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Bella conoció a Lezama
en 1948. Alguna vez
contó: “Eliseo no había
participado en Verbum
ni en Espuela de
Plata donde hubo una
ruptura entre Cintio y
Lezama motivada por
Gastón Baquero, este
tuvo un disgusto con
Lezama y
Cintio se fue
con el grupo de Gastón
Baquero, y Lezama en el
otro número de
Espuela de Plata
planteó que la revista
salía más nítida y
fragante, entonces
nosotros la incorporamos
a nuestro lenguaje
cotidiano, la decíamos
por cualquier cosa. Un
día se lo dijimos a
Lezama cuando fuimos más
amigos y él se quedó
cortado. Nos quiso mucho
después. Nosotros éramos
novios: yo de Eliseo y
Fina de Cintio, y
queríamos mucho a
Lezama, pero era un
personaje inexpugnable,
porque en aquella época
le gustaba decir frases
que te tocaban; era
tímido y muy
desconfiado, pero
siempre su poesía fue su
poesía y nosotros lo
admirábamos mucho”.
Bella:
Un día estaba por las
librerías de Obispo:
quería comprar La
mujer pobre, de León
Bloy, para regalárselo a
Eliseo que estaba
enfermo del estómago en
San Miguel de los Baños.
Me encontraba en la
librería Minerva y le
dije a Pedro, el
librero, que me diera el
libro y no me entendió.
Le repetí que deseaba
comprar La mujer
pobre, de León Bloy,
entonces entró Lezama y
me miró y me rectificó
la expresión de Bloa; le
expliqué que sí, que
sabía cómo se decía,
pero que el librero no
entendía, y él me dijo
que era una agradable
sorpresa encontrarse una
muchacha que estuviera
pidiendo ese libro.
Empezamos a hablar,
comencé a temblar de
pies a cabeza, paseamos
todo Obispo y fuimos a
otra librería.
Conversábamos de todo,
yo estaba muy contenta,
él no veía hostilidad ni
desapruebo de mi parte:
me vio feliz de estar a
su lado. El libro lo
encontramos en otra
librería llamada
Victoria.
Lezama me compró el
libro y me lo dedicó; le
pedí que lo hiciera con
el de mi hermana también
(Fina) porque le iba a
dar alegría. Nos los
dedicó a las dos. No
sabía qué decirle, nos
despedimos. Fue muy
gentil y me dijo: “una
muchacha hecha Rilke”.
Fui corriendo desde la
librería Victoria hasta
mi casa en un segundo
piso en Neptuno y
Galiano a contarle a
Fina; ella estaba
planchando, nos llenamos
de alegría, le dije que
lo había invitado a la
casa para que nos
viera.
Así se inició nuestra
amistad hasta su muerte:
la de Fina, Eliseo y yo
con Lezama; la amistad
de Cintio venía de
antes. Siempre fue muy
cariñoso con nosotros, y
me quería mucho. Fina
decía que la madre de
Lezama y él me querían
más que a ella, y eso
era porque yo era más
familiar; como no
escribía, nuestros
encuentros eran solo por
el gusto de estar con
él. Lezama dice que fue
a la casa de Neptuno
mucho antes de visitarla
por primera vez; me dijo
que pasaba por la calle
de Neptuno y miraba
pensando que estábamos
allí. Nunca lo vi porque
él tenía deseos de
nuestra amistad. Fue a
nuestra casa un día
antes de la boda de
Cintio y Fina.
Él me decía que había
pasado por la casa de
Neptuno y también
hablaba de las noches en
nuestra casa; todo eso
estaba en su imaginación
poderosa: se agarraba de
lo que se imaginaba y lo
convertía en verdad.
Realmente él fue el día
antes de la boda de
Cintio y Fina porque por
su asma le era difícil
subir, y mejor resultaba
que fuéramos nosotros a
su casa.
Lezama fue el padrino de
nuestras bodas (la de
Cintio y Fina, la de
Eliseo conmigo). Cuando
el parto de mi hijo Rapi,
que fue muy demorado, se
pasó los tres días allí
junto con otros amigos
nuestros esperando el
nacimiento en la
clínica. Rapi pesó casi
diez libras, cuando iba
en la camilla, él fue a
mi lado y me dijo:
Bella, “así es como me
gusta, envuelto en
grasa”. Era muy
cariñoso.
