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Ningún poeta cubano
había alcanzado jamás la
edad de 99 años. Es raro
celebrar el centenario
de alguien solo unos
meses después de su
fallecimiento. El 1ro.
de diciembre Ángel
Augier, llegó a sus cien
años, y por eso los
cubanos celebramos la
trayectoria humana y la
obra de un hijo ilustre
de la nación.
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Comenzó muy joven, era
un chico veinteañero
cuando tomó dos
decisiones
transcendentes para su
vida, ambas durante el
infausto machadato:
publicar su primer libro
de poemas (Uno,
1932), y mudarse
luego para La Habana
desde el Central Santa
Lucía, en Gibara,
Oriente, donde había
nacido, y donde comenzó
a trabajar en las
oficinas del ingenio
azucarero y a vincularse
con el primer Partido
Comunista. Con el
tiempo, Augier se
convertiría en el más
importante entre los
estudiosos de la obra de
Nicolás Guillén, su
labor lo ha llevado a
ser uno de los críticos
literarios de mayor
significación del siglo
XX cubano, y de lo que
va del XXI. Con una
veintena de libros de
poemas publicados y
otros varios de ensayos
y compilaciones muy
diversas, implantó el
aludido récord de
sobrevivencia en
nuestras tierras
insulares también para
los ensayistas.
Así es que los cubanos
tenemos muchos motivos
para celebrarle a Augier
su centenario. Nuestro
Premio Nacional de
Literatura de 1991 fue
condecorado con algunas
de las distinciones más
altas del país —por
ejemplo, la Orden Félix
Varela de Primer Grado,
1982— y de otras
tierras, y fue un hombre
útil, querido y
respetado, un escritor e
investigador incansable,
hasta el último aliento
de su vida, alguien que
de continuo pensaba en
la organización de su
último libro, que era el
que tenía entre manos.
Tenacidad, sentido del
deber creativo,
honestidad y limpieza de
alma, son algunos de los
dones que nos dejó ver
el que antaño fuera
Subdirector del
Instituto de Literatura
y Lingüística,
institución que lo
distinguió como
Investigador de Mérito.
Fue Vicepresidente de la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba
(UNEAC), y sobre todo
alcanzó a ser un
legítimo Héroe del
Trabajo de la República
de Cuba, así laureado en
2004, por damos el
ejemplo de trabajar sin
descanso en función de
utilidad y belleza.
Nacido el mismo año que
José Lezama Lima, José
Ángel Buesa y Dora
Alonso, Augier ha
entregado poemarios de
alta calidad lírica,
como Isla en el tacto
(1965), Todo el
mar en la ola (1989)
o la notable compilación
de su obra lírica en
Antología poética
(1928-2000), editada en
2005. Algunos de sus
ensayos medulares se
refieren a Guillén, y
otros a las estancias
cubanas y las relaciones
con nuestra cultura de
grandes personalidades
como Rubén Darío, Pablo
Neruda, Federico García
Lorca o Rafael Alberti.
Sus estudios sobre estas
y otras figuras son
sencillamente
imprescindibles para
quienes pretendan un
conocimiento a fondo
también de sus épocas.
Augier, fino prosista,
se detuvo en el análisis
de la poesía cubana, en
sus figuras centrales de
los siglos XIX y XX, y
en algunas de las líneas
creativas más
importantes, como es el
caso de la poesía social
o de textos dedicados a
la Ciudad de La Habana.
Su labor de compilación
y de amplio servicio de
divulgación y
conocimiento de las
obras de otros poetas,
son ejemplos vivos de
generosidad y amor por
la poesía.
Hay que observar que la
pasión de Augier por la
poesía lo situó al
servicio del saber y del
pensar en la creación
propia y en tantísimos
poetas que conoció. Por
esto, su obra en prosa
se ve fundamentalmente
sobre poetas. Creo en
este sentido que sus
mejores logros se
concentran en sus
estudios de la obra y la
vida de Nicolás Guillén
y en su libro más
cuidado y varias veces
reimpreso Cuba en
Darío y Darío en Cuba,
de cuya segunda
edición tuve la fortuna
de ser editor en la
Editorial Letras
Cubanas. En este
volumen, se concentra la
devoción y la fe en la
poesía; pero asimismo el
saber acumulado y el
detalle erudito, la
investigación tenaz. Es
un libro de poeta sobre
otro poeta, que incluye
el ensayismo crítico y
numerosos datos
biográficos del gran
creador nicaragüense.
