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En la diversa obra de
José Lezama Lima, las
artes plásticas aparecen
como muestra de la
universalidad y la
amplia cultura de su
autor; en especial, la
pintura cubana1
que acaparó su atención.
Ello lo expresó de
varias maneras en sus
obras, donde
conjuntamente con sus
diferentes reflexiones
afloran trabajos monográficos
de crítica, palabras a
catálogos, que unido a
la
amistad sostenida con
algunos artistas,
evidencian la
significativa atención
prestada a lo largo de
su vida, permiten
enriquecer su dimensión
de escritor y crítico
literario con la de
crítico de arte.
Si, como ha señalado el
investigador Roberto
Méndez Martínez, la
búsqueda de lo
arquetípico y el
fundamento mítico de lo
nacional son los
elementos metodológicos
que guían al poeta en
sus escritos de plástica
cubana2;
es obvio que Lezama no
estará ajeno a las
búsquedas y
cuestionamientos de los
artistas por lograr una
imagen nacional en su
momento, de ahí que sea
uno de los puntuales
exégetas de la
vanguardia pictórica
cubana, principalmente
de la segunda promoción,
a la cual volverá una y
otra vez enriqueciendo
sus visiones, llegando a
reflexionar sobre sus
incursiones abstractas.
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Lezama se sustrae de la
polémica existente entre
vanguardia y academia,
enjuiciará a esta última
no por permanecer en la
tradición, sino por su
“infecundo alarde de
anarquía artística”.
Entre los consejos que
le dio al nuevo Estudio
Libre de Pintura y
Escultura, en 1937,
estuvo el peligro de que
“lo libre y altanero sin
el dominio de las
herramientas técnicas
pudiera frustrar entre
nosotros muchas obras”3.
Esta visión se
fundamenta en que el
poeta era un defensor de
la tradición
pictórica,
su ideal creativo estaba
asociado a los del
taller renacentista, en
el sentido de que dentro
de sus objetivos estaba
la custodia y la
reinterpretación de la
tradición.4
Ante las rupturas con el
pasado y los cambios de
sensibilidad propugnados
por los vanguardismos,
propone la relectura de
la tradición por medio
de la experimentación,
en el empeño de
recuperarla a través de
la fe en el poder
creativo como respuesta
a la crisis. Por ello,
en 1937, le plantea al
poeta español Juan Ramón
Jiménez que nuestra
historia requería de una
nueva interpretación y
por tanto había que
partir de nuestros
orígenes, razón que
evidencia por qué
Lezama, en cierta
medida, se proyecta a
favor de la custodia de
nuestras esencias, y en
ese afán parte de
nuestra tradición
hispánica.
José Lezama Lima
advertía la importancia
de la vanguardia
artística y ello lo dejó
bien claro cuando
señaló: “(…) al problema
crucial en que el carro
del arte pareció
atascarse (…) sobrevino
el hastío y la solución
en pro del humanismo
rescatador, que sumergía
de nuevo al hombre en su
soberbia de creación,
reconociendo el libre
desenvolvimiento en la
gran aventura de la
creación artística, pero
también su
justificación”5.
Sin embargo, cuestiona
la respuesta que buscan
los artistas como la más
“fácil solución de la
paradoja” del arte
americano que es “verse
obligado con el
instrumental entregado
por los europeos, a
enfrentarse con un
contorno para el cual
sería inadecuado, o que
no ha sido creada con la
fuerza fundacional que
el deseo de su expresión
adoptara”6.
Destaca que de esta
forma nuestros artistas
están llevando el arte
“a un sádico
problematismo”.
