Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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Ángel Augier en tres libros

Virgilio López Lemus • La Habana

Fotos: UNEAC y La Jiribilla

 

Ningún poeta cubano había alcanzado jamás la edad de 99 años. Es raro celebrar el centenario de alguien solo unos meses después de su fallecimiento. El 1ro. de diciembre Ángel Augier, llegó a sus cien años, y por eso los cubanos celebramos la trayectoria humana y la obra de un hijo ilustre de la nación.
 

Comenzó muy joven, era un chico veinteañero cuando tomó dos decisiones transcendentes para su vida, ambas durante el infausto machadato: publicar su primer libro de poemas (Uno, 1932), y mudarse luego para La Habana desde el Central Santa Lucía, en Gibara, Oriente, donde había nacido, y donde comenzó a trabajar en las oficinas del ingenio azucarero y a vincularse con el primer Partido Comunista. Con el tiempo, Augier se convertiría en el más importante entre los estudiosos de la obra de Nicolás Guillén, su labor lo ha llevado a ser uno de los críticos literarios de mayor significación del siglo XX cubano, y de lo que va del XXI. Con una veintena de libros de poemas publicados y otros varios de ensayos y compilaciones muy diversas, implantó el aludido récord de sobrevivencia en nuestras tierras insulares también para los ensayistas.

Así es que los cubanos tenemos muchos motivos para celebrarle a Augier su centenario. Nuestro Premio Nacional de Literatura de 1991 fue condecorado con algunas de las distinciones más altas del país —por ejemplo, la Orden Félix Varela de Primer Grado, 1982— y de otras tierras, y fue un hombre útil, querido y respetado, un escritor e investigador incansable, hasta el último aliento de su vida, alguien que de continuo pensaba en la organización de su último libro, que era el que tenía entre manos. Tenacidad, sentido del deber creativo, honestidad y limpieza de alma, son algunos de los dones que nos dejó ver el que antaño fuera Subdirector del Instituto de Literatura y Lingüística, institución que lo distinguió como Investigador de Mérito. Fue Vicepresidente de la Unión  de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y sobre todo alcanzó a ser un legítimo Héroe del Trabajo de la República de Cuba, así laureado en 2004, por damos el ejemplo de trabajar sin descanso en función de utilidad y belleza.

Nacido el mismo año que José Lezama Lima, José Ángel Buesa y Dora Alonso, Augier ha entregado poemarios de alta calidad lírica, como Isla en el tacto (1965), Todo el mar en la ola (1989) o la notable compilación de su obra lírica en Antología poética (1928-2000), editada en 2005. Algunos de sus ensayos medulares se refieren a Guillén, y otros a las estancias cubanas y las relaciones con nuestra cultura de grandes personalidades como Rubén Darío, Pablo Neruda, Federico García Lorca o Rafael Alberti.

Sus estudios sobre estas y otras figuras son sencillamente imprescindibles para quienes pretendan un conocimiento a fondo también de sus épocas. Augier, fino prosista, se detuvo en el análisis de la poesía cubana, en sus figuras centrales de los siglos XIX y XX, y en algunas de las líneas creativas más importantes, como es el caso de la poesía social o de textos dedicados a la Ciudad de La Habana. Su labor de compilación y de amplio servicio de divulgación y conocimiento de las obras de otros poetas, son ejemplos vivos de generosidad y amor por la poesía.

Hay que observar que la pasión de Augier por la poesía lo situó al servicio del saber y del pensar en la creación propia y en tantísimos poetas que conoció. Por esto, su obra en prosa se ve fundamentalmente sobre poetas. Creo en este sentido que sus mejores logros se concentran en sus estudios de la obra y la vida de Nicolás Guillén y en su libro más cuidado y varias veces reimpreso Cuba en Darío y Darío en Cuba, de cuya segunda edición tuve la fortuna de ser editor en la Editorial Letras Cubanas. En este volumen, se concentra la devoción y la fe en la poesía; pero asimismo el saber acumulado y el detalle erudito, la investigación tenaz. Es un libro de poeta sobre otro poeta, que incluye el ensayismo crítico y numerosos datos biográficos del gran creador nicaragüense. También resulta ejemplo de la prosa de Augier, en uno de sus momentos más elevados.

Ya decía Eliseo Diego, prologando Poesía (1928-1978), que la obra lírica de Augier viene de un “taller recóndito”; el poeta de En la Calzada de Jesús del Monte veía en la obra de su colega cierto hermetismo esencial en los poemas iniciales y recortaba con cariño, como postal para álbum, su recuerdo de lectura de aquel 1 (Uno) de 1928 a 1931. Diego aprecia los detalles, y no quiere dirigir su mirada a lo diacrónico, al tractus lírico cubano, a qué representa aquel poemario primado de Augier en medio de la evolución de la poesía de Cuba. En verdad, habría que circunscribirlo más a su sincronía, o sea, a la etapa vanguardista dispersa en varias líneas, en la que se movía el hecho lírico por entonces; y ver que si Augier titula su poemario a la manera de las “vanguardias”, su contenido se marca con un fuerte sentido de la emotividad, lo transita la emoción poema a poema, para darnos uno de esos libros mixturados de la década de los 30, en los que la emoción incluso de fondo neorromántico quiere maridarse con formas, esencialmente expresivas, lexicales y de la composición versal, con los nuevos aportes que en las dos décadas anteriores han hecho las vanguardias en poesía.

