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Convivencias de El
Viajero. Nuestra América
desde los márgenes
es el título que acaba
de ser laureado con uno
de los principales
premios literarios de la
Isla: por la novedad de
sus puntos de vista
sobre la obra martiana,
los escritores e
investigadores Rufo
Caballero, Rafael
Hernández y Adys Barrios
en el rol de Jurado― le
concedieron el Premio
Alejo Carpentier de
Ensayo (2011). Confiesa
su autora, Mayra Beatriz
Martínez, que mucho debe
su acercamiento a los
registros de viaje de
Martí al impulso de
Cintio Vitier, de Fina
García Marruz y de la
institución “nacida de
sus manos”, donde
actualmente se desempeña
como investigadora.
Martiana vocación la de
volver a caminar por los
mismos senderos
“nuestramericanos” por
los que anduvo el
Apóstol; de ahondar sus
huellas otra vez
húmedas, por el paso
reciente de Vitier,
Marruz y Lezama.
La intencionalidad
política, la voluntad
literaria, la
pertinencia del
ideologema martiano de
Nuestra América… ¿qué la
motivó?
Esta es una pregunta
compleja para tan poco
espacio; pero el motivo
esencial fue, desde
luego, defensivo:
defender política y, en
especial, culturalmente
nuestro conglomerado
polifónico. La
preocupación por el
destino continental
estuvo en el discurso
martiano prácticamente
desde siempre, tanto en
los documentos públicos
como en los íntimos. Él
mismo lo reconoció en
una carta escrita a sus
24 años: “Les hablo de
lo que hablo siempre: de
este gigante
desconocido, de estas
tierras que balbucean,
de nuestra América
fabulosa.” Representó
una obsesión consciente.
Lógicamente, al rastrear
en su corpus
literario, notamos
variaciones, una
evolución sostenida del
concepto en el tiempo
—aunque zigzagueante— en
la medida en que se
afincaba su propio
sentimiento identitario,
se complejizaba su
pensamiento, se
enfebrecía su gestión y
se perfeccionaba su
ejercicio de mecanismos
de mediación tanto en su
agencia política, como
en su quehacer literario
—especialmente el
periodístico—: acorde
con la intencionalidad
del mensaje, la
coyuntura
histórico-social y hasta
territorial donde se
insertaba el tema… desde
luego, en dependencia
del receptor a que se
dirigía en cada
oportunidad. Todo eso
vuelve muy arriesgada
cualquier valuación que
pretenda ser abarcadora.
Sin embargo, podemos
asegurar que se aprecia
en los 90, más que nunca
antes, su interés por
presentar la idea de
“nuestra América” como
unidad necesaria,
inminente, aunque nunca
llegue a esbozar un
proyecto concreto que la
estructure, que la
pudiera llevar a
término: una forma de
gobernabilidad
continental, digamos.
Donde mejor quedará
precisada será, desde
luego, en su ensayo
homónimo —el cual, dicho
sea de paso, a nuestro
juicio no representa
culminación en tanto
todavía podemos apreciar
un cuestionamiento aún
solapado, evidencias de
un proceso de estudio y
una reflexión que, sin
duda, continuaba. Pero
si tratamos de hallar un
motivo, una chispa
primigenia para su
meditación constante en
torno al proyecto de una
América de habla hispana
unida e independiente de
todo poder metropolitano
—colonialista o
imperialista— hay que
hallarla en el
pensamiento emancipador
previo, acumulado a lo
largo de la historia de
estas tierras que bien
conoció y estudió, y que
luego se encargó de
catapultar a un nivel
superior.
Muchos fueron los
proyectos de
confederaciones
continentales de
naciones que, con
seguridad, conoció bien,
desde la “Colombia” de
Francisco de Miranda, en
los 80 del XVIII,
pasando por la de su
amigo y discípulo,
Bernardo O’Higgins, con
su “Manifiesto” de 1818.
San Martín y Bolívar,
obviamente, consideraron
la pertinencia de esa
unidad. El Libertador
escribió en su “Carta de
Jamaica”: “Es una idea
grandiosa pretender
formar de todo el Mundo
Nuevo una sola nación,
con un solo vínculo que
ligue sus partes entre
sí y con el todo”. En el
área del Caribe, José
Álvarez de Toledo,
representante de la Isla
en las Cortes de Cádiz,
abogó por el
establecimiento de una
confederación
independiente de Cuba,
Puerto Rico y Santo
Domingo. Y ya en el XIX,
Betances, Hostos,
Luperón, Bonó… reconocen
la hermandad natural de
nuestras islas, más allá
de cualquier proyecto de
integración política.
