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No quiero inmiscuirme en
el terreno del extenso
trabajo de Augier como
periodista de diversos
rangos y modalidades,
que van desde la
jefatura de redacción de
la revista Ellas,
en los duros tiempos de
su juventud hasta su
medular desempeño en
Mediodía, y que ya
trató mi amiga y antigua
condiscípula Miriam
Rodríguez Bethencourt ―
obviemos indagar de
cuánta antigüedad estoy
hablando―, pero me
parece que en la
ensayística de Augier
emerge, una y otra vez,
el infatigable cronista
de la cotidianidad que
fue.
Ángel Augier no abordó
demasiados temas dentro
de este género. Su
importante contribución
a la ensayística cubana
ha quedado cifrada en
unos pocos nombres que,
en cualquier caso, son
imprescindibles de la
literatura cubana y de
la lengua. Ahí está una
esencial virtud del
ensayista Augier: saber
seleccionar los autores
cuya obra se proponía
abordar.
Augier tuvo una
formación autodidacta,
en lo que respecta a los
estudios literarios. Sus
doctorados vinieron
después de su obra,
cuando en los que hemos
tenido temprano acceso a
la enseñanza superior,
la obra ha sucedido o al
menos acompañado a la
educación. Creo que ello
es un mérito más de este
hombre de Letras.
Desde muy joven, Augier
tiene que trabajar en el
ámbito administrativo
del central Santa Lucía,
en Gibara, municipio
perteneciente a la
actual provincia de
Holguín. Desde esa misma
juventud, se vincula a
los grupos que quieren
cambiar el régimen que
vive Cuba.
No es para nada extraño
que entre los poetas que
Ángel Augier
tempranamente estudia,
esté ese conductor de
juventudes que fuera
Rubén Martínez Villena.
Muy pronto, Augier
pasará a integrar las
filas del primer partido
comunista cubano. Hace
muy poco tiempo, aquí en
esta propia sala que
lleva el nombre del
líder de la Protesta de
los Trece, asistimos al
reconocimiento que se le
hizo a Ángel Augier como
el más antiguo militante
comunista vivo de Cuba.
Apenas un par de años
antes, había fallecido
Juan Taquechel, líder de
los trabajadores
portuarios orientales,
que hasta entonces
ostentaba esa
condición.
En 1942, el autor recibe
un primer premio en el
concurso literario que
organiza la Dirección de
Cultura del Ministerio
de Educación, con el
ensayo “Martí, poeta, y
su influencia innovadora
en la poesía de
América”. Hay que
recordar que Martí, en
vida, apenas edita dos
de sus poemarios, en
ediciones de mínima
circulación que,
prácticamente, se quedan
entre sus amigos. Hay
que aguardar que entre
plenamente el siglo XX
para que se empiece a
difundir su obra y toda
una zona de su poesía
―en especial sus Versos
libres― que había
permanecido inédita en
vida del poeta.
Lo que quiero subrayar
es que en estos años de
la década de los 40
empieza a ser muy
abundante la
consideración de la
poesía de Martí y este
de Augier es, como
señala Enrique Saínz, el
mejor ensayo en torno a
la poesía martiana
escrito hasta entonces.
Aquí aflora ya la que
será una constante
cualidad del ensayista
Augier.
Él no es nunca un
glosador, reafirmador o
antagonista de otras
indagaciones. Augier es,
precisamente, un
investigador: alguien
que, conociendo
perfectamente el legado
crítico e investigativo
que le ha llegado, no se
siente satisfecho con
las indagaciones de los
demás, sino que va a
volver sobre las obras,
va a revisarlas
nuevamente para
buscarles lo que piensa
que puede hallar en
ellas.
Al año siguiente de su
acercamiento a Martí,
Augier escribe sus
“Notas sobre Julián del
Casal”, la otra figura
esencial de nuestro
modernismo.
