|
La Casa de las Américas
distingue hoy a una
mujer de extraordinarios
valores, artista genial
consagrada a la danza,
arte que ha sido para
ella, más que una
profesión, una suerte de
existir y de festejar la
vida, pues bailar es el
modo creativo, humanista
y pleno que eligió para
estar en el mundo.
Desde la infancia,
Alicia Alonso descubrió
el placer por la danza y
poco a poco lo hizo
designio irrevocable con
voluntad, dedicación y
esfuerzo en busca de la
maestría, para dibujar
un arabesque que
apuntara al cielo, para
hacer que sus pies
hablaran con elocuencia
y sus manos se
expandieran como alas al
viento. Hasta para
repasar con sus dedos
complejas coreografías y
vencer la adversidad con
resolución
inquebrantable, la
memoria vívida y la
imaginación desbordante
de creatividad y sueños
por cumplir.
Alicia se ha prodigado
al público como
bailarina excepcional —“la
más grande Giselle que
el mundo haya conocido”,
Odette-Odile, Taglioni,
Carmen, Dido, la
princesa Aurora, Thoris,
Frigia, hasta más de un
centenar de roles, de
Pro-Arte Musical al
Ballet Nacional de Cuba,
pasando por las más
importantes compañías y
por escenarios de todos
los continentes—;
como notable coreógrafa
capaz de recrear para su
época el mejor legado
clásico, renovándolo,
enriqueciéndolo y
combinándolo con
elementos nuevos desde
una perspectiva
transgresora y
experimental; como
maestra que transmite
una disciplina
—procesada a través de
una vasta experiencia
creadora— y una ética, a
los artistas más
jóvenes; como líder
rigurosa de una compañía
que ha fascinado a
millones de espectadores
y ha legado al mundo
valiosos exponentes.
Alicia ha sabido
combinar el depurado
dominio técnico, la
precisión extrema de
cada paso, con
exigencias de estilo,
cualidades estéticas y
una impronta personal
que Dulce María Loynaz
percibió como una luz,
Carilda Oliver como
“velo, mujer, asombro,
golondrina”, y que Nancy
Morejón ha asociado al
misterio.
|
 |
Impactada por el valor
expresivo del gesto,
cuando en 1936 disfrutó
la ejecución raigalmente
teatral de Antonia Mercé,
La argentina,
Alicia aprehendió la
síntesis expresiva que
debe entrañar un
movimiento, acción
significante,
organicidad teatral que
dota de sentido
dramatúrgico e
interpretativo, de un
alma y un aura mítica a
toda su creación. Y a
fuerza de aprender con
maestros de diferentes
escuelas, de crear a la
par de notables
coreógrafos, de
compartir el escenario
con brillantes
partenaires, de
observar y estudiar los
rasgos de cada uno,
probarlos e imprimirles
la energía y el aliento
de su propia naturaleza,
protagoniza la fundación
de una Escuela Cubana de
Ballet que es orgullo y
emblema de nuestra
cultura y referente
único en y desde la
América Latina y el
Caribe.
Alicia se ha apoderado
del sonido, de la música
toda como una fuente que
estimula y despierta el
movimiento, ha
transformado la cuidada
composición de las artes
plásticas en trama
visual y equilibrio para
la escena. Y ha
entendido la creación
danzaría como hecho
vivo, que se renueva con
el avance de la
tecnología y el
conocimiento humano, y
que incorpora el pulso
de la realidad social.
Porque su entrega rebasa
los límites del
escenario. Curiosa por
la cultura que le rodea,
ha roto estereotipos
para compartir un saber
práctico, sistematizado
en regularidades y
conceptos, por medio de
la palabra, en
conferencias, clases
magistrales e
innumerables entrevistas
de las que se puede
extraer una
impresionante
consecuencia ética, y
una obsesiva
preocupación por el
futuro que vendrá, con
dolor porque “casi pesan
igual en este mundo lo
humano y lo inhumano”. Y
cubanía honda, esencial,
inalienable.
