Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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Imagen, figura y utopía
en José Lezama Lima y Julio Cortázar

Alain Sicard • La Habana

Foto: Casa Lezama y Catálogo de la exposición Un rasguño en la piedra

 

Chinolope los dejó para siempre colgados de la pared de mi despacho. Desgarbado el uno, viste de tela sencilla. Su paso es firme, decidido. Cuesta creer que cuatro años solamente le separan del hombre que —no sin cierta dificultad debida al exceso de peso y, se sospecha, a la consuetudinaria asma insular— camina a su lado. Sus gafas espesas le dan una cara de búho soñoliento. Su modo de vestir es burgués, pero descuidado. En el fondo se ve la catedral.     

Mirando esta foto, doy un salto en el tiempo. Veinte años después la famosa catedral. El hombre eternamente joven sigue en la foto. Pero el hombre gordo que andaba a su lado es ya una sombra o, mejor dicho, lo sustituye  una maravillosa trinidad compuesta por un hombre de estatura mediana, pulcro y risueño, fumando un tabaco; una mujer a quien su nombre —Fina—  retrata; en cuanto al tercero, es otro joven eterno, melenudo para siempre, y cuyo talle parece que quiere competir con el campanario de Notre-Dame la Grande. Acabo de decirlo: estamos en Poitiers donde, a seis años de la muerte de José Lezama Lima, se celebra, en presencia de Julio Cortázar, un coloquio homenaje sobre el autor de Paradiso. Cuba está representada —ustedes los habrán reconocido en mi foto mal retocada— por Cintio Vitier, Fina García Marruz y Abel Prieto. 

No quiero entrar en el detalle del coloquio editado en dos pequeños volúmenes[1] que tal vez algunos de ustedes habrán hojeado. Me contentaré con subrayar cuánto Julio me animó en su preparación. Además recuerdo que su realización fue para mí un acto político de adhesión y de confianza en el nuevo rumbo que iba tomando —estamos a principios de los 80— la  política cultural de la Revolución Cubana.  

No me propongo tampoco hacer aquí una historia de las relaciones entre José Lezama Lima y Julio Cortázar, desde el descubrimiento entusiasta que este hace de la obra del cubano en el año 1957, cuando está trabajando de traductor en la UNESCO, hasta su primer viaje a “la Isla de los cronopios”, como la llama en alguna parte, y el primer encuentro físico con el escritor cubano, comienzo de una larga amistad entre ambos hombres. El mismo Cortázar ha dicho en varias ocasiones el choque que fue para él la lectura, en el año 66, de Paradiso. El texto que escribió casi de inmediato —“Para llegar a Lezama Lima”[2]— tiene como virtud principal haber llamado la atención a nivel mundial sobre un autor desconocido fuera de un círculo restringido de iniciados.  

Mi propósito es explorar esta relación entre los dos escritores, situándola en un plano literario propiamente dicho: contemplarlos como los creadores de dos utopías poéticas a la vez vecinas y disímiles. Empezaré por las disimilitudes. Tres me parecen las más evidentes. 

La primera se refiere al género dentro del cual se inscriben: ambos escribieron novelas, subvirtiendo, por caminos diferentes, el género. Pero ni uno ni otro son, fundamentalmente, novelistas. Uno es —seguirá siendo hasta su muerte— un cuentista genial. El otro es poeta. Cortázar también escribe poemas —“Pameos y meopas”, como dice. Pero no es el Poeta con mayúscula (odiaba las mayúsculas). La poesía no es para él, como para Lezama, la dimensión fundadora del ser humano. Si bien se puede calificar de “poética” la visión del argentino, no se observa en él aquel totalitarismo de lo poético tan característico del mundo lezamiano. 

