La Habana. Año IX.
11 al 17 de DICIEMBRE
de 2010

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Roberto Manzano *
(Ciego de Ávila, 1949)

La acústica profunda

Cómo suenan las campanas dentro del sólido silencio! Abren el silencio en dos, como mismo el olor del pan atraviesa la corteza caliente, y nos abrazan de modo ciego.

Todo el ámbito está lleno de campanas. En los recodos las campanas doblan felizmente, y suben los peldaños con el garbo sonoro de una colegiala.

Abajo, la tierra oscura, se encuentra poblada de campanas. Y el cielo, arriba de los sombreros jubilosos, se agolpa en campanas transparentes, de un rico azul abierto en caderas fugitivas.

Y mi corazón, tan lleno de tristeza, revienta en campanas agridulces, como un tren lleno de pequeñas banderas que se pierde poco a poco en la distancia.

Y tu corazón, amada, retumba orquestal: lo estoy oyendo a través de todas las olas, delante de todos los mástiles de las naves locas que ahora cabecean alegres en el puerto.

Mi espíritu de todas las épocas, henchido de lunas acuciantes y soles de esplendidez fosfórica, agita sus claros bronces, sus cuadrantes más pueriles, sus desmedidas de nácar.

Sé que sobre la tierra existen las campanas. Las oigo, dentro de la red absorbente del silencio. Y las veo, con el jolgorio de las hojas que en este momento corren delante de los nudillos frenéticos del aire.

Una alegría así, tan personal que es invisible, tan aglutinadora y envolvente que parece una semilla enorme que lo fuera rodando todo sobre su dormido corazón verde, tiene que existir sobre la tierra. Y existe.

Pero, oh Dios, cómo hay que trabajar para poder oír un nimio vahído sonoro, una pestaña sonora de los metales, una música broncínea ampliándose en círculos nobles, de entregada fraternidad acústica.

Qué hastío adentro y afuera, como una comisura mordida por un largo diente, como una cabeza topando ciegamente en un litoral oscuro a lo largo de esta ausencia de sonidos.

Tanta mirada a los zapatos y a las diademas sin campanas, tanto brazo que deja fluir el pensamiento o la violencia sin campanas, tanta hincada en el paladar del mundo el gusto de la vida sin campanas.

No oyes las campanas? Escucha ahora las de este poema que te busca, deseoso de alcanzarte el corazón desde sus ristras sonoras, sus encrespaduras de color, sus lazos de suave pleitesía.

Aquí te envío mis tañidos profundos, oh lector, para que sepas que yo estoy dentro del silencio hostil coordinando yemas esperanzadas, tañidos de irradiación absoluta, y que esa música es hija de la solidaridad y el denuedo!

El Vedado, octubre de 2005


Los degradadores

A este paso lo dejarán todo árido. A este paso, atilas de la tierra, césares segando la flor recién formada, todo quedará seco como hueso lavado por los meses, como un maltrecho omóplato blanco tirado sobre la arena.

Qué va a quedar, oh Dios? Qué continente, qué atolón, qué mar entre las encías pardas de los continentes, qué continente recogiendo cosechas y alzando ciudades en los perímetros diluidos?

Todo será arrasado. Ya veo venir la cuchilla ultimando, la cuchilla que ya se vuelca sobre sí misma cercenando los propios dedos en que se sostiene para la crueldad y el exterminio.

Trancado polvo entre las cejas, oh corazón tapiado. Es terrible ver a lo largo y ancho de los ojos, tener la vista suficiente, armónica con la frente y la página.

Se queman los jardines. Arden las umbelas, las espigas, las brácteas, los cañutos. Sudan rápidamente los troncos, caen carbonizados los gajos azules del planeta, los derrames anaranjados de las distancias.

Crepitan las carnes, y se evaporan las alas, las mandíbulas, los pelos, los profundos cartílagos. Hierven los nidales. Huyen hacia los últimos humedales las zarpas, las crisálidas, las piaras, los enjambres.

Todo se encuentra cada vez más árido. He aquí las costillas del mundo. Superficies de calor por donde rueda el plasma. Los dedos, llenos de anillos luminosos, despiden sus haces suprimidores, proyectan sus conos de depredación sin término.

