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Roberto Méndez, Premio Carpentier de Novela
Coronar con una novela un sistema poético
Yinett Polanco • La Habana
Fotos: Kike (La Jiribilla)

Poeta, ensayista, crítico de arte y narrador, Roberto Méndez obtuvo el Premio Carpentier de Novela en su más reciente edición por Ritual del necio, texto que a juicio del jurado integrado por Arturo Arango, Alberto Guerra y Lorenzo Lunar, sobresale por la conformación de un todo de fuerte trascendencia estética.

Ganador del Premio Nicolás Guillén en su primera edición, el escritor camagüeyano obtiene por segunda vez el Premio Carpentier. Autor de una decena de poemarios, recogidos en la antología Autorretrato con cardo (Ediciones Unión, 2004), Roberto Méndez tiene en su haber además varios volúmenes de ensayo, una novela y textos de crítica sobre ópera y ballet.

Licenciado en Sociología en la Universidad de La Habana, es Doctor en Ciencias sobre Arte en el Instituto Superior de Arte (ISA) y Miembro Correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua; editor de La Jiribilla de Papel, miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC). Por su quehacer poético ha obtenido menciones en los concursos David (1981 y 1985), 13 de Marzo (1985 y 1986), El Caimán Barbudo (1985). Muestras de su creación han sido recogidas en antologías cubanas y extranjeras.

Roberto Méndez se ha vuelto una presencia casi recurrente en los Premios Guillén y Carpentier: Premio de Poesía con Viendo acabado tanto reino fuerte y de ensayo con la investigación sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda, obtiene ahora el galardón de Novela con Ritual del necio. ¿Qué distingue a su juicio los Premios Guillén y Carpentier dentro del espectro de los certámenes de las letras cubanas?

Los Premios Carpentier y Guillén han devenido muy pronto espacios efectivos de “legitimación” dentro de la literatura cubana. De hecho, son los premios “insignia” del Instituto Cubano del Libro. Además de su dotación económica, implican una edición bastante rápida del texto premiado en una colección cuidada y atractiva, así como la promoción del autor a través de los medios de difusión masiva, sin olvidar las giras por algunas regiones del país y hasta alguna Feria del Libro en el extranjero. A diferencia de otros premios nacionales, este no concluye al recibir el lauro, sino que allí comienza una estrategia que no es perfecta, pero sí bastante efectiva para que el creador sea conocido por el público.

A esto podría sumarse el que, en alrededor de una década de existencia, los hayan recibido autores notables de diversas generaciones, desde los ya consagrados como Antón Arrufat y Enrique Saínz, hasta creadores mucho más jóvenes pero con obra apreciable: Jorge Fornet, Teresa Melo, David Leyva. Eso hace que uno se sienta en muy buena compañía e insista en ellos. Me ha tocado el extraño récord de obtener el Premio Guillén en su primera edición, el Carpentier en 2007 con mi ensayo Otra mirada a La Peregrina y ahora el de novela. Casi parece un exceso. Prometo solemnemente a los organizadores no reincidir.

Aunque su producción literaria se ha conformado mayoritariamente a partir de la poesía y la investigación, tiene una novela publicada: Variaciones de Jeremías Sullivan y en 2007 anunciaba la existencia de otras dos: La conjura de Perceval y Callejón del infierno. Para un escritor que recorre habitualmente otros caminos, ¿qué posibilidades brinda la novela como género?

No está de moda hoy hablar de géneros cuando las fronteras se han desdibujado entre ellos. De todos modos el concepto de novela está asociado con lo totalizador, con aquello que contiene dentro de sí no solo la narración, sino también la poesía, el ensayo y el teatro. Aprecio particularmente esas obras donde el autor no es un simple contador de historias, sino también un poeta y un filósofo, por ejemplo el Hesse de El juego de abalorios, el Thomas Mann de Doktor Faustus, libro sobre el que vuelvo con mucha frecuencia y que aprecio más que La montaña mágica, aunque eso parezca un sacrilegio, y también Los pasos perdidos y Paradiso.

Lezama nos enseña que un sistema poético se puede cimentar en poemas y ensayos, pero coronarse con una novela.

¿Por qué enviar a concurso Ritual del necio y no aquellas dos  que ya se anunciaban hace unos años? ¿Cuál ha sido el destino de estos textos?

Yo no he sido un narrador profesional. De hecho creo que este premio —a diferencia de los anteriores— ha tomado absolutamente por sorpresa al gremio. Durante años escribí cuentos que han ido a parar a las gavetas, porque no me siento cómodo en este género compacto y sintético. En 1999 vio la luz Variaciones de Jeremías Sullivan, casi una década después de terminada. Es una novela breve, lúdica, llena de juegos posmodernos: imitaciones, pastiches, homenajes, juegos interdiscursivos. Si se hubiera publicado acabada de concluir, hubiera sido de una novedad absoluta, pero apareció tarde, con serios errores en el texto y casi nula promoción. Creo que muy pocos la vieron. Alguna vez me gustaría revisarla y preparar una nueva edición.