En un momento en que la
discusión sobre el
contenido histórico y
social del arte había
llegado a una inflexible
rigidez
―la
oposición arte
comprometido / arte puro―,
Lezama defiende la
especificidad de la
expresión artística. En
el período crítico de
los primeros años de la
década de los 30, en que
el proceso
revolucionario había
puesto en primer plano
esta discusión en Cuba,
Lezama opone a la
antinomia mencionada el
ideal estético de
libertad y plenitud
humanas,
concebido por lo que
definió como un
“ánimo poético
creacional que logra
centrar su raíz,
nemósine y nominalismo”,
con lo que rechaza tanto
las abstracciones de un
historicismo
antiindividualista, en
boga por entonces, como
las del vacío
colectivismo de un
sociologismo vulgar. De
esta forma, si bien
Lezama considera que es
la situación
sociohistórica del
artista lo que determina
este centramiento
estético, reconoce en el
propio artista un alto
grado de libertad, con
el que diversifica y
enriquece el contenido
de su expresión.7
Lezama se expresa sobre
la vanguardia de esa
forma porque concibe la
noción de ruptura, desde
la comprensión
del proceso creativo
como un acto de libertad
y de la obra de arte
como un producto
imposible de obtener, a
través de un método o
del mero aprendizaje del
oficio. Conforme con
este ideal de un
clasicismo moderno,
vigilante de los dos
extremos antiartísticos
—neutralismo
manierista y cierto
individualismo informe—,
resulta la exigencia de
ruptura y diversidad que
les exigirá
a
los artistas de su
tiempo. Por ello,
inicialmente observaba
en la obra del pintor
Víctor Manuel cierto
“juego libre” en su
creación “con mucho de
Ulises”; aunque,
agregaba con reserva,
“le va haciendo falta
también lo necesario de
Simbad”8.
Poco después el propio
Lezama reconoce en aquel
una apertura a lo que
llama —en el contexto de
su crítica contra cierto
neoclasicismo poético
contemporáneo— la
“lógica maravillosa” del
actor creador que ve en
su
pintura.9
En su reseña del Salón
de 1938 destacó, al
hacer un balance de
aquella muestra, el
carácter antiacadémico
que ya se apuntaba en
1935, lo que para él era
prueba evidente de la
consolidación y la
madurez alcanzada por la
vanguardia pictórica en
Cuba. Reconoce los
mejores logros en los
trabajos presentados por
los pintores: Eduardo
Abela, Jorge Arche, René
Portocarrero, Mariano
Rodríguez y Alfredo
Lozano; y afirma que con
ellos ha de llegar
“junto con un designio,
una humildad de trabajo
bien logrado: premisoria
espera y rumbosidad
insospechada”10.
Como se puede apreciar,
Lezama no reconoce que
el carácter
antiacadémico de
nuestros artistas ya se
había mostrado en 1927
en la muestra de Arte
Nuevo organizado por
la Revista de
Avance y que ese
hecho era el inicio de
esas rupturas y esas
búsquedas.
La mirada restringida
hacia la primera
promoción artística
puede estar dada en que
sus juicios están muy
contaminados por las
polémicas generacionales
que marcaron la
intelectualidad de la
época. Ello lo va a
dejar claro en 1942,
cuando en un artículo
dedicado al pintor
Mariano Rodríguez ofrece
un durísimo juicio sobre
la pintura que le
precedió, de la cual
reconoce que era
necesaria para “abrir
los ojos a la luz”, pero
no advierte en ella
aportes
sustanciales. Estos
criterios están
presentes en todos sus
escritos de la década de
los años 40, y
muchos prevalecerán
durante toda su vida.
De este modo, Lezama se
refiere a esa primera
generación con cierto
desdeño, ve sus
postulados agotados de
“puro hastío de un
interregno humoso o en
prolongaciones indecisas
(…)
la técnica
infiel y las formas
yuxtapuestas, ambas
desacordes”11.
Este juicio lezamiano no
se basa
en un enfoque objetivo
sobre el arte nuevo,
sino que juzga esa
generación por los
aspectos que
difieren su grupo12,
ante el grito de cambio
y avance proponía
buscar, redescubrir.
Esta es una de
las razones por la que
no escribió mucho acerca
de los creadores de la
primera promoción y lo
poco que escribió va a
estar acentuado por esa
posición despectiva,
como en los casos de sus
aproximaciones a los
artistas Fidelio Ponce
de León,
Carlos Enríquez, entre
otros; solo escapan de
estos juicios Arístides
Fernández y Víctor
Manuel, tal vez, porque
ambos poseían relaciones
de amistad con el poeta,
quien verá en sus obras
una correspondencia con
su sistema poético.
