|
Soy dominicana. Mi
formación como actriz
transcurrió en ese país;
pero las ganas de
búsqueda me llevaron a
España, donde viví
algunos años. Allí
siempre hice papeles de
prostituta: claro, “era
dominicana”. Un maestro
que tuve, al que
llamaban El Ruso, me
dijo que volviera a
América, pues aquí
hallaría lo que buscaba.
No le entendí muy bien,
pero a los tres meses
decidí volver. Terminé
en Buenos Aires, en esa
ciudad han transcurrido
mi trabajo como artista
y mis caminos como ser
humano.
|
 |
En Argentina conocí a
aquellas compatriotas
que llegaban desde mi
país con hambre, con
frío, asustadas, sin
papeles, amenazadas. Al
principio, no comprendía
lo que estaba sucediendo
con esas mujeres; pero
con el tiempo fui
conociendo de dónde
venían aquellas
lágrimas. No había
muchos dominicanos en
Argentina. Algunos
estudiantes,
empresarios…; pero de
repente llagaron diez
mil mujeres dominicanas
a la ciudad, que habían
sido traficadas para la
explotación sexual. Todo
eso se me quedó muy
dentro, corroyéndome.
Salían en los medios de
prensa todo el tiempo y
yo sentía que, como
artista, tenía que hacer
algo. Cada vez eran más
y más.
Primero, comencé a
escribir unos textos en
forma de cartas, como si
yo fuera una de esas
dominicanas y le contara
a un amigo de mi suerte
en Buenos Aires. Las
historias que escribí no
eran reales, pero
estaban basadas en
entrevistas que sí les
hice a esas mujeres. Sin
embargo, llegué a
Dominicana con mis
cartas, para
publicarlas, y a nadie
le interesaron: “usas el
argot para comunicar las
ideas de los personajes,
no es comprensible”, me
decían. ¿A quién le
interesaba la suerte de
una “puta”? “No me digas
que ellas no sabían a lo
que iban”… era lo único
que recibía.
Lo que me mutilaba no
era que esas mujeres
fuesen prostitutas, sino
que habían sido
traficadas y que sus
sueños —sean cuales
fueran— habían sido
vulnerados. Cada vez me
sentía con más veneno
dentro. Así empecé a
hacer una investigación
más profunda: estuve
yendo a prostíbulos en
Santo Domingo, me
entrevisté con
familiares de muchachas
que se habían ido,
continué buscándolas en
Buenos Aires. Con toda
esa información, yo —una
“niña de papi y mami”,
nacida en una casa de
artistas y escritores—
supe por primera vez que
mi país, República
Dominicana, era el
cuarto exportador de
mujeres para tráfico
sexual en el mundo. Supe
también que el dos por
ciento de la población
femenina dominicana
estaba siendo
prostituida y traficada
en el extranjero.
Decidí entonces que ese
arte que me acompaña y
me sirve de expresión
desde que era niña,
podía ayudarme a
comunicar toda esa
experiencia acumulada.
Mientras lo intentaba,
comencé a padecer de una
enfermedad con la cual
vivo y tuve que posponer
el proyecto. Luego de un
año, lo retomé
adaptándome a mi nueva
condición física y me
encuentro, al poco
tiempo, con mi nuevo
grupo —Tibai Teatro—
haciendo funciones en
Dominicana, para todos
los pueblos de mayor
éxodo de estas mujeres.
Aún no soy capaz de
explicar con palabras lo
que viví en estos
lugares: la mayoría de
los espectadores eran
hombres o niños o
abuelas; mujeres en edad
adulta no había, estaban
dispersas desde
Australia hasta Japón.
A medida que el proyecto
fue madurando, fuimos
también incorporando
foros de discusión. De
repente, tuvimos la
maravillosa oportunidad
de ir a Europa,
precisamente a las
ciudades de mayor
recepción de estas
mujeres. Por primera
vez, podíamos actuar
para ellas. Aquellos
lugares eran de todo
tipo: salones,
conservatorios, uno o
dos teatros en España,
Italia, Suiza, Alemania…
Una de aquellas
funciones tuvo un
significado especial.
