Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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José Lezama Lima y Dulce María Loynaz

Diálogos a destiempo entre la imagen y la luz

Carmen María Torres Ruisánchez • La Habana

 

Hace ya varios años, en una ocasión, Lezama y la Loynaz se confesaron mutuamente no conocer sus respectivas novelas: Paradiso y Jardín; pero según la poetisa, en marzo de 1976 recibió una carta del creador de José Cemí donde elogiaba su novela y aseguraba que había vencido el tiempo y “adquirido nuevas fijezas”, además de lamentar no haberse conocido ellos antes1. Hoy, por sobre los límites de la materia, toman asiento juntos para hablar de poesía, y desde la maravillosa conversación que nos permite hacer la sala intemporal de la literatura, acercamos un poco los butacones para escuchar mejor, mientras alguien brinda una deliciosa natilla para salvar las distancias de lo imposible entre los misterios de la imagen poética y los resultados de su magia. 

Las voces de estos dos grandes poetas de nuestro tiempo entonan ahora sus cantos de intercambio, pero su diálogo comienza mucho antes del año 1976, quizá en esos momentos memorables en que Juan Ramón Jiménez visitó La Habana, de los que Lezama cuenta que “lo que inmovilizaba su presencia era la poesía, no su poesía” y que “por encima y por debajo de su poesía fluían los secretos que van de Góngora a Bécquer, sus intuiciones de Darío, la gran verdad de la sentencia española resistiendo la tensión inglesa, o el ensalmo de Mallarmé”2. Eran entonces los tiempos de Orígenes, y a pesar de que la Loynaz niegue continuamente la marca juanramoniana en su obra, tanto ella como Lezama, y también Juan Ramón, beben de los ríos innumerables de la tradición española, específicamente los místicos, Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, sin desestimar el modernismo y los secretos del símbolo. 

Y es que le hacen gala a lo que el autor de Paradiso llamó “espacio gnóstico americano”, algo así como una circunstancia común al diálogo con las culturas, lo que Abel Prieto llama “espacio amigable”3, a la contaminación, al vínculo con el conocimiento universal, pero donde se encuentra la tierra abonada para fértiles árboles de nuevo conocimiento, esta vez con el sello muy propio que desde hace ya bastantes lustros América ha sabido encontrar en su hibridez. 

Asimismo participa la Loynaz de un largo coloquio con la esencia de la poesía y de la creación poética, que tan bien explica Cintio Vitier en su “Experiencia de la poesía”, al considerar el sentir del que crea como una comunión especial que privilegia a quien lo siente. Por su parte, Lezama Lima ve a la poesía como fuente de conocimiento, donde la metáfora consiste en “extraer una pieza de un cosmos para encajarla en otro” y así llevar a cabo “el misterio de transportación de los objetos”4, que debe lograr una continuidad entre esos cosmos, una especie de camino plural entre los mundos sin llegar a romperlos, es decir, no a la manera del extremo creacionista de Vicente Huidobro, sino como un cauce sin obstáculos hacia lo invisible. 

En este punto las melodías lezamiana y loynaciana marchan amigablemente, pues la autora de Jardín define a la poesía como “tránsito”, o más bien, “tránsito a la verdadera meta desconocida”: “Por la poesía damos el salto de la realidad visible a la invisible, el viaje alado y breve, capaz de salvar en su misma brevedad la distancia existente entre el mundo que nos rodea y el mundo que está más allá de nuestros cinco sentidos”5. 


Prima la comunicación con el entorno a través de la magia que puede ofrecernos lo poético, y así de pronto se oye la voz de Lezama hablando de la imagen, y sus palabras retumban en la sala del encuentro, y se pierden entre los pasillos hasta salir corriendo por el patio persiguiendo las ideas voladoras de sus “eras imaginarias”. Y es que así son los andares de la creación para nuestro poeta, presididos siempre en el tuétano por “la imagen”, la mediadora, la intermediaria entre el creador y su sistema poético. 

Acercándose un poco ―disimuladamente, para no perturbar la conversación― Abel Prieto nos susurra al oído, nos recuerda que es justamente a través de los ríos caprichosos y hondos del ensayo lezamiano que ese sistema poético cobra vida en diálogo constante con la poesía, dispuesto a legitimar la imagen, esa bruja creadora de la poética de José Lezama Lima. 

