|
Hace ya varios años, en
una ocasión, Lezama y la
Loynaz se confesaron
mutuamente no conocer
sus respectivas novelas:
Paradiso y
Jardín; pero según
la poetisa, en marzo de
1976 recibió una carta
del creador de José Cemí
donde elogiaba su novela
y aseguraba que había
vencido el tiempo y
“adquirido nuevas
fijezas”, además de
lamentar no haberse
conocido ellos antes1.
Hoy, por sobre los
límites de la materia,
toman asiento juntos
para hablar de poesía, y
desde la maravillosa
conversación que nos
permite hacer la sala
intemporal de la
literatura, acercamos un
poco los butacones para
escuchar mejor, mientras
alguien brinda una
deliciosa natilla para
salvar las distancias de
lo imposible entre los
misterios de la imagen
poética y los resultados
de su magia.
Las voces de estos dos
grandes poetas de
nuestro tiempo entonan
ahora sus cantos de
intercambio, pero su
diálogo comienza mucho
antes del año 1976,
quizá en esos momentos
memorables en que
Juan Ramón Jiménez
visitó La Habana, de los
que Lezama cuenta que
“lo que inmovilizaba su
presencia era la poesía,
no su poesía” y que “por
encima y por debajo de
su poesía fluían los
secretos que van de
Góngora a Bécquer, sus
intuiciones de Darío, la
gran verdad de la
sentencia española
resistiendo la tensión
inglesa, o el ensalmo de
Mallarmé”2.
Eran entonces los
tiempos de Orígenes, y a
pesar de que la Loynaz
niegue continuamente la
marca juanramoniana en
su obra, tanto ella como
Lezama, y también Juan
Ramón, beben de los ríos
innumerables de la
tradición española,
específicamente los
místicos, Teresa de
Jesús y San Juan de la
Cruz, sin desestimar el
modernismo y los
secretos del símbolo.
Y es que le hacen gala a
lo que el autor de
Paradiso llamó
“espacio gnóstico
americano”, algo así
como una circunstancia
común al diálogo con las
culturas, lo que Abel
Prieto llama “espacio
amigable”3,
a la contaminación, al
vínculo con el
conocimiento universal,
pero donde se encuentra
la tierra abonada para
fértiles árboles de
nuevo conocimiento, esta
vez con el sello muy
propio que desde hace ya
bastantes lustros
América ha sabido
encontrar en su
hibridez.
|
 |
Asimismo participa la
Loynaz de un largo
coloquio con la esencia
de la poesía y de la
creación poética, que
tan bien explica Cintio
Vitier en su
“Experiencia de la
poesía”, al considerar
el sentir del que crea
como una comunión
especial que privilegia
a quien lo siente. Por
su parte, Lezama Lima ve
a la poesía como fuente
de conocimiento, donde
la metáfora consiste en
“extraer una pieza de un
cosmos para encajarla en
otro” y así llevar a
cabo “el misterio de
transportación de los
objetos”4,
que debe lograr una
continuidad entre esos
cosmos, una especie de
camino plural entre los
mundos sin llegar a
romperlos, es decir, no
a la manera del extremo
creacionista de Vicente
Huidobro, sino como un
cauce sin obstáculos
hacia lo invisible.
En este punto las
melodías lezamiana y
loynaciana marchan
amigablemente, pues la
autora de Jardín
define a la poesía como
“tránsito”, o más bien,
“tránsito a la verdadera
meta desconocida”: “Por
la poesía damos el salto
de la realidad visible a
la invisible, el viaje
alado y breve, capaz de
salvar en su misma
brevedad la distancia
existente entre el mundo
que nos rodea y el mundo
que está más allá de
nuestros cinco sentidos”5.
Prima la comunicación
con el entorno a través
de la magia que puede
ofrecernos lo poético, y
así de pronto se oye la
voz de Lezama hablando
de la imagen, y sus
palabras retumban en la
sala del encuentro, y se
pierden entre los
pasillos hasta salir
corriendo por el patio
persiguiendo las ideas
voladoras de sus “eras
imaginarias”. Y es que
así son los andares de
la creación para nuestro
poeta, presididos
siempre en el tuétano
por “la imagen”, la
mediadora, la
intermediaria entre el
creador y su sistema
poético.