Para Lezama la
vanguardia tenía que
validar la tradición,
pero con un sentido de
actualidad ante el
presente inmediato,
donde las búsquedas no
se centraran en “esa
constitución de
elementos plásticos,
centro del decorativismo
del arte actual”13.
Había que buscar una
definición para ir
saliendo de las marcadas
influencias; por eso
planteaba: “Si nos
acercamos a Picasso hace
más de 30 años, con un
ardor presuroso, tenemos
que alejarnos de él con
lentitud cuidadosa, sin
elevarlo a modelo de la
propia frustración”14.
Otra de las cuestiones
reclamadas por Lezama
era que había llegado el
momento de ver a Cézanne
y a Picasso “como
maestros renacentistas,
no como contemporáneos”15,
razón por la cual
reflexiona una y otra
vez acerca de aquellos
artistas que en sus
persistentes búsquedas
los alejaban de esos
dominios. Por tanto, sus
juicios no se centran en
ver la ruptura de una u
otra promoción, sino más
bien en analizar hasta
qué punto los artistas
eran capaces de
redescubrir, a
través
de un lenguaje propio,
nuestro pasado histórico
sin ningún ornamento.
Por eso, cuando escribe
sobre la obra de
Arístides Fernández crea
la categoría “sustancia
o metáfora plástica”
para
darle contenido a la
forma, evitando que esta
constituya “el cinturón
de una materia que se
extingue o se sumerge”16.
Este principio lezamiano
de lealtad a la
tradición era uno de los
presupuestos que
proponía a los artistas
de su momento. Ahí está
la razón por la que
reconocerá y les dará
toda su validación a los
continuos
redescubrimientos de
aquellos que formaron
parte de los
origenistas. El poeta
vio en esta generación
una síntesis de todo
nuestro pasado, más que
un puro asunto estético,
implicación de la misma
naturaleza que significa
la fidelidad de cada
generación con su
destino. De ahí que su
afiliación con lo
barroco deviene para él
como expresión de lo
cubano.
El barroco para Lezama
no era más que
dimensiones de la
historia, la cultura y
la sensibilidad. Esa
manera de ver, recibir,
entender y proyectar
implica todo un universo
de imágenes e ideas
diversas; así va creando
una especie de estado
espiritual con un
comportamiento vital, un
modo de aprehender la
naturaleza y un lujo
ornamental. Este asunto
tan controversial es la
razón por la que al
valorar la pintura de
Portocarrero, Amelia,
Diago y Mariano lo
realiza desde esa
posición, que está de
cierta forma vinculada a
la supuesta “mirada
cubana”; y que —según
Guy Pérez Cisneros—
implicaba incluso darles
carta o certificado de
nacionalidad o
naturalización a motivos
que pudieran tener una
procedencia extranjera.
Se revertía así el
sentido de la
colonización cultural.
De objeto de interés del
“europeo descubridor”,
“conquistador” y
portador del
desarrollo, el nativo
civilizado (criollo)
adoptó
la posición de sujeto
discriminador
(selectivo) no solo con
respecto a lo suyo sino
también en relación con
lo foráneo o “superior”
17.
La perspectiva de Lezama
hacia la segunda
promoción de la
vanguardia artística, se
concentraba en la unidad
de sus creaciones
connotando relevancia a
“la individuación del
objeto por la luz, la
interculturación
estilística y la
refuncionalización del
barroco como medio de la
contraconquista”18.
Esta actitud avala
de cierto modo el dilema
de alguna vaguedad
resuelta, trascendiendo
así lo estrictamente
estético, y alcanza una
definición unificadora.
El espacio recargado, la
riqueza cromática, el
uso de empaste y el
juego con la
ornamentación, así como
la utilización de
elementos heterogéneos y
a veces incongruentes,
le parecían adecuados
para reflejar un
universo inexplorado de
exuberante y aún no
domeñada naturaleza.