Y entonces nos montamos todos en un barco sin tiempo para ir sin regreso a ese “tránsito” loynaciano de meta desconocida por el Puraná, el río que al contemplarlo, como dice Lezama, nos entrega su dualismo, para acabar diciendo: “dichosos los efímeros que podemos contemplar el movimiento como imagen de la eternidad y seguir absortos la parábola de la flecha hasta su enterramiento en la línea del horizonte”6. 

Al igual que ese cauce, seguimos nuestra peculiar conversación hacia el terreno de la imagen, porque desde tiempos tempranos Lezama se apropia de una conciencia peculiar de lo que el lenguaje es capaz de aportar a esa maravillosa experiencia de la poesía. Entonces Paul Valéry alza la voz y nos dice: “las imágenes son prefiguras”. La idea resuena en el tiempo, en un antes y un después, y en el ahora de toda literatura, pues el lenguaje, para Lezama, es “la obra maestra de las obras maestras de la literatura”, y así, “quien multiplica las palabras nos da el puro nacer de las palabras”7.
 

Muy polémico ha sido el tema de esta bruja caprichosa y escurridiza, pues ha provocado criterios distantes y encontrados desde la lingüística hasta la crítica literaria, pero entendámosla por la voz de Mijaíl Bajtín: “El componente estético ―llamémoslo por ahora la imagen― no es ni el contenido, ni la palabra, ni la representación visual, sino una peculiar formación estética que se realiza en la poesía con ayuda de la palabra, y en las artes representativas, con ayuda del material visualmente perceptible, pero que no coincide en ninguna parte ni con el material, ni con alguna combinación material”8. 

Si el artista logra liberarse del lenguaje mediante su perfeccionamiento, se supera a sí mismo, porque, como cree Bajtín, esta es la condición indispensable para la vida verdadera de la imagen, y es así, solo en la poesía, que el lenguaje revela todas sus posibilidades. Por eso, para que el “aliento del segundo nacimiento” tenga lugar, la capacidad de la palabra para la figuración necesita vuelo, elevación, pues como dice la Loynaz, “la poesía como el árbol debe nacer dotada de impulso vertical. Y mientras más alto crece, menos se pierde en ramas”9

El instinto de altura loynaciano hace que la imagen lezamiana llegue a alcanzar su meta de convertirse en figura, en idea, en una formación estética que supere la materia y se convierta ya en una traslación entre cosmos que propicie el salto hacia el mundo de lo invisible, pero sobre todo, que se logre en medio de esa construcción la visibilidad de la mística del poeta: “un poeta es alguien que ve más allá en el mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a esas condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve”10

De pronto los andares se bifurcan y, sin embargo, vuelven paradójicamente a un cauce paralelo. Por un momento la visibilidad lezamiana cruza senderos extraños, de entresijos y brincos, sin pensarlo su discurso se hermetiza frente a la palabra clara y engañosamente sencilla de la poetisa, pero los que escuchamos desde la orilla el diálogo de grandes dejamos escapar por la ventana una mirada reflexiva al espacio común de otras literaturas. Y así el viento nos trae la voz de Italo Calvino y sus Seis propuestas para el próximo milenio, donde la imagen incisiva y memorable vale lo mismo en la idea de “levedad”, que en la “exactitud” necesaria, que en su visión de “visibilidad”, pues se nos va presentando como una unidad conceptual que trasciende la descripción formal o contenidista, porque participa de ambas en la magia de la poeticidad11

Así, mientras el rumbo lezamiano explica la construcción y la esencia de la bruja desde su visión de la trinidad cristiana, padre: figuración, hijo es imagen de esa figuración y espíritu santo es imagen de imágenes, llega a la expresividad del Verbo en este último y se cruza con la voluntad loynaciana de exprimir al lenguaje para que dé todo su jugo mezclado con la sangre y el espíritu del creador. 

Las esencias, para que el poema alcance la altura necesaria, deben despojarse de la hojarasca del adjetivo y nutrirse de las fuerzas motrices que duermen en los verbos y los sustantivos, acomodadas en momentos por las precisiones de los adverbios. Es tanta la poda que a veces el jardín de la poetisa se queda sin plantas, pero para ella es preferible a quedarse si vuelo, sin tránsito a lo invisible12. Y en las combinaciones que alberga la palabra se esconde el potens de Lezama, infinita posibilidad que nos brinda el espacio abierto del conocimiento a través de lo poético. La poesía nos ofrece así las dicotomías que el río caudaloso del poeta divide en dos para habitar los eternos intermedios donde está el equilibrio, la confusión de límites que se participan unos de otros, como la eternidad y la temporalidad, el ser y el devenir, el estatismo y el movimiento, la continuidad y la discontinuidad. 

