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Che: un hombre nuevo
(2010,
España/Argentina/Cuba)
de Tristán Bauer (Evita,
la tumba sin paz),
ostenta un rotundo
mérito inicial: abordar
la figura del mítico
Ernesto Guevara, el
Guerrillero Heroico más
allá de esa dimensión, o
sea, desde la faceta
íntima, personal, humana
en el sentido de
vislumbrar al hombre
fuera de las funciones
públicas, la guerra de
guerrillas que tanto
llenaron su trayectoria
o la tribuna desde donde
lanzó sus arengas
apasionadas y
auténticas.
El hecho de que los
primeros minutos del
filme sean ocupados
justamente por aquella
voz asmática, pausada y
hermosa leyendo el poema
“Los heraldos negros”,
de César Vallejo, en una
cinta dejada
especialmente a la
esposa, mientras
imágenes de archivo
complementan el texto
leído, nos adelanta qué
rumbos tomará, en buena
medida, el discurso
fílmico.
En los últimos años, se
asiste desde el cine a
un cierto revival
en torno a la figura del
legendario argentino
internacional; desde la
recreación fictiva hemos
asistido a las
personales lecturas del
brasileño Walter Lima Jr.
(Diarios de
motocicleta, 2004) y
al norteamericano Oliver
Stone (el díptico Che,
2009) y uno se
pregunta por qué.
Será, por una parte, la
insistencia de algunos
enemigos de su causa
empeñados en empañar la
dimensión histórica y
ontológica del héroe,
por otra, quizá, el
triste hecho de que la
prédica y la praxis guevarianas parecen
alejarse de un mundo
cada vez más unipolar,
globalizado y
neoliberal, en que los
anhelos por una sociedad
justa y equitativa, un
socialismo racional y
posible por los que
tanto luchó y por los
que dio, literalmente su
vida, no se vislumbran
demasiado.
De cualquier manera, la
figura del Che se
agiganta desde la
pantalla, y el aporte de
este nuevo acercamiento
rubricado por su
coterráneo, partiendo de
un guión coescrito junto
con Carolina Scaglione
(bajo la consultoría de
Alfredo Guevara) resulta
incuestionable.
Aunque ha incursionado
también en la ficción (a
mi juicio, con menor
fortuna, mediante
títulos como Después
de la tormenta o
Iluminados por el fuego)
el argentino Tristán
Bauer es sobre todo un
avezado profesional en
el documental: sus
acercamientos no solo a
la compañera de Perón
(cuya muerte, más
apasionante aun que su
vida, desde el
peregrinar de su nómada
cadáver plasmó de modo
admirable en el
mencionado título), sino
a ese otro mito del
imaginario argentino —y
ya casi universal— que
es Jorge Luis Borges (Los
libros y la noche) o
ese otro paisano no
menos ilustre (Cortázar).
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Como en esas ocasiones,
el cineasta procede como
paso inicial
emprendiendo un riguroso
y exhaustivo proceso de
investigación: la vida
de Ernesto desde su
infancia hasta su muerte
aparece ampliamente
documentada y reflejada
en la pantalla, mas, si
esas etapas y visiones
del hombre público, del
revolucionario en
pensamiento y acción, su
infatigable lucha, su
visionario y acendrado
antiimperialismo, han
sido más o menos
divulgadas y por tanto
conocidas, algo que
debemos agradecer a
Bauer es su revelación
de ese Che más personal:
el lector y escritor
incansable durante las
pausas en las guerrillas
—la Sierra cubana, la
selva en Bolivia— o su
breve pero intensa labor
diplomática por países
entonces socialistas o
del Tercer Mundo; el
autor de tiernas y
sinceras cartas a su
esposa e hijos; el
pensador lúcido, el
infatigable intelectual
que estableció siempre
un diálogo creativo y
dinámico con el marxismo
que adoptó como
filosofía, negado a las
copias y las ortodoxias.
Para ello, el director
mezcla abundante
material de archivo
(empleando, por fortuna,
buena parte de la mucha
filmografía que atesora
el ICAIC, coproductor
del filme) con imágenes
actuales de lugares
relacionados con la
trayectoria del
biografiado; los
contrastes entre la
fotografía en colores
(Javier Juliá) y el
blanco y negro de las
viejas películas, no
solo ofrece una singular
plataforma expresiva,
sino una sensación de
continuidad cronotópica,
que confirma justamente
eso: pese a todos los
pesares, la obra del Che
prosigue aquí y allá, en
el tiempo y el espacio.
En esta mixtura de
tiempos y registros,
Bauer peca en ocasiones
de acumulativo: como
amén de la voz,
comentarios y discursos
del líder se suceden o
anteceden los suyos,
ello ocasiona cierta
saturación en lo
hablado, que, dado el no
cortometraje del filme
(110 minutos) y lo
sistemático del recurso,
puede hacer el trayecto
un tanto fatigoso, pero
esto se salva ante la
fuerza y energía de las
imágenes, la inteligente
y orgánica mezcla de
fuentes, la eficiente
edición, el aludido,
riguroso “trabajo de
mesa” precedente que
trasunta la diégesis, y
la notablemente
incorporada música
(tanto la incidental,
propiamente creada para
la ocasión, a cargo de
Federico Jusid, como de
canciones ya existentes,
como la siempre emotiva
“Adagio a mi país”, de
Alfredo Zitarrosa, que
acompaña los créditos
finales).
No hay, ciertamente,
propósitos
experimentales en
Che…. Ni
falta que hace.
La estructura del filme,
dentro del género, es
absolutamente
tradicional, sin
embargo, demuestra la
eficacia y legitimidad
que aún hoy, cuando
tanto se redimensiona e
innova en el mismo,
sigue teniendo esa
línea, siempre que
existan verdades como
templos que revelar, que
recordar, que confirmar.
Che: un hombre nuevo
nos alienta a seguir
empujando un poco más,
día a día, porque aquel
ideal, hoy aparentemente
extraviado y casi
perdido, resucite. No
solo como merecido
homenaje a quien lo dio
absolutamente todo por
conseguirlo, sino por
quien predicó con el
ejemplo, y fue él mismo,
sin lugar a duda, la
prueba de que es difícil
pero absolutamente
posible.
Este filme es también un
homenaje, aunque no lo
explicite, a esos
“hombres que luchan
todos los días” que, al
decir de otro grande,
Bertolt Bretch, “son los
mejores”, y que tiene en
Ernesto Guevara un
paradigma inmarcesible.
Tristán Bauer lo sabe,
así lo ha hecho constar
en tan ejemplar
testimonio, y nosotros
lo certificamos desde el
lunetario cómplice. |