Entiendo que su carácter
era un poco hiriente
antes, cuando no lo
conocíamos; pero la
amistad con nosotros lo
cambió, había una unión
entre todos.
Teníamos devoción y
respeto por Lezama.
Él no desconfió nunca de
Gaztelu. Había confianza
y unión entre nosotros;
no había celos
literarios entre ellos,
eran como hermanos, y
Lezama no había sido
tratado nunca así. Creo
que él ganó confianza en
la gente, nunca se le
puso una zancadilla, al
revés, ya está muerto y
ves el respeto con que
sus amigos lo recuerdan.
Eso le hizo nacer el
mejor Lezama. Era muy
cordial y dicharachero,
era un criollo, alegre y
simpático, cuando
empezaba hablar de
literatura, inventaba,
se hacía difícil, pero
nunca hiriente, que
antes sí lo era. Ganó un
poco de confianza.
Eliseo:
También hay que tener en
cuenta que la época en
que vivíamos era muy
distinta de esta, era
una etapa de farsantes.
Lezama asumió una
posición un poco
altanera, altiva porque
despreciaba a los
pseudointelectuales y
pseudoprofesores que lo
rodeaban, y fue
desarrollando todo esto.
El conocernos y
percatarse de que éramos
otro tipo de gente, que
no éramos de cartón,
influyó sobre él. A
Lezama lo veo como un
criollo total: era
gustador de las comidas,
de las gentes, tenía
mucha capacidad para
asimilar y gustar de la
vida. Lezama tomaba
algún traguito, pero no
era tomador de ron. En
los paseos que daba
estaban las barras de
Obispo, pero nunca se
dedicó a tomar, era
comilón, entraba mejor a
una pizzería o se tomaba
un helado de anón antes
de tomar ron. En las
comidas tomaba algún
vino y también cerveza,
como cosa refrescante.
Era goloso, yo no lo
recuerdo con un vaso de
ron.
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El grupo
Orígenes durante
una cena |
Lezama suavizó mucho su
ironía, pero tenía fama
de ser terrible antes de
conocernos. Con nosotros
no fue irónico, yo no
tuve esa experiencia.
Nunca lo conocí así;
claro, tenía la lengua
dura, pero siempre como
riposta, él nunca
iniciaba el duelo, era
agudo en su respuesta y,
a veces, con su carga en
defensa, esa es mi
experiencia, no otra.
Siempre muy reidor. No
podía resistir decir una
frase ingeniosa, aunque
fuera al más cercano de
sus amigos. Lo tentaba
mucho la expresión que
impresionara, que
llegara a aguda.
Le gustaba mucho pasear
en auto. Tuve la
oportunidad de tener una
máquina y de cuando en
cuando lo iba a buscar,
paseábamos él y el padre
Gaztelu, Bella y yo.
Después me enteré de que
hacía este cuento:
“Eliseo es un conductor
muy prudente, cuando
llega a una intercepción
detiene el coche, abre
la portezuela, se baja,
mira en una dirección y
en otra, comprueba que
no viene nada, vuelve al
carro, se monta, cierra
la portezuela y echa a
caminar otra vez”.
En otra ocasión en
que iba con el padre
Gaztelu —me lo contó el
propio padre— en la
máquina a la iglesia de
Bauta y el carro se
paró, Gaztelu le dijo:
―“bueno Lezama, aquí nos
quedamos”, ―“padre, por
qué usted no se baja y
mira lo que pasa”, pero
Gaztelu le responde que
él no sabía nada de
carros; Lezama le
dice: ―“Yo
he visto en
todas las películas
norteamericanas que
cuando un coche se
detiene, el chofer se
baja, abre el capó,
mira, mete la nariz y
arregla el asunto
inmediatamente, y el
carro hecha a andar”.
Gaztelu le responde:
―“Lezama para qué voy a
hacerlo si no sé cómo”,
―“padre, es una
cuestión de principios,
así que bájese”.
Era muy simpático y con
un sentido del humor muy
grande.
