|
“Qué medallas te
adornan, niña patriota y
solitaria.
¿Estarás disponible en
un futuro inmediato?
¿Estarás dispuesta a
volver al arenero,
a hundirte un poco más
en el juego?”1
Aprovechamos las
bondades de la web. La
entrevista deberá ser
publicada con la mayor
premura: una
conversación que ha de
decirles a los lectores
de Manualidades:
“esta es la
hija-mujer-madre-escritora-teatrista-ciudadana
todoterreno que acaba de
recibir el Premio de
Poesía más prestigioso
de la Isla”, no puede
permitirse esperar a que
otros la presenten desde
una sala hinchada de
gente y de premios y
premiados, donde quizá
Nara Mansur no ha de
tener chance de decir
más que “gracias”. Pero
las bondades de la web
no nos asisten cuando el
internauta del otro lado
mueve las neuronas a la
velocidad de los bits:
las preguntas concebidas
pierden la capacidad de
desdoblarse,
interrumpirla,
interpelarla. Sirvan al
menos para validar su
propia advertencia:
lector, lea este
poemario solo cuando
pueda o tenga ganas de
dialogar. Y “como el que
no quiere la cosa”,
afile bien la lengua.
Hablemos un poco de
Manualidades…
Manualidades
es un cuaderno de poemas
que escribí este año,
casi de un tirón. Es un
libro armado como una
unidad, no son poemas
dispersos reunidos, sino
que tiene una temática,
un tiempo, un espacio,
ciertos procedimientos
que lo estructuran. Soy
madre de una niña de
casi tres años, y me ha
tocado vivir la
experiencia de la
maternidad lejos de mi
madre, de mi tradición
familiar, mis recuerdos,
mi casa, mi país. Todas
esas fuerzas se
desvanecieron. Pese a
estar enamorada y sentir
con alegría que ese
hombre llamado Guillermo
Esborraz es muy buen
padre, es muy hermoso,
de admirarlo, de
quererlo… la maternidad
es una experiencia de
tremenda soledad y como
yo siempre tengo miedo a
todo…! [Ríe]
Manualidades
fue este año mi ilusión
y mi terapia; da cuenta
de la vida —como
siempre— y de las
lecturas. Me he sentido
iluminada y aterrada,
excitada y desempleada.
En este caso, fue tan
iluminador leer
Ismaelillo
otra vez,
La edad de oro,
ver programas infantiles
en la televisión, ver en
las noticias cómo
protestan los
estudiantes, los
maestros, cómo despiden
sin piedad a madres,
cómo una parte
considerable de los
trabajadores argentinos
trabaja en negro, sin
hacer aportes
jubilatorios, sin
acumular vacaciones. Es
el primer libro que armo
sin tener un empleo. De
hecho, siempre me he
considerado una artista
aficionada, le debo al
teatro sentirme una
trabajadora. Escribir
siempre ha sido para mí
algo que hago cuando
llego de mi casa después
de una jornada laboral
como la tiene cualquier
trabajador.
¿Al acto de la escritura
—sea en lenguaje teatral
o en poesía— lo unifica
un mismo sentido, para
usted?
Sí, el sentido lo da la
voluntad de comunicar.
Qué quiero decir, para
qué, para quiénes, qué
estoy haciendo realmente
cuando estoy
escribiendo. Qué
entiendo por literatura,
por teatro. Volver a
esas preguntas tan
sencillas. No me
reconozco en la “metatranca”,
la vanidad, el arte
sostenido solo en un
deseo estetizante,
elitista. Hay un
sentido, una voluntad de
artificio más que
coloquial. Me gustaría
que los artistas, los
intelectuales,
estuviéramos en las
escuelas, en los
círculos infantiles
enseñando a los niños,
compartiendo,
participando como algo
natural; no somos
especiales y necesitamos
tener más poder. Todos
somos artistas, todos
tenemos cosas
maravillosas que
expresar. El libro habla
de esto también y cita a
Gramsci, a Trotsky, a
Rodolfo Walsh y a Martí,
claro.
¿Para qué escribir
poemas, para qué
escribir un poema? ¿Por
un deseo de
trascendencia, de
rebeldía? Me gustaría
que los poemas, que los
textos en general sean
en sí mismos noticias,
declaraciones,
videoclips,
publicidad, cartas… uno
quiere ser su propio
vocero, su propio
mass media… ¿Qué
cambia? Creo que el
circuito, el espacio de
circulación: los otros,
los que leen, ubican y
dividen... ojalá que
entre ellos no haya
ningún artista, que solo
sea tarea de la
burocracia.
Cuando Nara Mansur
escribe poemas, ¿se
“desdramatiza”?