Sal al proscenio, poeta. Ven, con tus ojos órficos. Saca un poco las manos de tu ombligo. Oh tú, poeta, que gozas entre los mortales de la gracia de ejercer una repoblación dulce, llena de música y sentido.

Todo lo han parcelado, comprado, vendido, expedientado, cancelado. Se fueron en el viento las últimas grandes mariposas y los últimos conglomerados de polen. Todo se va al viento, hacia el viento, tras el viento.

La sal subiendo del polvo, el polvo entrando en el agua, el agua pasando al fuego, el fuego derramándose lentamente desde las suelas efímeras. Hay un túnel, ensortijado y movido, como una tromba sin banderas.

Sal al proscenio, poeta. Asoma al viento tu corazón de dos alas, y da al viento tu palabra escogida, tu frente de cristal soñoliento y esperanzado. Porque es la hora de la hora, ya solo queda la hora de la hora, ya es la Hora!

El Vedado, octubre de 2005


El estribo en la arena

Hay un aire suelto, y suda en silencio. Ha enmudecido, y se le han abierto enormemente las cuencas. Escande, a todas luces, un brasero en su pecho.

Madre, me gustaba el sosiego de la tarde cuando mi padre volvía del afán y el mantel se alargaba en el anillo cálido de la familia. Son hebras de nostalgia.

Todo se ha disuelto, y enmudecido. Se oscurecieron las últimas bujías blancas, y el polvo ha cruzado los párpados azules, los vitrales argumentados de sueño.

A la orilla de las majestuosas puertas de antaño cayeron ya los últimos árboles, y estamos pisando aceleradamente las postrimeras sombras.

Padre, sé que vendrá una gran aridez, la huelo tras los plásticos sordos, adentro de los bulliciosos escapes de la combustión y entre los diálogos llenos de ira.

Se ha arracimado el rencor, la ambición ha alargado sus moradas uñas, y la arrogancia ha subido la barbilla demente, con la insolencia brutal del que entrega su propia sangre para demoler la ajena.

Hay un silencio grueso: no creas en ese escándalo, madre, todo está en trance de morir, está siendo asesinado lentamente, y yo veo ya, con un adelanto increíble y nítido, el descenso de los capiteles y el derrumbe de las espigas.

Los que tienen voz se han parado en las encrucijadas, y han dicho su campana, y han rasgado sus vestiduras, pero los áureos conductores no detuvieron la carroza ni los metálicos estrategas enrollaron los mapas.

No se van a parar, padre: padre, no van a parar: ya no pararán: juntaron en sus dedos ásperos todas las bridas, y cuelgan de sus cintos todas las llaves, y no tiemblan en sus ojos los hongos ni las ergástulas.

Allí, a la vera de aquel médano y bajo su visera oscura, he visto pasar los ojos huidizos de Espartaco, copiando sus muros íntimos, arremolinado en su vicisitud más inmediata.

Más allá, entre los grandes recipientes de detritos, pisando los papeles deshechos, he visto a Fausto, ya sin preguntas, solo en su mugre, lejos de todas las lámparas.

Diógenes cruza y no encuentra a nadie, en las autopistas calientes, merodeando en los puertos llenos de crímenes, escapando de los disparos que se escuchan en la noche.

Ofelia, Ofelia, caes sucesiva en el petróleo de las aguas, con las venas torcidas, y a San Francisco se le han quebrado en quicios de desmemoria todas las flautas dulces, y nadie ha venido a ver nada, adentro del silencio.

Por todas las aguas del mundo van subiendo deleznables cáscaras llenas de extraviados, de demacrados fugitivos, y en todos los litorales altos, encandilados por la luz eléctrica, los están esperando con ceñidos grilletes y con rudas pólvoras.

Van muriendo las patrias, como unas madres harapientas, al borde triste de las despedidas, cuando las sombras escapan en la noche atravesando las fronteras, a la hora en que el que se descalza en su alfombra mira las asombrosas imágenes.

Y hay un silencio vasto que recorre la sangre, como un aullido hiriente, y mira el púlpito limpio: madre, si se pudiese oír la voz de un niño, tocar la verdad del encantado traje.

Solo la poesía tiene ya la balanza, y a ella me acojo, como el que delira; a ella me acojo, como el que marcha herido en la sombra; a ella me acojo, como el sacerdote que avisa a los durmientes el cruce de los meridianos altos.