La segunda disimilitud concierne a la crítica del racionalismo: el autor de Rayuela y el de Paradiso concuerdan en su rechazo de los dualismos ajenantes que aquejan el pensamiento occidental. Sin embargo, como lo ha subrayado acertadamente Abel Prieto en su introducción a Confluencias, “la cosmovisión armónica lezamiana no cuaja a partir de claves mágicas, prerracionalistas, sino de la reconstrucción de un nuevo edificio racionalista, luego de la demolición de las murallas levantadas en el XVIII”[3].  Lejos de ceder Lezama a la tentación de lo irracional, existe en él una natural tendencia al sistema, pero como ocultada por la metaforización en que se encarna. Lezama no manifiesta aquel recelo tan cortazariano hacia todo cuanto inmovilice o institucionalice el pensamiento. Aun si el racionalismo tradicional le queda estrecho, en vano se buscaría en su obra algún elogio del irracionalismo militante, o, en el nivel filosófico, alguna huella de interés por el inconsciente. Por otra parte y de un modo general, las aventuras de los grandes “piantados” del arte o de la literatura no lo fascinan. 

La  tercera y última disimilitud no es la menos importante por las incidencias que tiene sobre la aproximación a lo americano. Quiero hablar de la relación casi antinómica que ambos escritores mantienen con la tierra, la cultura, la historia del país que los vio nacer.  

Cintio Vitier, Abel Prieto y otros han recalcado la entrañable cubanía —reforzada por la insularidad— que impregna la obra lezamiana y asimismo la paradoja que hace de esta cubanía una ventana hacia la cultura universal. También hay, qué duda cabe, una argentinidad de Cortázar, pero ella se refugia en una manera de ver las cosas y de decirlas: un tono, por decirlo así. El arraigamiento dentro de la sociedad y de la cultura argentina no está en ningún momento instituido como valor. Hay más: el autor de Rayuela —léase la carta a Roberto Fernández Retamar[4] en la que contesta a una encuesta sobre el intelectual latinoamericano[5]— no ve sino ventajas tanto del punto de vista literario, como político en escribir su obra fuera del país. No es el lugar de discutir aquí lo bien fundado de esta tesis que por cierto tiene sus límites, como tiene que confesarlo a medias el autor de la carta. Más interesante es ver en ella la expresión, en el nivel cultural, de aquella “descolocación” que, como veremos, está en el corazón de la utopía cortazariana.  

Hablando de utopías, una primera constatación se impone: el universo de ambos escritores lleva la marca de una misma aspiración a sustituir el dualismo imperante por una unidad ideal, en la que se realizaría la reconciliación del hombre con el mundo y consigo mismo. Y ambos consideran que la analogía es la llave que permite si no acceder a ese mundo entrever su posibilidad. Pero, apenas enunciada esta definición —muy general, por cierto— las divergencias empiezan. 

La utopía lezamiana: la imagen 

La utopía lezamiana es de esencia no solamente religiosa (porque, al fin y al cabo, la religión también puede ser una dimensión de las utopías laicas), sino católica. El catolicismo en Lezama no es —como puede serlo en otros escritores cristianos— lateral o prescindible. Es, como en Claudel a quien Lezama admira, central y estructurante. No entraré aquí en la complejidad del sistema lezamiano a la vez filosófico, estético y ético. Ya lo hicieron investigadores ilustres en la materia, cuyos trabajos han nutrido las presentes reflexiones: Cintio Vitier, Fina García Marruz, Abel Prieto, César López, Reynaldo González, Julio Ortega, Roberto Méndez y Ciro Bianchi Ross para citar a los que más he practicado.  

