz de explicar con palabras lo que viví en estos lugares: la mayoría de los espectadores eran hombres o niños o abuelas; mujeres en edad adulta no había, estaban dispersas desde Australia hasta Japón.

A medida que el proyecto fue madurando, fuimos también incorporando foros de discusión. De repente, tuvimos la maravillosa oportunidad de ir a Europa, precisamente a las ciudades de mayor recepción de estas mujeres. Por primera vez, podíamos actuar para ellas. Aquellos lugares eran de todo tipo: salones, conservatorios, uno o dos teatros en España, Italia, Suiza, Alemania… Una de aquellas funciones tuvo un significado especial. Cuando ya me sentía agotada, luego de tantas funciones, llegamos a Zurich y casi desisto de hacer la presentación, cuando vi el estado en que se encontraba el lugar; pero Diego, mi compañero de vida y también mi partenaire en el grupo, me dijo: “precisamente hoy, ahí fuera, está el público para el que escribiste tus cartas”. Es lo más inolvidable de todo cuanto he hecho en mi vida. De alguna manera, aquel grupo de mujeres terminó, junto con nosotros, gritando cada vez más alto: “¡tengo derecho al vino, al aceite, al museo, a una azucena!”. Y yo, en el medio de la audiencia, diciendo mi parlamento: “tengo derecho, tengo derecho”; mientras me rodeaban, me alzaban y me decían: “¡sí, tengo derecho…!”. Hasta que no pudimos más.

Llego a este país, a Cuba, con todo este tránsito. Lo que presenté en Santa Clara es el resultado de otra experiencia de vida. Tengo el honor de ser la nieta de Juan Bosch, el padre de mi padre —con el que no me crié—, importante escritor y político dominicano. Desde muy joven, con una sensibilidad especial, mi abuelo luchó junto con el movimiento antitrujillista, y gran parte de esa lucha, la hizo desde Cuba.

Juan Bosch fue maestro de García Márquez; pero tuvo que abandonar la literatura para dedicarse a esa veta política tan fuerte. Fue el primer presidente democrático en mi país, aunque solo duró siete meses. El mismo gobierno que nos fue extirpado en un golpe. Sin embargo, dejó escritos muchos libros de historia, sociología y pensamiento político.

Mi contacto con él fue muy corto. Me fue a ver actuar; pero al hombre maravilloso que todos me cuentan no lo conocí. A los 16 años, él enfermó de Alzheimer y se hizo muy difícil la comunicación. Conocer a mi abuelo, el espectáculo que decidí presentar en el Magdalena de Cuba, no es más que mi forma de sustituir esa carencia. Leí mucho sus cuentos y sus escritos, de todo tipo. Fue maravilloso… me decía todo el tiempo: ¡este fue mi abuelo! Elegí tres cuentos para escenificarlos; entre ellos, uno que me fascinó de pequeña: Dos pesos de agua.

Presentar aquí Conocer a mi abuelo ha sido una experiencia especial. Decir las palabras de mi abuelo en Cuba ha sido como retribuir el amor que esta tierra le tuvo y también de continuar esa relación tan hermosa que él mantuvo. Me encanta ver cómo las circunstancias materiales no son obstáculo aquí sino que se hace, se crea y se vive con un espíritu envidiable.  

Estos dos espectáculos son, a grandes rasgos, parte de lo que soy. Desde hace algunos años, vivo con una enfermedad neurológica que lleva un tratamiento muy fuerte; pero creo que volví a la vida gracias al amor de mi esposo, al Tai Chi y al teatro. Ahora tengo a mi hijo, y la enfermedad se me ha vuelto como los tres cafés que un amigo dice necesitar para vivir cada día. Tengo motivaciones. El resto, es solo una anécdota más.

Ensayo cada día hasta que el cuerpo me lo permite. Mi trabajo es minucioso, mi bastón es tener siempre claridad en lo que quiero hacer. Me enamoré del teatro a los nueve años, con una obra que ni siquiera entendí. Fue un amor a primera vista. Tengo ya 37 años y no conozco un medio de comunicación que lo supere. El teatro es transformador: personalmente, me han transformado espectáculos que he visto y también es una forma de exorcizarse uno mismo.

Con el tema de las mujeres, de la prostitución y el tráfico, no sé si he hecho algo para que termine; pero sí muchas chicas de mi país se me han acercado, luego de una función, y me han dicho: “yo me iba, ya no me voy”. En algún momento, conté que mi país, hace unos años, era el cuarto exportador de mujeres del mundo. Hoy, es el primero. La situación empeora; pero si con mi obra logré que una sola de esas mujeres se enterara, al menos, de la realidad que iba a vivir, estoy satisfecha.

* María Isabel Bosch: actriz dominicana y nieta del escritor y político Juan Bosch.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs
Magdalena sin fronteras

LA JIRIBILLA Nro. 433
Teatro de Las Estaciones
(Quince años celebrando la invisibilidad)

LA JIRIBILLA Nro. 444
(Trece Festival Internacional de Teatro de La Habana)

LA JIRIBILLA Nro. 454
Estudio Teatral de Santa Clara (Dos décadas soñando con remolinos)

LA JIRIBILLA Nro. 483
Actrices de la "nueva escena" cubana
(Hornada de talentos)
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.