Era una idea que se
respiraba en la época.
Por eso no es extraño
que desde su primer
texto de viaje —las
anotaciones conocidas
como “[De pronto, como
artesa de siglos…]”, de
1876—, el jovencito Pepe
se interrogue:
“¿Qué va a ser América:
Roma o América, César o
Espartaco? […] Las
tierras de habla
española son las que han
de salvar en América la
libertad, las que han de
abrir el continente
nuevo a su servicio de
albergue. La mesa del
mundo está en los
Andes.” Este es un texto
escrito a sus 23 años y
parece, prácticamente,
un fragmento tomado de
su muy posterior ensayo
Nuestra América,
de 1891. Se dice que
utilizó la
expresión por vez
primera en una reseña
crítica a una obra de
José Peón Contreras,
aparecida en la
Revista Universal,
de México, en el 1876.
Allí decía: “Si Europa
fuera el cerebro,
nuestra América
sería el corazón”.
En un momento de su
análisis, usted explica
cómo el “con todos, y
para el bien de todos”
martiano “adquirió un
alcance particular
dentro del panorama de
las muy variadas
propuestas de
reivindicación de las
culturas originarias
concebidas y/o llevadas
a la práctica por parte
de intelectuales
hispanoamericanos en las
postrimerías del
XIX e inicios del
XX”. A más de un siglo
después, cuando se habla
de estados
plurinacionales como
base de la construcción
de otra
institucionalidad en
nuestra América de hoy,
¿cuántas luces cree que
puede aportar la vuelta
a esas representaciones
martianas sobre “nuestra
polifonía”?
La concepción de
“nuestra América”
evidencia, en principio,
una colocación
epistémica deudora del
sentido de unidad
nacional propia de los
procesos de formación
defensiva de los estados
modernos europeos, donde
cada nación sí
representaba una entidad
cultural compacta. El
concepto aplicado a
estas tierras delimita
el conjunto de lo
“nuestro” en
contraposición a un
“otro” relativo que, en
el caso martiano, ya no
se establecería solo
respecto a Europa, sino
muy en especial respecto
a “la otra” América,
para nada “nuestra”: “el
Norte revuelto y brutal
que nos desprecia”.
¿Resultaría funcional al
cabo esta utópica unidad
supranacional para
muchas de nuestras
repúblicas, las cuales,
en su interior, eran ya
suficientemente
conflictivas al englobar
subordinaciones tan
diversas, en particular
las de etnia? Es una
pregunta que el propio
Martí, al cabo, tuvo que
hacerse, aunque su
prioridad fue, a todas
luces, la defensa
política del conjunto.
Entiendo que
precisamente su
reflexión —su vida— se
detuvo en los umbrales
de la comprensión de la
necesidad de esa
institucionalidad
especial para nuestro
conglomerado, respetuosa
de diferencias
culturales que logró
percibir bien de cerca;
y ahí tenemos sus textos
de viajero para
testimoniarlo. La
conflictividad latente
al interior de las
repúblicas que visitó en
sus viajes a México,
Centroamérica,
Venezuela… donde las
poblaciones de
descendientes de los
diferentes grupos
indígenas originarios o
de afrodescendientes
permanecían marginadas,
desconocidas, en ningún
modo le pasó
inadvertida. Quizá por
tener tal conciencia de
esta problemática tan
sensible fue que, como
sabemos, no llegó a
concebir alguna posible
estructuración práctica
de su propia utopía
“nuestramericana” —como
sí lo hicieran algunos
de sus predecesores.
