La Habana. Año IX.
8 al 14 de ENERO
de 2011

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ENTREVISTA CON MAYRA BEATRIZ MARTÍNEZ,
PREMIO CARPENTIER DE ENSAYO
De viaje por las tierras que balbucean
M. G. Lavandero • La Habana

Convivencias de El Viajero. Nuestra América desde los márgenes es el título que acaba de ser laureado con uno de los principales premios literarios de la Isla: por la novedad de sus puntos de vista sobre la obra martiana, los escritores e investigadores Rufo Caballero, Rafael Hernández y Adys Barrios en el rol de Jurado― le concedieron el Premio Alejo Carpentier de Ensayo (2011). Confiesa su autora, Mayra Beatriz Martínez, que mucho debe su acercamiento a los registros de viaje de Martí al impulso de Cintio Vitier, de Fina García Marruz y de la institución “nacida de sus manos”, donde actualmente se desempeña como investigadora. Martiana vocación la de volver a caminar por los mismos senderos “nuestramericanos” por los que anduvo el Apóstol; de ahondar sus huellas otra vez húmedas, por el paso reciente de Vitier, Marruz y Lezama.  

La intencionalidad política, la voluntad literaria, la pertinencia del ideologema martiano de Nuestra América… ¿qué la motivó?

Esta es una pregunta compleja para tan poco espacio; pero el motivo esencial fue, desde luego, defensivo: defender política y, en especial, culturalmente nuestro conglomerado polifónico. La preocupación por el destino continental estuvo en el discurso martiano prácticamente desde siempre, tanto en los documentos públicos como en los íntimos. Él mismo lo reconoció en una carta escrita a sus 24 años: “Les hablo de lo que hablo siempre: de este gigante desconocido, de estas tierras que balbucean, de nuestra América fabulosa.” Representó una obsesión consciente. Lógicamente, al rastrear en su corpus literario, notamos variaciones, una evolución sostenida del concepto en el tiempo —aunque zigzagueante— en la medida en que se afincaba su propio sentimiento identitario, se complejizaba su pensamiento, se enfebrecía su gestión y se perfeccionaba su ejercicio de mecanismos de mediación tanto en su agencia política, como en su quehacer literario —especialmente el periodístico—: acorde con la intencionalidad del mensaje, la coyuntura histórico-social y hasta territorial donde se insertaba el tema… desde luego, en dependencia del receptor a que se dirigía en cada oportunidad. Todo eso vuelve muy arriesgada cualquier valuación que pretenda ser abarcadora. Sin embargo, podemos asegurar que se aprecia en los 90, más que nunca antes, su interés por presentar la idea de “nuestra América” como unidad necesaria, inminente, aunque nunca llegue a esbozar un proyecto concreto que la estructure, que la pudiera llevar a término: una forma de gobernabilidad continental, digamos.

Donde mejor quedará precisada será, desde luego, en su ensayo homónimo —el cual, dicho sea de paso, a nuestro juicio no representa culminación en tanto todavía podemos apreciar un cuestionamiento aún solapado, evidencias de un proceso de estudio y una reflexión que, sin duda, continuaba. Pero si tratamos de hallar un motivo, una chispa primigenia para su meditación constante en torno al proyecto de una América de habla hispana unida e independiente de todo poder metropolitano —colonialista o imperialista— hay que hallarla en el pensamiento emancipador previo, acumulado a lo largo de la historia de estas tierras que bien conoció y estudió, y que luego se encargó de catapultar a un nivel superior.

Muchos fueron los proyectos de confederaciones continentales de naciones que, con seguridad, conoció bien, desde la “Colombia” de Francisco de Miranda, en los 80 del XVIII, pasando por la de su amigo y discípulo, Bernardo O’Higgins, con su “Manifiesto” de 1818. San Martín y Bolívar, obviamente, consideraron la pertinencia de esa unidad. El Libertador escribió en su “Carta de Jamaica”: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo”. En el área del Caribe, José Álvarez de Toledo, representante de la Isla en las Cortes de Cádiz, abogó por el establecimiento de una confederación independiente de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. Y ya en el XIX, Betances, Hostos, Luperón, Bonó… reconocen la hermandad natural de nuestras islas, más allá de cualquier proyecto de integración política. Era una idea que se respiraba en la época. Por eso no es extraño que desde su primer texto de viaje —las anotaciones conocidas como “[De pronto, como artesa de siglos…]”, de 1876—, el jovencito Pepe se interrogue: “¿Qué va a ser América: Roma o América, César o Espartaco? […] Las tierras de habla española son las que han de salvar en América la libertad, las que han de abrir el continente nuevo a su servicio de albergue. La mesa del mundo está en los Andes.” Este es un texto escrito a sus 23 años y parece, prácticamente, un fragmento tomado de su muy posterior ensayo Nuestra América, de 1891. Se dice que utilizó la expresión por vez primera en una reseña crítica a una obra de José Peón Contreras, aparecida en la Revista Universal, de México, en el 1876. Allí decía: “Si Europa fuera el cerebro, nuestra América sería el corazón”.

