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Entre las grandes
alegrías que me deparó
mi juventud itinerante,
destaca la amistad con
seres muy singulares,
embriones a veces de
personajes literarios. A
algunos de ellos, creí
haberlos perdido para
siempre, y su inopinada
reaparición marcó hitos
inolvidables.
El primer reencuentro
novelesco ocurrió a mis
19 años y fue con King
Kong, durante mi segunda
estancia en Madrid. Yo
regresaba de un periplo
de varios meses por el
Norte de África, donde
en vano buscara consuelo
a un amor imposible.
El King era un
sanjuanino que se
llamaba Freddy Gantuz,
pero ocultaba su
nacionalidad argentina y
se decía sirio libanés
“reencauchado” en Chile.
Vivía de la lucha libre,
del cuento y de las
mujeres. Como forzudo no
era gran cosa, pero
dentro del cuadrilátero
era un maestro en
simulación de golpes
dados y recibidos. Su
especialidad era tirarse
volando sobre el público
del ring side
como víctima de una
proyección del rival. En
cuanto a su vocabulario,
no llegaba a mucho,
porque empleaba los
términos “güevón” y “güevada”,
de vasto espectro
semántico, con los que
aludía a la gran
variedad del universo o
a sus propias fantasías.
En una ocasión, llegó al
café montevideano donde
yo solía reunirme con él
y mis amigos, y anunció
haber visto en un cine
El güevón de la
güevada zeta,
película que en realidad
se llamaba El hombre
del planeta equis.
Dentro de su bestialidad
e ignorancia era un tipo
afable y muy gracioso.
Yo lo llevaba a comer a
casa de mis padres; y
para dormir le busqué el
local de una escribanía
donde yo trabajara hasta
unos meses antes y con
cuyas llaves me quedé.
Y aquella tarde en
Madrid, ocurrió algo que
aún me pregunto si no
sería telepatía. Vi su
perfil inconfundible de
barba muy negra, larga y
puntiaguda, a distancia
de unos cien metros,
sobre la Gran Vía. Y en
ese preciso instante, él
se viró de frente,
también me vio, me
señaló y echó a correr
hacia mí con ambas manos
en alto. Aquel arrebato
y gesto de intensa
amistad me arrancó
lágrimas. Él, que en
esos días triunfaba en
los rings
madrileños, se dedicó a
agasajarme con paseos,
comelatas y a darme
participación en su
pobre celebridad.
Once años después, en el
Ecuador, tuve mi segundo
reencuentro de alta
tensión. Cuando caminaba
sobre una acera de
Quito, un carro
americano de lujo frenó
junto a mí sin motivo
aparente, y una
bellísima rubia de
grandes rizos y ojos
azules me miró con
interés. Yo le dediqué
una sonrisa y seguí
hacia la próxima
esquina, pero el carro
se acercó a la acera, se
me apareó y la mujer me
hizo señas como para
pedirme alguna
orientación; y al
agacharme junto a la
ventanilla para oírla,
se sobrepuso una voz
masculina, ronca y
emocionada que gritaba
con notorio acento
rioplatense: “¿Vos no
sos el Pocho Chavarría?
La perplejidad y una
avalancha de recuerdos
me aflojaron las
rodillas. Había
reconocido al Fumanchú,
el guapo de mi cuadra
infantil, el que salvó
tantas veces nuestro
disputado honor de
barrio; el héroe de mi
cuadra, que le diera
candela al temible Moraz
y ahuyentó a sus
secuaces, cuando
pretendieron asaltarnos
durante la poda de los
árboles callejeros.
Había pasado un cuarto
de siglo y volví a
estremecerme, como ante
el King en Madrid.
Luego vino el reporte de
nuestras vidas, y el
suyo contenía más
aventuras que una novela
de caballería. Se había
convertido en un truhán
y vivía de vender cuanta
mercancía se fabricaba
en el mundo con destino
a la estafa rápida y
fácil: telas
inmaculadas,
irrompibles, que se
desintegraban al primer
lavado; relojes repletos
de agujas y signos
esotéricos para usos
astronómicos y
zodiacales que se
paraban al primer cambio
de fase lunar;
grabadoras que no
requerían para
encenderse, sino
estimularlas con la voz
humana, pero que se
quedaban sordas a las 12
horas de uso.
