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Filmada dentro de un
perímetro de tres
cuadras, en el reparto
costero de Santa Fe,
Casa vieja, el
primer largometraje de
Lester Hamlet, convence
a la mayor parte de los
especialistas y del
público que la ha visto
gracias a lo concentrado
de su historia, a lo
armonioso del trabajo de
foto y edición, y a la
emotividad que los
actores consiguieron
insuflarles a sus
personajes. El director
y el guionista, Mijaíl
Rodríguez, asumieron la
tremenda responsabilidad
de actualizar el clásico
teatral
La casa vieja
(el título del filme
sacrifica el artículo
que sí lleva el nombre
de la obra original
escrita por Abelardo
Estorino, tal vez para
hacer la historia menos
específica, más general
y universal); pero
reformularon la trama de
Estorino tal vez en un
40 por ciento, o algo
así. Acciones, espacios
y personajes cambiaron
de carácter, esencia y
apariencia para
ambientar la trama en la
primera década del siglo
XXI, es decir, ahora
mismo.
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Casa vieja
es, sobre todo, la
historia de un regreso,
la vuelta de Esteban al
lugar donde vivió tantos
años, y el
redescubrimiento de su
familia, de los secretos
y escondrijos que le
permitieron sobrevivir a
cada uno. Esteban
regresa porque su padre
está a punto de morir. Y
el dolor por la pérdida,
el miedo por un mañana
cuando ya no esté
presente la persona que
te guía, permite que
afloren rencores,
dobleces, conformismo y
mediocridad. “Esta es
una película de gente
simple —ha dicho Lester—
y yo soy un poco como
todos ellos, pues aunque
mi imagen pública es la
de una persona alegre y
siempre ‘arriba’, en
privado soy un tipo más
bien solitario, medio
hermético y muchas veces
triste. Me desmarco del
egoísmo, la cobardía y
la pusilanimidad de
estos personajes, pero
los comprendo, y me
expuse hasta lacerarme
cuando les atribuí a
todos ellos una porción
de mis dolores, mis
verdades, incluso
detalles gestuales o de
mi personalidad”.
Lester acompañó a sus
actores en cada lágrima
y estremecimiento, y
ellos lo retribuyeron
prescindiendo, literal y
metafóricamente, de todo
maquillaje o truco. Cada
uno fue construyendo su
personaje gradualmente,
pues la película se
filmó en el mismo orden
cronológico en que
ocurre la acción, para
favorecer el trabajo de
los actores, que terminó
siendo espléndido.
Laura, el papel que
convirtió en clásico
Raquel Revuelta en 1965
y fue reinterpretado, en
muy diverso estilo, por
Daisy Quintana; el
macizo Diego fue
responsabilidad de
Alberto Pujols, y su
mujer Dalia (quien
empareja frivolidad y
egoísmo en un conjunto
del cual ha sacado
máximo partido Susana
Tejera), rodean al
personaje de Esteban,
que hizo Yadier
Fernández, además de esa
madre puesta en relieve
por la magistral Adria
Santana, o del papel
asignado a
Isabel Santos, quien
ha confesado su placer
haciéndolo, distante del
protagonismo; pero su
personaje la enfrentó al
trabajo más retador y
satisfactorio acometido
por ella en bastante
tiempo.
Yadier afrontó un reto
doble, pues le tocaba
interpretar un
homosexual lejos del
esquema o afectación
excesiva al que estamos
acostumbrados. Según
asegura, “lo más
significativo de Esteban
no es su inclinación
sexual, sino que se
manifiesta siempre de
manera coherente, vive
como eligió vivir, y por
eso merece todo el
respeto del mundo. Y al
menos en eso nos
parecemos. Yo tampoco
tolero el irrespeto. Soy
el actor con menos
experiencia del reparto;
pero tuve una suerte
inmensa en que todos me
ayudaron cada vez que
tenía alguna duda con
una escena”.
Adria Santana había
hecho de Laura para
graduarse de primer año
en el Instituto Superior
de Arte (ISA), en 1966,
pero nunca interpretó
La casa vieja
en teatro. Después
conoció a Estorino, y
establecieron la
conocida y deslumbrante
colaboración
profesional, que se
inscribió en la piedra
angular del teatro
cubano revolucionario.
Hacer la Onelia con
Lester le removió fibras
que distan de la técnica
aprendida y del
conocimiento que
(seguramente) posee
sobre los grandes temas
estorinianos. “Onelia
sabe que su hijo Esteban
partió por culpa de
todos ellos, por el
conservadurismo y la
cobardía. Ella es, en
esencia, una madre
cubana que padece la
tragedia de no haber
podido guardar con ella
a su hijo”.
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Aunque las actuaciones
huyen de la
espectacularidad y de la
apoteosis —puntualiza
Lester—, la película
pretende complacer a
todos los públicos. Con
Lila
(el segundo
corto de
Tres veces dos),
Lester Hamlet mató los
deseos de lograr
movimientos de cámara
virtuosos, y de
impresionar al
espectador con la
visualidad o la banda
sonora. Pero entre
Lila
y
Casa vieja,
el director llevó las
riendas de unos 30
videos musicales donde
pudo ensayar a gusto
cualquier virtuosismo o
lucimiento visual. Ahora
solo aspiraba a contar
adecuadamente esta
historia y lograr que
los personajes fueran
absolutamente creíbles.
Porque esta película
nació de la necesidad
del director de hablar
de la Cuba que conoce,
desde la emoción que esa
Cuba le provoca, sin
acudir ni al choteo ni a
la risa fácil.
“El sentido final de
Casa vieja —ha dicho
Lester— aunque no sea en
el ciento por ciento de
todos sus aspectos,
superó mis expectativas,
en primer lugar por la
entrega que logré de los
actores, y por el
compromiso limpio y
sincero que les provocó
convertir los personajes
en seres de carne y
hueso.” Ahí radica,
mayormente, la honra y
el encanto de una
película seria,
cubanísima, cargada de
significación en el
momento actual que
vivimos. |