Desdramatizándome
me pareció un buen
título para las obras de
teatro (me encanta
pensar en los títulos de
los textos, muchos de
nosotros lo que más
disfrutamos es el
proceso de armado de un
libro). La escritura
—como ya casi nada en la
vida— no se sostiene sin
su propia crisis, sin la
exposición de sus
propios problemas, sin
su desmontaje. Me parece
patético decir: soy una
artista, soy una
intelectual. Qué es uno
en esta vida, qué
significan esas
palabras: en relación
con qué modelos. Soy
todo lo que pueda hacer,
lo que mis miedos me
dejen; es tan vana y tan
inabarcable la vida, la
experiencia de uno como
creador, como
espectador. El teatro me
formó políticamente, me
lo ha dado todo: las
conversaciones, lo que
se habla después de un
ensayo, de una clase,
haciendo una revista,
pensando un evento,
compartiendo la comida,
el café. Situarme
también al lado de los
otros como promotora
cultural —primero en el
Gran Teatro de La Habana
y después en la Casa de
las Américas—me dio
lucidez y generosidad.
La verdad que no me creo
nada. Me gusta tener
sentido del humor,
ironizar, reírme,
hablar, hablar… soñar lo
más grande y saber que
puedo tirarme yo misma
una trompetilla, y eso
no me amilana, sigo
pa’lante.
En sus textos teatrales,
la mujer suele ser
protagonista. También en
sus versos,
especialmente a la hora
de revisar las
narraciones históricas o
los imaginarios
prescritos por la
historia oficial. ¿Por
qué le interesa
acercarse a estas
“otras” visiones,
particularmente desde la
figura femenina? Por
supuesto, me refiero
esencialmente al poema
dramático “Charlotte
Corday”…
La reescritura de un
clásico, de un mito, la
relectura de estos, está
en nuestra sensibilidad…
ya sabemos que todo está
dicho, la cuestión está
en el montaje que
hagamos de ficción y
tradición. Ahí la
experiencia dramatúrgica
y la de editora me han
ayudado mucho: cómo uno
lee, qué salvas, cómo
editas, cómo ordenas,
qué te mueve y en
relación con qué… todas
esas cosas muy obvias;
pero las personas somos
únicas y cada
sensibilidad se expresa
de manera muy
particular. Me gusta
mucho ser mujer y admiro
a muchas mujeres y a
muchos hombres. No creo
para nada que somos
débiles; he visto hacer
a mujeres cosas que
jamás harían los
hombres, algunas nada
admirables, por cierto…
uno habla de lo que más
conoce.
Charlotte Corday es una
figura polémica, una
campesina que se hizo
famosa por el asesinato
de Jean Paul Marat. En
ese momento, ¿qué
Revolución (Francesa)
era aquella? ¿Estaba
abogando ella por un
estado de revolución
permanente no
terrorista; quería que
la belleza se preservara
a toda costa? ¿Qué cosas
dio por perdidas y para
siempre que se convenció
de la necesidad de
apuñalar a aquel hombre?
¿Qué cosas pensó ella
que su crimen
devolvería? ¿Estaba
trastornada, enamorada o
tan lúcida que entendía
que valía la pena ese
asesinato, ese acto
suicida en esa cadena de
muertes?
Las mujeres de mi
familia son muy
importantes para mí:
siento la mirada de mi
abuela Margarita
Cortázar todo el tiempo,
camino y sé que siempre
estamos conversando. Qué
horrible la muerte, por
qué no la aceptamos y
por qué cuando parimos
la sentimos más cerca:
damos vida y sabemos que
podemos morir y también
nuestros hijos. Estando
embarazada vi una serie
que me encantó: Six
feet under (Seis pies
bajo tierra),
también vi mujeres
reprimidas en
manifestaciones en las
que ellas luchaban por
no ser despedidas; me vi
yo misma despedida
después de haber sido
felicitada por mi
trabajo. Las mujeres de
mis historias quieren
rescatar una idea de
política, de ética para
los trabajadores. Y una
idea de amor: el amor es
lo más importante,
siempre vi a mi mamá y a
mi abuela enamoradas y
hablando mucho con sus
maridos. Quizá es un
modelo muy difícil de
repetir, ya veré.
En los primeros años,
imagino que el caldo de
cultivo de sus poemas
serían inquietudes
volubles, como suele
sucederle a la mayoría
de los escritores. A sus
41 años, ¿considera que
su hacer poético ha
llegado a una etapa de
maduración? ¿Qué temas o
estados de ánimo inducen
hoy a Nara Mansur a
escribir un poema, en
vez de una pieza
teatral?
El poema es
independiente, libre y
soberano, suele ser
breve, me encanta la
idea de que en una
página haya una vida,
como una foto; no hay
que escribir tanto, solo
lo imprescindible. Ya no
me siento tan ingenua en
el mundillo cultural
pero sí en el social: me
doy cuenta de que mis
aspiraciones como
ciudadana son utópicas,
¿el orden? del mundo es
despiadado con nuestras
creencias.
Quiero escribir acerca
de cosas muy concretas.