En el centro del sistema campea la imagen. Los surrealistas ya habían hecho de la “estupefaciente imagen” el motor de su tentativa. Pero, en el caso de Lezama, de estupefaciente no se trata, ni tampoco —o solamente— de metáfora, como, por ejemplo, en la poesía de Góngora. Hay en Lezama Lima una mística de la imagen. La metáfora no es sino un escalón en la ascensión hacia su realidad absoluta. De ella se espera que consiga “zurcir el espacio de la caída”[6] y que establezca “la causa prodigiosa del ser para la resurrección”[7]. Se podrían multiplicar las citas: “La imagen como un absoluto”, “la imagen que se sabe imagen”, “la imagen como la última de las historias posibles”[8]

La analogía cortazariana no aspira a tales alturas. El concepto que el argentino tiene de la imagen lo hermana más bien con los surrealistas. No creo que en algún lugar Lezama reconozca alguna deuda hacia el surrealismo, como la reconoce, por ejemplo, hacia Mallarmé o Valéry. Manifiesta hacia la escuela de Breton cierto desdén, posiblemente por esa aversión suya que antes señalábamos hacia el irracionalismo. Es preciso, sin embargo, detenerse un poco en esta comparación entre la metáfora lezamiana y la surrealista. Las opone la trascendencia, pero tienen importantes puntos comunes. Tres llaman particularmente la atención: 

Uno es la dinamicidad que sirve de vector a la imagen. Deseo la llaman los surrealistas y, después de ellos, el autor de Rayuela al calificar su edén utópico de “Kibbutz del deseo”. “Apetencia de imagen” suele llamarla Lezama: apetencia de resurrección y de eternidad.  

Otro concierne a la eficacia de la metáfora. En su Manifiesto de 1924, Breton cita una frase de Pierre Reverdy[9] quien opinaba en 1918 que “cuanto más lejanas y justas sean las relaciones entre dos realidades, más fuerte será la imagen, más potencia emotiva tendrá, más fuerza poética”[10]. Curiosamente Lezama Lima no está lejos de esta concepción cuando, en su entrevista con Álvarez Bravo, menciona, entre los métodos de exploración de “lo incondicionado poético”, lo que él llama el “súbito”[11], desviando la idea expresada por Reverdy y Breton en un sentido conforme a su concepto trascendente de la imagen. Siendo la resurrección el modelo último de lo imposible / posible  el poeta se acerca tanto más a su revelación cuanto más abre el compás dentro del campo de la posibilidad racional[12]. De “hipertélica” se podría calificar, utilizando el léxico de Lezama, aquella distancia máxima entre los polos de la metáfora —cuyo ejemplo paradigmático fue dado por Lautréamont con el encuentro en una cama de disección entre una máquina de coser y un paraguas.  

El tercer punto de intersección entre la imaginación lezamiana y la surrealista es que, en esta última, se da, como en en el sistema de Lezama, una  extensión del proceso metafórico más allá del campo de la escritura. Existe en ambas el sentimiento de una interacción generalizada a la escala del universo entre fenómenos aparentemente inconexos. El “azar objetivo”  de los surrealistas se transforma, en el sistema de Lezama —sin que se pueda hablar de influencia alguna—, en lo que él llama la “vivencia oblicua”: los fenómenos no aprehendidos perpendicularmente, desde una perspectiva lógica que los aísla y los define, sino vividos oblicuamente, desde una perspectiva que revela la infinidad de sus vínculos secretos, y abre el paso hacia la imagen. Es conocida la definición que el autor de Paradiso dio alguna vez de la vivencia oblicua. “Es”, dice, “como si un hombre, sin saberlo desde luego, al darle vuelta al commutador de un cuarto inaugurase una cascada en el Ontario”[13].  En un texto de La vuelta al día en ochenta mundos, Cortázar —es difícil decir si desde su cultura surrealista o pisando las huellas de Lezama a quien acaba de dedicar el ensayo que se sabe— desarrolla con evidente fruición la misma idea, concluyendo con estas palabras: 

