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La obra de Tai Ma Campos
asume el género del
retrato como un mero
pretexto para la
degustación del acto
mismo de pintar. Es la
fruición estética cuanto
importa, más que el
referente escogido. No
hay nada de mímesis o
calco en esos rostros
presentados desde
primeros planos; en
ellos el artista opera
con total libertad y
desprejuicio, valiéndose
de una figuración de
ascendencia neopop y
neoexpresionista ―sobre
todo la primera, que
bebe también de los
códigos de la gráfica y
la publicidad― de ahí la
pronunciada síntesis del
campo visual. Destaca en
este sentido el
predominio de grandes
áreas de colores planos
―con agudos contrastes
de complementarios―, así
como la preferencia por
los grandes formatos.
Pudieran verse también
ciertos puntos de
contacto con el universo
del arte popular o
naif no solo por la
condición de autodidacta
del creador ―un joven de
apenas 18 años de edad―,
sino también por el
regusto “artesanal” del
proceder con que
incorpora la
tridimensionalidad a la
superficie plana del
cuadro: los rellenos con
trapo y papel que
confieren volumen real a
ciertas zonas del lienzo
y las correspondientes
costuras de estas desde
la más íntima y reposada
manualidad. Es así que
quedan engrandecidos o
hipertrofiados
determinados segmentos
faciales como labios,
pómulos, párpados,
orejas, narices,
lenguas, ojos… ―nótese
que muchos de ellos
remiten a órdenes
sensoriales― en un gesto
muy cercano a la
caricatura y al humor.
De este modo se
deshumaniza en alguna
medida a las figuras
expuestas, se les
insufla cierto aire de
violencia y
desgarramiento; esto
contrasta a su vez con
los guiños al mundo de
la infancia que se
advierten en algunas
obras ―contraste que,
lejos de atentar contra
la eficacia de las
piezas, enriquece
notablemente su
potencial discursivo.

“Heterofobia”
El origen de toda esa
iconografía fresca y
desenfadada lo
constituyen fotos
comunes de amigos,
familiares cercanos al
autor, etc.; imágenes
que luego son
intervenidas
digitalmente con suma
creatividad ―vía
Photoshop, Paint,
PhotoImpression―
y convertidas en
atrevidos bocetos que
servirán de punto de
partida para el trabajo
final. Proceso este en
el que son determinantes
la espontaneidad y la
intuición más genuinas.
Por último, los títulos
vienen a ofrecer
interesantes
contrapunteos que
desafían al espectador:
“Heterofobia” y
“Narcolegislativo” son
ejemplos bien claros al
respecto. El propio
nombre de la exposición
que nos ocupa es en sí
mismo un enigma. ¿Por
qué Las cucarachas de
mi armario? ¿Se
trata de lo escatológico
como algo también
íntimo, bello, deseado?
¿El armario como
reservorio y metáfora
del espíritu? ¿La
cucaracha como símbolo
de corrosión o de vida,
de historia? Son muchas
las interrogantes que
nos vienen a la mente de
la mano de ese lúcido y
perspicaz enunciado.

“Narcolegislativo”
Pero, sin duda, lo más
atractivo de la poética
del artista es ese modo
tan audaz e ingenioso
con que conjuga la
bidimensionalidad de la
superficie pictórica con
el componente
“escultórico” o
volumétrico de esos
salientes sui generis,
los que disparan
enormemente los valores
táctiles de las
propuestas y hacen de
estas un fenómeno
plástico singular dentro
del contexto cubano de
hoy, con marcada
personalidad y estilo
propios. Justo fuera del
lugar común: por ahí
anda el destino de las
obras del creador; y
eso, hemos de admitirlo,
es ya un estimable
logro.

Mummy
loves me
A propósito de la
exposición Las
cucarachas de mi armario,
de Tai Ma Campos.
Galería del Hotel Ambos
Mundos, La Habana,
diciembre 2010 / enero
2011.
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