Isla en el tacto ya es el libro de consagración poética de Augier, por cuanto en él se reúnen toda su experiencia y todas sus líneas y capacidades creativas. Por supuesto que es un canto a Cuba, en la mejor tradición del “canto a la naturaleza cubana”, quizá la línea temática más antigua de la poesía insular. Pero va más allá, porque se evoca la vida de la nación en su plenitud histórica y en el amor patrio. Son 47 poemas o un solo texto dividido en tantas partes algunas breves y otras largas versolibristas, aunque de pronto aparezca la rima o un soneto; predomina la línea versal rítmica, no armada con monotonía, sino más bien con una plurirritmia que se acentúa por cuestiones de estilo o por momentos con énfasis metafórico, subrayado con juegos lexicales, en tanto en otros instantes el conjunto se arma con la llaneza y hasta el prosaísmo del discurso conversacional.

Pero el libro funciona como una oda, en un tipo de poema que podemos llamar “de identidad”, por su relación con los componentes básicos de lo que conforma la nación, incluso por momentos de definición de “lo cubano” y por el matiz ético que refuerza un lirismo a veces subrayado por ganancias de la épica nacional o por himnos y loas a circunstancias de la conformación y el desarrollo de la nación: la historia y la belleza, el presente mismo dictando versos desde el advenimiento de la Revolución, los idearios estéticos y políticos del poeta y la mirada esperanzada hacia el futuro que él advierte como luminoso. En suma, Isla en el tacto resulta historia poetizada de un pueblo en su hábitat, de una isla en su relación entrañable con el mar, y con una red tempoespacial que ubica dimensionalmente al lector.

Todo el mar en la ola (1989) es un retorno al poeta-cantor, más que al epicista. Ahora habría que notar la importancia del tema del mar en la obra de este poeta. Por supuesto que no es el fatalista mar piñeriano de “La isla en peso”, ni tampoco un mar-paisaje o un referente de la isla distante, de la patria en la nostalgia, como ha abundado en la poesía de la emigración de los siglos XIX y XX. Pero no por ello deja de ser el mar del peso de la Isla, y el propio y personal concepto de la poesía, que se aviene a lo marino como símbolo de la resistencia, de la permanencia, de la creación ola a ola: “porque cada oleaje brota de lo profundo”.

Ese sentido del mar como imagen del concepto de la poesía organiza al libro todo. Esa organización se manifiesta por la verbalidad: “Amar”, “Estar”, “Viajar”, “Fabular”, “Luchar”, “Rimar”, “Loar”, “Contemplar”, he ahí la vida del poeta resumida en verbos que titulan capítulos o secciones de su libro. Pero también en esos verbos se resume la vocación de servicio a la poesía, esa suerte de sacerdocio que se acepta no precisamente para hacerla pedestal, sino ara. La gracia esencial de este libro es, por ello, la diversidad; esa es la justificación por la cual se reúnen en un solo libro poemas de los más diversos temas, asuntos, formas y tonos. Situado a la sazón en los lindes de los 80 años, el poeta “sabía” más por poeta que por... otra razón. Y ese saber concede una mirada total a la vida, porque de lo que trata Todo el mar en la ola es de la vida (si no es de lo que trata siempre toda la poesía, hasta la más metapoética o quintaesenciada). O mejor sea dicho, su vida, la del poeta, que incluye el “Amor” (“La sed. La de los labios que se unen”); el “Estar” como asunto situacional más que ontológico, pero sin negar la presencia del ser ante la duda y la muerte en un aquí y ahora incluso trascendentes (“...la voz que los demás me escuchan”); “Viajar” como quien sueña que está detenido en tanto transcurre (“Esta piedra dorada por los soles de siglos”); “Fabular”, que daría pie luego al Fabulario inconcluso (1998), y que en Todo el mar en la ola pareciera un “nombrar las cosas”, un recuento de lo que acompaña al hombre, sea cosa o dimensión o tiempo (“El tiempo se alimenta de sí mismo. Fluye”); “Luchar” como praxis, como recuerdo de que se es también poeta de lo social, de la contingencia, de partido y consigna (“Esta es la fiesta de la vida”); “Rimar” como manera de hacer lo que se ha dado en llamar poesía como género, como si todo no fuera poesía, más ampliamente entendida que el perfil genérico; pero así, como género, hacer el poema desde la rima (“el fuego juvenil de tu poesía”); “Loar”, como oficio de elogio, pero también de crítica, de trabajo de prosa y verso en favor de alguien, halago y remembranza, homenaje o estudio atento de una obra o de una vida (“con resonancias de amplio coro”); “Contemplar” es en verdad una mirada arbórea a la naturaleza de Cuba, que luego daría pie a Arbolario (1998), otro conjunto de poemas en que “florece en fuego el follaje”.

En estos tres libros, está todo el poeta Augier durante 60 años de su vida. Su sensibilidad lo llevó a ser a la vez un infatigable lector y un hombre consagrado al arte de la palabra, donde sabía que su inteligencia que podía rendir mejores beneficios a la sociedad cubana, que él amó entrañablemente.

Homenajeemos a Augier recordándolo así como poeta y gran amigo, recorriendo esta institución, donde escribió buena parte de esa obra, donde realizó la mayor parte de sus investigaciones literarias. Dividido entre la UNEAC y el Instituto de Literatura y Lingüística, Ángel Augier nos regaló su carácter sencillo, sin soberbias, sapiente y a la vez comprensivo. Lo recordamos con alegría al cumplir sus cien años, sabiendo nosotros que su recuerdo merece mucho más que estas palabras.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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