 “…no se trata de la interexistencia en sí sino de su dinámica (su ‘destino interno y dinámico’) que por supuesto se cumple al margen de toda mensurabilidad o detección basada en nuestros Greenwich o Geisers. Metáforas que apuntan hacia esa vaga, incitante dirección: el latigazo de la triple carambola, la jugada de alfil que modifica las tensiones de todo: el tablero. Cuántas veces he sentido que una fulgurante combinación de fútbol (sobre todo si la hacía River Plate, equipo al que fui fiel en mis años de buen porteño) podía estar provocando una asociación de ideas en un físico de Roma, a menos que naciera de esa asociación o, ya vertiginosamente, que físico y fútbol fuesen elementos de otra operación que podía estarse cumpliendo en una rama de cerezo en Nicaragua, y las tres cosas, a su vez…”[14] 

Antes de despedirnos del tema de la vivencia oblicua quisiera sugerir, sin profundizar, la posible ilustración que en ella halla el manejo vertiginoso que Lezama Lima y —en menor grado— Cortázar hacen de la cultura universal. En los ensayos de Lezama, la erudición, vivida oblicuamente, participa del proceso generalizado de metaforización; llega a formar parte integrante del funcionamiento analógico del texto. Cortázar, en cambio, mantiene cierta exterioridad con respecto al material cultural —esta distancia que hay en la “citación” — aunque esta, en su caso, no ilustra de modo redundantemente académico el discurso sino que resulta de un principio de asociación que el autor de 62, modelo para armar examinó en un interesante texto del Último round titulado “La muñeca rota”. Al leerlo, resulta evidente que estamos más cerca de la idea borgesiana de que todos los libros son de aquella protagonización metáforica de las referencias culturales a la que Lezama se entrega en sus ensayos.   

La utopía cortazariana: la figura 

La utopía poética de Julio Cortázar no estriba como la de José Lezama Lima en la certidumbre de la fe. Sus orígenes las tienen, por una parte, en la tradición literaria idealista que va desde el romanticismo y el simbolismo hasta el surrealismo, y cuya ambición —a la vez regresiva y contestataria—  es restaurar a través del lenguaje una unidad edénica. Pero no menos hondas son las raíces que ella echa en otra tradición: la de la literatura fantástica. De allí saca su configuración particular. 

Lo fantástico, para Cortázar, antes de ser una tradición literaria, es una experiencia existencial. En un texto de La vuelta al día en ochenta mundos,  él evoca un sentimiento de “no estar del todo”  que le viene de la infancia[15] : una experiencia cotidiana del extrañamiento, de la falencia, de la descolocación —todos son sinónimos—,  y la exploración instintiva de los intersticios o pasajes que ella abre dentro de la realidad generando la intuición del “otro lado”. La historia de la obra del argentino no es sino la del ensanchamiento de aquella alteridad: el paso de “lo” otro a “el” otro, al semejante. Lo decisivo en esta evolución es la transformación del sujeto pasivo de la literatura fantástica en sujeto activo, en “Perseguidor”, como lo reza el título de un cuento de Las armas secretas.  Se hace principalmente a través de la novela, y por medio de la figura. 

La figura ocupa en el (no) sistema cortazariano un puesto homólogo al que ocupa la imagen en el universo de Lezama. Para definirla, el autor de Rayuela suele referirse a Jean Cocteau quien decía que somos estrellas que pertenecemos a una constelación de la cual ignoramos el dibujo. Dentro de semejante perspectiva, la lógica de la identidad ya no rige, ni la causalidad que de ella deriva: A no es A, sino un A bis. Aquí el entronque con el doble de la literatura fantástica, pero con esta notable diferencia que A bis no es mi fantasma, sino al revés: yo soy el fantasma de aquel otro que es el objeto de la búsqueda. De quien soy la metáfora, diría tal vez Lezama. La figura es, en efecto, uno de sus avatares en la medida en que solo la analogía permite acercarse a aquel punto utópico desde el cual mi vida entregaría su sentido y el mundo su secreto. La búsqueda de aquel punto, desde el cual los dualismos que enajenan nuestras conductas ya no rigen, también estaba en el centro del programa enunciado por Breton en su Manifiesto pero, critica Cortázar en Rayuela por boca de Oliveira, los surrealistas cometieron un error: “se colgaron de las palabras”, creyeron que en su liberación estaba el camino. Cortázar es un surrealista desencantado. La analogía no es para él una promesa infinita de libertad. La figura revela un determinismo generador de angustia.  

