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El mérito de un
artista legítimo, en
ocasiones, resulta ser
mayor de lo que él mismo
pudiera imaginarse.
Quizá alrededor de estas
afirmaciones, se movió
la vida musical de
Luciano Pozo González,
conocido por la
historiografía musical
cubana como Chano
Pozo (1915-1948). En mi
opinión, abrigo la
sospecha de que Chano
nunca tuvo plena
conciencia de su propia
genialidad como
percusionista y mucho
menos de su
significativa creación
musical. Tampoco la
crítica especializada de
la época contribuyó a
esta comprensión, pues
la nota profética solo
salió de la pluma de
unos pocos. En Chano
Pozo las dotes
excepcionales como
percusionista y creador
musical resultan hijas
de un talento natural y
espontáneo. Todo parece
indicar que estas
cualidades estaban
predestinadas a
reorientar algunos
patrones rítmicos del
llamado latin jazz,
música que entonces
confrontaba puntuales
fermentos
experimentales,
fraguados en el quehacer
de talentosos
instrumentistas de
algunas bandas latinas y
norteamericanas de los
años 40 del pasado
siglo.
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Chano Pozo, como
músico popular,
arrancaba al parche de
sus tambores una
sonoridad que pudiéramos
considerar como críptica
o muy personal, con el
añadido de una práctica
gestual danzaria de
excepción —al bailar la
rumba, Chano prefería el
estilo jiribilla y la
Columbia, marcado
por acentuados patrones
de origen bantú— y un
raro estilo en una
especie de canto,
cargado por una gama de
interjecciones
aparentemente
ancestrales.
Alguna de estas
cualidades resultaron
aportes al tejido
rítmico del Afro
Cuban Jazz —como
algunos, aun con cierta
razón, prefieren llamar
al latin jazz—,
entonces encasillado en
los EE.UU. por sus
cultores como Bop.
Al respecto, el
musicólogo Leonardo
Acosta aclara, de manera
oportuna, que antes de
Chano, en algunas
figuraciones rítmicas
del bop asomaban
los toques
experimentales de los
bateristas Kenny Clarke
y Max Roach, “(…) al
llevar el ritmo básico
del jazz al platillo de
aire y dejando el bombo
y la caja para golpes a
contratiempo (…)”.
En las muchas
evocaciones de la vida
de “Chano” Pozo —en
ocasiones remitidas a
oscuras anécdotas
personales—, casi nunca
se trata con objetividad
sus aporte al son y la
guaracha, géneros
cultivados por él, no
solo como creador, sino
también como intérprete
desde las filas de su
Conjunto Azul —a veces
con la magistral
participación del
tresista Arsenio
Rodríguez—, agrupación
con la que llegó a
grabar estos ritmos para
los sellos disqueros
SEECO y CODA,
entre los años 1946 y
1947.
Para este
conjunto, Chano Pozo
armó una batería de tres
tumbadoras —algo
insólito en esa época,
aunque en EE.UU. llegó a
tocar con más de tres—,
como propuesta a un
entramado sonoro
generador de una mayor
rítmica, politímbrica y
polirrítmica, elaborado
por él en diferentes
planos percusivos, pero
con resultados timbricos
equilibrados y
musicalmente coherentes.
Estas grabaciones del
gran conguero dicen
mucho de notable
capacidad rítmica.
El tambor llegó a
la vida de Chano desde
el más auténtico crisol
callejero, y de cuanta
rumba o ceremonia
litúrgica negra se
produjera en los
“tenebrosos solares
habaneros”, localizados
en las más intrincadas
zonas marginales,
entonces enseñoreadas
por un foco social que
cobijó a comunidades
racialmente
discriminadas. En este
ambiente de pura
marginalidad, Chano Pozo
llegó a considerarse un
elegido de los temibles
íremes abakuá
y de las caprichosas
deidades del rico
panteón yorubá. Se sabe
con certeza que Chano
estaba iniciado en la
secta abakuá y que fue
un ferviente adorador se
Shangó y Yemayá.
Sintiéndose
protegido por el halo
místico de estas
deidades, Chano alimentó
su ego desde abiertas
manifestaciones de su
carácter violento; esto
lo llevó desde temprana
edad, a ser internado en
reformatorios de
conducta para menores.
Ya adulto, su
temperamento belicoso y
agresivo incorregible,
lo llevó a involucrarse
en serias
confrontaciones y hechos
que le acarrearon una
amplia estela de
enemigos. Solo unos
pocos —entre los que se
relacionan a los
cantantes Miguelito
Valdés y Juan Antonio Jo
Ramírez, el virtuoso
tamborero Silvestre
Méndez, y el gran
boxeador Eligio Saldiñas
Kid Chocolate”,
gozaron de su afecto y
respeto. Estas
características han
llevado al imaginario
popular a conjeturar una
supuesta complicidad
entre Chano y su
destino, finalizado de
manera abrupta por una
muerte dramática,
violenta y absurda,
ocurrida en una cantina
de Harlem, la tarde del
3 de diciembre de 1948.
Al margen de esas
u otras conjeturas, hay
que reconocer que Chano
era una personalidad
inquieta y trashumante.
De esos andares se
conoce de su presencia
en espacios rumberos de
Placetas, Camajuaní,
Santiago de Cuba,
Guantánamo, Remedio y
Matanzas.
Este deambular lo
llevó a frecuentar con
su instrumento los
portales de la
radioemisora RHC Cadena
Azul, donde llamó
poderosamente la
atención de Amado
Trinidad Velasco,
propietario de aquella
histórica radioemisora.