A mi juicio,
precisamente su “con
todos y para el bien de
todos” apuntaba más allá
del simple
establecimiento de
estados nacionales con
gobiernos
“representativos”, los
cuales, en territorios
donde se ha dado
naturalmente la mixtura
cultural como Cuba,
puede funcionar; pero
que en otros ―a pesar de
las intenciones más
justicieras, más
humanas― traicionarían
fatalmente formas
distintas de vivenciar
la vida que no podemos
comprender porque nos
son epistémicamente
ajenas. Desde Nuestra
América creo
percibir un inicio de su
reconocimiento de la
validez de
logos alternativos, de
sistemas de pensamiento
diferentes. Allí nos
previene ante la
situación dramática del
“[…] continente,
descoyuntado durante
tres siglos por un mando
que negaba el derecho
del hombre al ejercicio
de su razón […]”, lo
cual ha sido
habitualmente
interpretado como una
defensa a los derechos
individuales del hombre
dentro de un estatuto
liberal. ¿Por qué no
considerarlo, en cambio,
evidencia de una
legitimación en ciernes
del ejercicio pleno de
logos ajenos, así como a
la propia agencia de los
sujetos que a ellos
responden?
Desde niños, escuchamos
lecciones sobre la idea
martiana de Nuestra
América, específicamente
a través del estudio del
ensayo homónimo; pero,
frecuentemente, se dejan
pasar
―en
la enseñanza de la obra
martiana―
los sentidos culturales,
estéticos de ese
tránsito de El Viajero
por nuestras “naciones
románticas” y las “islas
dolorosas del mar”
Caribe. ¿Cómo
“rehistorizar, leer de
forma nueva” estos
textos?
En primer lugar, hay que
leerlos, que no es cosa
que considero se haya
hecho demasiado. Es muy
cierto —y algo que voy
tratando de paliar con
las ediciones críticas
de los textos de viaje
en que he trabajado y
con las que tengo en
preparación— que la poca
divulgación de los
registros de El Viajero
Martí, como volúmenes
independientes, ha
contribuido a su
desestimación: son
páginas que se hallan
perdidas entre las
innumerables que
conforman las distintas
ediciones de sus obras
completas. A excepción
de su reverenciado
diario De Cabo
Haitiano a Dos Ríos,
el resto de sus
congéneres ha padecido
el más lamentable
oscurecimiento, a pesar
de sus excelencias
estéticas, la
trascendencia de la
información que colectan
y de la reflexión que en
muchos se ejecuta en
torno a los destinos de
nuestros pueblos
naturales. Por ejemplo,
se privilegian
tradicionalmente sus
“escenas
norteamericanas” en
estudios donde se trata
de
demostrar cómo Martí
somete a examen crítico
los valores de la
modernidad a partir de
la observación del
desarrollo de la cultura
capitalista en las
“entrañas del monstruo”.
Sin embargo, se obvia la
importancia de los
textos donde se recogen
palmariamente sus
experiencias itinerantes
a través de las zonas
más marginadas de
nuestras culturas
—trastienda de aquellas
prometedoras repúblicas
ex-coloniales, y en vía
franca de ser
neo-coloniales—, que de
manera ya bien evidente
representaban los
verdaderos soportes del
florecimiento
capitalista. Es decir,
no ha quedado claro su
lugar como exponentes,
igualmente, de su
pensamiento
antihegemónico.
De igual modo, esos
textos son una evidencia
de la evolución
estilística martiana
tanto como cualquier
poema, cuento, crónica:
desde las escenas
coloristas románticas de
sus primeros diarios y
cuadernos de anotaciones
en México hasta la
apasionada prosa
poética, exquisitamente
modernista,
adelantadamente
dialógica, de sus
Diarios de campaña.
¿Acaso la espectacular
síntesis que representa
su descripción de la
tensa jornada del 9 de
abril de 1895 —“Lola,
jolongo, llorando en el
balcón. Nos
embarcamos.”— no ha de
valer tanto como alguna
de sus opulentas
crónicas neoyorkinas?
Por otra parte, lo
fundamental es dejar de
acercarnos, en general,
a la obra martiana
considerándola escritura
sagrada. Todos podemos
tener nuestro propio
Martí, no hay que dejar
que nos lo impongan.
Para mayor
esclarecimiento de esa
intención —de esa
necesidad—, coloco al
inicio de mi libro un
exergo compuesto por dos
interrogaciones
elocuentes,
evidentemente retóricas,
tomadas de
Los dos ejes de la cruz,
de Noe Jitrik.
Citándolas respondo
totalmente tu pregunta:
“¿Podríamos
desde cierta teoría de
la lectura, convertir
todo, aún lo que
aparentemente tiene el
cerrado aspecto del
monumento, en un
documento legible, y a
la lectura como el
trámite necesario para
reconstruir un proceso?