Cuando ya me sentía
agotada, luego de tantas
funciones, llegamos a
Zurich y casi desisto de
hacer la presentación,
cuando vi el estado en
que se encontraba el
lugar; pero Diego, mi
compañero de vida y
también mi partenaire
en el grupo, me dijo:
“precisamente hoy, ahí
fuera, está el público
para el que escribiste
tus cartas”. Es lo más
inolvidable de todo
cuanto he hecho en mi
vida. De alguna manera,
aquel grupo de mujeres
terminó, junto con
nosotros, gritando cada
vez más alto: “¡tengo
derecho al vino, al
aceite, al museo, a una
azucena!”. Y yo, en el
medio de la audiencia,
diciendo mi parlamento:
“tengo derecho, tengo
derecho”; mientras me
rodeaban, me alzaban y
me decían: “¡sí, tengo
derecho…!”. Hasta que no
pudimos más.
Llego a este país, a
Cuba, con todo este
tránsito. Lo que
presenté en Santa Clara
es el resultado de otra
experiencia de vida.
Tengo el honor de ser la
nieta de Juan Bosch, el
padre de mi padre —con
el que no me crié—,
importante escritor y
político dominicano.
Desde muy joven, con una
sensibilidad especial,
mi abuelo luchó junto
con el movimiento
antitrujillista, y gran
parte de esa lucha, la
hizo desde Cuba.
Juan Bosch fue maestro
de García Márquez; pero
tuvo que abandonar la
literatura para
dedicarse a esa veta
política tan fuerte. Fue
el primer presidente
democrático en mi país,
aunque solo duró siete
meses. El mismo gobierno
que nos fue extirpado en
un golpe. Sin embargo,
dejó escritos muchos
libros de historia,
sociología y pensamiento
político.
Mi contacto con él fue
muy corto. Me fue a ver
actuar; pero al hombre
maravilloso que todos me
cuentan no lo conocí. A
los 16 años, él enfermó
de Alzheimer y se hizo
muy difícil la
comunicación. Conocer
a mi abuelo, el
espectáculo que decidí
presentar en el
Magdalena de Cuba, no es
más que mi forma de
sustituir esa carencia.
Leí mucho sus cuentos y
sus escritos, de todo
tipo. Fue maravilloso…
me decía todo el tiempo:
¡este fue mi abuelo!
Elegí tres cuentos para
escenificarlos; entre
ellos, uno que me
fascinó de pequeña:
Dos pesos de agua.
Presentar aquí
Conocer a mi abuelo
ha sido una experiencia
especial. Decir las
palabras de mi abuelo en
Cuba ha sido como
retribuir el amor que
esta tierra le tuvo y
también de continuar esa
relación tan hermosa que
él mantuvo. Me encanta
ver cómo las
circunstancias
materiales no son
obstáculo aquí sino que
se hace, se crea y se
vive con un espíritu
envidiable.
Estos dos espectáculos
son, a grandes rasgos,
parte de lo que soy.
Desde hace algunos años,
vivo con una enfermedad
neurológica que lleva un
tratamiento muy fuerte;
pero creo que volví a la
vida gracias al amor de
mi esposo, al Tai Chi y
al teatro. Ahora tengo a
mi hijo, y la enfermedad
se me ha vuelto como los
tres cafés que un amigo
dice necesitar para
vivir cada día. Tengo
motivaciones. El resto,
es solo una anécdota
más.
Ensayo cada día hasta
que el cuerpo me lo
permite. Mi trabajo es
minucioso, mi bastón es
tener siempre claridad
en lo que quiero hacer.
Me enamoré del teatro a
los nueve años, con una
obra que ni siquiera
entendí. Fue un amor a
primera vista. Tengo ya
37 años y no conozco un
medio de comunicación
que lo supere. El teatro
es transformador:
personalmente, me han
transformado
espectáculos que he
visto y también es una
forma de exorcizarse uno
mismo.
Con el tema de las
mujeres, de la
prostitución y el
tráfico, no sé si he
hecho algo para que
termine; pero sí muchas
chicas de mi país se me
han acercado, luego de
una función, y me han
dicho: “yo me iba, ya no
me voy”. En algún
momento, conté que mi
país, hace unos años,
era el cuarto exportador
de mujeres del mundo.
Hoy, es el primero. La
situación empeora; pero
si con mi obra logré que
una sola de esas mujeres
se enterara, al menos,
de la realidad que iba a
vivir, estoy satisfecha.
* María
Isabel Bosch: actriz
dominicana y nieta del
escritor y político Juan
Bosch. |