Ya yo sabía
Como un ala perdida
—era la noche intensa por mil voces herida―
apareciste ¡ya yo sabía que alguna noche
se rompería el ala sobre la frente herida!
En la mañana
―idéntico rebrillar en el oro tendido,—
tu cabellera era pura mañana,
en el hondo temblor de las luces.
¿Hay espejo que copie cabellera
teñida por el oro de la mañana, chorro de mañana?
Me empapé de ti,
todo envuelto en el aro
de tu oro dúctil
―oro y brazalete—. Todo
era oro en la pura mañana.
¡Ya yo sabía que alguna noche
se rompería el ala sobre la frente herida!
Una oscura pradera me convida
Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.
Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
Una batalla china
Separados por la colina ondulante,
dos ejércitos enmascarados
lanzan interminables aleluyas de combate.
El jefe, en su tienda de campaña,
interpreta las ancestrales furias de su pueblo.
El otro, fijándose en la línea del río,
ve su sombra en otro cuerpo, desconociéndose.
Las músicas creciendo con la sangre
precipitan la marcha hacia la muerte.
Los dos ejércitos, como envueltos por las nubes,
se adormecen borrando los escarceos temporales.
Los dos jefes se han quedado como petrificados.
Después cuentan las sombras que huyeron del cuerpo,
cuentan los cuerpos que huyeron por el río.
Uno de los ejércitos logró mantener
unida su sombra con su cuerpo,
su cuerpo con la fugacidad del río.
El otro fue vencido por un inmenso desierto
somnoliento.
Su jefe rinde su espada con orgullo.
Sobre un grabado de alquimia china
Debajo de la mesa
se ven como tres puertas
de pequeños hornos,
donde se ven piedras y varas ardiendo,
por donde asoma el enano
que masca semillas para el sueño.
Encima de la mesa
se ven tres cojines grises y azules,
en dos de ellos hay como figuras geométricas
hechas con huevos irrompibles.
Al lado un jarrón sin ornamento.
Pedazos de leña por el suelo.
Un hombre curvado con una balanza
pesa una cesta de almendras.
La varilla de ébano
alcanza de inmediato el fiel.
El hombre que vende
teme a los tres pequeños hornos
que se esconden debajo de la mesa.
Por allí deben salir
las figuras esperadas
que vendrán cuando el pesador
logre el centro de la canasta.
A su derecha el hombre que contempla
absorto al pesador,
juega con unos pájaros.
A Santa Teresa sacando unos idolillos
...por hacerme placer, me vino a dar
el idolillo, el cual hice echar luego en un río.
Santa Teresa: Vida
Los ídolos de cobre sobre el río
pusiste en obra del amor llagado.
Su casta fuera, redoble enamorado
tuerce la mueca de inhumano brío.
Cuando la imagen balbuciente al frío
lastima su rostro, espejo despreciado,
y demonio alado disfraza el poderío
que es menester para no ser penado.
Navega el ídolo y no se cierra,
flor especial en noche eterna crece,
cerca al rocío, ángel de la tierra.
Y así en enojos al barro se decrece.
Solo el fuego libera si se encierra
y sin buscar el fuego, palidece.
José Lezama Lima:
Escritor, poeta y ensayista cubano.
La Habana, 1910-1976. Sus ensayos
son imaginativos, poéticos, abiertos
y constituyen una recreación de
textos y visiones. Promotor de
revistas y cenáculos, supo congregar
en torno suyo a poetas de la talla
de Gastón Baquero, Cintio Vitier,
Eliseo Diego, Virgilio Piñera y
Octavio Smith, entre otros. Su
primer libro de poemas fue Muerte
de Narciso (1937). Siguen, entre
otras obras poéticas, todas
influidas por el estilo rico en
metáforas y lleno de distorsiones de
Góngora, Enemigo rumor
(1941), Aventuras sigilosas
(1945), Dador (1960) y
Fragmentos a su imán, publicado
póstumamente en 1977, en las que
sigue demostrando que la poesía es
una aventura arriesgada. En 1966
publicó la novela Paradiso,
donde confluye toda su trayectoria
poética de carácter barroco,
simbólico e iniciático. El
protagonista, José Cemí, remite de
inmediato al autor en su devenir
externo e interno camino de su
conversión en poeta. Lo cubano, con
sus deformaciones verbales,
desempeña un papel fundamental en la
obra, como ocurre en su colección de
ensayos La cantidad hechizada
(1970). Oppiano Licario es
una novela inconclusa, aparecida
póstumamente en 1977, que desarrolla
la figura del personaje que ya
aparecía en Paradiso y de la
que toma título.