Acercándose un poco
―disimuladamente, para
no perturbar la
conversación― Abel
Prieto nos susurra al
oído, nos recuerda que
es justamente a través
de los ríos caprichosos
y hondos del ensayo
lezamiano que ese
sistema poético cobra
vida en diálogo
constante con la poesía,
dispuesto a legitimar la
imagen, esa bruja
creadora de la poética
de José Lezama Lima.
Y entonces nos montamos
todos en un barco sin
tiempo para ir sin
regreso a ese “tránsito”
loynaciano de meta
desconocida por el
Puraná, el río que al
contemplarlo, como dice
Lezama, nos entrega su
dualismo, para acabar
diciendo: “dichosos los
efímeros que podemos
contemplar el movimiento
como imagen de la
eternidad y seguir
absortos la parábola de
la flecha hasta su
enterramiento en la
línea del horizonte”6.
Al igual que ese cauce,
seguimos nuestra
peculiar conversación
hacia el terreno de la
imagen,
porque desde tiempos
tempranos Lezama se
apropia de una
conciencia peculiar de
lo que el lenguaje es
capaz de aportar
a esa maravillosa
experiencia de la
poesía. Entonces Paul
Valéry alza la voz y nos
dice: “las imágenes son
prefiguras”. La idea
resuena en el tiempo, en
un antes y un después, y
en el ahora de toda
literatura, pues el
lenguaje, para Lezama,
es “la obra maestra de
las obras maestras de la
literatura”, y así,
“quien multiplica las
palabras nos da el puro
nacer de las palabras”7.
Muy polémico ha sido el
tema de esta bruja
caprichosa y
escurridiza, pues ha
provocado criterios
distantes y encontrados
desde la lingüística
hasta la crítica
literaria, pero
entendámosla por la voz
de Mijaíl Bajtín: “El
componente estético
―llamémoslo por ahora la
imagen― no es ni el
contenido, ni la
palabra,
ni la representación
visual, sino una
peculiar formación
estética que se realiza
en la poesía con ayuda
de la palabra, y en las
artes representativas,
con ayuda del material
visualmente
perceptible, pero que no
coincide en ninguna
parte ni con el
material, ni con alguna
combinación material”8.
Si el artista logra
liberarse del lenguaje
mediante su
perfeccionamiento, se
supera a sí mismo,
porque, como cree Bajtín,
esta es la condición
indispensable para la
vida verdadera de la
imagen, y es así, solo
en la poesía, que el
lenguaje revela todas
sus posibilidades. Por
eso, para que el
“aliento del segundo
nacimiento” tenga lugar,
la capacidad de la
palabra para la
figuración necesita
vuelo, elevación, pues
como dice la Loynaz, “la
poesía como el árbol
debe nacer dotada de
impulso vertical. Y
mientras más alto crece,
menos se pierde en
ramas”9.
El instinto de altura
loynaciano hace que la
imagen lezamiana llegue
a alcanzar su meta de
convertirse en figura,
en idea, en una
formación estética que
supere la materia y se
convierta ya en una
traslación entre cosmos
que propicie el salto
hacia el mundo de lo
invisible, pero sobre
todo, que se logre en
medio de esa
construcción la
visibilidad de la
mística del poeta: “un
poeta es alguien que ve
más allá en el mundo
circundante y más
adentro en el mundo
interior. Pero además
debe unir a esas
condiciones, una tercera
más difícil: hacer ver
lo que ve”10.
De pronto los andares se
bifurcan y, sin embargo,
vuelven paradójicamente
a un cauce paralelo. Por
un momento la
visibilidad lezamiana
cruza senderos extraños,
de entresijos y brincos,
sin pensarlo su discurso
se hermetiza frente a la
palabra clara y
engañosamente sencilla
de la poetisa, pero los
que escuchamos desde la
orilla el diálogo de
grandes dejamos escapar
por la ventana una
mirada reflexiva al
espacio común de otras
literaturas. Y así el
viento nos trae la voz
de Italo Calvino y sus
Seis
propuestas para el
próximo milenio,
donde la imagen incisiva
y memorable vale lo
mismo en la idea de
“levedad”, que en
la “exactitud”
necesaria, que en su
visión de “visibilidad”,
pues se nos va
presentando como una
unidad conceptual que
trasciende la
descripción formal o
contenidista, porque
participa de ambas en la
magia de la poeticidad11.