Para completar su cuadro
de ese momento literario
cubano, capital será su
original aproximación a
esa peculiar figura
hasta entonces olvidada
de nuestra poesía, Juana
Borrero. La historia
literaria, a la que le
es imprescindible
apoyarse en una crítica
sagaz, tendrá que
agradecerle al maestro
la recuperación y casi
el hallazgo de esa
figura que, junto con
los nombres mayores de
José Martí y Julián del
Casal, completa el
panorama autoral y
epocal de nuestro
modernismo.
Hay que señalar que
Augier, poeta él mismo,
ha escogido también la
poesía como objeto de
estudio y, dentro de
ella, el trabajo de
importantes autores
cubanos. A las tres
figuras que hemos
mencionado, el crítico
suma un poeta
fundacional, José María
Heredia, autor sobre el
que ya se habían
producido los
importantes estudios de
José María Chacón y
Calvo. Habría que añadir
la consideración de
Augier a otro autor del
romanticismo cubano y
hondamente enraizado en
la problemática
histórica cubana,
Gabriel de la Concepción
Valdés, “Plácido”.
Es significativo como
Augier va eligiendo
estudiar, en distintos
momentos de su evolución
como crítico, a los tres
escritores que cabría
definir como “poetas
nacionales” en el
devenir de la historia
cubana:
Heredia, que casi
inventó a Cuba, viendo
en la caverna del
Niágara las palmas,
―“ay, las palmas
deliciosas”― que colocó
directamente en el
escudo de una nación que
no existía; el
decasílabo de himno con
el que escribió el
“Himno del desterrado”,
y que Figueredo recordó
cuando fue a escribir el
Himno de Bayamo; la
estrella, que Heredia
cifró como símbolo
cubano, mucho antes de
que el poeta Teurbe
Tolón diseñara nuestra
bandera. Después está
Martí, que concibió
desde la poesía y la
filosofía, el
insuperable proyecto de
una Cuba que los cubanos
seguimos buscando; y
también Nicolás Guillén,
quien definió al fin
quiénes éramos, cómo
éramos, y nos hizo ver
ese color cubano que
llevamos en la piel y,
sobre todo, en el alma,
en la cultura.
Marxista desde su
entrada al mundo
literario, Augier tiene
siempre en mente el
condicionamiento que la
sociedad ofrece a las
obras de arte, pero no
es la suya una dogmática
perspectiva
determinista, porque
este crítico es un sabio
aquilatador de esa otra
conformadora de las
obras literarias que es
su forma, su
construcción artística
que tiene, además de la
incidencia del ámbito
social que es el entorno
de la obra, su propia
dinámica, su propia
tradición. Ángel Augier
conoce perfectamente que
un poeta nacional antes
de ser nacional, tiene
que ser un poeta, y la
afirmación no resulta
tan tonta como debiera
serlo, porque hay
quienes intentan
jerarquizar los
contenidos por encima de
la condición artística
del poema.
Si este que he descrito,
hasta los años 40 y 50
del siglo XX, hubiera
sido el único desempeño
del ensayista Augier, ya
su obra habría quedado
muy sólida en la
historia del género en
Cuba, pero creo que
todavía estaba por venir
lo más importante de
ella.
En los primeros años del
triunfo revolucionario
de 1959, Ángel Augier da
a conocer una obra
capital de nuestra
ensayística
contemporánea: su
Nicolás Guillén, al
que, muy modestamente,
llama inicialmente
Notas para un estudio
biográfico-crítico,
y que la Universidad
Central de las Villas
incluye en sus
memorables ediciones,
con prólogo del poeta
Samuel Feijóo.
Los dos tomos de la obra
―1962, 1964― coinciden
con el cumpleaños 60
del poeta. El libro
queda refundido en un
solo tomo y puesto al
día en la edición que
hace la UNEAC en 1984 y
que debió ver la luz en
1982, al cuidado de la
poetisa Nancy Morejón,
notable estudiosa de la
obra del poeta de El
son entero, para el
cumpleaños octogésimo de
Guillén.