Así las cosas, basta una amable extrapolación para postular un grupo humano que cree reaccionar psicológicamente en el sentido clásico de esa vieja, vieja palabra, pero que no representa más que una instancia de ese flujo de la materia animada, de las infinitas interacciones de lo que antaño llamábamos deseos, simpatías, voluntades, convicciones, y que aparecen aquí como algo irreductible a toda razón y a toda descripción: fuerzas habitantes extranjeras que avanzan en procura de su derecho de ciudad; una búsqueda superior a nosotros mismos como individuos y que nos usa para sus fines, una oscura necesidad de evadir el estado del homo sapiens hacia… ¿qué homo? Porque sapiens es otra vieja, vieja palabra, de esas que hay que lavarlas a fondo antes de pretender usarlas con algún sentido[16]

Estas líneas del capítulo 62 de Rayuela —que fue el origen de la novela 62, modelo para armar— muestran bien lo que separa Cortázar de la utopía lezamiana: esa “fuerza que nos usa” no es para el cubano extranjera ni inquietante. Recuérdense las palabras de la abuela en uno de sus diálogos con Cemí en Paradiso.  

Hemos sido dictados, es decir, éramos necesarios para que el cumplimiento de una voz superior tocase orilla, se sintiese en terreno seguro. La rítmica interpretación de la voz superior, sin intervención de la voluntad casi, es decir, una voluntad que ya venía envuelta por un destino superior, nos hacía disfrutar de un impulso que era al mismo tiempo una aclaración.  

El impulso existe en Oliveira —se llama búsqueda—, pero no existe para él ninguna forma de aclaración. La carencia que es el espacio de la figura tanto como de la imagen, no tiene en ambos escritores el mismo signo. En Lezama, el “imán” divino atrae los “fragmentos”, los empuja verticalmente hacia la imagen. En Cortázar, la utopía, horizontal, es exenta de toda trascendencia, y su carencia es de índole existencial. En ambos casos, se  observa el mismo afán cognoscitivo, pero determinando comportamientos opuestos: al optimismo lezamiano se opone el angustioso cuestionamiento del “perseguidor”. Es que la carencia en el sistema lezamiano lleva en ella la epifanía de un encuentro, mientras que, en la figura cortazariana, la “defectividad” condena sus protagonistas al desencuentro: un desencuentro a la vez poético y ético, pero fecundo en cuanto abre un espacio para la incesante creación.   

Son estas las dos utopías poéticas —a la vez vecinas y antagónicas— que se van a hallar confrontadas, al comenzar la década de los 60, con la Revolución Cubana.   

Utopía, literatura, revolución  

A un crítico que le interrogaba acerca de la utilidad del escritor, José Lezama Lima contestó lo siguiente: 

“Si al final de su vida un escritor cree que ha esclarecido o aumentado el flujo creador de su época o más simplemente de sus amigos, si se siente como si su obra hubiera propiciado un henchimiento, un desarrollo, esa es su principal utilidad.”[17]  

Sobre ese mismo tema Cortázar se expresó en varias oportunidades. Una de ellas fue la polémica que sostuvo con el escritor colombiano Oscar Collazos:  

“…una literatura que merezca su nombre es aquella que incide en el hombre desde todos sus ángulos (y no por pertenecer al Tercer Mundo, solamente o principalmente en el ángulo sociopolítico), que lo exalta, lo incita, lo cambia, lo justifica, lo saca de sus casillas, lo hace más realidad, más hombre, como Homero hizo más reales, es decir, más hombres a los griegos, y como Martí, Vallejo y Borges hicieron más reales, es decir, más hombres a los latinoamericanos.”[18] 

Si he citado paralelamente estas declaraciones de Lezama y de Cortázar es porque ambas enfatizan, pese a las diferencias (vehemencia humanista en el argentino, referencia al propio quehacer literario en el cubano) la especificidad inalienable de la práctica literaria. Esta reivindicación común la encontraremos en la base de las dos utopías poéticas en su confrontación con la historia. 