Eran tales los elementos
que Lezama valoraría una
y otra vez en estos
artistas, influenciados
en gran medida por el
redescubrimiento del
profundo mestizaje
cultural, que
contribuiría a definir
lo cubano, entendido en
su verdadera
acepción
como la tradición viva y
no como una imagen
costumbrista
estereotipada.19
Este nuevo modo de
expresión definirá que
el barroquismo es el
camino de la vuelta y
redefinición de nuestros
orígenes que no
desdeñará ninguna
fórmula creativa de
estos años. Ello lo
demuestra en las
palabras escritas a propósito
de la exposición del
pintor Roberto Diago, en
1948,
en las cuales, ante el
universo complejo de las
pinturas religiosas, en
el que se evidencia el
penetrante mestizaje
cultural cubano, la
existencia de hechos
culturales definitorios
y sólidos, resultante de
reiteradas apropiaciones
e hibridaciones, formula
toda una valoración de
estas a partir de sus
concepciones del
barroco, aprecia cómo
Diago “extrae chispas de
sequedad a un poliedro
neoclásico” y lo
reconoce como búsquedas
de una atmósfera fija y
vibrante “que envuelve
para extraer”20.
Se ha expresado que la
defensa de lo hispánico
por parte de Lezama y
los origenistas los
llevó a
excluir y a renegar los
aportes de lo negro a
nuestra cultura; este
criterio es altamente
polémico21,
debido a que Lezama
reflexiona acerca del
fenómeno afrocubano,
cuyo estudio cobra nueva
fuerza en la década de
los 40, y lo hace con
Diago. El poeta realiza
toda una revelación de
las búsquedas de este
artista en ese mundo y
lo pone como ejemplo
para la posible
definición de lo que era
la nueva
reinterpretación de lo
barroco en nuestra
cultura, donde el negro
y su aporte no podían
faltar. En su “Coloquio
con Juan Ramón Jiménez”,
escrito en 1937, ya
había reconocido como un
paso de avance la
“incorporación de la
sensibilidad negra”22.
Una de las problemáticas
que estaba presentando
la creación artística en
los años 30 y 40, era el
exotismo pintoresquista
de lo afrocubano
influido por la
injerencia de cierto
populismo turístico, con
lo cual no estaba de
acuerdo Lezama. Lo veía
como un inconveniente
que, unido al
“hieratismo enfático
mexicano, de su
rotundidad muralista”23
y “el terror visto a lo
francés”24,
guiaba la pintura cubana
hacia un camino sin
salida. Dichas
influencias, para la
fecha, estaban
saturadas. Contra esas
expresiones, Lezama
propone la expresión de
la teología insular
definida en el ensayo
con el poeta español;
era como una especie de
directriz para huir de
“peligros solapados o
rotundos, vocingleros o
soterrados, y señalaba
con sus hirientes
fascinaciones,
arremolinados metagramas”25.
Advertía acerca de cómo
el problema de la
integración nacional
podía caer en ciertos
excesos y profundizar
más la desintegración de
la nación.
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Si
bien Lezama limitó un
tanto lo cubano al
encerrarlo en lo barroco
en la década de los 40,
sí dio certeras
validaciones al problema
de la entrada de la
abstracción en nuestro
país hacia la década de
los 50. Ante la crisis
de la imagen nacional en
la pintura cubana,
consecuencia de los
cambios en la escena
republicana —que de
cierta manera
posibilitaron la entrada
del movimiento
abstracto―, adopta una
postura de aprobación y
reconoce en sus
interpretaciones todas
las propuestas,
resaltando el camino
ascendente hacia donde
se dirigía nuestra
pintura.26
En la abstracción vio un
paso de avance en las
búsquedas de nuestras
esencias; lo que definió
como un proceso “que ha
ido más allá de sus
límites de
descubrimientos o
hallazgos” y “ha entrado
ya en fase de misterio
de incorporación”27,
que buscó la iluminación
transitando entre lo
conocido y lo
desconocido. Esto
significaba que el poeta
veía
un trabajo de
alta calidad
en estas proposiciones,
donde se había resuelto
el problema de la
asimilación de los
estilos universales, al
aplicarles un lenguaje
propio. Es el argumento
por el que avalará las
incursiones de
Portocarrero y Mariano
en esta tendencia.
