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Desde los más exigentes
eruditos hasta el
aficionado más reciente
reconocen, por elemental
razón histórica, que
África es la cuna
ritmática del jazz.
Primero en sus orígenes
—en la New Orleans del
Sur estadounidense— y
luego en su
enriquecimiento más allá
de las fronteras
iniciales, la percusión
ha ayudado a moldear el
desarrollo de este
género.
Se afirma que en 1518
comenzaron a llegar los
esclavos africanos al
Nuevo Continente. Los
comerciantes de ese
tráfico humano
utilizaron la Llave del
Golfo, como se le
llamaba a Cuba, como
punto inicial para
desembarcar su
cargamento con hombres y
mujeres procedentes de
Guinea y Costa de Oro,
actual República de
Ghana.
Cien años después, en
1619, llegó al Puerto de
Jamestown —hoy estado de
Virginia— una nave de
procedencia holandesa
con el primer
contingente africano a
Norteamérica.
José Antonio
Aguirregómezcorta
significa que
“pertenecían a
diferentes tribus
—principalmente yorubas,
mandingas, dingas,
wambesis— y poseían
diversas culturas
musicales, las cuales se
entremezclaron entre sí…
y también con la nueva
de sus ‘amos’, dando
origen a una vertiente
musical espectacular”.
Otro estudioso, el
panameño Rogelio Reyter
Vogel, señala que “en
1809 la primera
emigración importante de
Cuba a Nueva Orleans se
da por parte de
refugiados de la
revolución de Saint-Domingue
(Haití) llegados a Cuba
en 1804”.
Si a ellos sumamos que
la percusión de los
tambores era
consustancial a los
ritos religiosos y
costumbres sociales de
los africanos
trasplantados a los
nuevos territorios
americanos, hay poco más
que exponer para
sustentar la afirmación
inicial.
Yo agregaría al análisis
hecho por esos
conocedores que al jazz
se le atribuye como
ejecutantes
representativos el
saxofón y el piano
—curiosamente excluyendo
a la batería, único
instrumento creado en el
país natal del género—
sin percatarse, quizá,
que el segundo, en su
vertiente acústica, es
un artilugio de
percusión (pequeñas
mazas golpeando cuerdas,
gracias al impacto de
los dedos sobre un
teclado).
Seguro que la omisión se
debe a que el origen del
piano es del Viejo
Continente, de donde
proceden las corrientes
armónicas y melódicas en
la que se basó esta ya
centenaria forma de
asumir la música.
Estrictamente hablando,
hay otros componentes de
las formaciones
musicales originarias
que podrían llamarse
percusivos porque, por
ejemplo, los dedos
haciendo golpear las
cuerdas sobre el cuerpo
de madera de la muy
europea guitarra, le
darían también
características afines.
Pero ese no es el centro
de lo que estoy tratando
y lo dejo para el
análisis y la crítica de
otros.
Otros afluentes
La afluencia de la
percusión en volumen
creciente se produjo en
el jazz con la aparición
de lo cubano en el
entorno creativo de esa
música. Por algo comenzó
a llamarse jazz
afrocubano lo que
después se amplió como
“jazz latino” con la
incorporación no solo de
otros músicos del
Caribe, sino incluso de
la cada vez más
influyente hornada de
creadores de Sudamérica,
en especial brasileños,
argentinos y mexicanos.
Por ello, a las
tumbadoras (o congas,
nombre que —quizá— tiene
sus raíces en el tambor
de origen Bantú, del
Congo), se sumaron otros
artilugios sonoros como
las claves, las maracas,
el bongó —invento
genuino cubano— y los
timbales, del que se
dice es derivado del “tímpani”.
Ya avanzado el proceso
de enriquecimiento de
las percusiones, sobre
todo por la influencia
de grupos de vanguardia
como Irakere, se
incorporó el tambor batá
a esa familia del jazz.
Con el grupo fundado por
Jesús Chucho
Valdés se acepta
internacionalmente que
“los cubanos fueron
reinventando en formas y
timbres” la música que
asumían ya como propia.
En la actualidad, se
hace jazz en toda
Latinoamérica, con uso
de la instrumentación
habitual y común en el
mundo, pero con la
adición de lo autóctono,
incluidos los elementos
de percusión.
Airto Moreira y Nana
Vasconcelos, por
mencionar solo un par de
una gran constelación
brasileña, son grandes
maestros también en ese
camino.