Así, mientras el rumbo
lezamiano explica la
construcción y la
esencia de la bruja
desde su visión de la
trinidad cristiana,
padre: figuración, hijo
es imagen de esa
figuración y espíritu
santo es imagen de
imágenes, llega a la
expresividad del Verbo
en este último y se
cruza con la voluntad
loynaciana de exprimir
al lenguaje para que dé
todo su jugo mezclado
con la sangre y el
espíritu del creador.
Las esencias, para que
el poema alcance la
altura necesaria, deben
despojarse de la
hojarasca del
adjetivo y nutrirse de
las fuerzas motrices que
duermen en los verbos y
los sustantivos,
acomodadas en momentos
por las precisiones de
los adverbios. Es tanta
la poda que a veces el
jardín de la poetisa se
queda sin plantas, pero
para ella es preferible
a quedarse si vuelo, sin
tránsito a lo invisible12.
Y en las combinaciones
que alberga la palabra
se esconde el potens
de Lezama, infinita
posibilidad que nos
brinda el espacio
abierto del conocimiento
a través de lo poético.
La poesía nos ofrece así
las dicotomías que el
río caudaloso del poeta
divide en dos para
habitar los eternos
intermedios donde está
el equilibrio, la
confusión de límites que
se participan unos de
otros, como la eternidad
y la temporalidad, el
ser y el devenir, el
estatismo y el
movimiento, la
continuidad y la
discontinuidad.
A la mano loynaciana se
acerca entonces uno de
sus poemas, un de sus
tantos escapes de
fronteras entre el día y
la noche: “¿Y esa luz? /
―es tu sombra…”13.
Comienza entonces el
viaje de otras
preguntas para la sed de
misterio: “Cuando la ola
viene impetuosa sobre la
roca… ¿La acaricia o la
golpea?”14.
Son las preguntas, en la
voz de ambos poetas,
caminos abiertos a un
bosque de respuestas que
no tiene senderos
marcados a la distancia
ni aparecen en los mapas
de época. Son
resonancias antiguas de
quién sabe qué musa
innombrable. Los
conceptos se dilatan
hasta desintegrarse y
entonces se ilumina el
sendero a otra nueva
mirada encontrada: la
prosa poética.
“¿Cuándo el tiempo
contraído de la poesía
se va extinguiendo, para
ser utilizado por la
relación causal de la
prosa? La poesía y la
prosa se bifurcan en un
ritmo formal más que en
una inicial
que necesita el caz
poético para deslizarse.
(…) ¿Cuándo la prosa
puede vivir
dominadoramente
lo que el verso
pespunteaba?”15
La incógnita no queda en
el aire mucho tiempo,
Lezama pregunta y tras
un silencio se despierta
la voz loynaciana:
“El poema en prosa es
mucho más difícil que el
poema en verso, pues
carece de la música, del
ritmo, de la gracia en
que el verso apoya la
idea. Al poema en prosa
le han cortado las alas
y tiene que llegar sin
embargo, a la misma
altura que su hermano
angélico. Pero el poema
en prosa tiene su razón
de existir. Hay, pudiera
decirse, ideas poéticas
que no
encajan bien en el
verso, ni siquiera en el
metro libre. Y hay que
decirlas en prosa.”16 ¿Dónde está entonces el
secreto, en la idea, en
la imagen, en la
causalidad de la que
habla Lezama?:
“El hecho de que haya un
delirio poético y un
desarrollo causal para
la prosa, no está
diciendo que debemos
aprovechar esa inicial
poética despertada en
una forma bien
diferente. Si se elimina
la vía iluminativa, el
estado poético, la
poesía queda reducida a
una especial
combinatoria.”17
Pero a pesar de ello, la
Loynaz responde
nuevamente que hay temas
que reclaman
irremediablemente la
prosa. En los peculiares
laberintos de la obra de
un poeta, poeticidad es
algo así como el aire
que se respira, se
contaminan los infinitos
discursos porque implica
un modo de sentir,
más que una mera forma,
y así se va
incorporando, como dice
Lezama, “un mundo
extensivo y súbito”,
en una marcha
como la del pez en la
corriente18.