En un momento de su análisis, usted explica cómo el “con todos, y para el bien de todos” martiano “adquirió un alcance particular dentro del panorama de las muy variadas propuestas de reivindicación de las culturas originarias concebidas y/o llevadas a la práctica por parte de intelectuales hispanoamericanos en las postrimerías del XIX e inicios del XX”. A más de un siglo después, cuando se habla de estados plurinacionales como base de la construcción de otra institucionalidad en nuestra América de hoy, ¿cuántas luces cree que puede aportar la vuelta a esas representaciones martianas sobre “nuestra polifonía”?

La concepción de “nuestra América” evidencia, en principio, una colocación epistémica deudora del sentido de unidad nacional propia de los procesos de formación defensiva de los estados modernos europeos, donde cada nación sí representaba una entidad cultural compacta. El concepto aplicado a estas tierras delimita el conjunto de lo “nuestro” en contraposición a un “otro” relativo que, en el caso martiano, ya no se establecería solo respecto a Europa, sino muy en especial respecto a “la otra” América, para nada “nuestra”: “el Norte revuelto y brutal que nos desprecia”. ¿Resultaría funcional al cabo esta utópica unidad supranacional para muchas de nuestras repúblicas, las cuales, en su interior, eran ya suficientemente conflictivas al englobar subordinaciones tan diversas, en particular las de etnia? Es una pregunta que el propio Martí, al cabo, tuvo que hacerse, aunque su prioridad fue, a todas luces, la defensa política del conjunto.

Entiendo que precisamente su reflexión —su vida— se detuvo en los umbrales de la comprensión de la necesidad de esa institucionalidad especial para nuestro conglomerado, respetuosa de diferencias culturales que logró percibir bien de cerca; y ahí tenemos sus textos de viajero para testimoniarlo. La conflictividad latente al interior de las repúblicas que visitó en sus viajes a México, Centroamérica, Venezuela… donde las poblaciones de descendientes de los diferentes grupos indígenas originarios o de afrodescendientes permanecían marginadas, desconocidas, en ningún modo le pasó inadvertida. Quizá por tener tal conciencia de esta problemática tan sensible fue que, como sabemos, no llegó a concebir alguna posible estructuración práctica de su propia utopía “nuestramericana” —como sí lo hicieran algunos de sus predecesores.

A mi juicio, precisamente su “con todos y para el bien de todos” apuntaba más allá del simple establecimiento de estados nacionales con gobiernos “representativos”, los cuales, en territorios donde se ha dado naturalmente la mixtura cultural como Cuba, puede funcionar; pero que en otros ―a pesar de las intenciones más justicieras, más humanas― traicionarían fatalmente formas distintas de vivenciar la vida que no podemos comprender porque nos son epistémicamente ajenas. Desde Nuestra América creo percibir un inicio de su reconocimiento de la validez de logos alternativos, de sistemas de pensamiento diferentes. Allí nos previene ante la situación dramática del “[…] continente, descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón […]”, lo cual ha sido habitualmente interpretado como una defensa a los derechos individuales del hombre dentro de un estatuto liberal. ¿Por qué no considerarlo, en cambio, evidencia de una legitimación en ciernes del ejercicio pleno de logos ajenos, así como a la propia agencia de los sujetos que a ellos responden?

Desde niños, escuchamos lecciones sobre la idea martiana de Nuestra América, específicamente a través del estudio del ensayo homónimo; pero, frecuentemente, se dejan pasar en la enseñanza de la obra martiana los sentidos culturales, estéticos de ese tránsito de El Viajero por nuestras “naciones románticas” y las “islas dolorosas del mar” Caribe. ¿Cómo “rehistorizar, leer de forma nueva” estos textos?  

En primer lugar, hay que leerlos, que no es cosa que considero se haya hecho demasiado. Es muy cierto —y algo que voy tratando de paliar con las ediciones críticas de los textos de viaje en que he trabajado y con las que tengo en preparación— que la poca divulgación de los registros de El Viajero Martí, como volúmenes independientes, ha contribuido a su desestimación: son páginas que se hallan perdidas entre las innumerables que conforman las distintas ediciones de sus obras completas. A excepción de su reverenciado diario De Cabo Haitiano a Dos Ríos, el resto de sus congéneres ha padecido el más lamentable oscurecimiento, a pesar de sus excelencias estéticas, la trascendencia de la información que colectan y de la reflexión que en muchos se ejecuta en torno a los destinos de nuestros pueblos naturales. Por ejemplo, se privilegian tradicionalmente sus “escenas norteamericanas” en estudios donde se trata de demostrar cómo Martí somete a examen crítico los valores de la modernidad a partir de la observación del desarrollo de la cultura capitalista en las “entrañas del monstruo”. Sin embargo, se obvia la importancia de los textos donde se recogen palmariamente sus experiencias itinerantes a través de las zonas más marginadas de nuestras culturas —trastienda de aquellas prometedoras repúblicas ex-coloniales, y en vía franca de ser neo-coloniales—, que de manera ya bien evidente representaban los verdaderos soportes del florecimiento capitalista. Es decir, no ha quedado claro su lugar como exponentes, igualmente, de su pensamiento antihegemónico.

