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De las muchas iglesias habaneras
siempre me ha llamado la
atención una en particular, por
dos razones fundamentales: su
fachada no me resulta —lo
confieso— la de un recinto
estrictamente religioso y
naturalmente por su nombre, que
me sonaba simpático en mis años
de estudiante del Colegio La
Inmaculada.
Se trata de la Iglesia del Santo
Cristo del Buen Viaje.
Luego mi perplejidad fue mayor
cuando supe, años después, que
estaba situada al final de la
calle de Amargura por donde
transitaba la ceremonia del vía
crucis que salía del templo de
San Francisco de Asís, hasta que
pasaron el recorrido del cortejo
a la ermita antecesora de la
Iglesia de San Francisco de
Paula.
Se dice también que la calle
Amargura —o de la Amargura—, era
la travesía que hacían los reos
que iban a ser ajusticiados.
Vía crucis, amargura, Cristo y
buen viaje eran demasiado para
mis pocos años.
Luego supe que el nombre o la
advocación de la iglesia le
venían por la popularidad que
adquirió durante la época
colonial entre los viajeros y
navegantes por “los especiales
socorros con que se experimentan
los favores en los riesgos del
mar…”.
De cuando trabajaba como
reportera del diario Juventud
Rebelde, que tuvo su primera
sede frente al Capitolio, pasaba
frecuentemente por allí. Desde
entonces me resulta agradable
mirar dicho santuario y en
general todo el lugar que
compone la plazoleta del mismo
nombre, y las calles Teniente
Rey, Villegas, Bernaza y
Lamparilla.
La historia cuenta que en 1604
los congregantes de la orden
tercera franciscana fundaron una
ermita que llamaron del
Humilladero, donde terminaba la
procesión del vía crucis.
En 1693, fue reconstruida y
convertida en auxiliar de la
parroquial mayor, por el obispo
Diego Evelino de Compostela,
quien la elevó a parroquia en
1703.
Fue objeto después de nuevas
reparaciones, y en 1899
entregada a los padres Agustinos
norteamericanos, quienes además
de ejecutar en el templo una
amplia restauración, edificaron
al fondo y al costado un amplio
edificio que abarcaba conventos,
residencia de los frailes, una
escuela parroquial gratuita y el
colegio privado de San Agustín,
ya nacionalizado en 1961. Estos
mismos frailes fueron los
creadores de la muy exclusiva
Universidad de Villanueva.
Muchos estudiosos debaten sobre
cuánto queda de original del
exterior de la primitiva ermita,
ya que la graciosa fachada
principal no parece ser la
primitiva y las laterales son
recientes, aunque en parte
reproducen las originales las
dimensiones de lo que fue la
ermita primitiva, casi idénticas
a las de la iglesia del convento
San Isidro.
Sin embargo el destacado
arquitecto cubano Joaquín E.
Weiss ha dejado escrito que “El
templo conserva su fisonomía
antigua; tiene dos torres y la
fachada dada sobre la calle de
Villegas; en el atrio se hallaba
siglos atrás el cementerio de la
iglesia”.
Para Weiss sus torres
octogonales son enteramente
excepcionales en la arquitectura
habanera, y “entre las torres
hay una entrada formada por un
gran arco abocinado sobre el que
corre un balcón; el cuerpo alto,
en un plano más retirado, tiene
una ventana rectangular,
inscrita en un arco ciego
coronado por un frontón abierto
la base y quebrado en el
ápice”.
Dice Weiss que: “La fachada
principal es intrigante: por la
sencillez de las torres, cuyas
caras están tratadas con
recuadros simples, y también por
la sencillez de sus fachadas
laterales, todo ello tanto en
armonía con el carácter de las
obras del siglo XVII, diríase
que pertenecen a la ermita
primitiva; sin embargo, hay
fundamentos para pensar que son
obra del siglo XVIII, según
hemos indicado, tales como el
motivo barroco de su
coronamiento y el gran arco (…)
muy semejante al empleado de la
Iglesia de San Francisco, de
dicha centuria”.
La iglesia mantuvo y aún
acrecentó su predicamento
durante la época republicana al
sumarse la devoción a Santa
Rita.
De la etapa es la vista que da
el dibujante Julio Díaz Horta,
realizada en 1929.
Los padres Agustinos decidieron
su ampliación, llevada a cabo en
1932 por los arquitectos Morales
y Compañía que consistió en
agregar una nave a cada lado de
la existente, imagen aproximada
que ha mantenido hasta hoy. |