Año IX
La Habana
4 al 10
de DICIEMBRE 
de 2010

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Augier

El ensayista

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana

Foto: UNEAC y La Jiribilla

 

No quiero inmiscuirme en el terreno del extenso trabajo de Augier como periodista de diversos rangos y modalidades, que van desde la jefatura de redacción de la revista Ellas, en los duros tiempos de su juventud hasta su medular desempeño en Mediodía, y que ya trató mi amiga y antigua condiscípula Miriam Rodríguez Bethencourt ― obviemos indagar de cuánta antigüedad estoy hablando―, pero me parece que en la ensayística de Augier emerge, una y otra vez, el infatigable cronista de la cotidianidad que fue. 

Ángel Augier no abordó demasiados temas dentro de este género. Su importante contribución a la ensayística cubana ha quedado cifrada en unos pocos nombres que, en cualquier caso, son imprescindibles de la literatura cubana y de la lengua. Ahí está una esencial virtud del ensayista Augier: saber seleccionar los autores cuya obra se proponía abordar.

Augier tuvo una formación autodidacta, en lo que respecta a los estudios literarios. Sus doctorados vinieron después de su obra, cuando en los que hemos tenido temprano acceso a la enseñanza superior, la obra ha sucedido o al menos acompañado a la educación. Creo que ello es un mérito más de este hombre de Letras. 

Desde muy joven, Augier tiene que trabajar en el ámbito administrativo del central Santa Lucía, en Gibara, municipio perteneciente a la actual provincia de Holguín. Desde esa misma juventud, se vincula a los grupos que quieren cambiar el régimen que vive Cuba. 

No es para nada extraño que entre los poetas que Ángel Augier tempranamente estudia, esté ese conductor de juventudes que fuera Rubén Martínez Villena. Muy pronto, Augier pasará a integrar las filas del primer partido comunista cubano.  Hace muy poco tiempo, aquí en esta propia sala que lleva el nombre del líder de la Protesta de los Trece, asistimos al reconocimiento que se le hizo a Ángel Augier como el más antiguo militante comunista vivo de Cuba. Apenas un par de años antes, había fallecido Juan Taquechel, líder de los trabajadores portuarios orientales, que hasta entonces ostentaba esa condición. 

En 1942, el autor recibe un primer premio en el concurso literario que organiza la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, con el ensayo “Martí, poeta, y su influencia innovadora en la poesía de América”. Hay que recordar que Martí, en vida, apenas edita dos de sus poemarios, en ediciones de mínima circulación que, prácticamente, se quedan entre sus amigos. Hay que aguardar que entre plenamente el siglo XX para que se empiece a difundir su obra y toda una zona de su poesía ―en especial sus Versos libres― que había permanecido inédita en vida del poeta. 

Lo que quiero subrayar es que en estos años de la década de los 40 empieza a ser muy abundante la consideración de la poesía de Martí y este de Augier es, como señala Enrique Saínz, el mejor ensayo en torno a la poesía martiana escrito hasta entonces.  

Aquí aflora ya la que será una constante cualidad del ensayista Augier.  

Él no es nunca un glosador, reafirmador o antagonista de otras indagaciones. Augier es, precisamente, un investigador: alguien que, conociendo perfectamente el legado crítico e investigativo que le ha llegado, no se siente satisfecho con las indagaciones de los demás, sino que va a volver sobre las obras, va a revisarlas nuevamente para buscarles lo que piensa que puede hallar en ellas. 

Al año siguiente de su acercamiento a Martí, Augier escribe sus “Notas sobre Julián del Casal”, la otra figura esencial de nuestro modernismo.  

Para completar su cuadro de ese momento literario cubano,  capital será su original aproximación a esa peculiar figura hasta entonces olvidada de nuestra poesía, Juana Borrero. La historia literaria, a la que le es imprescindible apoyarse en una crítica sagaz, tendrá que agradecerle al maestro la recuperación y casi el hallazgo de esa figura que, junto con los nombres mayores de José Martí y Julián del Casal, completa el panorama autoral y epocal de nuestro modernismo.   

Hay que señalar que Augier, poeta él mismo, ha escogido también la poesía como objeto de estudio y, dentro de ella, el trabajo de importantes autores cubanos. A las tres figuras que hemos mencionado, el crítico suma un poeta fundacional, José María Heredia, autor sobre el que ya se habían producido los importantes estudios de José María Chacón y Calvo. Habría que añadir la consideración de Augier a otro autor del romanticismo cubano y hondamente enraizado en la problemática histórica cubana, Gabriel de la Concepción Valdés, “Plácido”. 
 

Es significativo como Augier va eligiendo estudiar, en distintos momentos de su evolución como crítico, a los tres escritores que cabría definir como “poetas nacionales” en el devenir de la historia cubana:  

Heredia, que casi inventó a Cuba, viendo en la caverna del Niágara las palmas, ―“ay, las palmas deliciosas”― que colocó directamente en el escudo de una nación que no existía; el decasílabo de himno con el que escribió el “Himno del desterrado”, y que Figueredo recordó cuando fue a escribir el Himno de Bayamo; la estrella, que Heredia cifró como símbolo cubano, mucho antes de que el poeta Teurbe Tolón diseñara nuestra bandera. Después está Martí, que concibió desde la poesía y la filosofía, el insuperable proyecto de una Cuba que los cubanos seguimos buscando; y también Nicolás Guillén, quien definió al fin quiénes éramos, cómo éramos, y nos hizo ver ese color cubano que llevamos en la piel y, sobre todo, en el alma, en la cultura. 

