Año IX
La Habana
4 al 10
de DICIEMBRE 
de 2010

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Chico y Rita, ¡qué vacilón!

Pedro de la Hoz • La Habana



 

Chico y Rita, producción española de dibujos animados en la que unieron sus talentos el diseñador Javier Mariscal, el realizador Fernando Trueba y el organizador Tono Errando, deja en el espectador cubano sentimientos encontrados. De una parte, está la gratitud por la entrega de un testimonio de amor hacia la música de nuestro país y su andadura por el mundo. De otra, flota la pregunta de por qué rayos esa película nos la perdimos como posibilidad de realización.

Quizá haya sido mejor que otros ojos y oídos nos miraran y escucharan. Si los Estudios de Animación del ICAIC u otro grupo cubano de creación hubiera sido el responsable de ese maravilloso despliegue estético, cabría la duda del narcisismo. Tal como es, Chico y Rita no deja lugar a equívocos. Ahí está el reflejo de momentos cenitales de la creación popular, de la interconexión entre los procesos culturales que se operaron entre el jazz y los géneros cubanos hacia la medianía del siglo pasado, y de la relación entre dos ciudades que representaron, y siguen siendo todavía, los dos polos más importantes de la eclosión latina a escala mundial, La Habana y  Nueva York.

Que todo ello haya sido dicho en clave de historia de amor, vale. Porque detrás del romance, el melodrama, las pasiones, los engaños, el machismo y el hembrismo de los protagonistas —un pianista moreno que puede ser Bebo o Chucho, pero también los más recientes, por ejemplo Rolando Luna, que toca en la película, o Ramón Valle, o Robertico Fonseca; una mulata con rumbo y voz prodigiosa como lo fue la hermana de Machito o lo son Omara y Teté, o las jóvenes Idania Valdés, que también canta en la película, o Ivette Cepeda—, se halla la médula de viajes de ida y vuelta y contravuelta, el tam tam en la sangre de Chano Pozo, Mongo Santamaría, Armando Peraza, Patato Valdés y luego de Miguel Angá y ahora de Yaroldi Abreu.

A Mariscal se debe una prolija y, a la vez, concentrada fisonomía de gente, estilos, ciudades y atmósferas. La Habana expansiva y cálida de solares y pistas de baile; Nueva York empinándose sobre sí misma, babel bifronte. A Trueba, el pulso del experto que dio vida a Calle 54, el movimiento rítmico de la fotografía, la emotiva sencillez de la narración. A Tono Errando, la capacidad para articular una obra monumental por su hechura y, al mismo tiempo, contada a tiempo de son y bolero.

Chico y Rita no debe ser un paradigma paralizante. Hay muchas historias que contar y la animación es vehículo para sentirnos niños grandes, adultos niños, gente de sensibilidad. 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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