También resulta ejemplo
de la prosa de Augier,
en uno de sus momentos
más elevados.
Ya decía Eliseo Diego,
prologando Poesía
(1928-1978), que la obra
lírica de Augier viene
de un “taller
recóndito”; el poeta de
En la Calzada de
Jesús del Monte veía
en la obra de su colega
cierto hermetismo
esencial en los poemas
iniciales y recortaba
con cariño, como postal
para álbum, su recuerdo
de lectura de aquel 1
(Uno) de 1928 a
1931. Diego aprecia los
detalles, y no quiere
dirigir su mirada a lo
diacrónico, al
tractus lírico
cubano, a qué representa
aquel poemario primado
de Augier en medio de la
evolución de la poesía
de Cuba. En verdad,
habría que
circunscribirlo más a su
sincronía, o sea, a la
etapa vanguardista
dispersa en varias
líneas, en la que se
movía el hecho lírico
por entonces; y ver que
si Augier titula su
poemario a la manera de
las “vanguardias”,
su contenido se
marca con un fuerte
sentido de la
emotividad, lo transita
la emoción poema a
poema, para darnos uno
de esos libros
mixturados de la década
de los 30, en los que la
emoción incluso de fondo
neorromántico quiere
maridarse con formas,
esencialmente
expresivas, lexicales y
de la composición
versal, con los nuevos
aportes que en las dos
décadas anteriores han
hecho las vanguardias en
poesía.
Isla en el tacto
ya es el libro de
consagración poética de
Augier, por cuanto en él
se reúnen toda su
experiencia y todas sus
líneas y capacidades
creativas. Por supuesto
que es un canto a Cuba,
en la mejor tradición
del “canto a la
naturaleza cubana”,
quizá la línea temática
más antigua de la poesía
insular. Pero va más
allá, porque se evoca la
vida de la nación en su
plenitud histórica y en
el amor patrio. Son 47
poemas o un solo texto
dividido en tantas
partes algunas breves y
otras largas
versolibristas, aunque
de pronto aparezca la
rima o un soneto;
predomina la línea
versal rítmica, no
armada con monotonía,
sino más bien con una
plurirritmia que se
acentúa por cuestiones
de estilo o por momentos
con énfasis metafórico,
subrayado con juegos
lexicales, en tanto en
otros instantes el
conjunto se arma con la
llaneza y hasta el
prosaísmo del discurso
conversacional.
Pero el libro funciona
como una oda, en un tipo
de poema que podemos
llamar “de identidad”,
por su relación con los
componentes básicos de
lo que conforma la
nación, incluso por
momentos de definición
de “lo cubano” y por el
matiz ético que refuerza
un lirismo a veces
subrayado por ganancias
de la épica nacional o
por himnos y loas a
circunstancias de la
conformación y el
desarrollo de la nación:
la historia y la
belleza, el presente
mismo dictando versos
desde el advenimiento de
la Revolución, los
idearios estéticos y
políticos del poeta y la
mirada esperanzada hacia
el futuro que él
advierte como luminoso.
En suma, Isla en el
tacto resulta
historia poetizada de un
pueblo en su hábitat, de
una isla en su relación
entrañable con el mar, y
con una red
tempoespacial que ubica
dimensionalmente al
lector.
Todo el mar en la ola
(1989) es un retorno al
poeta-cantor, más que al
epicista. Ahora habría
que notar la importancia
del tema del mar en la
obra de este poeta. Por
supuesto que no es el
fatalista mar piñeriano
de “La isla en peso”, ni
tampoco un mar-paisaje o
un referente de la isla
distante, de la patria
en la nostalgia, como ha
abundado en la poesía de
la emigración de los
siglos XIX y XX. Pero no
por ello deja de ser el
mar del peso de la Isla,
y el propio y personal
concepto de la poesía,
que se aviene a lo
marino como símbolo de
la resistencia, de la
permanencia, de la
creación ola a ola:
“porque cada oleaje
brota de lo profundo”.
