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Chico y Rita,
producción española de
dibujos animados en la
que unieron sus talentos
el diseñador Javier
Mariscal, el realizador
Fernando Trueba y el
organizador Tono
Errando, deja en el
espectador cubano
sentimientos
encontrados. De una
parte, está la gratitud
por la entrega de un
testimonio de amor hacia
la música de nuestro
país y su andadura por
el mundo. De otra, flota
la pregunta de por qué
rayos esa película nos
la perdimos como
posibilidad de
realización.
Quizá haya sido mejor
que otros ojos y oídos
nos miraran y
escucharan. Si los
Estudios de Animación
del ICAIC u otro grupo
cubano de creación
hubiera sido el
responsable de ese
maravilloso despliegue
estético, cabría la duda
del narcisismo. Tal como
es, Chico y Rita
no deja lugar a
equívocos. Ahí está el
reflejo de momentos
cenitales de la creación
popular, de la
interconexión entre los
procesos culturales que
se operaron entre el
jazz y los géneros
cubanos hacia la
medianía del siglo
pasado, y de la relación
entre dos ciudades que
representaron, y siguen
siendo todavía, los dos
polos más importantes de
la eclosión latina a
escala mundial, La
Habana y Nueva York.
Que todo ello haya sido
dicho en clave de
historia de amor, vale.
Porque detrás del
romance, el melodrama,
las pasiones, los
engaños, el machismo y
el hembrismo de los
protagonistas —un
pianista moreno que
puede ser Bebo o Chucho,
pero también los más
recientes, por ejemplo
Rolando Luna, que toca
en la película, o Ramón
Valle, o Robertico
Fonseca; una mulata con
rumbo y voz prodigiosa
como lo fue la hermana
de Machito o lo son
Omara y Teté, o las
jóvenes Idania Valdés,
que también canta en la
película, o Ivette
Cepeda—, se halla la
médula de viajes de ida
y vuelta y contravuelta,
el tam tam en la sangre
de Chano Pozo, Mongo
Santamaría, Armando
Peraza, Patato Valdés y
luego de Miguel Angá y
ahora de Yaroldi Abreu.
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A Mariscal se debe una
prolija y, a la vez,
concentrada fisonomía de
gente, estilos, ciudades
y atmósferas. La Habana
expansiva y cálida de
solares y pistas de
baile; Nueva York
empinándose sobre sí
misma, babel bifronte. A
Trueba, el pulso del
experto que dio vida a
Calle 54, el
movimiento rítmico de la
fotografía, la emotiva
sencillez de la
narración. A Tono
Errando, la capacidad
para articular una obra
monumental por su
hechura y, al mismo
tiempo, contada a tiempo
de son y bolero.
Chico y Rita
no debe ser un paradigma
paralizante. Hay muchas
historias que contar y
la animación es vehículo
para sentirnos niños
grandes, adultos niños,
gente de sensibilidad.
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