A la mano loynaciana se acerca entonces uno de sus poemas, un de sus tantos escapes de fronteras entre el día y la noche: “¿Y esa luz? / ―es tu sombra…”13. Comienza entonces el viaje de otras preguntas para la sed de misterio: “Cuando la ola viene impetuosa sobre la roca… ¿La acaricia o la golpea?”14. Son las preguntas, en la voz de ambos poetas, caminos abiertos a un bosque de respuestas que no tiene senderos marcados a la distancia ni aparecen en los mapas de época. Son resonancias antiguas de quién sabe qué musa innombrable. Los conceptos se dilatan hasta desintegrarse y entonces se ilumina el sendero a otra nueva mirada encontrada: la prosa poética.

 

“¿Cuándo el tiempo contraído de la poesía se va extinguiendo, para ser utilizado por la relación causal de la prosa? La poesía y la prosa se bifurcan en un ritmo formal más que en una inicial que necesita el caz poético para deslizarse. (…) ¿Cuándo la prosa puede vivir dominadoramente lo que el verso pespunteaba?”15

 

La incógnita no queda en el aire mucho tiempo, Lezama pregunta y tras un silencio se despierta la voz loynaciana: 

“El poema en prosa es mucho más difícil que el poema en verso, pues carece de la música, del ritmo, de la gracia en que el verso apoya la idea. Al poema en prosa le han cortado las alas y tiene que llegar sin embargo, a la misma altura que su hermano angélico. Pero el poema en prosa tiene su razón de existir. Hay, pudiera decirse, ideas poéticas que no encajan bien en el verso, ni siquiera en el metro libre. Y hay que decirlas en prosa.”16 ¿Dónde está entonces el secreto, en la idea, en la imagen, en la causalidad de la que habla Lezama?: 

“El hecho de que haya un delirio poético y un desarrollo causal para la prosa, no está diciendo que debemos aprovechar esa inicial poética despertada en una forma bien diferente. Si se elimina la vía iluminativa, el estado poético, la poesía queda reducida a una especial combinatoria.”17 

Pero a pesar de ello, la Loynaz responde nuevamente que hay temas que reclaman irremediablemente la prosa. En los peculiares laberintos de la obra de un poeta, poeticidad es algo así como el aire que se respira, se contaminan los infinitos discursos porque implica un modo de sentir, más que una mera forma, y así se va incorporando, como dice Lezama, “un mundo extensivo y súbito”, en una marcha como la del pez en la corriente18. Ensayo, novela, artículo, conferencia, toda prosa se contamina con los mundos intercambiables y fluidos de la imagen, y por eso siempre la contemplación de la palabra, tanto loynaciana como lezamiana, posee rango de misterio, propio de la poesía. La música y el ritmo esta vez se esconden en los entresijos de la voz discursiva, las trampas del lenguaje se disfrazan con sencillas togas que pasan inadvertidas en el fluir de los diversos manantiales de estos dos poetas, y así se acercan los secretos de la formación de Bárbara y José Cemí, en una gran deuda a la bruja omnipresente de la imagen causal. Y de nuevo se oye la voz de Lezama: 

“Así, la poesía queda como la duración entre la progresión de la causalidad metafórica y el continuo de la imagen. Aunque la poesía sobre su causalidad metafórica, se integra y se destruye, y apenas arribada a la fuente del sentido, el contrasentido golpea el caudal en su progresión. Si la causalidad al llegar a su final no se rinde al continuo de la imagen, aquella fantasía en el sentido platónico no puede realizar la permanencia de sus fiestas.”19 

Aparece entonces en la sala el contrasentido desintegrador, el horror al vacío de la imagen, el punto en que el pie del equilibrista se deslice deliberadamente de la cuerda. La Loynaz se mantiene callada, con las piernas cruzadas observa el discurrir del pensar lezamiano y solo deja escapar una media sonrisa. Ella sabe. Sabe que el arduo martilleo de su lenguaje, en ese sufrir del alma para parir el verso, lo único que no puede perderse es la meta en la distancia; desgaja las palabras, las pule como un orfebre que conoce la belleza que esconden sus toscas piedras, saca luz a los guijarros y los hace brillar como estrellas en la noche. Así, se ilumina la sala, y Lezama regresa entonces a su idea de la necesidad de no olvidar nunca “la unidad”, como dice, “que nos haga habitable la ingenuidad de un nuevo paraíso”, para que en esa mutación de intensidad de las palabras en poesía por la extensividad en la prosa siga reinando la magia de la bruja: la imagen en el tránsito de lo visible a lo invisible. 

