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Por estos días ando contento. No es nada
especial o sí lo es. Varias noticias
teatrales hermosean los días fríos de
Madrid.
He seguido de cerca la labor de La
Guindalera: la sala que parece a ratos
una casa de familia. Pastor y Teresa son
un matrimonio, y su bella hija también
participa de los montajes de la escueta
pero vigorosa compañía. Les dieron un
premio por la vinculación con el barrio
y van más allá. El ambiente de la sala,
el vestíbulo, las escasas lunetas
inspiran a ir acompañado por una persona
o con un grupo de amigos.
Hace poco también asistí a dos sesiones
de Escenas de noviembre, una jornada que
ha tenido mucho que ver con la lucha por
mantener la salud de una dramaturgia
actual española que los empresarios no
suelen escoger. Lo que está, digamos de
moda, es el Musical y las obras que dan
acceso a los intérpretes que salen por
la televisión. En ese evento me encontré
con Pepe Henríquez, jefe de redacción de
Primer Acto. La revista, con más
de 50 años de fundada, me trae recuerdos
personales a granel. Los días de mi
primera juventud, cuando trabajaba en la
habanera
revista Tablas y seguíamos de
cerca a nuestra colega española. La
empresa —encabezada todo el tiempo por
José Monleón— implanta con cada entrega
récords de permanencia, heroica
longevidad y constancia actualizada.
Pepe es un hombre dinámico, agradable,
un ser del teatro y la palabra, de esas
personas que enseguida puedes tratar
como a un conocido antiguo.
Al centro de noviembre cumplió años
nuestro esencial dramaturgo Eugenio
Hernández Espinosa y le mandamos una
felicitación por correo electrónico que
dice algo así como “el papi”, pues con
ese nombre, tan cubano y popular,
conocen en el barrio al autor de
María Antonia, una de las obras
fundamentales de la escena nacional.
Eugenio nos devuelve el recordatorio con
la noticia de que ensaya ese texto
grandioso, estrenado en 1967. Más allá
de los elogios a su talento literario y
teatral, me vienen a la memoria días de
risa, comentarios, sueños salpicados de
buenos rones. Eugenio levantaba menos el
vaso y más la alegría, las anécdotas.
Un domingo reciente vimos una película
que traducen como Siendo Julia,
que también insiste con eficacia en el
mundo de lo teatral. Ojalá en los
próximos meses siga la escena dando
noticias. Como los correos de mi
entrañable Laudel de Jesús, que ensaya
una obra espléndida —El concierto,
de Ulises Rodríguez Febles—, que tendrá
para Laudel mucho de autobiografía. Él y
su familia son apasionadamente
teatrales. Me han dado su cama, allá en
la hermosa ciudad en que viven, al
centro de Cuba, y entre comentario y
declaración escénica, he dado cuenta de
dulce de coco en cantidades nada
recomendables.
Se nos acaba el año, pero sigue el
teatro cerca. Pediría como tímido regalo
de reyes que no se aleje. |