Tengo otra anécdota que
da una idea de cómo era
Lezama. Trabajaba en la
Biblioteca Nacional y un
día como a las nueve de
la mañana, la muchacha
que trabajaba conmigo me
dijo: “Eliseo, lo llaman
por teléfono”, me
levanté, tomé el
teléfono: “oigo”, una
voz que no me da ningún
saludo, lo único que
escucho es: “¿Cuantos
hombres había en el
cofre del muerto?”
Imagínate tú a esa
hora y sin el más mínimo
saludo, haciéndome esa
pregunta, figúrate; pero
tengo un rapto de
iluminación y le digo:
“15”, acordándome de la
canción “quince
hombres sobre el cofre
del muerto” y un gran
frasco de ron que canta
el pirata, y le digo que
15, la voz me dijo:
“gracias”, y también:
“yo sabía que la única
persona que me podía
contestar esto era
usted”, y colgó el
teléfono. Fíjate que
conversación tan
surrealista.
¿Qué tipo de catolicismo
practicaba Lezama?
Eso lo definió Gaztelu.
En uno de los paseos en
auto estaba Lezama
haciendo un largo
discurso sobre el tema
de que el infierno
existía, pero que estaba
despoblado, no había
nadie, esto era un tema
de teología medieval en
apoyo de su tesis,
estaba citando a grandes
teólogos que existieron
como Orígenes, etcétera.
y otros que él inventaba
en ese momento porque
uno no sabía con él en
qué momento te estaba
hablando de la enorme
sabiduría que tenía y en
qué momento te hablaba
de su fantasía porque te
inventaba un poeta chino
o un teólogo del siglo
VI. En esta discusión
llevaba largo rato, de
pronto dice el padre
Gaztelu que tenía un
carácter muy fuerte:
“Lezama déjate de ya de
tonterías”, y
Lezama le contesta:
“Padre, déjeme con mis
tonterías que no le
hacen daño a nadie, que
yo soy católico a mi
manera, y el
padre Gaztelu le dijo
rápido: “que es la única
manera de no serlo”.
Era católico de
formación familiar, pero
no una familia militante
de guardar los
sacramentos de misas y
comuniones, que yo sepa
Lezama iba a las misas
que daba Gaztelu por una
razón especial para
inaugurar la iglesia de
Bauta o en recuerdo de
algún amigo muerto. Pero
de todos modos no iba
los domingos a misa:
tenía educación católica
de casa, pero no era
cumplidor. Cintio, Fina
y yo somos católicos a
nuestra manera, digamos
que no es la
esquemática. Fue un
hombre de sensibilidad
muy grande para la
poesía de la
religiosidad, que lo
mismo existe en la
iglesia católica o entre
los budistas.
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El grupo
Orígenes en la
Universidad del
Aire |
¿Tuvo relación la figura
de Orígenes con el
nombre de la revista?
Eso es una pregunta que
Lezama nunca contestó,
eso era una posibilidad
que tuviera alguna
relación con ese teólogo
medieval, lo más
acertado es la tesis de
Cintio que Lezama le
puso
Orígenes a
la revista como una
indicación de que el
propósito de esta era
rescatar los orígenes de
la nacionalidad cubana
que se habían ido
perdiendo a través de
todos los años de la
seudorrepública, tú le
preguntabas eso de que
la revista llevaba el
nombre Orígenes
por ese teólogo, y él te
daba una disertación
sobre otra cosa que no
venía al caso: jamás lo
contestó. Si hubiera
sido así la revista
hubiera tenido un
carácter d mayor
religiosidad y aunque
casi todos sus
integrantes eran
católicos ―no todos lo
eran―, no tenía un fin
religioso ni en ningún
editorial habló de ese
tema. No hay por qué
pensar que le haya
puesto Orígenes y
después no haya tocado
Orígenes más.
Es más bien eso de los
orígenes de nuestra
nacionalidad.
¿Cómo se confecciona la
revista?
La revista la costeaba
José Rodríguez Feo que
pertenecía a una de las
familias más ricas de
Cuba: la de Fico
Fernández Casas, la
madre de Feo era la
hermana de la esposa de
Fico. Él era crítico de
Literatura, pero el que
dirigía la revista era
Lezama. Feo tenía muchas
relaciones personales
que su compañero no
poseía. Feo era amigo de
muchas personas que lo
ayudaron también con
colaboraciones desde el
extranjero. En
Orígenes publicaron
los primeros poetas de
la lengua española como
Jiménez, Alberti,
Vicente Alexander, y T.