Para concluir el encuentro, los poetas deciden que por ellos mismos hablen sus poemas, y es cuando hasta el silencio se acomoda en el sillón más cercano, para observar, por fin, el paso místico hacia lo innombrable, el terreno de la verdadera poesía. 

Dice Lezama Lima: 

Noche Dichosa 

La choza a la orilla del mar por una noche ha guardado el cuerpo desnudo del pescador solitario. El sueño ha sido inquieto, pero esa no abandonada realidad del pincel de lince acompaña como un paño de rocío. Sus vueltas en la colcha acompañante se debían a las claras etapas del fuego moviente, que aun en el sueño aseguraban la suprema dignidad del movimiento. Al destellar sus ojos, ya su cuerpo se levantaba del lecho: buena manera de contestar al rayo de luz con el movimiento del cuerpo. Ahora su cuerpo está ya entre las ondas y el siniestro fanal de la enemiga orilla ondula como los caprichos de la bestia enemiga. En sucesivas conversaciones con los peces dormidos su cuerpo avanza riéndose de sus reflejos. Un brazo, una pierna, pero siempre el cuerpo como una señal perseguida termina en una dignidad perpetua. ¿Cómo el cuerpo al salir del sueño y de la choza ya ha podido estar listo para la definición temblorosa de la corriente? Cuando llega la tierra sigue silenciosa y nocturna, pero el peregrino la toca con su frente y su señal perseguida, y en acompasada curva su cuerpo ya se apresta a seguir al fanal de la orilla dejada. El silencio de su cuerpo acompañado del canto de los peces, de la sangre acurrucada de los acordones de coral y de los árboles de luciérnagas que se allegan a la orilla para tocar el cuerpo del pescador solitario. Y los árboles tanto como a un hombre parecen saludar a la amistad del perfume de las cortezas colorantes. Ha penetrado de nuevo en la choza de la orilla, pero ahora la ha encontrado toda iluminada. Su cuerpo transfundido en una luz enviada parece manifestarse en una Participación, y el Señor, justo y benévolo, sonríe exquisitamente. Pero el pescador no interrumpe su alegría en la Presencia, lanza un curvo chorro de agua, reminiscencia de amor a la enemiga orilla y a la choza benévola, y nos dice: ¿Qué ha pasado por aquí?20

                                      
(pertenece al poemario La fijeza, de 1949)

 

Dice Dulce María Loynaz:

 

Poema LXVIII          

Todos los días, al obscurecer, ella sale a encender su lámpara para alumbrar el camino solitario.

 

Es aquel un camino que nadie cruza nunca, perdido entre las sombras de la noche y a pleno sol perdido; el camino que no viene de ningún lado y a ningún lado va.

 

Briznas de hierba le brotaron entre las hendiduras de la piedra, y el bosque vecino le fue royendo las orillas, lo fue atenazando con sus raíces…

Sin embargo, ella sale siempre con la primera estrella a encender su lámpara, a alumbrar el camino solitario. 

Nadie ha de venir por este camino, que es duro y es inútil; otros caminos hay que tienen sombra, otros se hicieron luego que acortan las distancias, otros lograron unir de un solo trazo las rutas más revueltas… Otros caminos hay por esos mundos, y nadie vendrá nunca por el suyo.

 

¿Por qué entonces la insistencia de ella en alumbrar a un caminante que no existe? ¿Por qué la obstinación puntual de cada anochecer? 