Lo cubano en el jazz
Se sabe que en 1943, en
el Club La Conga de la
ciudad de Nueva York, la
orquesta de Francisco
Machito Grillo hizo
historia.
Una anécdota singular
sobre este hecho narra
“…estando Mario Bauzá en
una presentación con la
Orquesta de Machito,
terminaron de tocar un
tema, y mientras los
músicos de la banda
buscaban la partitura de
la próxima pieza, el
pianista Luis Orestes
Varona y el bajista
Julio Andino comenzaron
a tocar unas notas
musicales improvisadas,
con la finalidad de que
el público continuara
bailando en la pista. El
resto de la base
percusiva le siguió el
compás. Posteriormente
los metales hicieron lo
suyo.
"Al día siguiente,
durante el ensayo, Bauzá
solicitó a Orestes y a
Julio que repitieran las
notas que habían
interpretado el día
anterior, y a medida que
la percusión se
integraba, el resto de
los músicos recibía
instrucciones verbales
sobre lo que debían
interpretar. Al culminar
con la pieza, la
orquesta había
desarrollado un arreglo
con ingredientes latinos
y jazzísticos. Esta
pieza es considerada uno
de los himnos del latin
jazz, la cual lleva por
nombre Tanga, cuya
traducción del lenguaje
yoruba significa
marihuana.”
Se le atribuye a Bauzá
la sugerencia de
incorporar “músicos
norteamericanos, entre
ellos el trombonista
Eddie Bert, el
trompetista Doc Cheatha
y uno de los más grandes
genios del jazz, Charlie
Parker... y arreglistas
asociados al género y
dispuestos a participar
en el matrimonio musical
del jazz y lo latino".
Cuando se asumió el
formato clásico del
big band se excluyó
la batería
reemplazándola con
timbales, tumbadoras,
bongó, campana y
maracas, aportando su
sabor cubano.
Cercana valoración
En ocasión del 26
Festival Jazz Plaza, que
se acaba de celebrar en
La Habana, moderé uno de
los paneles del VI
Coloquio Internacional,
organizada por la muy
conocedora Neris
González Bello.
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Neris, Piloto,
José Dos Santos, Don
Pancho y Yaroldis |
Tener a Don Pancho
Terry, Giraldo Piloto y
Yaroldys Abreu en la
misma mesa me produjo
profundo orgullo:
El primero —un veterano—
es el Gran Maestro del
chekeré y un innovador y
solista en su
interpretación en el
jazz. Por algo Wynton
Marsalis le invitó a
sumarse a su orquesta en
su reciente visita a
Cuba.
El segundo —de
generación intermedia—
es el sonriente
director de Klímax,
compositor, arreglista y
productor, un profundo
conocedor de la batería
y privilegiado heredero
de su tío Guillermo
Barreto —una leyenda del
jazz en nuestro país.
Y el tercero —el más
joven de los ponentes—
es un digno sucesor de
los admirados de Chano
Pozo, Tata Güines y Angá,
que demuestra ahora,
junto a Chucho Valdés y
su cuarteto de lujo, por
donde van los caminos de
la tumbadora en el jazz
contemporáneo.
Fueron mencionados con
letras de oro Israel
Rodríguez, primer
tumbador en subir a un
escenario con el
conjunto de Arsenio
Rodríguez, allá por
1940, y Carlos Vidal,
que apareció con Machito
y sus Afrocubanos en
1943, tres años después
de fundada esa orquesta.
Presentes también en el
recuerdo Mongo
Santamaría, Patato
Valdés, Francisco
Aguabella y muchos otros
grandes del tambor.
En el ámbito más amplio
de esa familia de
instrumentos,
sobresalieron en la
mitad del pasado siglo
los bateristas Guillermo
Barreto y Walfredo de
los Reyes, precursores
del jazz cubano hecho en
Cuba. También habría que
mencionar integrantes de
formaciones en esa época
que asumieron la llamada
percusión menor como
apoyo a la cubanísima
recreación que implica
el jazz.
Las nuevas generaciones
multiplican los sonidos,
los amplían y depuran
con estudios académicos
y las enseñanzas de sus
predecesores.
Muchos son los
bateristas y tumbadores
cubanos que todos los
días se descubren como
amantes, no solo del
golpe preciso en el
momento adecuado, sino
como innovadores que
hacen de la polirritmia
un caudal creador de
nuevos caminos sonoros.
Con la historia tejida
por ellos y enriquecida
hoy se justifica decir
que la percusión fue, es
y será eje de lo cubano
en el jazz. |