S. Elliot autorizó una
traducción que no
recuerdo bien si fue
“Miércoles de Cenizas”
para la revista. Feo
tenía una relación
directa con
intelectuales
norteamericanos e
ingleses y eso ayudó a
que la publicación
pudiera presentar
materiales originales.
Ucar García y compañía
era una editorial que
tenía un gusto exquisito
para todas las
publicaciones. Ellos
trabajaban con mucho
amor. Eran dos
españoles, Fernando
García y Arturo Ucar.
Cuando vino Juan Ramón
Jiménez a raíz de la
Revolución Española,
publicó varias cosas en
Ucar por el cuidado que
tenían, por el tipo de
letra escogida que ellos
poseían. Eso le dio un
aval a la editorial,
además del acabado de
sus impresiones
primorosas siempre.
Las ediciones no tenían
ni una sola errata. Hay
que hablar del maestro
tipógrafo Roberto
Blanco. Se le enviaban
los trabajos a Lezama y
él solo hacía la
revista.
Lezama pedía
colaboraciones y en su
casa trabajaba. Llevaba
la revista a la
imprenta, decidía de
forma autócrata lo que
iba o no iba en la
revista. Nosotros nunca
sabíamos cómo iba a
salir el próximo número.
Él lo decidía. Pedía
colaboraciones, por
ejemplo, decía:
“queremos que salga un
número que hable de esto
o de esto otro”.
Pero él cerraba su
revista. La tirada era
muy pequeña porque se
pagaba; en sentido
general, todas las
ediciones de cualquier
cosa eran muy pequeñas.
Rodríguez Feo la
financiaba y la enviaba
al extranjero. Los
lectores de Orígenes
eran pocos; no como
ahora. Antes en los
estanquillos se morían
de risa, solo los
colaboradores y un grupo
de amigos la leían, y
ahí quedaba.
En sentido general los
libros de Cintio, de
Eliseo y de Lezama se
morían de risa en las
librerías; ahora no.
Lezama era un hombre
generoso y muy exigente:
de una exigencia
maniática; pero, por
ejemplo, tenía un ojo
muy agudo y se
interesaba por lo que
hacían los demás
jóvenes. En Orígenes
publicaron por primera
vez a Jamís y a Retamar.
Para que veas hasta
dónde llegaba Lezama que
cuando yo empecé a
escribir “La Calzada de
Jesús del Monte”, era
una poesía muy distinta
a la de Lezama y temí
que no le fuera a
agradar. Un día Lezama,
que ya estaba cansado de
mi paciencia o
parsimonia por la demora
en terminar el libro
La Calzada de Jesús del
Monte me dijo:
“Óigame Eliseo, si usted
no acaba de publicar el
libro lo voy a publicar
con mi firma”.
Viniendo de Lezama es
una anécdota que lo
enaltece mucho. El
manuscrito lo conocían
Fina, Bella, Cintio
y
Agustín Pí, uno de los
hombres más cultos que
hay.
Lezama conocía parte del
libro. Algunas veces fue
a la casa de Arroyo
Naranjo y yo escribí un
poema “Elegía para una
partida de ajedrez”; le
gustaba mucho jugar
ajedrez y yo lo hacía
muy mal, hasta el punto
que mi hijo Eliseo
Alberto a los diez años
de edad me ganó y yo
renuncié
a jugar. Pero
me acuerdo que ese día
en la casa, Lezama me
convidó a jugar y
comenzamos teniendo yo
una posición mucho más
ventajosa que la de él y
me dijo: “Eliseo, vamos
a declarar unas honrosas
tablas entre usted y
yo”, y así se quedó
aquello. Lezama era
bastante malo jugando.
Lezama pensaba que era
un gran jugador, estaba
convencido y lo decía
con un toque de ironía
sabiendo que él solo
decía que era buen
jugador. Solo jugué una
vez con él y por eso
escribí el poema.
Todo el que hablara con
Lezama tenía que conocer
a sus dos hermanas,
madre y padre. De nadie
más le oí hablar. Quería
mucho a
Eloísa, esta se
le parecía bastante y lo
admiraba mucho. No se
pasaba mucho rato
hablando sin que
mencionara a algunos de
la familia. Hablaba
mucho del padre: el
padre militar de causas
justas, hombre guapo.
