La Habana. Año IX.
8 al 14 de ENERO
de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Casa Vieja

Voluntad de metáfora y simbiosis

Nicolás Dorr • La Habana

Es para mí un placentero privilegio presentar el más reciente filme de un inteligente realizador, Lester Hamlet, basado en una pieza teatral de mi querido colega, dramaturgo extraordinario, Abelardo Estorino.  

Recuerdo ahora el estreno teatral de La casa vieja, en 1964, por el grupo Teatro Estudio, en la sala Hubert de Blanck y bajo la dirección de Berta Martínez, con las actuaciones memorables de Silvia Planas, Raquel Revuelta, Manuel Pereiro y la eximia Herminia Sánchez. En ese momento fue una pieza estupendamente actual, valiente y comprometida con las ideas más de avanzada que pugnaban por hacerse oír en medio de una realidad que comenzaba a manifestar ciertas fuerzas oscuras. La casa vieja fue como una clarinada, una alerta de que el teatro podía provocar reflexiones, influir en las personas para una alternativa de conciencia, y podía también reafirmar en muchos espectadores principios y posturas. Fue, sin duda alguna, la primera pieza teatral combativa y cuestionadora del teatro revolucionario cubano.

Y ahora, 46 años después de aquel exitoso estreno teatral, asistimos a la versión cinematográfica, tan compleja y certera como su fuente dramática.

Ya Estorino había tenido la enriquecedora comunicación con el cine en los inicios de los 60 cuando se filmó El robo del cochino. Curiosamente en aquella ocasión como en esta, los directores abreviaron el título de ambas piezas; a la primera, llamándola simplemente El robo y a esta de ahora eliminándole el artículo. Parecería este un curioso y reiterado sino del autor en cuanto a la traslación de sus obras al séptimo arte. Pero más adelante daré mi impresión y opinión del porqué de la supresión del artículo en este nuevo título.

Puedo asegurarles estimados espectadores que dentro de unos instantes disfrutaremos de una Obra de Arte. Sí. Así con todas sus letras. Una verdadera Obra de Arte. Y no me mueve para este elogio ni amistad ni comprometimiento con el director. Él lo sabe. Estoy emocionado ante este filme, que he podido analizar con detenimiento. Los años trabajados por mí en el ICAIC, con Alfredo Guevara y después con Julio García Espinosa y las asesorías a los primeros filmes de Fernando Pérez, Clandestinos y Hello Hemingway, me han ofrecido cierta propiedad para expresarme aquí ante ustedes. Lo primero que se me antoja destacar es el hecho de haberse llevado una pieza teatral cubana al cine. Estaba urgida nuestra cinematografía de estos intercambios. ¿Dónde encontrar vigorosos personajes, historias bien entramadas, diálogos ingeniosos y movilizadores sino en el drama? Afortunadamente ha habido de manera reciente algún acercamiento con nuestra dramaturgia, citemos El premio flaco y ahora Casa vieja. No olvidemos que los grandes autores norteamericanos del siglo XX: O’Neil, Odets, Miller, Williams y Albee fueron mundialmente apreciados a partir de que el cine de su país los llevó a la pantalla. Lastimosamente, son muy pocos los dramas cubanos seleccionados por cineastas. Por eso debemos reconocer este empeño como una muestra de inteligencia y deseos de triunfo.

Junto a lo dicho debo detenerme, por gajes de mi oficio, en su estructura dramatúrgica. Destaca la coherencia y fluidez del devenir dramático en una estructura acendradamente clásica, desarrollada por actos, así señalados en el filme. Tres actos como el Paradigma del teórico norteamericano Sydney Field, una exposición perfecta de duración concentrada, una progresión extensa y enredada de conflictos, y hasta una “escena obligatoria” al gusto de John Hovward Lawson, que aquí se denomina “Intermedio” hasta alcanzar un clímax de consecuencia lógica, profundo significado y poderosa emotividad. La sabia mezcla de tonos, a veces de irrisión y otros de patetismo alcanza y rebasa el melodrama para afincarse en lo trágico, porque los personajes y nosotros mismos junto con ellos, gracias a un proceso de identificación plena, experimentamos una catarsis, una purificación por nuestros temores y compasión hacia ellos, y hacia nosotros mismos.

Presididos por el joven actor Yadier Fernández, en una muy sutil, dulce y digna caracterización que lo yergue como revelación actoral, encontramos a una Adria Santana intensa y soberbia; una Daisy Quintana amorosa y humilde, pero también presa de ansiedades insatisfechas; a Isabel Santos rabiosamente humana en su papel de Flora, fuerza impulsora y desencadenante; a Susana Tejera perfecta en un rico personaje lleno de contrastes, y a un Manuel Porto siempre inmenso. Una reverencia para la actuación de Alberto Pujol. Ya no Albertico, sino Alberto Pujol, así en grande, haciendo gala de un mayúsculo y vigoroso magisterio interpretativo. Los invito a reparar en la secuencia del enfrentamiento de los dos hermanos, Esteban y Diego, con la presencia pugnante de Onelia, la madre, y la hermana Laura. Me inclino a pensar que en ese instante sentiremos deseos de interrumpir la proyección y aplaudir tan sabia conducción de actores en una atmósfera tensamente dramática y sostenida.

Debo confesar mi orgullo de nativo de un pueblo costero al escogerlo el realizador como locación total de la historia: el desvastado y sencillo Santa Fé; con su ambiente rústico, marino y campestre, con su mar todo el tiempo encrespado y ardiente como queriéndonos arrastrar hacia sí para mejorarnos. Un mar que encierra aquí, junto a esa lluvia aciclonada y persistente, un profundo simbolismo.

Ahora me aventuro, porque ya lo había adelantado, a presuponer en voz alta el porqué de la supresión del artículo de La casa vieja, para llamarla simplemente, o más bien, profundamente, Casa vieja: No se trataba en este caso de particularizar o individualizar un ambiente específico, sino de expandirlo en trascendencia para alertarnos sobre algo alarmantemente abarcador. Generalizar para actualizar y dimensionar. Y así poder referirse también a “familia vieja”, “moral vieja”, “sociedad vieja”, “Cuba vieja”. Y ahí radica en gran medida el coraje y la honestidad del director. Sí, Casa vieja como el siempre recordado y querido Humberto Solás llamó a su última película Barrio Cuba. Encontramos en ambos realizadores idéntica voluntad de metáfora y simbiosis.

Gracias Lester Hamlet, gracias Abelardo Estorino; gracias a todos los brillantes intérpretes, al cuidadoso equipo técnico, gracias a Rafael Solís por su delicada y penetrante fotografía, a la estremecedora música de Aldo López Gavilán junto con los inspirados temas del dúo Buena Fe, Gente D’ Zona y Carlos Varela, a la esmerada edición de Adrián García. Ellos han hecho tal vez la película más profunda y conmovedora de la cinematografía cubana. No por gusto el pueblo le entregó su muy merecido Coral. El Coral de más alto valor. El del pueblo de Cuba.

¡Qué bien abrir el nuevo año con esta casa vieja, es decir con una película nueva, novísima! Y augurando para todos una necesaria casa nueva.

Gracias                                                     

Palabras pronunciadas en la presentación del filme Casa vieja, en la sala Charles Chaplin, el 3 de enero de 2011.

 
 
 
 


GALERÍA DE fotogramas

Película cubana
Casa vieja

 

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Voces de la Casa Vieja
La Jiribilla

Un filme sobre nosotros y desde nosotros
Liliana Rodríguez

La casa vieja remozada en el cine cubano
Joel del Río

 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.