Y, sobre todo, ¿por qué se sonríe cuando enciende la lámpara?21

(pertenece al poemario Poemas sin nombre, de 1953)

Unidos por la presencia de la luz, los textos se encuentran, inevitablemente, a medio camino entre la narrativa y la poesía. La historia que persevera el tiempo en el segundo afinca su permanencia frente a la experiencia particular que se desarrolla en el primero. Los dos personajes solitarios presentan su circunstancia desde la primera expresión. Ahora dialogan ellos a través del tiempo, de los textos, de la soledad y de la noche. Se une la noche que se acaba con la noche que comienza, pero no se pierde la luz.  

Para ella, potencialmente el camino traerá a los días nuevos viajes, potencialmente, solo potencialmente. Pero para él, la Presencia, la Participación, han hecho real la posibilidad de una experiencia. 

El pescador, cazador de peces, conversa con ellos mientras están dormidos, y luego su canto lo acompaña en su marcha hacia el enemigo. El pescador, de cuerpo desnudo, está más cerca de “la sangre acurrucada en acordeones de coral”, más cerca de “los árboles de luciérnagas”, más cerca de la esencia de la luz, y así recibe la justicia y la benevolencia, a pesar de que solo sea en su paso. La brillantez del instante repercute en el sentido y lo hace eterno. 

La mujer de la lámpara pierde poco a poco las orillas del camino, la progresión queda encerrada en el círculo y rematada por el avance minucioso del tiempo y de lo natural. La vida, la hierba, las raíces del bosque se tragan, “atenazando”, como los terribles cangrejos de las playas; pero no es una playa, no hay más orilla que la que desaparece, y con ella la esperanza, pues todo el camino permanece perdido en la sombra y en el sol. ¿Dónde no es que está perdido? ¿Dónde está la raíz de la sonrisa?

El Señor sonríe con exquisitez, el señor conoce, sabe, siente, pero las palabras no sobran, y la voz del que cuenta no desperdicia absolutamente nada. La pregunta es “¿Qué ha pasado por aquí?”, y la respuesta queda en el mismo espacio en que permanece en un presente eterno la sonrisa de la mujer de la lámpara. 

La voz de quien cuenta, la voz del poema, la voz desde afuera, no participa de las circunstancias, solo las presenta, pero siempre deja “la duda”. Así se indefine y participa de una intimidad de pensamiento que ya pasa del lado de acá del texto, la duda, el porqué, el qué, la reflexión que rompe el dogma de la sentencia poética, de la definición poética, del absoluto poético. Ahora la causalidad no se detiene en el punto final del texto, las imágenes han funcionado como un bola de nieve que se convierte en una avalancha, creando nuevas resonancias que recorren la sala del encuentro, llenan las manos de sonidos que acabarán en mil ideas que cada uno se llevará a casa, por un camino que nunca antes había recorrido, pero definitivamente irrepetible. 

Asimismo, en cada poema hay puntos cruciales que funcionan como ecos de otros en virtud de la avalancha: “la enemiga orilla”, “la bestia enemiga”, “la orilla dejada”, y de nuevo “la enemiga orilla”. La voz que nos habla lo hace también por el pescador, pero la voz del pescador solo se expresa al final; el misterio pasa, pero la orilla continúa ahí, la orilla recibe una “reminiscencia de amor” de su supuesto enemigo: el límite siente la participación, el perdón de quien lo sufre, el límite queda en deuda con la luz, el límite de lo maligno, o quizá tan solo el límite de lo posible, participa también del amor compartido que profusa la luz, la bondad, la benevolencia, y sobre todo la sonrisa del Señor: sencilla, verdadera. Es entonces una “noche dichosa”, título paradoja para la primera idea textual, pero complemento para la última: la dicha pasó, la dicha inundó al pescador, la dicha de vencer y perdonar, la dicha de Participar de la luz, aun en la soledad, o más bien, en la soledad. 

La mujer de la lámpara ilumina el camino con la “primera estrella”, su luz está supuestamente con ella en todo momento, su luz de soledad incluso la hace sonreír al alumbrar. Las noches caen indetenibles sobre el camino, como el bosque; vida y noche llenan y no llenan la soledad, pues tres veces en el texto la mujer está junto a la lámpara, encendiéndola. Tres puntos de apoyo, tres puntos de ecos que culminan con una sonrisa… y una duda. Se nos antojan entonces otras preguntas, se nos llena entonces la sien de tantas otras preguntas desencadenadas por la obstinación de una sonrisa, también benévola, también de amor y de perdón, mejor, de obstinada obsesión de amor. ¿A la soledad? ¿A los hombres que han hecho otros caminos sin advertir su luz siempre encendida, su luz, allá, en la distancia siempre imposible de un camino olvidado? 