Marxista desde su entrada al mundo literario, Augier tiene siempre en mente el condicionamiento que la sociedad ofrece a las obras de arte, pero no es la suya una dogmática perspectiva determinista, porque este crítico es un sabio aquilatador de esa otra conformadora de las obras literarias que es su forma, su construcción artística que tiene, además de la incidencia del ámbito social que es el entorno de la obra, su propia dinámica, su propia tradición. Ángel Augier conoce perfectamente que un poeta nacional antes de ser nacional, tiene que ser un poeta, y la afirmación no resulta tan tonta como debiera serlo, porque hay quienes intentan jerarquizar los contenidos por encima de la condición artística del poema. 

Si este que he descrito, hasta los años 40 y 50 del siglo XX,  hubiera sido el único desempeño del ensayista Augier, ya su obra habría quedado muy sólida en la historia del género en Cuba, pero creo que todavía estaba por venir lo más importante de ella. 

En los primeros años del triunfo revolucionario de 1959, Ángel Augier da a conocer una obra capital de nuestra ensayística contemporánea: su Nicolás Guillén, al que, muy modestamente, llama inicialmente Notas para un estudio biográfico-crítico, y que la Universidad Central de las Villas incluye en sus memorables ediciones, con prólogo del poeta Samuel Feijóo. 

Los dos tomos de la obra ―1962, 1964― coinciden con el  cumpleaños 60 del poeta. El libro queda refundido en un solo tomo y puesto al día en la edición que hace la UNEAC en 1984 y que debió ver la luz en 1982, al cuidado de la poetisa Nancy Morejón, notable estudiosa de la obra del poeta de El son entero, para el cumpleaños octogésimo de Guillén. 

Este estudio es realmente una obra excepcional, no solo por su calidad y por ser Guillén un escritor esencial de nuestro siglo XX. Es única porque raras veces se dan las condiciones que permitieron su creación. 

Esta es una obra excepcional porque la posibilitan las largas, vigentes durante toda la vida y el actuar de ambos, amistad y estrecha colaboración que marcó las existencias de ambos intelectuales, de ambos poetas, de ambos comunistas, de ambos amigos. 

La obra es exhaustiva en cuanto a su costado biográfico. Aquí, el Augier periodista ha extremado sus habilidades, sus cuidados, sus talentos para documentar cada momento de la vida y la obra de Guillén que presenta. He tenido la oportunidad de ver al olvidadizo Nicolás preguntarle a Augier qué había hecho exactamente él en tal fecha, y a su biógrafo-crítico responderle con exactitud lo que el biografiado no recordaba. Pero la obra de un poeta de la envergadura de Guillén no puede resumirse en su vida, por condicionadora que haya sido esta de su trabajo literario.  

El libro establece valoraciones fundamentales de los diversos momentos de esa obra, con algunos conceptos que cualquier estudio ulterior ha tenido que validar y utilizar. 

En lo referido al auge del arte negro en la Europa de los años 20 y su incidencia en Cuba en particular y en el Caribe en general, Augier estableció la consideración del imprescindible tránsito de la “moda” europea, al “modo” americano, marcados por el carácter exótico del africano en Europa, y su condición constituyente de las culturas americanas del Caribe e, incluso, de los EE.UU. 

En el año 2005 aparece la más reciente edición de Nicolás Guillén; estudio biográfico-crítico, nuevamente actualizada después de la muerte del poeta.  

Hay que hacer obligada referencia a los estudios de Augier sobre varios importantes poetas de la lengua y sus relaciones con Cuba. Es bien importante su estudio sobre Rubén Darío, cuya incidencia en la literatura de Cuba va a ser esencial en el resurgimiento de la poesía cubana con la generación posmodernista, a partir de los Arabescos mentales, de Regino Eladio Boti, y los Versos precursores, de José Manuel Poveda. Y todavía refiriéndose al gran poeta nicaragüense, escribe Nicolás Guillén en La paloma de vuelo popular, su libro de 1958:                                   

                                   “Un pájaro principal
                                   me enseñó el múltiple trino” 

A raíz del centenario de Pablo Neruda, en el año 2004, Augier nos entregó su amplísima información que documenta los vínculos del poeta chileno con Cuba, lo mismo en el ámbito literario, en el político y en el estrictamente humano y personal. Augier, testigo de primer orden, nos entrega la sólida amistad que unió a Pablo Neruda y a Nicolás Guillén, apenas enturbiada por el malhadado suceso de la carta abierta al poeta de Canto general

Nuevamente el poeta, el periodista y el estudioso de la literatura se hacen uno para entregarnos su Rafael Alberti en Cuba.  

Una amplísima documentación se echa sobre nosotros para dejarnos ver el inquebrantable vínculo del poeta gaditano con esa Cuba que había encontrado “dentro de un piano”, en nuestra música, allá por los años 30. Aquí están desde su primer poema y su primera visita, hasta los últimos textos y la última estancia en 1991 del poeta de Entre el clavel y la espada quien, casi nonagenario, llegó a La Habana diciendo que había venido a despedirse del comandante Fidel Castro. 

En todos estos libros está el copioso, admirable trabajo del ensayista; otra admirable faceta del crítico, el poeta, el periodista Ángel Augier.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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