Ensayo, novela,
artículo, conferencia,
toda prosa se
contamina con los mundos
intercambiables y
fluidos de la imagen, y
por eso siempre la
contemplación
de la palabra, tanto
loynaciana como
lezamiana, posee rango
de misterio, propio de
la poesía. La
música y el ritmo esta
vez se esconden en los
entresijos de la voz
discursiva, las trampas
del lenguaje se
disfrazan con sencillas
togas que pasan
inadvertidas en el fluir
de los diversos
manantiales de estos dos
poetas, y así se acercan
los secretos de la
formación de Bárbara y
José Cemí, en una gran
deuda a la
bruja omnipresente de la
imagen causal. Y de
nuevo se oye la voz de
Lezama:
“Así, la poesía queda
como la duración entre
la progresión de la
causalidad metafórica y
el continuo de la
imagen. Aunque la poesía
sobre su causalidad
metafórica, se integra y
se
destruye, y apenas
arribada a la fuente del
sentido, el
contrasentido golpea el
caudal en su
progresión. Si la
causalidad al llegar a
su final no se rinde al
continuo de la imagen,
aquella
fantasía en el sentido
platónico no puede
realizar la permanencia
de sus fiestas.”19
Aparece entonces en la
sala el contrasentido
desintegrador, el horror
al vacío de la imagen,
el
punto en que el pie del
equilibrista se deslice
deliberadamente de la
cuerda. La Loynaz se
mantiene
callada, con las piernas
cruzadas observa el
discurrir del pensar
lezamiano y solo deja
escapar una
media sonrisa. Ella
sabe. Sabe que el arduo
martilleo de su
lenguaje, en ese sufrir
del alma para parir el
verso, lo único que no
puede perderse es la
meta en la distancia;
desgaja las palabras,
las pule como un
orfebre que conoce la
belleza que esconden sus
toscas piedras, saca luz
a los guijarros y los
hace brillar como
estrellas en la noche.
Así, se ilumina la sala,
y Lezama regresa
entonces a su idea de la
necesidad
de no olvidar nunca “la
unidad”, como dice, “que
nos haga habitable la
ingenuidad de un nuevo
paraíso”, para que en
esa mutación de
intensidad de las
palabras en poesía por
la extensividad en la
prosa siga reinando la
magia de la bruja: la
imagen en el tránsito de
lo visible a lo
invisible.
Para concluir el
encuentro, los poetas
deciden que por ellos
mismos hablen sus
poemas, y es
cuando hasta el silencio
se acomoda en el sillón
más cercano, para
observar, por fin, el
paso místico
hacia lo innombrable, el
terreno de la verdadera
poesía.
Dice Lezama Lima:
Noche Dichosa
La choza a la orilla del
mar por una noche ha
guardado el cuerpo
desnudo del pescador
solitario.
El sueño ha sido
inquieto, pero esa no
abandonada realidad del
pincel de lince acompaña
como un paño de rocío.
Sus vueltas en la colcha
acompañante se debían a
las claras etapas del
fuego
moviente, que aun en el
sueño aseguraban la
suprema dignidad del
movimiento. Al destellar
sus ojos, ya su
cuerpo se levantaba del
lecho: buena manera de
contestar al rayo de luz
con el movimiento del
cuerpo. Ahora su cuerpo
está ya entre las ondas
y el siniestro fanal de
la enemiga orilla ondula
como los caprichos de la
bestia enemiga. En
sucesivas conversaciones
con los peces dormidos
su cuerpo avanza
riéndose de sus
reflejos. Un brazo, una
pierna, pero siempre el
cuerpo como una señal
perseguida termina en
una dignidad perpetua.
