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Todo lo que sucede en
nuestro entorno está
absolutamente ligado a
la manera como hemos
asumido nuestra vida
cotidiana y artística;
manera que, en los
tiempos de ahora,
presenta metafóricamente
las mismas dichas y
dificultades de su
matriz.
No se trata de que
hayamos llegado,
victoriosamente, a una
meta. Hemos entendido
muy bien las palabras de
don Juan Matus a Carlos
Castañeda: “En esta
vida, no hay victorias
ni derrotas, hay
lucha…”. Si conseguimos
que el arbolito crezca,
metafóricamente
hablando, luego hay que
estarle quitando la
tilancia… Y, esta,
abunda…
Un 18 de abril del año
2003, sucedió
mágicamente algo.
Después de 16 años,
recogí siete
hermosísimos y grandes
frutos: unos higos de un
penco como los que se
dan en México, que había
estado años sin que le
aflorara esa deliciosa,
dulce y rosácea carne.
El almuerzo de ese día
fue una fiesta entre mi
hija, mi nieto y yo, que
nos dimos el gran
banquete: unos frutos
que tenían el delicioso
sabor de 16 años de
preparación.
Estamos entrando en una
era donde el hombre y la
mujer, juntos, tenemos
que rendirle cuentas a
la Madre Naturaleza.
Ahora, después de más de
cinco mil años de
incesantes guerras y
depredación, la tierra
se ve amenazada.
Entonces, nos hacemos la
gran pregunta: ¿veremos,
hombres y mujeres
juntos, la entrada de
esa era donde el amor es
la única condición para
que se produzca la tan
anhelada sabiduría —la
conciencia de que la
especie humana también
es naturaleza— que
durante todos estos
siglos pareció siempre
huir al plano de las
utopías?
Recordemos, con los
indios Keres de Laguna
Pueblo, que hay un
espíritu que está por
sobre todo, que es capaz
del poderoso canto y del
movimiento radiante, que
penetra y sale de la
mente. Los colores de
este espíritu son
múltiples, un radiante y
palpitante arco iris.
Abuela Araña es uno de
los nombres de este
espíritu quintaesencial.
Mujer Serpiente es otro.
Mujer Grano es uno de
sus aspectos. Mujer
Tierra es otro. Y lo que
estos aspectos han
hecho, reunidos, es
llamado Creación:
tierra, criaturas,
plantas, luz, amor.
Y para los Keres, en el
centro de todo, está la
mujer y nada es sagrado,
cocido, madurado, sin su
bendición y su
pensamiento… Como nos
hemos olvidado de la
tierra, le hemos dado la
espalda a su espíritu.
Es más, ¡lo estamos
espantando!
Durante estos últimos
cinco mil años, lo que
se fue llamando
civilización y progreso
se expandió por el
mundo, como modelo,
hasta llegar a la
propuesta de
globalización, que
impera hoy, dejando al
margen lo real femenino.
Se han establecido
doctrinas, leyes y
morales empleadas para
el negocio de la guerra
y apropiación de la
tierra por la conquista
violenta, destruyendo
pueblos y culturas
milenarias, guardianas
de ese poderoso canto de
sabiduría.
Estas llamadas
sociedades civilizadas,
menospreciando otros
hombres y mujeres de la
tierra, han sido
construidas bajo la
unilateralidad de un
derecho establecido por
leyes y normas
patriarcales, donde lo
real femenino —tanto de
hombres como de mujeres—
no ha encontrado
albergue hospitalario.
Hasta hace muy poco
tiempo, se consideró a
la mujer sin alma. Lo
mismo que sucedió, por
ejemplo, con los
aborígenes americanos.