Este estudio es
realmente una obra
excepcional, no solo por
su calidad y por ser
Guillén un escritor
esencial de nuestro
siglo XX. Es única
porque raras veces se
dan las condiciones que
permitieron su
creación.
Esta es una obra
excepcional porque la
posibilitan las largas,
vigentes durante toda la
vida y el actuar de
ambos, amistad y
estrecha colaboración
que marcó las
existencias de ambos
intelectuales, de ambos
poetas, de ambos
comunistas, de ambos
amigos.
La obra es exhaustiva en
cuanto a su costado
biográfico. Aquí, el
Augier periodista ha
extremado sus
habilidades, sus
cuidados, sus talentos
para documentar cada
momento de la vida y la
obra de Guillén que
presenta. He tenido la
oportunidad de ver al
olvidadizo Nicolás
preguntarle a Augier qué
había hecho exactamente
él en tal fecha, y a su
biógrafo-crítico
responderle con
exactitud lo que el
biografiado no
recordaba. Pero la obra
de un poeta de la
envergadura de Guillén
no puede resumirse en su
vida, por condicionadora
que haya sido esta de su
trabajo literario.
El libro establece
valoraciones
fundamentales de los
diversos momentos de esa
obra, con algunos
conceptos que cualquier
estudio ulterior ha
tenido que validar y
utilizar.
En lo referido al auge
del arte negro en la
Europa de los años 20 y
su incidencia en Cuba en
particular y en el
Caribe en general,
Augier estableció la
consideración del
imprescindible tránsito
de la “moda” europea, al
“modo” americano,
marcados por el carácter
exótico del africano en
Europa, y su condición
constituyente de las
culturas americanas del
Caribe e, incluso, de
los EE.UU.
En el año 2005 aparece
la más reciente edición
de Nicolás Guillén;
estudio
biográfico-crítico,
nuevamente actualizada
después de la muerte del
poeta.
Hay que hacer obligada
referencia a los
estudios de Augier sobre
varios importantes
poetas de la lengua y
sus relaciones con Cuba.
Es bien importante su
estudio sobre Rubén
Darío, cuya incidencia
en la literatura de Cuba
va a ser esencial en el
resurgimiento de la
poesía cubana con la
generación
posmodernista, a partir
de los Arabescos
mentales, de Regino
Eladio Boti, y los
Versos precursores,
de José Manuel Poveda. Y
todavía refiriéndose al
gran poeta nicaragüense,
escribe Nicolás Guillén
en La paloma de vuelo
popular, su libro de
1958:
“Un pájaro principal
me enseñó el múltiple
trino”
A raíz del centenario de
Pablo Neruda, en el año
2004, Augier nos entregó
su amplísima información
que documenta los
vínculos del poeta
chileno con Cuba, lo
mismo en el ámbito
literario, en el
político y en el
estrictamente humano y
personal. Augier,
testigo de primer orden,
nos entrega la sólida
amistad que unió a Pablo
Neruda y a Nicolás
Guillén, apenas
enturbiada por el
malhadado suceso de la
carta abierta al poeta
de Canto general.
Nuevamente el poeta, el
periodista y el
estudioso de la
literatura se hacen uno
para entregarnos su
Rafael Alberti en Cuba.
Una amplísima
documentación se echa
sobre nosotros para
dejarnos ver el
inquebrantable vínculo
del poeta gaditano con
esa Cuba que había
encontrado “dentro de un
piano”, en nuestra
música, allá por los
años 30. Aquí están
desde su primer poema y
su primera visita, hasta
los últimos textos y la
última estancia en 1991
del poeta de Entre el
clavel y la espada
quien, casi nonagenario,
llegó a La Habana
diciendo que había
venido a despedirse del
comandante Fidel
Castro.
En todos estos libros
está el copioso,
admirable trabajo del
ensayista; otra
admirable faceta del
crítico, el poeta, el
periodista Ángel Augier. |