¿Cómo el cuerpo al salir
del sueño y de la choza
ya ha podido estar listo
para la definición
temblorosa de la
corriente? Cuando llega
la tierra sigue
silenciosa y nocturna,
pero el peregrino la
toca con su frente y su
señal perseguida, y en
acompasada curva su
cuerpo ya se apresta a
seguir al fanal de la
orilla dejada. El
silencio de su cuerpo
acompañado del canto de
los peces, de la sangre
acurrucada de los
acordones de coral y de
los árboles de
luciérnagas que se
allegan a la orilla para
tocar el cuerpo del
pescador solitario. Y
los árboles tanto como a
un hombre parecen
saludar a la amistad del
perfume de las cortezas
colorantes. Ha penetrado
de nuevo en la choza de
la orilla, pero ahora la
ha encontrado toda
iluminada. Su cuerpo
transfundido en una luz
enviada parece
manifestarse en una
Participación, y el
Señor, justo y benévolo,
sonríe exquisitamente.
Pero el pescador no
interrumpe su alegría en
la Presencia, lanza un
curvo chorro de agua,
reminiscencia de amor a
la enemiga orilla y a la
choza benévola, y nos
dice: ¿Qué ha pasado
por aquí?20
(pertenece al poemario
La fijeza, de
1949)
Dice Dulce María Loynaz:
Poema LXVIII
Todos los días, al
obscurecer, ella sale a
encender su lámpara para
alumbrar el camino
solitario.
Es aquel un camino que
nadie cruza nunca,
perdido entre las
sombras de la noche y a
pleno sol perdido; el
camino que no viene de
ningún lado y a ningún
lado va.
Briznas de hierba le
brotaron entre las
hendiduras de la piedra,
y el bosque vecino le
fue royendo las orillas,
lo fue atenazando con
sus raíces…
Sin embargo, ella sale
siempre con la primera
estrella a encender su
lámpara, a alumbrar el
camino solitario.
Nadie ha de venir por
este camino, que es duro
y es inútil; otros
caminos hay que tienen
sombra, otros se
hicieron luego que
acortan las distancias,
otros lograron unir de
un solo trazo las rutas
más revueltas… Otros
caminos hay por esos
mundos, y nadie vendrá
nunca por el suyo.
¿Por qué entonces la
insistencia de ella en
alumbrar a un caminante
que no existe? ¿Por qué
la obstinación puntual
de cada anochecer?
Y, sobre todo, ¿por qué
se sonríe cuando
enciende la lámpara?21
(pertenece al poemario
Poemas sin nombre,
de 1953)
Unidos por la presencia
de la luz, los textos se
encuentran,
inevitablemente, a medio
camino entre la
narrativa y la poesía.
La historia que
persevera el tiempo en
el segundo afinca su
permanencia frente a la
experiencia particular
que se desarrolla en el
primero. Los dos
personajes solitarios
presentan su
circunstancia desde la
primera expresión. Ahora
dialogan ellos a través
del tiempo, de los
textos, de la soledad y
de la noche. Se une la
noche que se acaba con
la noche que comienza,
pero no se pierde
la luz.
Para ella,
potencialmente el camino
traerá a los días nuevos
viajes, potencialmente,
solo potencialmente.
Pero para él, la
Presencia, la
Participación, han hecho
real la posibilidad de
una experiencia.
El pescador, cazador de
peces, conversa con
ellos mientras están
dormidos, y luego su
canto lo
acompaña en su marcha
hacia el enemigo. El
pescador, de cuerpo
desnudo, está más cerca
de “la sangre
acurrucada en acordeones
de coral”, más cerca de
“los árboles de
luciérnagas”, más cerca
de la esencia de la luz,
y así recibe la justicia
y la benevolencia, a
pesar de que solo sea en
su paso. La brillantez
del instante repercute
en el sentido y lo hace
eterno.
La mujer de la lámpara
pierde poco a poco las
orillas del camino, la
progresión queda
encerrada
en el círculo y rematada
por el avance minucioso
del tiempo y de lo
natural. La vida, la
hierba, las raíces del
bosque se tragan,
“atenazando”, como los
terribles cangrejos de
las playas; pero no es
una playa, no hay más
orilla que la que
desaparece, y con ella
la esperanza, pues todo
el camino permanece
perdido en la sombra y
en el sol. ¿Dónde no es
que está perdido? ¿Dónde
está la raíz de la
sonrisa?
