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Una
escritora de cierta
notoriedad
—literalmente— apuntaba
hace unos años que si
las políticas
editoriales fuesen más
eficaces, no harían
falta los premios
literarios. A pesar de
su tendencia al
absolutismo, la
afirmación remueve
algunos escrúpulos
acerca de eso que
conocemos por casas
editoras, y de lo que
conocemos por premios.
Las políticas
editoriales pueden ser o
no eficaces, pero nunca
desde un solo punto de
vista. Y si admitimos
esa mutabilidad,
podremos aceptar más
fácilmente que un premio
literario no es algo
pensado exclusivamente
para taponar una
rendija. Como puro acto
de gestión editorial,
los premios pueden ser
tributarios de
patrimonio, y al mismo
tiempo servir de blasón
a escritores y a
editores. Sin embargo,
no basta con montar
alrededor de ellos una
adecuada operación
mediática; si los
catálogos que los
recogen no alcanzan
brillantez o si al cabo
de algún tiempo
comienzan a acusar
indiferencia,
habrán servido de muy
poco.
Si en algo se honran los
Premios Alejo Carpentier
y Nicolás Guillén es en
el hecho de que, pasada
una década de su
instauración, ni han
perdido poder de
convocatoria, ni han
patinado en la dejadez
de los autores cubanos.
Establecidos en 2000 el
Carpentier para los
géneros de Novela,
Cuento y Ensayo, y en
2001 el Guillén de
Poesía, han sido capaces
de congregar a
escritores de prestigio
y a otros mucho más
jóvenes, de una forma
que replica el
movimiento en el
panorama literario
cubano, en sentido
general. Claro, no había
que aguardar a que se
decretara la muerte del
autor para saber que un
nombre no hace a un
libro. El lector capaz
de juzgar sabrá, sin
embargo, aproximarse a
lo justo, y tal vez deba
admitir que estos
premios han favorecido
el catálogo de Letras
Cubanas al tiempo que
han avivado el
pensamiento sobre arte y
literatura, así como la
narrativa de corto y
largo aliento, y la
poesía. En el plano de
ese lector —y tal vez no
tan capaz—, me place
mencionar los libros de
Antón Arrufat, Ramiro
Guerra, Ernesto Santana,
Jaime Sarusky, Guillermo
Vidal,
Reinaldo Montero,
Zaida Capote,
Pedro de
Jesús, Jorge Fornet,
Víctor Fowler,
Roberto
Méndez,
Lina de Feria,
Sigfredo Ariel y
Omar
Pérez que a lo largo de
la vida de los Premios
Guillén y Carpentier han
echado leña al fuego de
la literatura y de sus
barruntos.
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