El espiritualismo de Lezama excluye a priori toda clase de materialismo. No combate el marxismo cuando aparece en el horizonte de la cultura cubana: lo ignora. El marxismo quiere restaurar la historia en la objetividad de sus condiciones materiales. Lezama la integra a su propio sistema. Hechos, civilizaciones, héroes son metáforas en busca de la imagen que condense la esencia de una época. “La imagen es la causa secreta de la historia”[19].  Definida la imagen como “infinita posibilidad”, su perspectiva podía integrar lo histórico. No sin razón Abel Prieto, en las páginas penetrantes y lúcidas que introducen a la lectura de Confluencias, aun si se ve obligado de constatar que “no hay ningún esfuerzo intelectual serio, en las salutaciones de Lezama a la Revolución, para ampliar el sistema poético; o remozarlo con nuevas habitaciones destinadas a lo sucesivo”, contempla la posibilidad de “una versión laica” del sistema lezamiano. Tal vez el idealismo martiano —su vertiente utópica que tanta huella dejó en la Revolución Cubana— sirva de punto de conjunción. El Martí que propone Lezama en “La sentencia de Martí” no es el mero objeto de culto en que a veces se lo ha convertido, sino una construcción colectiva dentro del movimiento histórico, un reto permanente para el pueblo cubano. 

Su fragmento se aclarará  cuando logremos también con poéticas mediciones, con metáforas participantes, sorprender su totalidad, el mundo ahora desconocido del cual formaba una adición, y en el cual ya no es un fragmento, sino unidad que se disuelve en lo histórico operante en un contrapunto animista. [] Ahora un fragmento; de nuestras imágenes creadoras en lo histórico depende que vuelva a ser una totalidad.[20]  

“Metáforas participantes”, “imágenes creadoras”: con su lenguaje propio, Lezama  en este texto  de 1957, ya reconoce como motor principal de la historia aquella “poesía sin poeta” cuyas “masas corales” escriben la historia y a quienes saludará en “Imagen y posibilidad”. 

Obvio es recordar aquí lo que representó, hasta el fin de su vida, la Revolución Cubana para Julio Cortázar. Su adhesión a ella y a su ideología conoció crisis, pero nunca se desmintió. Una de las dificultades fue —remito aquí a la carta, ya citada, sobre el intelectual latinoamericano— que el argentino quería participar en ella desde su condición específica de escritor, sin renunciar a aquella utopía poética con la que había llegado a la Isla y que hemos intentado describir. Para él, esa utopía poética era como la otra cara de la utopía política con la que soñaba y a la que la Revolución ntentaba dar cuerpo. Hay, en la carta, una hermosísima frase al respecto:   

“Mi problema sigue siendo como debiste sentirlo al leer Rayuela, un problema metafísico, un desgarramiento continuo entre el monstruoso error de ser lo que somos como individuos y como pueblos en este siglo, y la entrevisión de un futuro en el que la sociedad humana culminaría por fin en ese arquetipo del que el socialismo da una visión práctica y la poesía una visión espiritual.” [21] 

Esa era la utopía de Julio: la conciliación de ambas utopías. Pero él también sabía que ella estaba sometida a la ley del desencuentro. El desencuentro, ya lo hemos dicho, es, en Cortázar, tan fatal como fecundo. Hay, en su visión del mundo, una valoración de la carencia, capaz ella sola de mantener viva la contradicción y evitar toda forma de “coleopterización”[22], para decirlo con sus palabras. En esto él pensaba que consistía la eficacia específica de la utopía poética: su “función política”. Hubiera podido hacer suya la magnífica definición de la utopía que propone Lezama el autor de Imagen y posibilidad que “lo imposible al actuar sobre lo posible, engendra un posible en la infinidad”[23]. En “Casilla del camaleón”, el autor de La vuelta al día en ochenta mundos escribe: “La experiencia humana no basta para hacer un poeta, pero lo engrandece cuando se da paralelamente a la condición de poeta y cuando el poeta comprende la especial relación con que debe articularla”. 

