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Las notas biográficas
que introducen el
programa del Coloquio en
Conmemoración del
Centenario del escritor
cubano Ángel Augier, no
indican la fecha de su
fallecimiento: este
jueves, en la sede de la
Unión Nacional de
Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC), no se
habló de aquel día de
enero de este año ―de
triste excepción, diría
Lezama― en que el autor
de “Isla en el tacto”
abandonaba su promesa de
vivir cien años, cuando
solo le separaban unos
meses.
Convocados por la
Fundación Nicolás
Guillén ―albacea
espiritual del poeta a
quien tantas páginas
dedicara Augier―,
acudieron a la sala
Villena de la UNEAC
escritores,
investigadores, críticos
y profesores para
iniciar un recorrido por
su obra periodística,
poética y ensayística,
que solo culminará ―tal
como ellos proponen―
cuando el justo acto de
abordar críticamente el
legado de Ángel Augier
devenga ejercicio
cotidiano. No obstante,
la presencia allí de
jóvenes estudiantes,
familiares del autor y
amigos, incluso el
hombre que fungiera como
su chofer durante años,
indicaba que aquel
“coloquio” trascendería
los límites habituales
del rótulo. Y así fue.
Durante horas,
transitaron frente al
público nombres bien
conocidos en el terreno
de la investigación
cultural y el ejercicio
del criterio tanto en el
terreno de la crítica
especializada, como en
el periodismo: en un
primer momento, la
periodista y profesora
Miriam Rodríguez
Betancourt,
el editor e investigador
Ricardo Hernández Otero
y el periodista Gabriel
Molina, compartieron
ideas y anécdotas que
ubican a Augier entre
las firmas cardinales
del periodismo cubano;
más tarde, el poeta
Jesús David Curbelo, el
crítico e investigador
Virgilio López Lemus
y la profesora, poeta e
investigadora Yanelis
Velazco, compartieron
con el público su propio
mapa de la creación
poética del autor, para
luego ceder paso a la
discusión sobre las
incursiones de Augier en
el ensayo, a cargo de
los investigadores y
ensayistas Ana Cairo
Ballester y
Guillermo Rodríguez
Rivera.
Editor de libros y
revistas antes y después
del triunfo
revolucionario ―algunas
de ellas, apuntadas por
Hernández Otero:
Mediodía, Páginas,
Gaceta del Caribe,
el suplemento dominical
del periódico Hoy
y Bohemia,
durante el período
republicano; y, más
tarde, Prensa Latina,
la revista
Universidad de La Habana,
Cuba Socialista,
Unión, La Gaceta de
Cuba y la propia
sección “En Cuba”, de
Bohemia, donde se
mantuvo publicando luego
de 1959― el periodista
Ángel Augier volvió al
ejercicio en la mañana
de este jueves.
Quienes tuvimos el
placer de escuchar a
Miriam Rodríguez
Betancourt, asistimos al
momento en que la
profesora de Historia de
la Prensa Cubana en la
Facultad de Comunicación
de la Universidad de La
Habana ―de cuyas
primeras promociones
egresara al periodismo
cubano― se sobrecogió
al leer en voz alta una
de las crónicas escritas
por Augier. Un texto “de
libro”, por su
extraordinaria
revelación del sentido
preciso del suceso que
narra: aquel 18 de
octubre de 1967 en que
los cubanos de entonces
conocieron del asesinato
en Bolivia del Che
Guevara e hinchieron,
con su pena “grave y
silenciosa”, la Plaza de
la Revolución de La
Habana.
“En la Facultad estamos
trabajando una línea
sobre los grandes
periodistas cubanos de
todos los tiempos
―adelantó Miriam― y, por
supuesto, la obra de
Ángel Augier está
incluida en ese registro
de imprescindibles”.
La poesía, una de las
zonas más fecundas de la
obra de Augier
―contradictoriamente, la
menos estudiada de entre
las formas que cultivó
como escritor―,
constituyó el espacio
privilegiado de la
mañana. “Reivindicar al
Augier poeta” fue el
propósito de quienes
tuvieron a su cargo el
recorrido por su obra y
para ello recurrieron,
visiblemente, a las
texturas que les unen
―en tanto poetas ellos
mismos― a la propuesta
lírica del autor.
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Ángel Augier,
Nicolás Guillén,
Raúl Roa. |
Para cimentar su
criterio, Yanelis
Velazco escogió el poema
“Isla en el tacto”.
Resultado: conocimos al
Augier que supo urdir
dos entes aparentemente
contrapuestos,
realidad-intimidad, en
un hábitat propio de
“justicia y belleza
―dice Yanelis―: la
Poesía de la Patria y la
Patria de la poesía”.
Como un agradecimiento
personal, la joven
profesora y poeta
aprovechó su espacio
para recordar algunos
criterios que el propio
Augier esgrimía y que
ella tuvo el privilegio
de escuchar, durante los
últimos años de vida del
autor: un poeta, afirma,
que hundió sus manos
amorosas en el suelo de
esta Isla para hallar la
esencia que lo forma,
como quien confía al
tacto y al amor la
revelación de la verdad.
Incluso, de la verdad
poética. Su verdad.
“Ángel Augier es un
poeta de muchas
puertas”, dijo Curbelo.
Pero todas, al abrirse,
parecen conducir al
criterio de López Lemus:
un hombre que ejerció un
sacerdocio poético como
militante, sirviendo
durante toda la vida a
la poesía no solo con su
propia creación, sino
también con el estudio
de otros autores. “Tal
fue su generosidad”,
concluyó el investigador
y evocó al hombre que,
aun con 90 años,
permanecía horas sentado
en la biblioteca del
Instituto de Literatura
y Lingüística,
estudiando a Loynaz.
Como colofón del
encuentro, la voz del
maestro Luis Carbonell
dio vida a varios de los
poemas escritos por
Augier. Y la
presentación a esa hora
del libro
Cartas
de viajes marcó
la diferencia: la
doctora Nuria Gregory,
directora del Instituto,
introdujo a los futuros
lectores en esta prolija
compilación de parte del
epistolario que el autor
sostuvo con su esposa
entre 1952 y 1955, desde
países de Europa y el
Medio Oriente a los que
visitó en afán “de
trabajo e instrucción”.
Desde su primera visita
a París hasta el día en
que retrató a Chaplin
mientras el actor
intentaba huir de la
prensa por la puerta
trasera de un hotel, las
cartas a su “amada
Corina” ―quien tan
celosamente las guardara
hasta que fueron
encontradas y publicadas
por su hija, bajo la
anuencia del padre―
completan la visión de
este ser humano
excepcional.
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Ramiro Guerra,
Miguel Barnet,
Ángel Augier,
Nancy Morejón y
Marcelino
Arozarena. |
La producción literaria
de Ángel Augier, donde
el ejercicio del
criterio por medio del
ensayo ocupa un sitio
fundamental ―recuérdese
“Martí, poeta, y su
influencia innovadora en
la poesía de América”―,
mereció en 1991 el
Premio Nacional de
Literatura. El poeta
cubano de más larga vida
en toda la historia de
nuestra literatura,
celebró este primero de
diciembre su centenario
―aunque no estuviese.
Justamente, el año en
que también lo celebran
José Lezama Lima y Dora
Alonso. Como ellos, supo
Augier palpar “el cuerpo
femenino de la Isla”,
delinear sus curvas con
precisión de sastre y
componer con el tacto de
sus palabras una
vestimenta que nos
abrigará siempre. |