|
Es para mí un placentero
privilegio presentar el
más reciente filme de un
inteligente realizador,
Lester Hamlet, basado en
una pieza teatral de mi
querido colega,
dramaturgo
extraordinario, Abelardo
Estorino.
|
 |
Recuerdo ahora el
estreno teatral de La
casa vieja, en 1964,
por el grupo Teatro
Estudio, en la sala
Hubert de Blanck y bajo
la dirección de Berta
Martínez, con las
actuaciones memorables
de Silvia Planas, Raquel
Revuelta, Manuel Pereiro
y la eximia Herminia
Sánchez. En ese momento
fue una pieza
estupendamente actual,
valiente y comprometida
con las ideas más de
avanzada que pugnaban
por hacerse oír en medio
de una realidad que
comenzaba a manifestar
ciertas fuerzas oscuras.
La casa vieja fue
como una clarinada, una
alerta de que el teatro
podía provocar
reflexiones, influir en
las personas para una
alternativa de
conciencia, y podía
también reafirmar
en muchos espectadores
principios y posturas.
Fue, sin duda alguna, la
primera pieza teatral
combativa y
cuestionadora del teatro
revolucionario cubano.
Y ahora, 46 años después
de aquel exitoso estreno
teatral, asistimos a la
versión cinematográfica,
tan compleja y certera
como su fuente
dramática.
Ya Estorino había tenido
la enriquecedora
comunicación con el cine
en los inicios de los 60
cuando se filmó El
robo del cochino.
Curiosamente en aquella
ocasión como en esta,
los directores
abreviaron el título de
ambas piezas; a la
primera, llamándola
simplemente El robo
y a esta de ahora
eliminándole el
artículo. Parecería este
un curioso y reiterado
sino del autor en cuanto
a la traslación de sus
obras al séptimo arte.
Pero más adelante daré
mi impresión y opinión
del porqué de la
supresión del artículo
en este nuevo título.
Puedo asegurarles
estimados espectadores
que dentro de unos
instantes disfrutaremos
de una Obra de Arte. Sí.
Así con todas sus
letras. Una verdadera
Obra de Arte. Y no me
mueve para este elogio
ni amistad ni
comprometimiento con el
director. Él lo sabe.
Estoy emocionado ante
este filme, que he
podido analizar con
detenimiento. Los años
trabajados por mí en el
ICAIC, con Alfredo
Guevara y después con
Julio García Espinosa y
las asesorías a los
primeros filmes de
Fernando Pérez,
Clandestinos y
Hello Hemingway, me
han ofrecido cierta
propiedad para
expresarme aquí ante
ustedes. Lo primero que
se me antoja destacar es
el hecho de haberse
llevado una pieza
teatral cubana al cine.
Estaba urgida nuestra
cinematografía de estos
intercambios. ¿Dónde
encontrar vigorosos
personajes, historias
bien entramadas,
diálogos ingeniosos y
movilizadores sino en el
drama? Afortunadamente
ha habido de manera
reciente algún
acercamiento con nuestra
dramaturgia, citemos
El premio flaco
y ahora Casa
vieja. No olvidemos
que los grandes autores
norteamericanos del
siglo XX: O’Neil, Odets,
Miller, Williams y Albee
fueron mundialmente
apreciados a partir de
que el cine de su país
los llevó a la pantalla.
Lastimosamente, son muy
pocos los dramas cubanos
seleccionados por
cineastas. Por eso
debemos reconocer este
empeño como una muestra
de inteligencia y deseos
de triunfo.
|
 |
Junto a lo dicho debo
detenerme, por gajes de
mi oficio, en su
estructura dramatúrgica.