Ese sentido del mar como
imagen del concepto de
la poesía organiza al
libro todo. Esa
organización se
manifiesta por la
verbalidad: “Amar”,
“Estar”, “Viajar”,
“Fabular”, “Luchar”,
“Rimar”, “Loar”,
“Contemplar”, he ahí la
vida del poeta resumida
en verbos que titulan
capítulos o secciones de
su libro. Pero también
en esos verbos se resume
la vocación de servicio
a la poesía, esa suerte
de sacerdocio que se
acepta no precisamente
para hacerla pedestal,
sino ara. La gracia
esencial de este libro
es, por ello, la
diversidad; esa es la
justificación por la
cual se reúnen en un
solo libro poemas de los
más diversos temas,
asuntos, formas y tonos.
Situado a la sazón en
los lindes de los 80
años, el poeta “sabía”
más por poeta que por...
otra razón. Y ese saber
concede una mirada total
a la vida, porque de lo
que trata Todo el mar
en la ola es de la
vida (si no es de lo que
trata siempre toda la
poesía, hasta la más
metapoética o
quintaesenciada). O
mejor sea dicho, su
vida, la del poeta, que
incluye el “Amor” (“La
sed. La de los labios
que se unen”); el
“Estar” como asunto
situacional más que
ontológico, pero sin
negar la presencia del
ser ante la duda y la
muerte en un aquí y
ahora incluso
trascendentes (“...la
voz que los demás me
escuchan”); “Viajar”
como quien sueña que
está detenido en tanto
transcurre (“Esta piedra
dorada por los soles de
siglos”); “Fabular”, que
daría pie luego al
Fabulario inconcluso
(1998), y que en Todo
el mar en la ola
pareciera un “nombrar
las cosas”, un recuento
de lo que acompaña al
hombre, sea cosa o
dimensión o tiempo (“El
tiempo se alimenta de sí
mismo. Fluye”); “Luchar”
como praxis, como
recuerdo de que se es
también poeta de lo
social, de la
contingencia, de partido
y consigna (“Esta es la
fiesta de la vida”);
“Rimar” como manera de
hacer lo que se ha dado
en llamar poesía como
género, como si todo no
fuera poesía, más
ampliamente entendida
que el perfil genérico;
pero así, como género,
hacer el poema desde la
rima (“el fuego juvenil
de tu poesía”); “Loar”,
como oficio de elogio,
pero también de crítica,
de trabajo de prosa y
verso en favor de
alguien, halago y
remembranza, homenaje o
estudio atento de una
obra o de una vida (“con
resonancias de amplio
coro”); “Contemplar” es
en verdad una mirada
arbórea a la naturaleza
de Cuba, que luego daría
pie a Arbolario
(1998), otro conjunto de
poemas en que “florece
en fuego el follaje”.
En estos tres libros,
está todo el poeta
Augier durante 60 años
de su vida. Su
sensibilidad lo llevó a
ser a la vez un
infatigable lector y un
hombre consagrado al
arte de la palabra,
donde sabía que su
inteligencia que podía
rendir mejores
beneficios a la sociedad
cubana, que él amó
entrañablemente.
Homenajeemos a Augier
recordándolo así como
poeta y gran amigo,
recorriendo esta
institución, donde
escribió buena parte de
esa obra, donde realizó
la mayor parte de sus
investigaciones
literarias. Dividido
entre la UNEAC y el
Instituto de Literatura
y Lingüística, Ángel
Augier nos regaló su
carácter sencillo, sin
soberbias, sapiente y a
la vez comprensivo. Lo
recordamos con alegría
al cumplir sus cien
años, sabiendo nosotros
que su recuerdo merece
mucho más que estas
palabras. |