Hermanita poesía, madre nuestra, esposa del alma: cédenos un gajito de romero, déjanos un plumón de paloma, entréganos algo nutricio y fresco, como una miga de pan, y elévanos hasta tu sacra levadura, Juana de Arco de lo íntimo!

El Canal, enero de 2006


El discurso de James Clerk Maxwell

Propágate! Aislarse lleva un gasto tan intenso que siempre acabarás disipado: evidentemente somos un cuerpo, sí, pero en curso.

Utilízate como un don para los otros y lo que te rodea: en esta separación de ti mismo es que proteges mejor tu médula.

Amor es pérdida e ingreso: se compone de dos, Vida y Muerte, que son uno solo. Toda identidad es una hélice de doble aspa.

Lo que dura aislado no permanece legítimamente: solo se demora. Se tiene, y se vuelve a tener. Es un modo ilusorio de sostenerse.

Pero la apertura ha de regir, aunque en ella te disipes. Es el mejor método para entrar en la meta. Véspero es el lucero del alba. Todo es víspera.

Insistimos en aislar, en excluir. Las aperturas corrientes que realizamos son meras manipulaciones. No son una real propagación generosa.

Cada día ha de haber ingreso y egreso. El recambio de energía tiene un ritmo. Atiende a ese trasvase tonal, vigila de continuo esa música.

Una energía no puede ser largamente depositada. Acaba en rémora, y no en propela. Hay que expulsar la estancada. Hay que incorporar la fresca.

Existen ingresos y egresos involuntarios y voluntarios. Cómo vas a equilibrar ese movimiento, para que la voluntad reine en la médula?

Ante un ingreso ajeno violento, un egreso semejante no es de uno: es función de otro metabolismo. Aplica la divina termodinámica del perdón.

Un caminante es una esfera bajo continuas colisiones. La voluntad acerca el horizonte que deseamos a través de esas ásperas colisiones.

Si tu energía pierde la música, hay que bajar la mente al cuerpo: hay que subir el cuerpo a la mente. Párate de pronto, para que puedas andar.

Nunca fue buena una larga posición. Sopla duro hacia la rosa de los vientos: ofrécele a tu mente el móvil reconocimiento de tu cuerpo.

Con muchas manos, con muchos ojos, propágalos: funda minuciosamente tu espacio interior, según el relieve de tu contacto con el exterior.

La palabra es el gran ojo, y la gran mano. Date la palabra, para tu mente y tu cuerpo. Establece la música con la palabra, que es la llave que danza.

Ahora clónate, y redúcete, y colócate dentro de ti mismo. Los ojos saben cómo hacerlo, y hazlo con las manos, que auspician el movimiento.

Sostente bien, ya reducido, dentro de ti mismo. Instálate firmemente, pero con flexibilidad. Porque tienes que realizar mucho trabajo dentro de ti.

Es tu espacio interior, y eres tú mismo, y es el trabajo de la energía que busca su música. La palabra, llave que danza, es la gran compañera.

Eres como un pequeño ujier de arbóreas decisiones. Dejas pasar lo mejor, filtras la luz, discriminas los tránsitos, acicalas la respiración.

Esa figura de ti que dentro de ti trabaja para ti, eres tú mismo, instalado en tu espacio interior. Lo bello es la gran energía. Trabaja: embellece.

El Canal, octubre de 2009


Roberto Manzano (Ciego de Ávila, 1949). Poeta y ensayista. Premio Nicolás Guillén, de México, en 2004, y Premio Nicolás Guillén, de Cuba, en 2005. Premio La Rosa Blanca 2005. Premio Samuel Feijóo de Poesía y Medio Ambiente 2007. Finalista en el Festival de Poesía de Medellín, Colombia, 2007. Finalista en el Festival de la Lira, en Cuenca, Ecuador, 2007. Ha ofrecido recitales y conferencias en universidades de México, Venezuela, EE.UU., Panamá, China y Paraguay. Máster en Cultura Latinoamericana. Profesor adjunto de la Universidad de La Habana. Sus versos han sido traducidos al griego, al inglés y al chino. Ha impartido diplomados para la formación de escritores. Tiene numerosos libros de poesía publicados.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.