Destaca la coherencia y
fluidez del devenir
dramático en una
estructura
acendradamente clásica,
desarrollada por actos,
así señalados en el
filme. Tres actos como
el Paradigma del teórico
norteamericano Sydney
Field, una
exposición
perfecta de duración
concentrada, una
progresión extensa y
enredada de conflictos,
y hasta una “escena
obligatoria” al gusto de
John Hovward Lawson, que
aquí se denomina
“Intermedio” hasta
alcanzar un clímax de
consecuencia lógica,
profundo significado y
poderosa emotividad. La
sabia mezcla de tonos, a
veces de irrisión y
otros de patetismo
alcanza y rebasa el
melodrama para afincarse
en lo trágico, porque
los personajes y
nosotros mismos junto
con ellos, gracias a un
proceso de
identificación plena,
experimentamos una
catarsis, una
purificación por
nuestros temores y
compasión hacia ellos, y
hacia nosotros mismos.
Presididos por el joven
actor Yadier Fernández,
en una muy sutil, dulce
y digna caracterización
que lo yergue como
revelación actoral,
encontramos a una Adria
Santana intensa y
soberbia; una Daisy
Quintana amorosa y
humilde, pero también
presa de ansiedades
insatisfechas; a Isabel
Santos rabiosamente
humana en su papel de
Flora, fuerza impulsora
y desencadenante; a
Susana Tejera perfecta
en un rico personaje
lleno de contrastes, y a
un Manuel Porto siempre
inmenso. Una reverencia
para la actuación de
Alberto Pujol. Ya no
Albertico, sino Alberto
Pujol, así en grande,
haciendo gala de un
mayúsculo y vigoroso
magisterio
interpretativo. Los
invito a reparar en la
secuencia del
enfrentamiento de los
dos hermanos, Esteban y
Diego, con la presencia
pugnante de Onelia, la
madre, y la hermana
Laura. Me inclino a
pensar que en ese
instante sentiremos
deseos de interrumpir la
proyección y aplaudir
tan sabia conducción de
actores en una atmósfera
tensamente dramática y
sostenida.
|
 |
Debo confesar mi orgullo
de nativo de un pueblo
costero al escogerlo el
realizador como locación
total de la historia: el
desvastado y sencillo
Santa Fé; con su
ambiente rústico, marino
y campestre, con su mar
todo el tiempo
encrespado y ardiente
como queriéndonos
arrastrar hacia sí para
mejorarnos. Un mar que
encierra aquí, junto a
esa lluvia aciclonada y
persistente, un profundo
simbolismo.
Ahora me aventuro,
porque ya lo había
adelantado, a presuponer
en voz alta el porqué de
la supresión del
artículo de La casa
vieja, para llamarla
simplemente, o más bien,
profundamente,
Casa vieja: No se
trataba en este caso de
particularizar o
individualizar un
ambiente específico,
sino de expandirlo en
trascendencia para
alertarnos sobre algo
alarmantemente
abarcador. Generalizar
para actualizar y
dimensionar. Y así poder
referirse también a
“familia vieja”, “moral
vieja”, “sociedad
vieja”, “Cuba vieja”. Y
ahí radica en gran
medida el coraje y la
honestidad del director.
Sí, Casa vieja
como el siempre
recordado y querido
Humberto Solás llamó a
su última película
Barrio Cuba.
Encontramos en ambos
realizadores idéntica
voluntad de metáfora y
simbiosis.
|
 |
Gracias Lester Hamlet,
gracias Abelardo
Estorino; gracias a
todos los brillantes
intérpretes, al
cuidadoso equipo
técnico, gracias a
Rafael Solís por su
delicada y penetrante
fotografía, a la
estremecedora música de
Aldo López Gavilán junto
con los inspirados temas
del dúo Buena Fe, Gente
D’ Zona y Carlos Varela,
a la esmerada edición de
Adrián García. Ellos han
hecho tal vez la
película más profunda y
conmovedora de la
cinematografía cubana.
No por gusto el pueblo
le entregó su muy
merecido Coral. El Coral
de más alto valor. El
del pueblo de Cuba.
¡Qué bien abrir el nuevo
año con esta casa vieja,
es decir con una
película nueva,
novísima! Y augurando
para todos una necesaria
casa nueva.
Gracias
Palabras pronunciadas en
la presentación del
filme Casa vieja, en
la sala Charles Chaplin,
el 3 de enero de 2011. |