El Señor sonríe con
exquisitez, el señor
conoce, sabe, siente,
pero las palabras no
sobran, y la
voz del que cuenta no
desperdicia
absolutamente nada. La
pregunta es “¿Qué ha
pasado por aquí?”, y la
respuesta queda
en el mismo espacio en
que permanece en un
presente eterno la
sonrisa de la mujer de
la lámpara.
La voz de quien cuenta,
la voz del poema, la voz
desde afuera, no
participa de las
circunstancias, solo las
presenta, pero siempre
deja “la duda”. Así se
indefine y participa de
una intimidad de
pensamiento que ya pasa
del lado de acá del
texto, la duda, el
porqué, el qué, la
reflexión que rompe el
dogma de la sentencia
poética, de la
definición poética, del
absoluto poético. Ahora
la causalidad no se
detiene en el punto
final del texto, las
imágenes han funcionado
como un bola de nieve
que se convierte en una
avalancha, creando
nuevas resonancias que
recorren la sala del
encuentro, llenan las
manos de sonidos que
acabarán en mil ideas
que cada uno se llevará
a casa, por un
camino que nunca antes
había recorrido, pero
definitivamente
irrepetible.
Asimismo, en cada poema
hay puntos cruciales que
funcionan como ecos de
otros en virtud de la
avalancha: “la enemiga
orilla”, “la bestia
enemiga”, “la orilla
dejada”, y de nuevo “la
enemiga orilla”. La voz
que nos habla lo hace
también por el pescador,
pero la voz del pescador
solo se expresa al
final; el misterio pasa,
pero la orilla continúa
ahí, la orilla recibe
una “reminiscencia de
amor” de su
supuesto enemigo: el
límite siente la
participación, el perdón
de quien lo sufre, el
límite queda en deuda
con la luz, el
límite de lo maligno, o
quizá tan solo el límite
de lo posible, participa
también del amor
compartido que profusa
la luz, la bondad, la
benevolencia, y sobre
todo la sonrisa del
Señor: sencilla,
verdadera. Es entonces
una “noche dichosa”,
título paradoja para la
primera idea textual,
pero complemento para la
última: la dicha pasó,
la dicha inundó al
pescador, la dicha de
vencer y perdonar, la
dicha de Participar de
la luz, aun en la
soledad, o más bien, en
la soledad.
La mujer de la lámpara
ilumina el camino con la
“primera estrella”, su
luz está supuestamente
con ella en todo
momento, su luz de
soledad incluso la hace
sonreír al alumbrar. Las
noches caen indetenibles
sobre el camino, como el
bosque; vida y noche
llenan y no llenan la
soledad, pues tres veces
en el texto la mujer
está junto a la lámpara,
encendiéndola. Tres
puntos de apoyo, tres
puntos de ecos que
culminan con una
sonrisa… y una duda. Se
nos antojan entonces
otras preguntas, se nos
llena entonces la sien
de tantas otras
preguntas desencadenadas
por la obstinación de
una sonrisa, también
benévola, también de
amor y de perdón, mejor,
de obstinada obsesión de
amor. ¿A la soledad? ¿A
los
hombres que han hecho
otros caminos sin
advertir su luz siempre
encendida, su luz, allá,
en la distancia
siempre imposible de un
camino olvidado?
El camino sin rumbo de
la vida que no busca la
rapidez, la meta que no
existe, las durezas de
la piedra: no es más que
el camino de la luz, del
amor sin condiciones y
si remordimientos, sin
esperas, sin rezagos de
dolor. Así es la
exquisitez de la sonrisa
divina: libre de pesos y
de cuentas viejas,
persistente a la
oscuridad de la soledad
y a la voracidad del
tiempo, apegada siempre
a la luz, y así
permanece, en la punta
del camino solitario,
esperando al caminante
que no vendrá por las
sombras de la noche a un
lugar remoto.