La poesía puede hablar
de todo. En el poema
quiero que esté la
experiencia cotidiana
más bella y la más
brutal, hay un poema del
libro que “cuenta” cómo
a mi mamá le robaron una
cadena de oro en el
ómnibus P5, y otros que
acompañan a mi hija
Emilia cuando la llevo a
jugar al parque o que
retoman mis apuntes en
el taller de teatro que
dirige Pompeyo Audivert
en Buenos Aires. Quiero
que los poemas sean
también un espacio de
crítica, de asistencia,
de actuación, cuando uno
es solo una persona y
también cuando habla
desde un lugar que puede
ser el de la profesión:
cómo y dónde te colocas
en el mundo a partir de
las cosas que
estudiaste, esas cosas
que te formaron…
Si volviera a nacer,
elegiría estudiar
Derecho. Necesitamos
todos, artistas y no
artistas, leyes que nos
defiendan para que no
nos roben más, para que
no nos manipulen ni nos
malinterpreten.
Necesitamos poesía en
nuestros parlamentos. El
poema más bello será la
ley que nos haga más
libres, la que nos
proteja y no nos
inutilice ni nos
prejuzgue como
incapaces. Esos espacios
de la alta política
deben ser llenados por
hombres y mujeres de
ideas hermosas (esas que
parecen inútiles,
gratuitas, obvias) como
la de paz, libertad,
igualdad, fraternidad…
de las que cuesta tanto
hablar. Esas ideas
sencillas que son tan
difíciles de llevar
adelante, de concretar,
de volver naturaleza,
segunda piel.
En cuanto a premios
literarios, su obra
poética ha sido
reconocida desde
certámenes dedicados a
jóvenes escritores (en
concursos convocados por
la Universidad de La
Habana, 1993; Menciones
Premio David, de la
UNEAC, 1997 y 1998;
Premio Pinos Nuevos,
1998) hasta el Guillén
(2010), uno de los más
prestigiosos de la
nación. ¿Puede seguirse
su maduración, como
poeta, a partir de esa
línea? ¿En qué medida
considera que influyen
los premios literarios
cubanos en la
consolidación o el
impulso a los escritores
—especialmente a los
poetas, cuyas obras
suelen ser concebidas
más como un acto
espiritual, íntimo?
Los premios reconfortan,
te elevan la autoestima
por un ratico [Ríe]. La
gente te llama, te pide
poemas… pero eso no es
lo más importante. Me
parecen fundamentales
los concursos para
escritores inéditos,
esos que promueven
nuevas voces y los que
están concebidos para
apoyar expresiones
artísticas todavía no
legitimadas por la
crítica al uso.
Hay que tener mucha fe,
aprendo mucho de algunos
amigos, de gente muy,
muy inteligente que no
son tan visibles y casi
nunca se quejan ni
pretenden nada más que
ser ellos mismos y amar
a la gente que tienen al
lado: su familia, sus
alumnos. Uno madura,
claro, (¿se pudre?) pero
siento que con la
maternidad volví a
nacer, en muchos
sentidos soy otra. He
conocido a mucha gente.
Trabajar en la Casa de
las Américas me dio la
oportunidad de conocer a
teatristas de casi todo
el mundo, me dio la
posibilidad de viajar,
de ver mucho teatro, de
conocer a gente muy
reconocida y muy
inexperta; estudiar en
Argentina en 2004 me
voló la cabeza, lo que
pasa allí en los
talleres de teatro —esas
personas que después de
trabajar se van a
estudiar / a hacer
teatro hasta la
medianoche— me conmueve
todavía. Se pudiera
llamar amateurismo,
teatro aficionado, se
escribe poco de esto, se
subestima. Es casi lo
que más me gusta de
Buenos Aires. Allí
también hay una avidez
miamense en alguna gente
que deserotiza a
cualquiera y de eso
también me gustaría
hablar. ¿Por qué los
EE.UU. siempre aparecen
en nuestras vidas?
Son más importantes los
poemas que los libros y
que los nombres de los
escritores. Cada uno de
nosotros pudiera hacer
su libro ideal con
recortes de todo tipo,
en el mío estarían las
cartas que me mandaban
mis padres, mi hermano,
mis abuelos, cuando
estaba en Tarará, en la
escuela al campo, el
concentrado militar,
cada vez que me alejé de
mi casa. Esos son mis
textos sagrados, y
también las
conversaciones con
amigos queridos,
colegas, compañeros de
generación y otros que
por un tiempo fueron mis
alumnos.
Los premios sitúan,
agrandan el currículo,
hasta asustan al que
está afuera porque se
suele pensar: ¡Pero
Mengano se ha ganado
todo eso!... implican
responsabilidad; hay muy
buenos poetas ansiando
el Premio Guillén y
demasiadas necesidades
económicas, espero que
se premien libros
maravillosos en este y
en todos los concursos,
que se divulguen y que
todos los leamos. En
verdad me gustaría que
los lectores se acerquen
a Manualidades
con un aire distraído,
“como el que no quiere
la cosa”, como mismo
leyeron otras cosas mías
antes. Pero lo que más
quisiera es ser capaz de
criar, de educar a mi
hija, que el amor dure y
yo no me convierta en lo
que no quiero ser.
Fragmento del poema “Esa
es la escena”
incluido en
Manualidades,
poemario de Nara Mansur
reconocido con el Premio
Guillén. |