Año IX
La Habana
4 al 10
de DICIEMBRE 
de 2010

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Lezama, editor

Ambrosio Fornet • La Habana

Foto: Casa Lezama y Catálogo de la exposición Un rasguño en la piedra

 

El “Lezama, editor” del que voy a hablarles no es el promotor de revistas literarias sino un ser mitad real, mitad imaginario construido con títulos de libros, los libros que efectivamente “editó” y los que probablemente hubiera querido editar, dado que los asociaba a lectores “posibles”. El ejemplo más concreto entre estos últimos —y uno de los que más se acerca a un hipotético “plan editorial”— se halla en el Curso Délfico, que como ustedes saben eran los libros que Lezama prestaba a sus ocasionales discípulos porque los consideraba necesarios para una sólida formación. Espero que de las eventuales anécdotas vaya surgiendo también una suerte de sociología del trabajo editorial en las condiciones de la Cuba anterior y posterior al 59.* 
 

2

La bibliografía del Curso Délfico incluía desde nostálgicas lecturas juveniles —El gran Maulnes, de Alain Fournier, por ejemplo, que servía de prueba de ingreso para los aspirantes— hasta clásicos occidentales —Platón, Goethe, Rilke, Thomas Mann…— y títulos difícilmente previsibles, como el Tao Te King y El libro de los muertos. Visto así, en su caótica sencillez, se nos antoja un curso propedéutico basado en el enigma de la Biblioteca como Dragón, de la que solo se salía para perseguir lo Inapresable. Pero, ironías aparte, probablemente lo que se proponía Lezama era muy simple: estimular el hallazgo sorpresivo de la Imagen, convencido como estaba de que esta, por sí sola, podía ordenar el caos. 

Cuenta la leyenda que en 1960 varios especialistas fueron consultados sobre las novelas que debían publicarse después del Quijote en la colección Biblioteca del Pueblo de la recién creada Imprenta Nacional de Cuba, y Lezama respondió con una brevísima lista encabezada por el Satiricón, de Petronio. Por esos días accedió a participar en la clásica encuesta sobre los libros “que usted salvaría en caso de…”, organizada por Lunes de Revolución, y no mencionó a Petronio ni a Fournier ni a ninguno de los autores incluidos en el Curso, salvo a Platón. Años después, cuando tuvo la oportunidad de proponer otros planes —como trabajador del Consejo Nacional de Cultura y del ILL, y como asesor de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO—, cedió de nuevo a la fascinación de los abismos apadrinando títulos tan disímiles como La lozana andaluza, de Francisco Delicado, y El Regañón y El Nuevo Regañón, de Buenaventura Pascual Ferrer —este último, para una edición que él mismo prologaría—, aunque en otras áreas —la poesía española, por ejemplo— se mostrara intransigente e indulgente a la vez: Góngora y Gabriel Miró, de un lado; Machado, Miguel Hernández y Cernuda, del otro… Quiere decir que los catálogos posibles variaban según las circunstancias, como podía ocurrir en el caso de cualquier editor en cualquier parte del mundo —aunque a principios de los 60 las “circunstancias” del editor Lezama, como sabemos, eran excepcionales.

3

Filtrado por la alquimia del verbo lezamiano, el espacio físico y emocional en que se hacía Orígenes —tanto la revista como los libros— era el de “un taller de tipo renacentista, creando en una gran casa, animado por músicos, dibujantes, poetas, tocadores de órgano… De tal manera que, cuando un número salía, parecía la vecinería de un barrio cuando sale el pan, en la fiesta de la mañana…”. Es Vitier, nada menos, quien se encarga de deshacer el hechizo: “En realidad —diría Sancho—, cuando Orígenes salía, no pasaba nada, el estruendo vacío de la Cuba de Grau, Prío, Batista, continuaba su carnaval de ceniza”. