La Habana. Año IX.
8 al 14 de ENERO
de 2011

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PREMIO NICOLÁS GUILLÉN DE POESÍA para NARA MANSUR
A mano: solo lo imprescindible
Marianela González • La Habana
Foto: Pepe Menéndez

                                                            “Qué medallas te adornan, niña patriota y solitaria.

¿Estarás disponible en un futuro inmediato?

¿Estarás dispuesta a volver al arenero,

a hundirte un poco más en el juego?”1 

Aprovechamos las bondades de la web. La entrevista deberá ser publicada con la mayor premura: una conversación que ha de decirles a los lectores de Manualidades: “esta es la hija-mujer-madre-escritora-teatrista-ciudadana todoterreno que acaba de recibir el Premio de Poesía más prestigioso de la Isla”, no puede permitirse esperar a que otros la presenten desde una sala hinchada de gente y de premios y premiados, donde quizá Nara Mansur no ha de tener chance de decir más que “gracias”. Pero las bondades de la web no nos asisten cuando el internauta del otro lado mueve las neuronas a la velocidad de los bits: las preguntas concebidas pierden la capacidad de desdoblarse, interrumpirla, interpelarla. Sirvan al menos para validar su propia advertencia: lector, lea este poemario solo cuando pueda o tenga ganas de dialogar. Y “como el que no quiere la cosa”, afile bien la lengua.  

Hablemos un poco de Manualidades… 

Manualidades es un cuaderno de poemas que escribí este año, casi de un tirón. Es un libro armado como una unidad, no son poemas dispersos reunidos, sino que tiene una temática, un tiempo, un espacio, ciertos procedimientos que lo estructuran. Soy madre de una niña de casi tres años, y me ha tocado vivir la experiencia de la maternidad lejos de mi madre, de mi tradición familiar, mis recuerdos, mi casa, mi país. Todas esas fuerzas se desvanecieron. Pese a estar enamorada y sentir con alegría que ese hombre llamado Guillermo Esborraz es muy buen padre, es muy hermoso, de admirarlo, de quererlo… la maternidad es una experiencia de tremenda soledad y como yo siempre tengo miedo a todo…! [Ríe] 

Manualidades fue este año mi ilusión y mi terapia; da cuenta de la vida —como siempre— y de las lecturas. Me he sentido iluminada y aterrada, excitada y desempleada. En este caso, fue tan iluminador leer Ismaelillo otra vez, La edad de oro, ver programas infantiles en la televisión, ver en las noticias cómo protestan los estudiantes, los maestros, cómo despiden sin piedad a madres, cómo una parte considerable de los trabajadores argentinos trabaja en negro, sin hacer aportes jubilatorios, sin acumular vacaciones. Es el primer libro que armo sin tener un empleo. De hecho, siempre me he considerado una artista aficionada, le debo al teatro sentirme una trabajadora. Escribir siempre ha sido para mí algo que hago cuando llego de mi casa después de una jornada laboral como la tiene cualquier trabajador.  

¿Al acto de la escritura —sea en lenguaje teatral o en poesía— lo unifica un mismo sentido, para usted? 

Sí, el sentido lo da la voluntad de comunicar. Qué quiero decir, para qué, para quiénes, qué estoy haciendo realmente cuando estoy escribiendo. Qué entiendo por literatura, por teatro. Volver a esas preguntas tan sencillas. No me reconozco en la “metatranca”, la vanidad, el arte sostenido solo en un deseo estetizante, elitista. Hay un sentido, una voluntad de artificio más que coloquial. Me gustaría que los artistas, los intelectuales, estuviéramos en las escuelas, en los círculos infantiles enseñando a los niños, compartiendo, participando como algo natural; no somos especiales y necesitamos tener más poder. Todos somos artistas, todos tenemos cosas maravillosas que expresar. El libro habla de esto también y cita a Gramsci, a Trotsky, a Rodolfo Walsh y a Martí, claro. 

¿Para qué escribir poemas, para qué escribir un poema? ¿Por un deseo de trascendencia, de rebeldía? Me gustaría que los poemas, que los textos en general sean en sí mismos noticias, declaraciones, videoclips, publicidad, cartas… uno quiere ser su propio vocero, su propio mass media… ¿Qué cambia? Creo que el circuito, el espacio de circulación: los otros, los que leen, ubican y dividen... ojalá que entre ellos no haya ningún artista, que solo sea tarea de la burocracia.

Cuando Nara Mansur escribe poemas, ¿se “desdramatiza”? 

Desdramatizándome me pareció un buen título para las obras de teatro (me encanta pensar en los títulos de los textos, muchos de nosotros lo que más disfrutamos es el proceso de armado de un libro). La escritura —como ya casi nada en la vida— no se sostiene sin su propia crisis, sin la exposición de sus propios problemas, sin su desmontaje. Me parece patético decir: soy una artista, soy una intelectual. Qué es uno en esta vida, qué significan esas palabras: en relación con qué modelos. Soy todo lo que pueda hacer, lo que mis miedos me dejen; es tan vana y tan inabarcable la vida, la experiencia de uno como creador, como espectador. El teatro me formó políticamente, me lo ha dado todo: las conversaciones, lo que se habla después de un ensayo, de una clase, haciendo una revista, pensando un evento, compartiendo la comida, el café. Situarme también al lado de los otros como promotora cultural —primero en el Gran Teatro de La Habana y después en la Casa de las Américas—me dio lucidez y generosidad. La verdad que no me creo nada. Me gusta tener sentido del humor, ironizar, reírme, hablar, hablar… soñar lo más grande y saber que puedo tirarme yo misma una trompetilla, y eso no me amilana, sigo pa’lante.  

En sus textos teatrales, la mujer suele ser protagonista. También en sus versos, especialmente a la hora de revisar las narraciones históricas o los imaginarios prescritos por la historia oficial. ¿Por qué le interesa acercarse a estas “otras” visiones, particularmente desde la figura femenina? Por supuesto, me refiero esencialmente al poema dramático “Charlotte Corday”… 

La reescritura de un clásico, de un mito, la relectura de estos, está en nuestra sensibilidad… ya sabemos que todo está dicho, la cuestión está en el montaje que hagamos de ficción y tradición. Ahí la experiencia dramatúrgica y la de editora me han ayudado mucho: cómo uno lee, qué salvas, cómo editas, cómo ordenas, qué te mueve y en relación con qué… todas esas cosas muy obvias; pero las personas somos únicas y cada sensibilidad se expresa de manera muy particular. Me gusta mucho ser mujer y admiro a muchas mujeres y a muchos hombres. No creo para nada que somos débiles; he visto hacer a mujeres cosas que jamás harían los hombres, algunas nada admirables, por cierto… uno habla de lo que más conoce.

Charlotte Corday es una figura polémica, una campesina que se hizo famosa por el asesinato de Jean Paul Marat. En ese momento, ¿qué Revolución (Francesa) era aquella? ¿Estaba abogando ella por un estado de revolución permanente no terrorista; quería que la belleza se preservara a toda costa? ¿Qué cosas dio por perdidas y para siempre que se convenció de la necesidad de apuñalar a aquel hombre? ¿Qué cosas pensó ella que su crimen devolvería? ¿Estaba trastornada, enamorada o tan lúcida que entendía que valía la pena ese asesinato, ese acto suicida en esa cadena de muertes? 

Las mujeres de mi familia son muy importantes para mí: siento la mirada de mi abuela Margarita Cortázar todo el tiempo, camino y sé que siempre estamos conversando. Qué horrible la muerte, por qué no la aceptamos y por qué cuando parimos la sentimos más cerca: damos vida y sabemos que podemos morir y también nuestros hijos. Estando embarazada vi una serie que me encantó: Six feet under (Seis pies bajo tierra), también vi mujeres reprimidas en manifestaciones en las que ellas luchaban por no ser despedidas; me vi yo misma despedida después de haber sido felicitada por mi trabajo. Las mujeres de mis historias quieren rescatar una idea de política, de ética para los trabajadores. Y una idea de amor: el amor es lo más importante, siempre vi a mi mamá y a mi abuela enamoradas y hablando mucho con sus maridos. Quizá es un modelo muy difícil de repetir, ya veré. 

En los primeros años, imagino que el caldo de cultivo de sus poemas serían inquietudes volubles, como suele sucederle a la mayoría de los escritores. A sus 41 años, ¿considera que su hacer poético ha llegado a una etapa de maduración? ¿Qué temas o estados de ánimo inducen hoy a Nara Mansur a escribir un poema, en vez de una pieza teatral? 

El poema es independiente, libre y soberano, suele ser breve, me encanta la idea de que en una página haya una vida, como una foto; no hay que escribir tanto, solo lo imprescindible. Ya no me siento tan ingenua en el mundillo cultural pero sí en el social: me doy cuenta de que mis aspiraciones como ciudadana son utópicas, ¿el orden? del mundo es despiadado con nuestras creencias. 

Quiero escribir acerca de cosas muy concretas. La poesía puede hablar de todo. En el poema quiero que esté la experiencia cotidiana más bella y la más brutal, hay un poema del libro que “cuenta” cómo a mi mamá le robaron una cadena de oro en el ómnibus P5, y otros que acompañan a mi hija Emilia cuando la llevo a jugar al parque o que retoman mis apuntes en el taller de teatro que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires. Quiero que los poemas sean también un espacio de crítica, de asistencia, de actuación, cuando uno es solo una persona y también cuando habla desde un lugar que puede ser el de la profesión: cómo y dónde te colocas en el mundo a partir de las cosas que estudiaste, esas cosas que te formaron… 

Si volviera a nacer, elegiría estudiar Derecho. Necesitamos todos, artistas y no artistas, leyes que nos defiendan para que no nos roben más, para que no nos manipulen ni nos malinterpreten. Necesitamos poesía en nuestros parlamentos. El poema más bello será la ley que nos haga más libres, la que nos proteja y no nos inutilice ni nos prejuzgue como incapaces. Esos espacios de la alta política deben ser llenados por hombres y mujeres de ideas hermosas (esas que parecen inútiles, gratuitas, obvias) como la de paz, libertad, igualdad, fraternidad… de las que cuesta tanto hablar. Esas ideas sencillas que son tan difíciles de llevar adelante, de concretar, de volver naturaleza, segunda piel. 

En cuanto a premios literarios, su obra poética ha sido reconocida desde certámenes dedicados a jóvenes escritores (en concursos convocados por la Universidad de La Habana, 1993; Menciones Premio David, de la UNEAC, 1997 y 1998; Premio Pinos Nuevos, 1998) hasta el Guillén (2010), uno de los más prestigiosos de la nación. ¿Puede seguirse su maduración, como poeta, a partir de esa línea? ¿En qué medida considera que influyen los premios literarios cubanos en la consolidación o el impulso a los escritores —especialmente a los poetas, cuyas obras suelen ser concebidas más como un acto espiritual, íntimo? 

Los premios reconfortan, te elevan la autoestima por un ratico [Ríe]. La gente te llama, te pide poemas… pero eso no es lo más importante. Me parecen fundamentales los concursos para escritores inéditos, esos que promueven nuevas voces y los que están concebidos para apoyar expresiones artísticas todavía no legitimadas por la crítica al uso. 

Hay que tener mucha fe, aprendo mucho de algunos amigos, de gente muy, muy inteligente que no son tan visibles y casi nunca se quejan ni pretenden nada más que ser ellos mismos y amar a la gente que tienen al lado: su familia, sus alumnos. Uno madura, claro, (¿se pudre?) pero siento que con la maternidad volví a nacer, en muchos sentidos soy otra. He conocido a mucha gente. Trabajar en la Casa de las Américas me dio la oportunidad de conocer a teatristas de casi todo el mundo, me dio la posibilidad de viajar, de ver mucho teatro, de conocer a gente muy reconocida y muy inexperta; estudiar en Argentina en 2004 me voló la cabeza, lo que pasa allí en los talleres de teatro —esas personas que después de trabajar se van a estudiar / a hacer teatro hasta la medianoche— me conmueve todavía. Se pudiera llamar amateurismo, teatro aficionado, se escribe poco de esto, se subestima. Es casi lo que más me gusta de Buenos Aires. Allí también hay una avidez miamense en alguna gente que deserotiza a cualquiera y de eso también me gustaría hablar. ¿Por qué los EE.UU. siempre aparecen en nuestras vidas? 

Son más importantes los poemas que los libros y que los nombres de los escritores. Cada uno de nosotros pudiera hacer su libro ideal con recortes de todo tipo, en el mío estarían las cartas que me mandaban mis padres, mi hermano, mis abuelos, cuando estaba en Tarará, en la escuela al campo, el concentrado militar, cada vez que me alejé de mi casa. Esos son mis textos sagrados, y también las conversaciones con amigos queridos, colegas, compañeros de generación y otros que por un tiempo fueron mis alumnos.  

Los premios sitúan, agrandan el currículo, hasta asustan al que está afuera porque se suele pensar: ¡Pero Mengano se ha ganado todo eso!... implican  responsabilidad; hay muy buenos poetas ansiando el Premio Guillén y demasiadas necesidades económicas, espero que se premien libros maravillosos en este y en todos los concursos, que se divulguen y que todos los leamos. En verdad me gustaría que los lectores se acerquen a Manualidades con un aire distraído, “como el que no quiere la cosa”, como mismo leyeron otras cosas mías antes. Pero lo que más quisiera es ser capaz de criar, de educar a mi hija, que el amor dure y yo no me convierta en lo que no quiero ser. 

Fragmento del poema “Esa es la escena” incluido en Manualidades, poemario de Nara Mansur reconocido con el Premio Guillén.
 
 
 
 

LA JIRIBILLA Nro. 297
Todo empieza y termina en el lenguaje

LA JIRIBILLA Nro. 402
Aires de premios para las letras de Cuba
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.