De todos modos en mi obra todo parecía apuntar hacia la novela: algunos críticos han señalado que mi poesía tiende a lo narrativo, que el contar en ella parece ir más allá de lo habitual en la lírica y mi propia labor como investigador histórico me ha llevado a escribir dos libros que además de al historiador implican al narrador: Leyendas y tradiciones del Camagüey —el único de mis libros que tiene tres ediciones y que los lectores buscan hasta agotarlo— y la biografía Amalia Simoni, una vida oculta, hecha con estricto rigor científico, pero contada con estrategias novelescas.

Callejón del infierno es una novela extensa, ambientada en la ciudad de Puerto Príncipe en los años de la guerra del 68. Mezcla lo histórico con una intriga que tiene algo del género policial. La editorial Letras Cubanas la tiene en preparación, debe aparecer en la próxima Feria del Libro.

La conjura de Perceval
era el título de la primera versión de Ritual del necio. Su redacción inicial se concluyó hacia 1999. Era un texto denso, de poco más de un centenar de cuartillas. La leyeron unos pocos amigos de Cuba y el extranjero, y estuvieron de acuerdo en que era alucinante, pero con pocas posibilidades para el lector promedio actual. La revisé varias veces, probé fortuna en concursos locales y del resto del mundo y en editoriales de todas partes, en todas encontré rechazos más o menos corteses. Se me volvió un libro que me quemaba las manos. El pasado año me decidí a algo más radical: repensar completamente el libro, rehacerlo, a partir de dilatar el núcleo inicial, ponerlo a dialogar con otras historias, contextualizarlo, magnificar la presencia en él de la mitología, la historia del arte, la filosofía, aunque pareciera delirante. Así nació Ritual del necio y tuvo fortuna en el concurso, veremos qué dicen los lectores “promedio”, si es que esa entelequia realmente existe.

Como ensayista o articulista usted se ha acercado a figuras esenciales de nuestra literatura como José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Lezama Lima, Alejo Carpentier… ¿cuánto ha influido la investigación sobre obras tan particulares en la suya propia?

Estudiar a otros autores, si su obra es grande, retadora, llena de enigmas, me ayuda a esclarecerme. Heredia, La Avellaneda, Lezama son creadores con los que he aprendido muchísimo, no solo con aquella parte de sus obras que han sido consideradas “maestras”, sino también con lo que les resultó fallido o se les quedó en embrión. Por otra parte, los ensayos extensos obligan a tener método, disciplina, paciencia para reescribir y espíritu de arquitecto para edificar, virtudes que he aprovechado para mis labores como novelista.

¿Entre investigaciones literarias y afanes novelísticos, continúa quedando espacio en su labor para la crítica de arte que tanto marcó una época de su creación?

En una etapa de mi vida, entre los 20 y los 40 años, aproximadamente, además de la poesía escribía casi exclusivamente crítica de arte, especialmente de danza y artes plásticas, aunque alguna vez incursioné en la de música: ahí están como testimonio muchísimas páginas en el periódico Adelante, de Camagüey, en El Caimán Barbudo, Revolución y Cultura, La Gaceta de Cuba y otras publicaciones. En determinado momento sentí que me dispersaba en páginas que resultaban un poco efímeras y me dediqué más a la ensayística y la investigación, pero nunca me he apartado totalmente de la crítica de arte y en general del periodismo cultural, como demuestran mis colaboraciones en La Jiribilla, la columna que sostengo en Cubaliteraria y mi espacio en Habana Radio. Las Ediciones Matanzas acaban de publicar el libro Salón clausurado, donde recojo las principales críticas de artes plásticas que he escrito en la última década. Ahora soy un crítico más pausado, con menos prisa periodística y no me interesa “cubrir” todo lo que ocurre en una manifestación, sino comentar lo que me resulta retador.

La celebración del siglo de Lezama demandó del Roberto Méndez investigador una dedicación particular a las temáticas lezamianas y origenistas, traducidas en conferencias, presentaciones de libros y la publicación de la Valoración Múltiple sobre el autor de Paradiso por Casa de las Américas. ¿Qué saldo a su juicio ha dejado la conmemoración de este centenario para el quehacer actual de la cultura cubana?

El Centenario de Lezama deja varias cosas palpables: el inicio de la edición de sus obras completas por Letras Cubanas, una nueva Valoración Múltiple para el uso de los investigadores y estudiantes y la ruptura del tabú que rodeaba al escritor. Las conferencias, conciertos, funciones de ballet, en su honor, dejan un saldo espiritual: la obra de un grande de nuestras letras ha sido puesta al alcance de los lectores. Ya no se le abordará más como a alguien que tiene sabor a censura, sino como a un clásico que hay que estudiar y disfrutar. Creo que el Lezama “de capilla” se ha ido desvaneciendo, pero el Lezama vital nos sigue ofreciendo el riesgo de múltiples lecturas, más allá de cualquier moda.

 
 
 
 

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.