Siempre hablaba de
cuando estuvieron la
madre y el padre en el
exilio. Los únicos
viajes de Lezama fueron
los de México y
Jamaica. Cuando Cintio
era profesor en la
Universidad de Las
Villas, Lezama fue a dar
una conferencia y le
propusieron que fuera
profesor, pero no aceptó
porque no podía estar
fuera de La Habana. La
Habana para él era su
mundo natural, dejó
algunos compromisos por
allá porque se ahogaba.
Bella: En Arroyo se me
desarrolló una diabetes
y Lezama me decía: “eso
es, Bella, porque te
sacaron de La Habana”, y
culpaba a Eliseo por
haberme llevado y le
decía: “ella es habanera
y donde está bien es en
La Habana”. La
Habana era su centro,
específicamente Obispo,
el Prado, Trocadero. Ni
playas ni bailes ni
paseos en máquina ni
restaurantes, poco
esfuerzo físico. Los
paseos en máquina eran
por La Habana, no coger
por carretera, creo que
no fue más allá de Bauta.
Jugaba pelota en su
niñez, pero cuando cogió
un libro en sus manos,
se acabó la pelota. Yo
cogía la guagua para mi
trabajo y coincidía con
él, que iba para el
Castillo del Príncipe,
pero no nos hablábamos
porque no nos
conocíamos, yo sí sabía
quién era. La guagua era
la 22, él hacía un
cambio en la
Universidad.
Cuando triunfó la
Revolución fue uno de
los Vicepresidentes de
la UNEAC. Iba a sus
reuniones. Nicolás me ha
contado, no en detalles,
que en los consejos de
dirección, Lezama de
pronto salía con una
teoría sobre la
filosofía china y nadie
sabía a dónde iba a
parar todo aquello. Con
nosotros nunca habló del
Castillo del Príncipe,
nunca nos relató nada,
solo nos decía que era
terrible trabajar allí.
Su sueldo era muy
pequeño y cuando cobraba
decía: qué bien viene un
sueldecito, sea como
sea. Fue muy modesto. No
le faltó nunca nada.
¿El momento de recoger
la revista?
Nos la mandaban a la
casa, no había ninguna
reunión o lanzamiento, a
veces pasábamos por
Trocadero y la
recogíamos y nos daban
algunos números más. Las
colaboraciones no eran
pagadas, la revista daba
pérdidas. Se hacía para
auspiciar la poesía y el
arte; no existían
derechos de autor: en
teoría sí, pero no en la
práctica. Los libros los
pagaban los autores. No
había lectores
suficientes. Tenía
desgano y falta de fe a
los diferentes
gobiernos. Todos, más o
menos, teníamos
confianza en la
ortodoxia, pero Chivás
se dio un tiro. Esto,
más o menos, era una
esperanza. El de Grau
fue el más doloroso.
Llorábamos cuando salió,
pero al poco tiempo se
corrompió, peor que los
demás. La gente quería a
Grau pensando que todo
iba a cambiar, pero no
fue así. Cuando se
produjo la ruptura en
Orígenes, la
división, Feo siguió
sacando la revista, fue
una locura para los
bibliotecarios. Salieron
dos o tres números
costeados por nosotros,
cada uno ponía una
pequeña cantidad. Sendic,
ministro de Cultura, le
ofreció costear la
revista y Lezama le hizo
un editorial que decía
más o menos: “Preferimos
nuestro desprecio al
homenaje que nos quieran
hacer”. Lezama era muy
digno. La revista cesa.
Fue un gran momento para
él; para nosotros el
ciclo se había cumplido,
pero él se miraba en su
revista, fue un golpe
duro: era una razón de
su vivir. La revista no
era el dinero, era
Lezama, pero salían
afuera con el dinero.
¿Qué grupos lo atacaban?
Será en el momento en
que sale la revista
Ciclón. El grupo de
algunos jóvenes que
publicaron allí fue el
que lo atacó bastante.
No recuerdo nombres. La
revista Orígenes
no fue muy bien vista
por la cultura oficial,
por Jorge Mañach,
Francisco Ichazo, no les
caía muy bien. Ellos
tuvieron la revista
Avance y enfrentaban
a las dos publicaciones.
