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Internet fue acuñado por
los EE.UU. como el más
reciente escenario de
confrontación bélica del
planeta. Para la lucha
en este teatro de
operaciones creó un
Cibercomando, tropa
elite compuesta por mil
hackers, equipada de
tecnología de punta y
respaldada por un
presupuesto
multimillonario
encargada de encabezar
la batalla. Hoy, a causa
a los frecuentes
escándalos motivados por
las revelaciones del
sitio web Wikileaks,
pareciera que la
efectividad de este
Cibercomando ha quedado
en entredicho.
EE.UU. vive un Watergate
permanente desde el
surgimiento del sitio en
2007. Signo de la nueva
época, hoy las gargantas
profundas no le venden
su información a los
periódicos
tradicionales, sino que
las envían por Internet
a través de mensajes
encriptados a este sitio
que hasta ahora había
puesto, a disposición de
quien quisiera
consultarlo, documentos
probatorios de los
desmanes del poder en
todo el mundo.
En julio de 2010,
Wikileaks hizo públicos
70 mil documentos sobre
la guerra de Afganistán
y más recientemente 400
mil sobre Iraq, entre
los que destaca el video
de la matanza de 12
civiles en Bagdad. Según
su director, Julian
Assange, las pruebas
“cubren desde el año
2004 hasta comienzos de
2010. Es la descripción
más certera de una
guerra que se haya
publicado jamás. De los
documentos surge que
hubo 285 mil víctimas
que se van sumando
informe tras informe. Se
puede ver cada víctima,
dónde sucedió, cuándo
sucedió y quién estuvo
involucrado según los
informes internos de las
Fuerzas Armadas de
EE.UU.”.
Los últimos días de
noviembre han sido el
escenario de otra
gigantesca andanada de
filtraciones. Más de 250
mil informes de las 297
embajadas, consulados y
misiones diplomáticas de
EE.UU. en el mundo
fueron dados a conocer
por el sitio web.
Telegramas y correos
electrónicos usados para
hacer llegar
instrucciones oficiales,
informes y
comunicaciones entre
Washington y sus
delegaciones
internacionales, y
viceversa revelan que la
Secretaria del
Departamento de Estado,
Hillary Clinton, ordenó
a sus diplomáticos que
desempeñen un rol mayor
en la recolección de
inteligencia y realicen
tareas de espionaje,
como obtener números de
tarjetas de crédito o de
pasajero frecuente de
líderes extranjeros, así
como conseguir
información personal de
dirigentes de las
Naciones Unidas y
figuras clave de países
en todo el mundo. En su
sitio de Internet El
País, citó cables en
los cuales se piden
“detalles insospechados
sobre la personalidad de
algunos destacados
líderes” y se da cuenta
del “papel que
desempeñan las más
íntimas facetas humanas
en las relaciones
políticas”. Noam Chomsky,
en una entrevista
realizada por Amy
Goodman para
Democracy Now,
declaró que “una de las
principales razones del
secreto gubernamental es
proteger al gobierno
contra su propia
población”, y calificó
las actuales
filtraciones como
“interesantes,
primordialmente por lo
que nos aclaran de cómo
funciona el servicio
diplomático”.
En la conferencia de
prensa ofrecida el lunes
29 de noviembre, Hillary
afirmó que su gobierno
dará “pasos agresivos
contra los responsables
de la filtración”. Eric
Holder, fiscal general
del país, aseveró luego
que su departamento
abrió una investigación
criminal para “depurar
responsabilidades” por
la divulgación de estos
documentos que “pone en
riesgo la seguridad
nacional” y Sarah Palin,
la viva expresión de la
más rancia ultraderecha
norteamericana,
cuestionaba en Facebook
por qué el gobierno “no
había utilizado todos
los medios cibernéticos
a nuestra disposición
para desmantelar de
manera permanente a
Wikileaks”.
Un nuevo proceder dentro
del accionar de
Wikileaks aparece en
esta ocasión. Al
contrario de sus
anteriores filtraciones,
que habían aparecido
directamente en su
página web, en esta
ocasión el sitio
ofrecieron su
información en exclusiva
a cinco grandes
periódicos de EE.UU.,
Inglaterra, España,
Francia y Alemania:
The New York
Times, The
Guardian, El País,
Le Monde y Der
Spigel. En la
polémica página web sus
fundadores plantean que
“En los años previos a
la fundación de
Wikileaks, se observó
que los medios de
comunicación eran cada
vez menos independientes
y tenían menos
disposición a hacer
preguntas difíciles a
los gobiernos,
corporaciones y otras
instituciones. Creíamos
que esto tenía que
cambiar”. Sin embargo,
según el periodista
español Carlos Martínez,
la entrega “de todo el
material recibido por
ellos a cinco grandes
medios burgueses para
que ellos lo publiquen
coordinadamente”, es “un
ejercicio de equilibrio
entre intereses
políticos y comerciales”.
