Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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Alicia, mariposa azul

Vivian Martínez Tabares La Ventana

Fotos: Abel (Casa de las Américas)

 

La Casa de las Américas distingue hoy a una mujer de extraordinarios valores, artista genial consagrada a la danza, arte que ha sido para ella, más que una profesión, una suerte de existir y de festejar la vida, pues bailar es el modo creativo, humanista y pleno que eligió para estar en el mundo.

Desde la infancia, Alicia Alonso descubrió el placer por la danza y poco a poco lo hizo designio irrevocable con voluntad, dedicación y esfuerzo en busca de la maestría, para dibujar un arabesque que apuntara al cielo, para hacer que sus pies hablaran con elocuencia y sus manos se expandieran como alas al viento. Hasta para repasar con sus dedos complejas coreografías y vencer la adversidad con resolución inquebrantable, la memoria vívida y la imaginación desbordante de creatividad y sueños por cumplir.

Alicia se ha prodigado al público como bailarina excepcional —“la más grande Giselle que el mundo haya conocido”, Odette-Odile, Taglioni, Carmen, Dido, la princesa Aurora, Thoris, Frigia, hasta más de un centenar de roles, de Pro-Arte Musical al Ballet Nacional de Cuba, pasando por las más importantes compañías y por escenarios de todos los continentes; como notable coreógrafa capaz de recrear para su época el mejor legado clásico, renovándolo, enriqueciéndolo y combinándolo con elementos nuevos desde una perspectiva transgresora y experimental; como maestra que transmite una disciplina —procesada a través de una vasta experiencia creadora— y una ética, a los artistas más jóvenes; como líder rigurosa de una compañía que ha fascinado a millones de espectadores y ha legado al mundo valiosos exponentes.

Alicia ha sabido combinar el depurado dominio técnico, la precisión extrema de cada paso, con exigencias de estilo, cualidades estéticas y una impronta personal que Dulce María Loynaz percibió como una luz, Carilda Oliver como “velo, mujer, asombro, golondrina”, y que Nancy Morejón ha asociado al misterio.

Impactada por el valor expresivo del gesto, cuando en 1936 disfrutó la ejecución raigalmente teatral de Antonia Mercé, La argentina, Alicia aprehendió la síntesis expresiva que debe entrañar un movimiento, acción significante, organicidad teatral que dota de sentido dramatúrgico e interpretativo, de un alma y un aura mítica a toda su creación. Y a fuerza de aprender con maestros de diferentes escuelas, de crear a la par de notables coreógrafos, de compartir el escenario con brillantes partenaires, de observar y estudiar los rasgos de cada uno, probarlos e imprimirles la energía y el aliento de su propia naturaleza, protagoniza la fundación de una Escuela Cubana de Ballet que es orgullo y emblema de nuestra cultura y referente único en y desde la América Latina y el Caribe.

Alicia se ha apoderado del sonido, de la música toda como una fuente que estimula y despierta el movimiento, ha transformado la cuidada composición de las artes plásticas en trama visual y equilibrio para la escena. Y ha entendido la creación danzaría como hecho vivo, que se renueva con el avance de la tecnología y el conocimiento humano, y que incorpora el pulso de la realidad social. Porque su entrega rebasa los límites del escenario. Curiosa por la cultura que le rodea, ha roto estereotipos para compartir un saber práctico, sistematizado en regularidades y conceptos, por medio de la palabra, en conferencias, clases magistrales e innumerables entrevistas de las que se puede extraer una impresionante consecuencia ética, y una obsesiva preocupación por el futuro que vendrá, con dolor porque “casi pesan igual en este mundo lo humano y lo inhumano”. Y cubanía honda, esencial, inalienable.

Fernando Ortiz definía la cubanía, como “cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable” que precisa, más allá de cualquier contingencia ambiental, “la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”. La vida y la obra de Alicia Alonso han traducido esa voluntad ―emanada del sentido patriótico que cuenta le inculcó su padre― en múltiples acciones. Alicia prefirió arriesgar su carrera y regresar a Cuba para empeñarse en fundar, para su pueblo, una compañía danzaria que, también, ayudara a vencer prejuicios y subestimaciones acerca de la imposibilidad de desarrollar un arte como el ballet en una pequeña isla de la América Latina. Procesó lo aprendido de múltiples fuentes culturales para encontrar una síntesis de lo cubano, que ha defendido y recreado por medio del lenguaje del movimiento, y que ha promovido con orgullo en cada escenario por donde han pasado ella y los artistas del Ballet Nacional de Cuba, también en cátedras universitarias, academias y otras iniciativas docentes.

A los innumerables premios y condecoraciones que ostenta, como merecido reconocimiento a casi 80 años de vida artística, entre los cuales destacan, en Cuba, los grados de Doctora Honoris Causa por la Universidad de La Habana y por el Instituto Superior de Arte; el título de Heroína Nacional del Trabajo de la  República de Cuba; la Orden Félix Varela de Primer Grado y la Orden José Martí, máxima condecoración que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba, además de los que le han conferido en el mundo, se suma hoy la Medalla Haydée Santamaría, que lleva el nombre de la heroína revolucionaria que fundó esta Casa de las Américas para impulsar la labor de integración latinoamericana y caribeña que emprendemos.

Hace pocos meses, en esta misma sala, mientras rememorábamos la llegada a la Casa del espléndido Árbol de la Vida que aquí nos acompaña, su autor recordaba a Alicia como parte de una delegación artística que, encabezada por Haydée, viajó a México con motivo de una jornada cultural cubana y que sostuvo con él un encuentro, recogido en imágenes fotográficas que conserva. No es casual que en esas fotos, como en muchas otras de la Casa, muy cerca de Haydée, aparezca el rostro sonriente de la gran bailarina, por la identidad de principios culturales, revolucionarios y liberadores en que se afirma la labor del Ballet Nacional de Cuba y de la Casa de las Américas.

En un hermoso texto escrito en 1986, Alicia admira la capacidad de la heroína para ejercer principios de verdad y justicia, y su honestidad hacia la Revolución, que le inspiraban fuerza y ánimo. La bailarina confiesa el orgullo de haber tenido una cercana relación con Haydée y cuenta cómo, a pesar de sus múltiples responsabilidades, siempre estaba al tanto de su trabajo artístico y de los acontecimientos importantes del Ballet, sencilla, delicada e inteligente al entregarle inolvidables muestras de amistad.

Hoy se unen aquí dos leyendas americanas: Haydée Santamaría, energía tutelar que nos acompaña y nos impulsa cada día, y Alicia Alonso, mariposa azul que jamás ha dejado de bailar y que seguirá haciéndolo por siempre, en la memoria colectiva de un pueblo y en cada espacio donde un bailarín cubano descubra su singular presencia.

Palabras de elogio en la entrega de la Medalla Haydée Santamaría. Sala Che Guevara, 2 de diciembre de 2010.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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