De igual modo, esos textos son una evidencia de la evolución estilística martiana tanto como cualquier poema, cuento, crónica: desde las escenas coloristas románticas de sus primeros diarios y cuadernos de anotaciones en México hasta la apasionada prosa poética, exquisitamente modernista, adelantadamente dialógica, de sus Diarios de campaña. ¿Acaso la espectacular síntesis que representa su descripción de la tensa jornada del 9 de abril de 1895 —“Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos.”— no ha de valer tanto como alguna de sus opulentas crónicas neoyorkinas?

Por otra parte, lo fundamental es dejar de acercarnos, en general, a la obra martiana considerándola escritura sagrada. Todos podemos tener nuestro propio Martí, no hay que dejar que nos lo impongan. Para mayor esclarecimiento de esa intención —de esa necesidad—, coloco al inicio de mi libro un exergo compuesto por dos interrogaciones elocuentes, evidentemente retóricas, tomadas de Los dos ejes de la cruz, de Noe Jitrik. Citándolas respondo totalmente tu pregunta:

¿Podríamos desde cierta teoría de la lectura, convertir todo, aún lo que aparentemente tiene el cerrado aspecto del monumento, en un documento legible, y a la lectura como el trámite necesario para reconstruir un proceso? ¿O, por el contrario, debemos ser obedientes a una exigencia que bloquea y que, consolidando una actitud reverencial frente a los hechos del origen, aparentemente indispensable para afirmar el sentido de una cultura, impide el desarrollo necesario, respiratorio para la cultura, de la crítica?”

Recibe un premio literario por un ensayo cuya temática obliga a acercarse a cuestiones históricas, políticas, estéticas… lo cual podría ser un ejercicio denso al escribir. ¿Frescura-profundidad científica: son incompatibles?

No son incompatibles, sino complementarias, como todo en la vida, que fluye y se interconecta. Te confieso que cada vez más trato de pensar lo menos dicotómicamente posible, de entender los procesos como confluencias que devienen, sin tener que congelarse, “lo uno o lo otro”. El enfoque de mi texto, por ejemplo, donde dices que abordo cuestiones históricas y políticas es, en realidad, un análisis de textos literarios —mi formación es filológica— donde trato de no perderme nada que ayude a la comprensión; y no podía ser otra cosa que interdisciplinario: no sabría entender el proceso del pensamiento martiano parcelándolo, cuando él mismo era el todo en lo uno.

Volviendo a tu pregunta: en lo particular, de pronto me descubro usando un lenguaje muy coloquial en medio de un examen donde estoy implicando categorías complejas: entonces debo llamarme a capítulo y enseriarme —solo un tanto—, pues sé que alguien podrá ver en eso poco rigor y dejar de tomar en cuenta lo que digo: se pierden determinados lectores que interesan. Así que la frescura no creo que sea una virtud per se, sino empleada en la gradación conveniente. Tal vez sería mejor utilizar el término de “amenidad”, que sí es un pecado capital no cuidar: el texto debe fluir y resultar entretenido. Es una pena que muchos textos de “gran profundidad científica”, como tú mencionas, tengan que ser prácticamente reescritos hasta resultar aptos para la publicación —y lo digo con toda la propiedad que me dan mis años de editora—, porque, después de ser así “versionados”, en buena medida pierden la pulsión original y hasta llegan a desdibujarse algunas de sus aristas: el autor que sea capaz de cuidar su escritura, está preservando también la integridad de su “profundidad científica”. Pero la justa medida de los ingredientes depende, obviamente, de la personalidad de cada quien. Siendo aceptablemente correcta, debe respetarse.

¿Cuánto hay del legado de Cintio Vitier y del trabajo cotidiano en el Centro de Estudios Martianos en su aproximación?

Las obras y la compañía de Cintio y Fina al trabajo del Centro de Estudios Martianos durante todos estos años —desde la concepción misma de la institución nacida de sus manos—, se abrazan conformando el tronco de lo que podríamos todos reconocer, sin lugar a duda, como nuestro árbol tutelar. Ese legado que mencionas, donde yo los siento a ambos siempre unidos, nos asiste de manera permanente, más allá del estudio de sus legados o de las puntuales citas de apoyo a sus textos en nuestras investigaciones. Incluso, si en nuestros trabajos —que necesariamente van asumiendo enfoques y abordando temáticas de manera más contemporánea—, llegamos a distanciarnos o a disentir en alguna medida de sus criterios, está su impronta presente, porque nos obliga a ser muy serios y cuidadosos en nuestros análisis.

En el caso particular de mi trabajo con los registros de viaje martianos, ambos han representado una iluminación de base, pues, como se sabe, junto con Lezama —y los origenistas en general—, fueron fervientes lectores de los diarios de campaña últimos, dedicaron memorables páginas a revelar su trascendencia para lo cubano. Solo a partir de una conminación semejante podemos darnos hoy a comprender mejor las alas de la razón y del alma que hizo crecer y desplegarse el andar martiano más afincado a la tierra “nuestramericana”.
 
 
 
 

LA JIRIBILLA Nro. 297
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LA JIRIBILLA Nro. 402
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