En su artículo titulado
“¿Se vendió la exclusiva
de Wikileaks a los 5
diarios?” publicado en
Rebelión,
Martínez añade que “de
los documentos filtrados
no hay ninguno que ponga
en un verdadero aprieto
a Washington” y afirma
que “el llamado
‘cablegate’ ha sido una
gran decepción. Los
telegramas publicados
tanto en los medios
cesionarios, como en la
web habilitada por la
propia organización solo
hay informaciones
conocidas anteriormente,
superfluas” y se refiere
a que “el gobierno
norteamericano ha
manifestado que pudo
cerrar la web pero no lo
ha hecho porque no le
hacían tanto daño, el
vocero del Pentágono
Geoff Morrell, añadió
que ‘El mundo no se
relaciona con nosotros
porque les gustamos o
porque nos tienen
confianza. Pactan con
nosotros porque no les
queda más remedio. Somos
el último, el único,
poder indispensable que
queda’”.
Habitualmente, la
estrategia para
desacreditar la
información publicada
por los sitios web es
negarle credibilidad,
pero ningún
representante del
gobierno norteamericano
se ha atrevido a ello
porque los documentos
difundidos hasta ahora
son todos originales, la
mayoría informes
militares o diplomáticos
confidenciales y
testimonios de soldados
estadounidenses. La
pregunta entonces es a
quién beneficia
realmente en última
instancia las
filtraciones que se
suceden.
Como aparentemente hasta
este momento los
ciberguerreros no han
logrado resolver ni una
escaramuza a su favor,
el gobierno
norteamericano ha
recurrido a sus
estrategias de siempre,
indicadoras del golpe
terrible que suelen dar
cuando estos signos
aparecen. El primero ha
sido, como es usual,
demonizar a su figura
principal, el
australiano Julian
Assange —un comentario
editorial del Chicago
Tribune aparecido en
octubre comenzaba
preguntándose por qué no
estaba muerto todavía—,
la petición de un
congresista a Hillary
Clinton de incluir a
Wikileaks en la lista de
las organizaciones
terroristas extranjeras
y el ataque de
denegación de servicio
contra el sitio web.
También en octubre la
compañía Moneybookers,
una empresa con sede en
Reino Unido encargada de
recolectar las
donaciones destinadas a
Wikileaks, comunicó a la
organización el cierre
de la cuenta de sus
fondos por estar
incluida en una lista
negra de los gobiernos
de EE.UU. y Australia.
Los primeros pasos están
dados. Ninguno de los
funcionarios que se han
parado en público a
hablar en contra del
sitio web, se ha
disculpado por las
mentiras divulgadas para
justificar las guerras
que desangran el Oriente
Medio, ni por la
práctica de la tortura
en los territorios
ocupados, tampoco por
los pagos a los
contratistas privados
que disparan a la
multitud o por los
“excesos” de la
diplomacia
norteamericana. En su
lugar, todos ellos, cual
herederos del griego
Pisistrato, se han
dedicado a denunciar “el
“enemigo” como paso
previo para su
paralización, y harto
conocidas son las
consecuencias que puede
alcanzar un intento de
esta índole del gobierno
norteamericano.
Se vuelve necesario
aclarar que Wikileaks no
es la única voz que en
los EE.UU se dedica a
investigar y revelar
documentos y planes
clasificados, también
están en ello Cryptome,
página fundada desde
1996 y el blog Secrecy
News nacido en 2006. “El
ciberespacio, poblado de
fuentes autónomas de
información, es una
amenaza decisiva a esa
capacidad de silenciar
en la que se ha fundado
siempre la dominación”,
afirma el sociólogo
Manuel Castells en su
artículo “¿Quién le teme
a Wikileaks?” publicado
en La Vanguardia,
de España.
Habría que dilucidar
finalmente si en efecto
Wikileaks no es un
pretexto para el
refuerzo del
Cibercomando —justo en
los días en los cuales
se deben aprobar los
presupuestos para el año
próximo—, que
justifiquen una escalada
en las medidas de
censura y control del
mundo digital tal como
fue el cierre de 80
sitios web vinculados
con Cuba, propiedad de
un operador turístico
extranjero, cuyo dueño
vive en España y hace
negocios en el Reino
Unido, entre los cuales
se encontraban algunos
literarios, como
http://www.cuba-hemingway.com,
otros de temas de
historia y cultura de
Cuba como http://www.cuba-havanacity.com,
y otros que promovían el
turismo hacia la Isla
como http://www.ciaocuba.com
y
http://www.bonjourcuba.com.
Debería examinarse
también si tampoco es un
medio del que se sirven
los grandes medios —en
algunos casos
antiguamente de
centroizquierda como
El País— para
recuperar su perdida
credibilidad.
Si no es así, entonces
Wikileaks es el mayor
ejemplo del rol de
Internet como espacio de
posicionamiento y
difusión de verdades
contrahegemónicas, desde
una posición no solo
defensiva sino ofensiva,
de defensa de la
veracidad informativa
—aquel antiguo valor de
la noticia tan en desuso
por los medios
tradicionales— y del
valor del conocimiento,
uso y apropiación de las
nuevas tecnologías. En
cualquiera de las
variantes, por una vez
el gobierno
norteamericano ha
afirmado algo cierto:
Internet se ha
convertido,
efectivamente, en el más
reciente escenario de
confrontación del
planeta.
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