Mañach tuvo una polémica
fuerte primero con
Lezama y después con
Cintio. Porque ellos no
entendían lo que
hacíamos ni nuestra
posición de no tomar
parte en la política. El
grupo Orígenes fue un
grupo como tal después
de publicarse
Orígenes, fueron los
que colaboraron, los que
tuvieron esa conducta
literaria, no fue un
grupo que hizo la
revista ni mantuvo una
posición de cualquier
tipo en esta; te digo
que Lezama la hizo solo,
y los que colaboraron en
Orígenes
generalmente eran los
mismos poetas y
escritores, porque
Lezama estimaba que
debían publicar allí, él
los admiraba, los
respetaba y los agrupó,
y entonces fueron grupo
después que salió, pero
no fue grupo Orígenes
antes. Eran amigos
jóvenes de aquella época
que tenían una
concepción de la poesía
más austera que la que
existía en el país,
porque no había una
visión de la poesía
común. No fue una
escuela literaria, eran
muy disímiles los
trabajos que hacíamos
entre nosotros; no había
uniformidad, pero sí una
postura ante la
necesidad de tocar estos
asuntos con cierta
limpieza.
La iglesia de Bauta
existía, pero Gaztelu
pasó a ser párroco de
allí y él la cambió,
puso vitrales de Lozano,
Portocarrero, y Mariano:
ellos los hicieron. Fue
una inauguración de la
iglesia cambiada por
Gaztelu, quien llevó la
plástica cubana a la
iglesia y después
también los poetas leían
sus obras en la casa de
Gaztelu. Teníamos la
costumbre de ir a comer
a su casa, en una de las
ocasiones leí mi poema
“La Calzada de Jesús del
Monte”. Eran reuniones
informales: el que sabía
tocar el piano lo hacía,
el que traía un poema lo
leía. Cada uno daba lo
mejor. Sin motivo
especial nos reuníamos.
Lezama también leía; no
eran ocasiones para
leer, no eran tertulias,
eran reuniones de
amigos. Si él traía un
poema, lo leía. Nos
reuníamos también en mi
casa de Arroyo Naranjo,
en el Conservatorio de
Julián Orbón.
Jugábamos ajedrez,
hacíamos comentarios,
tocábamos el piano.
La poesía de Lezama es
muy difícil, sobre todo
el período de La
Fijeza, no así su
libro póstumo que es
otra cosa, hay una
postura mayor. El primer
libro es prodigioso.
Hubo una época en que su
poesía era impenetrable.
Había que leerla con
mucho detenimiento, pero
él tenía la impresión de
que escribía con la
mayor claridad del
mundo. Te preguntaba tu
opinión sobre lo acabado
de leer y uno se ponía
en una situación
incómoda, a veces yo no
había entendido una
palabra de la lectura y
había que volverlo a
leer. Él pensaba que sus
poemas eran lo más
sencillo del mundo. La
poesía de Lezama es muy
poderosa, te coge, no
entiendes, pero
comprendes que hay algo
que toca. Su poesía era
impactante, pero a veces
no podíamos opinar desde
el principio, sino con
una segunda o tercera
lectura.
|

Con amigos en
la entrada de
Trocadero 162 |
En 1959 vivíamos en
Arroyo Naranjo y nos
veíamos pocas veces.
Lezama estaba marcado
por la poesía y su obra
por encima de todo. Él
estaba en su mundo que
era riquísimo, le
bastaba con lo que tenía
adentro. La muerte de la
madre lo marcó, pero
otra cosa no, como la
publicación y la
retirada de Paradiso.
Rosa sentía locura por
su hijo y él por ella.
No pasaban cinco minutos
de una conversación en
la cual Lezama no
mencionara a su madre.
Rosa era una mujer
apasionada y vehemente
con sus hijos, sobre
todo con Lezama. Estuvo
siempre amamantado por
ella, después vinieron
la mujer, la esposa.
Rosa le cogió las manos
a Lezama y a María
Luisa, no dijo nada,
pero Lezama entendió lo
que quería decir. María
Luisa lo entendió
siempre y lo quiso mucho
desde jovencita.
Transcripción sin editar. |