¿O, por el contrario,
debemos ser obedientes a
una exigencia que
bloquea y que,
consolidando una actitud
reverencial frente a los
hechos del origen,
aparentemente
indispensable para
afirmar el sentido de
una cultura, impide el
desarrollo necesario,
respiratorio para la
cultura, de la crítica?”
Recibe un premio
literario por un ensayo
cuya temática obliga a
acercarse a cuestiones
históricas, políticas,
estéticas… lo cual
podría ser un ejercicio
denso al
escribir. ¿Frescura-profundidad
científica: son
incompatibles?
No son incompatibles,
sino complementarias,
como todo en la vida,
que fluye y se
interconecta. Te
confieso que cada vez
más trato de pensar lo
menos dicotómicamente
posible, de entender los
procesos como
confluencias que
devienen, sin tener que
congelarse, “lo uno o lo
otro”. El enfoque de mi
texto, por ejemplo,
donde dices que abordo
cuestiones históricas y
políticas es, en
realidad, un análisis de
textos literarios —mi
formación es filológica—
donde trato de no
perderme nada que ayude
a la comprensión; y no
podía ser otra cosa que
interdisciplinario: no
sabría entender el
proceso del pensamiento
martiano parcelándolo,
cuando él mismo era el
todo en lo uno.
Volviendo a tu pregunta:
en lo particular, de
pronto me descubro
usando un lenguaje muy
coloquial en medio de un
examen donde estoy
implicando categorías
complejas: entonces debo
llamarme a capítulo y
enseriarme —solo un
tanto—, pues sé que
alguien podrá ver en eso
poco rigor y dejar de
tomar en cuenta lo que
digo: se pierden
determinados lectores
que interesan. Así que
la frescura no creo que
sea una virtud per se,
sino empleada en la
gradación conveniente.
Tal vez sería mejor
utilizar el término de
“amenidad”, que sí es un
pecado capital no
cuidar: el texto debe
fluir y resultar
entretenido. Es una pena
que muchos textos de
“gran profundidad
científica”, como tú
mencionas, tengan que
ser prácticamente
reescritos hasta
resultar aptos para la
publicación —y lo digo
con toda la propiedad
que me dan mis años de
editora—, porque,
después de ser así
“versionados”, en buena
medida pierden la
pulsión original y hasta
llegan a desdibujarse
algunas de sus aristas:
el autor que sea capaz
de cuidar su escritura,
está preservando también
la integridad de su
“profundidad
científica”. Pero la
justa medida de los
ingredientes depende,
obviamente, de la
personalidad de cada
quien. Siendo
aceptablemente correcta,
debe respetarse.
¿Cuánto hay del legado
de Cintio Vitier y del
trabajo cotidiano en el
Centro de Estudios
Martianos en su
aproximación?
Las obras y la compañía
de Cintio y Fina al
trabajo del Centro de
Estudios Martianos
durante todos estos años
—desde la concepción
misma de la institución
nacida de sus manos—, se
abrazan conformando el
tronco de lo que
podríamos todos
reconocer, sin lugar a
duda, como nuestro árbol
tutelar. Ese legado que
mencionas, donde yo los
siento a ambos siempre
unidos, nos asiste de
manera permanente, más
allá del estudio de sus
legados o de las
puntuales citas de apoyo
a sus textos en nuestras
investigaciones.
Incluso, si en nuestros
trabajos —que
necesariamente van
asumiendo enfoques y
abordando temáticas de
manera más
contemporánea—, llegamos
a distanciarnos o a
disentir en alguna
medida de sus criterios,
está su impronta
presente, porque nos
obliga a ser muy serios
y cuidadosos en nuestros
análisis.
En el caso particular de
mi trabajo con los
registros de viaje
martianos, ambos han
representado una
iluminación de base,
pues, como se sabe,
junto con Lezama —y los
origenistas en general—,
fueron fervientes
lectores de los diarios
de campaña últimos,
dedicaron memorables
páginas a revelar su
trascendencia para lo
cubano. Solo a partir de
una conminación
semejante podemos darnos
hoy a comprender mejor
las alas de la razón y
del alma que hizo crecer
y desplegarse el andar
martiano más afincado a
la tierra “nuestramericana”. |