Se dice, que de un
encuentro fortuito entre
ambos, Chano quedaría
contratado como
conserje, aunque otros
afirman que el gran
tamborero más bien era
una especie de
“guardaespaldas” del
poderoso industrial. Lo
cierto es que a Chano
Pozo se le podía ver con
su tumbadora al hombro
en los ensayos de la
gran orquesta Habana
Casino —entonces
agrupación de planta de
esta emisora—, dirigida
en esta etapa por el
maestro Leonardo Timor,
quien apreció el
virtuosismo del gran
tamborero y lo invitó a
participar con su
orquesta en cuatro
grabaciones
discográficas para el
sello RCA Víctor: “Loló,
loló”, RCA-82166;
“La rumba y la guerra”,
RCA-82932; “Quinto
mayor”, RCA- 83107
y el “Vendedor
de aves”, RCA-82932.
Con estas
grabaciones realizadas
en Cuba, quedó iniciada
la carrera discográfica
de Chano como
intérprete.
Luego de una
larga serie de éxitos
artísticos y
discográficos en Cuba y
que le dan a ganar
grandes sumas de dinero,
fama y mujeres, en el
mes de enero de 1947
—algunos estudiosos
afirman que fue en mayo
de 1946— estimulado por
Miguelito Valdés y Rita
Montaner, llegó Chano
Pozo a la ciudad de New
York en busca de una
mayor promoción
internacional para su
arte. Muy pronto se le
pudo ver frecuentando el
famoso centro nocturno
La Conga, lugar
donde Miguelito Valdés
le presentó al
compositor y orquestador
Mario Bauzá.
Para entonces, ya
Miguelito Valdés había
lanzado en los EE.UU.
diversas piezas de la
creación del gran
tamborero, entre otros
temas de Chano, la
famosa conga “Son los
Dandi” y otros
temas que Miguelito
grabara con la
Orquesta Casino de la
Playa entre 1937 y 1939,
y con la banda del
violinista catalán
cubanizado, Xavier Cugat
(1940).
Todo indica que
fue Mario Bauzá quien
propició el encuentro
entre Chano Pozo y el
trompetista y director
de orquestas Dizzie
Gillespie, luego de que
el primero apasionara
con sus cantos y toques
al gran músico
norteamericano, en una
breve actuación en la
pista del cabaret La
Conga. Esta relación con
Chano marcó
definitivamente a
Gillespie, al jazz y al
estilo bop, que
luego Dizzie Gillespie
rebautizaría como
Cubop.
Por otra parte,
la presencia de Chano en
New York interesó a
algunos sellos
disqueros, como Coda
y SMC, ambos del
promotor puertorriqueño
Gabriel Oller. El 4 de
febrero de 1947, Chano,
junto con Miguelito
Valdés (en función de
percusionista), Carlos
Vidal Bolado y José
Mangual, grabaron para
el sello SMC cuatro
temas que llevaron por
título Ritmo
Afrocubano 1, 2,
3, 4; y con el sello
Coda, respaldado por un
conjunto con el genial
tresero Arsenio
Rodríguez, tres sones
montunos: “Serende”,
“Seven seven”,
ambos de la
autoría del conguero
cubano, y “Sácale
brillo al piso Teresa”,
de la carpeta autoral de
Arsenio Rodríguez, todos
grabados el 12 de
febrero de 1947.
Pero la
consagración artística
de Chano en EE.UU. no
llegaría hasta el 29 de
de septiembre de 1947,
entonces alineando en la
banda de Dizzie
Gillespie, en un
concierto en vivo en el
célebre Carnegie Hall de
New York, donde quedaron
grabadas las piezas
“Relaxin at Camarillo”,
de la autoría de Charlie
Parker, y la suite
“Cubana be” y
“Cubana bop”.
El 22 de
diciembre de ese mismo
año, Chano Pozo volvió a
tocar con la banda de
Dizzie ante las máquinas
grabadoras, para
estampar ocho temas con
el sello RCA Victor.
Días después, el 30 de
diciembre, el gran
tamborero registró
también para la RCA
Victor
(20-3023-A), la ya más
que antológica y
emblemática pieza
“Manteca”, verdadera
joya del latin jazz.
Estas grabaciones y las
presentaciones públicas
en el
Carnegie Hall, el “Town
Hall” y otros espacios
importantes, así como un
breve periplo por
Europa, que culminó en
la sala Player de
París, lanzaron al gran
conguero cubano al
estrellato. De
inmediato, relevantes
bopers
norteamericanos
quisieron grabar con él,
entre otros, Milt
Jackson con su célebre
quinteto, y el gran
saxofonista James Moody
junto con sus Bop Men;
este último, en una
recordada sesión de
grabaciones para el
sello Blue Note
que atrapó los
impactantes
diseños rítmicos de la
pieza “Tin Tin Deo”,
grabada el 25 de
agosto de 1948 en New
York.
Luciano Chano
Pozo cristalizó una
presurosa leyenda para
el Afro Cuban Jazz. Sus
ya señalados arranques
rítmico-expresivos y
conceptos músicos
intuitivos, gestaron una
tendencia que —a partir
de decisivas
figuraciones rítmicas
renovadoras— tributó su
caudal al torrente de
una música que, no solo
por ser apasionada y
restallante, ha llegado
hasta nuestros días con
un quehacer músico
trascendente. |