El camino sin rumbo de la vida que no busca la rapidez, la meta que no existe, las durezas de la piedra: no es más que el camino de la luz, del amor sin condiciones y si remordimientos, sin esperas, sin rezagos de dolor. Así es la exquisitez de la sonrisa divina: libre de pesos y de cuentas viejas, persistente a la oscuridad de la soledad y a la voracidad del tiempo, apegada siempre a la luz, y así permanece, en la punta del camino solitario, esperando al caminante que no vendrá por las sombras de la noche a un lugar remoto.

 

Las voces de la poesía siguen resonado en la distancia de la sala, donde ya las puertas no se cerrarán y las ventanas esperan tiernamente a otros cantos lejanos, a otras luces que enciendan de nuevo las llamas del coloquio infinito que aguarda dormido nuevos caminos por la imagen de la prosa, esta vez novelística, esta vez demorada.

 

Pero queda todavía un último susurro lezamiano, pues “guiados por la precisión de la poesía, colocamos como una espera inaudita, que nos mantiene en vilo, como con ojos de insectos”. “No solo los hechizos, enviándonos sus meteoros y sus cometas, sino a veces situaciones excepcionales, que se mantienen en unidad de espacio, logran penetrar en el invisible poético, dándole como un centro de gravedad a su permanencia”22.

 

Notas:

1Véase Aldo Martínez Malo: Confesiones de Dulce María Loynaz, Pinar del Río, Eds. Hermanos Loynaz, 1993. 

2 José Lezama Lima: “Momento cubano de Juan Ramón Jiménez”, en Imagen y posibilidad, Ciudad de La Habana, Letras Cubanas, 1981, pp. 67-68. 

3 Véase Abel Prieto: “Confluencias de Lezama”, prólogo a José Lezama Lima. Confluencias. Selección de ensayos, Letras Cubanas, La Habana, 1988. 

4 Ídem. 

5 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en Valoración múltiple. Dulce María Loynaz, La Habana, Casa de las Américas-Letras Cubanas, 1991, p. 80. 

6 José Lezama Lima: “Confluencias”, en Confluencias. Selección de ensayos, Ob. cit., p. 429. 

7 Véase José Lezama Lima: “El acto poético y Valéry”, en Confluencias. Selección de ensayos, Ob. cit., pp. 20-23 y José Lezama Lima. “Sobre Paul Valéry”, en Confluencias. Selección de ensayos, Ob. cit., pp. 24-36. 

8 Mijaíl Bajtín: “El problema del contenido, del material y de la forma en la creación artística verbal”, en Problemas literarios y estéticos, La Habana, Arte y Literatura, 1986, pp. 11-82. 

9 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, Ob. cit. 

10 “Conversación con Dulce María Loynaz”, en Valoración Múltiple. Dulce María Loynaz, Ob. cit., p. 48. 

11 Véase Italo Calvino: Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Ed. Siruela, 2001. 

12 Véase Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en Valoración múltiple. Dulce María Loynaz, Ob. cit. 

13 Dulce María Loynaz: ‘Poema LXXIII’ de “Poemas sin nombre”, en Poesía, La Habana, Letras Cubanas, 2002, p. 127. 

14Dulce María Loynaz: ‘Duda’ de “Juegos de agua”, en Poesía, Ob. cit., p. 75. 

15 José Lezama Lima: “Del aprovechamiento poético”, en Confluencias. Selección de ensayos, Ob. cit., p. 299. 

16 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, Ob. cit., p. 83. 

17José Lezama Lima: “Del aprovechamiento poético”, Ob. cit., p. 299. 

18 Véase José Lezama Lima: “Introducción a un sistema poético”, en Confluencias. Selección de ensayos, Ob. cit., pp 322-345. 

19 José Lezama Lima: “A partir de la poesía”, en Confluencias. Selección de ensayos, Ob. cit., p 388. 

20 José Lezama Lima: Poesía completa, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1970, p. 167. 

21 Dulce María Loynaz: Poesía, Ob. cit., p. 125. 

22 José Lezama Lima: “A partir de la poesía”, Ob. cit., p. 3.

Dossier realizado con la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo, a propósito del Centenario de José Lezama Lima.
 

 

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