Las voces de la poesía
siguen resonado en la
distancia de la sala,
donde ya las puertas no
se cerrarán y las
ventanas esperan
tiernamente a otros
cantos lejanos, a otras
luces que enciendan de
nuevo las llamas del
coloquio infinito que
aguarda dormido nuevos
caminos por la imagen de
la prosa, esta vez
novelística, esta vez
demorada.
Pero queda todavía un
último susurro
lezamiano, pues “guiados
por la precisión de la
poesía, colocamos como
una espera inaudita, que
nos mantiene en vilo,
como con ojos de
insectos”. “No solo los
hechizos, enviándonos
sus meteoros y sus
cometas, sino a veces
situaciones
excepcionales, que se
mantienen en unidad de
espacio, logran penetrar
en el invisible poético,
dándole como un centro
de gravedad a su
permanencia”22.
Notas:
1Véase
Aldo Martínez Malo:
Confesiones de Dulce
María Loynaz, Pinar
del Río, Eds. Hermanos
Loynaz, 1993.
2
José Lezama Lima:
“Momento cubano de Juan
Ramón Jiménez”, en
Imagen y posibilidad,
Ciudad de La Habana,
Letras Cubanas,
1981, pp. 67-68.
3
Véase Abel Prieto:
“Confluencias de
Lezama”, prólogo a José
Lezama Lima.
Confluencias. Selección
de ensayos,
Letras Cubanas, La
Habana, 1988.
4
Ídem.
5
Dulce María Loynaz: “Mi
poesía: autocrítica”, en
Valoración múltiple.
Dulce María Loynaz,
La Habana, Casa de las
Américas-Letras
Cubanas, 1991, p. 80.
6
José Lezama Lima:
“Confluencias”, en
Confluencias. Selección
de ensayos, Ob. cit.,
p. 429.
7
Véase José Lezama Lima:
“El acto poético y
Valéry”, en
Confluencias. Selección
de ensayos, Ob. cit.,
pp. 20-23 y José
Lezama Lima. “Sobre Paul
Valéry”, en
Confluencias. Selección
de ensayos, Ob. cit.,
pp. 24-36.
8
Mijaíl Bajtín: “El
problema del contenido,
del material y de la
forma en la creación
artística verbal”, en
Problemas
literarios y estéticos,
La Habana, Arte y
Literatura, 1986, pp.
11-82.
9
Dulce María Loynaz: “Mi
poesía: autocrítica”,
Ob. cit.
10
“Conversación con Dulce
María Loynaz”, en
Valoración Múltiple.
Dulce María Loynaz,
Ob. cit., p. 48.
11
Véase Italo Calvino:
Seis propuestas para el
próximo milenio,
Madrid, Ed. Siruela,
2001.
12
Véase Dulce María
Loynaz: “Mi poesía:
autocrítica”, en
Valoración múltiple.
Dulce María Loynaz,
Ob. cit.
13
Dulce María Loynaz:
‘Poema LXXIII’ de
“Poemas sin nombre”, en
Poesía, La
Habana, Letras Cubanas,
2002, p. 127.
14Dulce
María Loynaz: ‘Duda’ de
“Juegos de agua”, en
Poesía, Ob. cit., p.
75.
15
José Lezama Lima: “Del
aprovechamiento
poético”, en
Confluencias. Selección
de ensayos, Ob. cit.,
p. 299.
16
Dulce María Loynaz: “Mi
poesía: autocrítica”,
Ob. cit., p. 83.
17José
Lezama Lima: “Del
aprovechamiento
poético”, Ob. cit., p.
299.
18
Véase José Lezama Lima:
“Introducción a un
sistema poético”, en
Confluencias. Selección
de ensayos, Ob. cit.,
pp 322-345.
19
José Lezama Lima: “A
partir de la poesía”, en
Confluencias.
Selección de ensayos,
Ob. cit., p 388.
20
José Lezama Lima:
Poesía completa, La
Habana, Instituto Cubano
del Libro, 1970, p. 167.
21
Dulce María Loynaz:
Poesía, Ob. cit., p.
125.
22
José Lezama Lima: “A
partir de la poesía”,
Ob. cit., p. 3.
Dossier realizado con la
colaboración del Instituto
de Literatura y
Lingüística José Antonio Portuondo,
a propósito del
Centenario de José Lezama
Lima.
|