La belleza rubia también
era falsa. Pasaba por
americana pero era una
gitana barcelonesa a la
que Fumanchú cuenteara
en Río de Janeiro y
traía a remolque para
reforzar su estafa de
fingirse un piloto de
Pan American Airways que
trajera desde New York
equipos
electrodomésticos para
alguien que ya no estaba
en Ecuador. Hablaba un
remedo nasal de inglés,
siempre el mismo y que
nadie entendía, y así
pasar al español con
fuerte acento gringo,
que se aprendiera de
memoria y repetía a gran
velocidad. Ella
contribuía con algunas
palabrejas, of
course, sure, absolutely,
para asegurar que
vendían sus aitems a
preciou de costou,
yes sure, a preciou
de costou.
Ella vivía en permanente
queja y se declaraba una
víctima más de sus
engaños; y él con
exquisito cinismo, le
decía “¿Y a vos quién te
manda a comer cuentos?”
A esas alturas, el
venerado Fuma de mi
niñez se había
convertido en un gordo
de ciento veinte kilos,
llevado y traído por la
vida, la delincuencia,
las cárceles, cuyo único
placer sobreviviente era
llegar a su hotel,
hacerse bañar y perfumar
por su geisha de turno y
luego, siempre, en
calzoncillos,
encaramarse sobre una
mesa a fumar uno tras
otro, gruesos cigarros
de marihuana. Por no
defraudarlo, yo también
me subía a otra mesa y
lo acompañaba con uno
que otro petardo; y en
aquel estado florecían
los recuerdos, la
amistad y un sentido
trascendental de la
existencia.
Mi tercer reencuentro
memorable fue con
Casimiro Sosa,
electricista del
“Lancero”, que me
ayudara cuando navegué
clandestino entre
Hamburgo y los EE.UU.
Me lo topé unos tres
años después en Buenos
Aires, cuando ambos
viajábamos por tren de
Constitución a Monte
Chingolo. Me le acerqué,
seguro de no ser
reconocible en el
personaje atildado de
ese encuentro, tan
diferente del sucio y
escuálido joven polizón
que él sorprendiera en
la bodega de su barco.
Y el hecho de que ese
hombre no me denunciara
y me ayudara con agua,
comida e indicaciones de
cómo saltar a tierra una
vez llegados a destino,
me engendró una inmensa
gratitud por él; y
aquella coincidencia en
un tren suburbano me dio
la ocasión de brindarle
una gran sorpresa,
regalarle un televisor
nuevo a su hija, una
bicicleta al nieto y dar
rienda suelta a mis
deseos de mostrármele
reconocido.
El cuarto reencuentro,
quizá el más inesperado
y mágico, se produjo el
30 de noviembre pasado
en el Hotel Nacional,
donde acudí para recibir
un paquete de yerba
mate, que me enviaban
desde Montevideo.
En el lobby, con un
paquete de yerba
Canarias y un ejemplar
de mis memorias bajo el
brazo, se me apareció
Gabi “el amor imposible”
que menciono en el
reencuentro con King
Kong. El impacto, el
desconcierto, el
estremecimiento debieron
durar segundos, pero el
viaje emocional, de ida
y vuelta en el tiempo,
abarcaba media vida.
Sin duda, era Gaby, pero
ahora se llamaba Raquel
y era su nieta. Tenía
ante mí, tal como yo la
conocí, a mi gran amor
de juventud, mi primera
frustración, la que 57
años antes protagonizara
lo que narro en mi
novela autobiográfica
Aquel año en Madrid.
El parecido con su
abuela no podía ser
mayor. Era la misma voz,
el mismo paso felino, la
mirada altiva, el mentón
fuerte.
En dos minutos, Raquel
me explicó que tenía 32
años, era médico, había
nacido en los EE.UU.,
residía en Montevideo
por matrimonio con un
uruguayo, y vino a Cuba
por acompañar a una
colega, cuyo hijo
estudiaba en la ELAM,
donde quería celebrar
junto a él el Día de la
Medicina
Latinoamericana. Luego
seguirían a Haití para
donar un container
de medicamentos.
Y como Gabi había leído
mis memorias, donde le
dedico un considerable
espacio, le pidió a
Rachel que me viera,
para que yo le firmara
un ejemplar.
Fue un gran halago y una
inolvidable emoción.
Media vida me pasó por
la memoria, como un
soplo y una sombra,
según diría Sófocles.
Qué vueltas tiene el
destino.
2 de
diciembre de 2010 |