También nos olvidamos de
que nuestra primera
experiencia del ánima se
da a través de la madre
y que su verdadera
función es la
creatividad… El canto de
la sangre es el canto de
Psique en busca de Eros:
ahí se alberga,
escondida, la verdadera
sabiduría…
¿Cómo puede una
civilización ser
“sabia”, si ha excluido
por tantos siglos la
participación activa del
canto de esa matriz
universal que corre por
las venas de cada
hombre, de cada mujer? Y
es que, claro, estas
sociedades se fueron
formando bajo un
principio y unas
instancias que
reproducen únicamente la
participación activa de
la ley patriarcal, para
conformar la llamada
“historia”. Instancias
basadas en la
“racionalidad” que
fundamenta la propiedad
como el elemento sobre
el cual se erigen
relaciones jerárquicas,
en cuya cima se
encuentra el reino
absoluto de “una” ley,
“un” rey, “un” dios por
encima del ser,
anulándolo como matriz
creadora… como diosa
biodiversa.
“Todo lo que
consideramos como
cultura, inteligencia,
civilización, debe
comparecer un día en el
tribunal de Dionisio, el
infalible justiciero”,
dice Nietzsche, ese otro
visionario.
Hasta hace poco, la
lucha de las mujeres se
había dado, en lo
fundamental, por ser
aceptadas dentro de ese
juego de leyes, dentro
de ese sistema que sigue
siendo unilateral y
jerárquico. Y entonces,
nos encontrábamos
jugando con la misma
“pelota” de leyes y
normas. Repitiendo,
reproduciendo lo que
esas tales leyes
sustentan: propiedad,
consumo, explotación,
mercado, conquista,
guerra….
Hemos llegado a extremos
tan absurdos como el de
hablar de “marketing
cultural” y de “empresas
culturales”. Como si la
visión y los sueños, que
son sagrados, pudiesen
estar en el mercado.
Pero la llamada utopía
es posible. Ya estamos
entendiendo, hombres y
mujeres, que no se trata
de ir contra los hombres
propiamente dichos, sino
el de entender el
problema de género en
relación con ese poder y
sus leyes, que
corresponden a un
sistema que consume a la
Madre Naturaleza,
incluida la especie
misma.
Si re-creamos,
re-inventamos una tierra
donde podamos ser
reconocid@s, celebrad@s,
soñad@s, tod@s l@s que
la habitamos, en todos
los planos imaginados:
mineral, vegetal,
animal; y los no
imaginados, la utopía se
habrá hecho realidad.
Dentro de nuestra
propuesta teatral, el
actor-actriz está
también por
re-constituirse,
restaurarse, re-nacerse
como unidad donde todas
las fuerzas se conjugan
en ese Daimon que según
Giordano Bruno es el
cuerpo, lugar donde todo
es posible: “punto de
encuentro de las
diferencias infinitas
que se pueden dar en los
seres”. Ese Daimon,
actor-actriz, que puede
llegar a la unidad, es
en el que todo palpita,
se mueve y piensa, por
ejemplo, como maíz,
jaguar, venado, peyote,
piedra, sol… montaña…
El-la que logra que toda
su presencia sea una
visible, o una plena,
total, en la recreación,
festejo, jolgorio o
ceremonia: en el
biodrama.
Hay una sabiduría
escondida; no la
castiguemos más, no la
rompamos más. En ella
habitan las divinidades,
y si no fuera por ella,
no podríamos llegar a
saber quiénes somos, de
dónde venimos o cómo
podremos llamarnos…
Seguimos buscando en
nuestros sueños, en los
mitos, en las visiones,
para recordar a Nuestra
Madre… Digamos con los
Nahuatl de México:
“Amarillas flores
abrieron la corola
Es nuestra Madre, la del
rostro con máscara.
Tu punto de partida es
Tamoanchán.
Amarillas flores son tus
flores.
Es nuestra madre, la del
rostro con máscara.
Tu punto de partida es
Tamoanchán:
Teatro.”
*
Beatriz Camargo: actriz
y directora del Teatro
Itinerante del Sol,
Colombia. Fundadora del
Magdalena Project.
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