Para esta época, ya
Lezama había desechado
la expresión formulada
por él en 1937, y ello
lo va a dejar claro en
sus recuerdos sobre su
amigo Guy Pérez Cisneros
en 1956, cuando expone:
“Desechando ahora el
desarrollo de esa
expresión, bástenos
subrayar que le daba a
su generación un sentido
hímnico”28.
De aquí en adelante dará
valiosas
interpretaciones acerca
de las búsquedas de
algunos artistas como
Fayad Jamís y Luis
Martínez Pedro.
Lezama escribe sobre las
búsquedas de Luis
Martínez Pedro en su
período creativo que
explora el arte
concreto. Le satisfizo
esa manera de jugar con
las formas poco antes
vistas y en ello aprecia
la trascendencia de su
genio artístico. Para
ello Lezama apelará a la
metáfora basada en el
misterio de las
analogías, herramienta
válida para reconocer
“lo desconocido a través
de lo
conocido”29.
Y sobre la base de tal
recurso construye una
especie de ficción, en
cuya narración
se funden el análisis y
la fabulación, donde el
mito juega uno de los
papeles más importantes
para tratar de penetrar
las esencias de la obra
de este artista.
El poeta yerra al no
reconocer que su
generación es heredera
de las conquistas de esa
primera, criterio que
mantuvo hasta los
últimos momentos de su
vida. Es indiscutible
que muchas de las
visiones que tenía
Lezama las realizó desde
esa utopía que lo
caracterizó, a través de
la cual siempre propuso
una fórmula para la
salvación nacional. Este
accionar de Lezama es
sintetizado por Abel
Prieto cuando definió
que: “las caras del
tetraedro tenían que
accionar como un arma
indispensable para
defender la cultura
cubana. Caras donde la
poesía era el arma
epistemológica
interrelacionada con la
ciudad, la tradición y
la religión”30.
Notas:
1-
Vid. Leonel Capote:
“José Lezama Lima y la
pintura cubana”, en
La visualidad infinita,
Letras
Cubanas,
La Habana, 1994, p. 153.
(Todas las referencias
sobre las críticas de
pintura realizadas por
José Lezama Lima se
encuentran
en
este libro.)
2-
Roberto Méndez Martínez:
La dama y el
escorpión, Editorial
Oriente, Santiago de
Cuba, p. 67.
3- José
Lezama Lima: “Fundación
de un estudio libre de
pintura y escultura”, en
Ob.
cit., p. 154.
4-
Vid. Roberto Méndez
Martínez: Ob.
cit., pp.
67-68.
5- José
Lezama Lima: “Salón
1938”, en La Gaceta
de Cuba, No. 4,
julio-agosto, 2002, p.
43.
6-
________ : Ibíd.,
p. 43.
7- Carlos
René Gutiérrez: “Lezama
Lima y la nueva pintura
cubana”, en
www.jornada.unam.mx/2001/02/04/sem-lezama.htm
(Consultado 13 de
febrero de 2007).
8- José
Lezama Lima: “Fundación
de un estudio libre de
pintura y escultura”,
en Ob.
cit., p.154.
9-_______
: “Otra página para
Víctor Manuel”, Ibíd.,
pp.146-147.
10-
_______ : Ibíd.,
p. 44.
11-_______ : “Todos los
colores de Mariano”,
Ibíd. , p. 173.
12-
La primera oleada
vanguardista se movió en
torno al Grupo Minorista
y la Revista de
Avance, generación
que estuvo
marcada por el
compromiso político con
incesante activismo
antagonista que aspiraba
a una renovación tanto
social, como artística.
Para Lezama, esa
agitación y ese gusto
por la provocación o
fascinación por la
aventura no iban con su
actitud discreta,
aficionada a la idea de
“creación”
sosegada.
13- José
Lezama Lima: “Arístides
Fernández”, Ibíd., p.