Fernando Ortiz definía
la cubanía, como
“cubanidad plena,
sentida, consciente y
deseada; cubanidad
responsable” que
precisa, más allá de
cualquier contingencia
ambiental, “la
conciencia de ser cubano
y la voluntad de
quererlo ser”. La vida
y la obra de Alicia
Alonso han traducido esa
voluntad ―emanada del
sentido patriótico que
cuenta le inculcó su
padre― en múltiples
acciones. Alicia
prefirió arriesgar su
carrera y regresar a
Cuba para empeñarse en
fundar, para su pueblo,
una compañía danzaria
que, también, ayudara a
vencer prejuicios y
subestimaciones acerca
de la imposibilidad de
desarrollar un arte como
el ballet en una pequeña
isla de la América
Latina. Procesó lo
aprendido de múltiples
fuentes culturales para
encontrar una síntesis
de lo cubano, que ha
defendido y recreado por
medio del lenguaje del
movimiento, y que ha
promovido con orgullo en
cada escenario por donde
han pasado ella y los
artistas del Ballet
Nacional de Cuba,
también en cátedras
universitarias,
academias y otras
iniciativas docentes.
A los innumerables
premios y
condecoraciones que
ostenta, como merecido
reconocimiento a casi 80
años de vida artística,
entre los cuales
destacan, en Cuba, los
grados de Doctora
Honoris Causa por la
Universidad de La Habana
y por el Instituto
Superior de Arte; el
título de Heroína
Nacional del Trabajo de
la República de Cuba;
la Orden Félix Varela de
Primer Grado y la Orden
José Martí, máxima
condecoración que otorga
el Consejo de Estado de
la República de Cuba,
además de los que le han
conferido en el mundo,
se suma hoy la Medalla
Haydée Santamaría, que
lleva el nombre de la
heroína revolucionaria
que fundó esta Casa de
las Américas para
impulsar la labor de
integración
latinoamericana y
caribeña que
emprendemos.
Hace pocos meses, en
esta misma sala,
mientras rememorábamos
la llegada a la Casa del
espléndido Árbol de la
Vida que aquí nos
acompaña, su autor
recordaba a Alicia como
parte de una delegación
artística que,
encabezada por Haydée,
viajó a México con
motivo de una jornada
cultural cubana y que
sostuvo con él un
encuentro, recogido en
imágenes fotográficas
que conserva. No es
casual que en esas
fotos, como en muchas
otras de la Casa, muy
cerca de Haydée,
aparezca el rostro
sonriente de la gran
bailarina, por la
identidad de principios
culturales,
revolucionarios y
liberadores en que se
afirma la labor del
Ballet Nacional de Cuba
y de la Casa de las
Américas.
|
 |
En un hermoso texto
escrito en 1986, Alicia
admira la capacidad de
la heroína para ejercer
principios de verdad y
justicia, y su
honestidad hacia la
Revolución, que le
inspiraban fuerza y
ánimo. La bailarina
confiesa el orgullo de
haber tenido una cercana
relación con Haydée y
cuenta cómo, a pesar de
sus múltiples
responsabilidades,
siempre estaba al tanto
de su trabajo artístico
y de los acontecimientos
importantes del Ballet,
sencilla, delicada e
inteligente al
entregarle inolvidables
muestras de amistad.
Hoy se unen aquí dos
leyendas americanas:
Haydée Santamaría,
energía tutelar que nos
acompaña y nos impulsa
cada día, y Alicia
Alonso, mariposa azul
que jamás ha dejado de
bailar y que seguirá
haciéndolo por siempre,
en la memoria colectiva
de un pueblo y en cada
espacio donde un
bailarín cubano descubra
su singular presencia.
Palabras
de elogio en la entrega
de la Medalla Haydée
Santamaría. Sala Che
Guevara, 2 de diciembre
de 2010. |