La “especial relación” de Julio con la experiencia cubana era esa: una relación contradictoria que le asignaba, por su propio carácter contradictorio, su verdadero puesto dentro de la Revolución.  

Al terminar esta última parte de mi exposición, me doy cuenta de que he dado con un tema —la función política de la utopía política— que excede tanto mi competencia como mis capacidades. La ingenuidad es mi sola disculpa, y mi fe que es aquella del Ángel de la Jiribilla:  

Ángel de la Jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: “realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte”[24]

Notas:

1 Coloquio Internacional sobre la obra de José Lezama Lima: dos volúmenes: Prosa y Poesía, editados por el Centro de Investigaciones Latinoamericanas de la universidad de Poitiers (France) y el Editorial Fundamentos, Madrid, 1984. 

2 “Para llegar a Lezama Lima”: La vuelta al día en ochenta mundos (Siglo XXI editores, México, 1967).

3 José Lezama Lima: Confluencias, selección de ensayos y prólogo por Abel E. Prieto, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1988, p. XVIII, nota 5.

4 Julio Cortázar: Último round II (Siglo XXI Editores, México, 1969): “Acerca de la situación del intelectual latinoamericano”.

5 “dos palabras”, dice, que “le hacen levantar instintivamente la guardia”.

6 José Lezama Lima: Tratados en La Habana, “La dignidad de la poesía”.

7 Valoración Múltiple  (Recopilación de textos sobre José Lezama Lima, Casa de las Américas, serie selección y notas de Pedro Simón, La Habana, 1970). Armando Álvarez Bravo, entrevista con José Lezama Lima: “Órbita de Lezama Lima”. 

8 José Lezama Lima: “Introducción a los vasos órficos” (Confluencias, Ob. cit.)

9 Cabe precisar que el poeta de Main d’œuvre nunca participó en el movimiento surrealista.

[1]0 A esta definición Breton añadirá algo esencial para su revolución poética: el inconsciente y el automatismo psíquico que es su corolario.

[1]1 Valoración, entrevista (Ob.cit.).

[1]2 “Es creíble porque es increíble: el hijo de Dios murió. Es cierto porque es imposible: y después de muerto resucitó” (Imagen y posibilidad, selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi Ross, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981).

[1]3 Ibíd.

[1]4  Julio Cortázar: La vuelta… (Op.cit): “Yo podría bailar ese sillón —dijo Isidora”.

15 Julio Cortázar: La vuelta… (Ob. cit.): “Del sentimiento de no estar del todo”.

[1]6 Julio Cortázar: Rayuela: capítulo 62.

[1]7 Valoración Múltiple (Ob. cit.)

[1]8 Oscar Collazos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa: Literatura en la revolución y revolución en la literatura (Siglo XXI editores, Col. Mínima / 35, México, 1970).

[1]9 José Lezama Lima: Imagen y posibilidad (Ob. cit.) “El 26 de julio: imagen y posibilidad”.

20 José Lezama Lima: Tratados en La Habana  (Ob.cit.): “La sentencia de Martí”.

21 Julio Cortázar: Último round (Ob. cit.).

22 Julio Cortázar: La vuelta al día… (Ob. cit.) : “Casilla del camaleón”.

23 José Lezama Lima: Imagen y posibilidad (Ob. cit.): “Se muestra ahora el Ángel de la Jiribilla”.

24 José Lezama Lima: Imagen y posibilidad (Ob. cit.): “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”.


Dossier realizado con la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo, a propósito del Centenario de José Lezama Lima.

 

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