129.
14-_______ : “Todos los
colores de Mariano”,
Ibíd. , p. 176.
15-
Ibíd.
16-
_______
:“Arístides Fernández”,
Ibíd., p. 128.
17-
Sobre la cuestión de la
visión de Lezama acerca
de la cultura americana
me acogí a lo que expone
la Dra. Margarita Mateo
Palmer en su artículo
“El misterio del eco en
el espacio gnóstico
americano”. Vid.
revista Unión,
No. 17, 1994.
18- Luis
Álvarez Álvarez: “El
tema del Neobarroco en
la ensayística cubana”,
en Saturno en el
espejo y
otros ensayos,
Ediciones Unión, La
Habana, 2004, p. 207.
19-
Vid., Graziella
Pogolotti y Ramón
Vázquez: René
Portocarrero,
Editorial Henschel-Letras
Cubanas, Berlín-La
Habana, 1987, p. 12.
20- José
Lezama Lima: “En una
exposición de Roberto
Diago”, Ob.
cit., p.
273.
21- Estos
criterios son altamente
polémicos, porque si por
un lado Lezama Lima y
los origenistas
ofrecieron duras
críticas a lo
afrocubano, cómo se
interpretaría la activa
presencia de Lydia
Cabrera en la revista
Orígenes, así como
trabajos sobre el
sincretismo y el folclor
afrocubano que, unido a
las valoraciones que
realiza Lezama sobre las
incursiones de algunos
artistas de su círculo
más estrecho en esta
tendencia, demuestra que
sus juicios no fueron
tan estrictos. Vid.,
Índice de las Revistas
Cubanas, Tomo 1.
Introducción de Graziella Pogolotti.
Hemeroteca e Información
de Humanidades,
Biblioteca Nacional José
Martí, La Habana, 1960.
22- José
Lezama Lima: “Coloquio
con Juan Ramón Jiménez”,
en Analecta del reloj.
Ediciones Orígenes, La
Habana,
1953, p. 46.
23- Este
tono irónico sobre el
muralismo no significa
que Lezama fuera un
detractor del movimiento
como tal,
sino a la
excesiva influencia del
arte mexicano que para
el momento ya estaban
descontextualizadas.
24- Se
refiere al movimiento
surrealista haitiano en
boga en la década de los
40 al que muchos
artistas cubanos se
vinculan. Si bien Lezama
y los origenistas
asumieron posiciones en
contra del surrealismo
en todas sus variantes,
existen huellas de este
en muchas de sus obras.
Vid. Fina García Marruz: La
Familia de Orígenes,
Letras Cubanas, La
Habana, 1997; Carlos M.
Luis: “Lezama Lima y el
surrealismo”, en
http://www.revista.agulha.nom.br
(Consultado 14 de abril
de 2009).
25- José
Lezama Lima: “Recuerdos:
Guy Pérez Cisneros”, Ob.
cit., p. 283.
26- Estos
criterios son altamente
polémicos y han
originado dos posiciones
contrapuestas entre los
escritos de Lezama Lima
sobre las incursiones
abstractas de
Portocarrero, Mariano y
Milián con los juicios
que expone Carlos M.
Luis en “La crisis de la
imagen nacional en la
pintura cubana”, en
http://www.habanaelegante.com/Winter99/Cafe.htm
27- José
Lezama Lima: “Nueva
Galería”, Ibíd., p. 296.
28-
__________ : “Recuerdos:
Guy Pérez Cisneros”,
Ibíd., p. 238.
29-
Vid. Oscar Hurtado:
“Lezama”, en revista
Bohemia, año 58, No.
2, enero de 1966, p. 25.
30-
Vid. Abel Prieto:
“Sucesivas o Coordenadas
Habaneras. Apuntes para
el proyecto utópico de Lezama”,
revista Casa de las Américas, No. 152,
sept.-oct., 1985, pp.
14-19.
Dossier realizado con la
colaboración del Instituto
de Literatura y
Lingüística José Antonio Portuondo,
a propósito del
Centenario de José Lezama
Lima. |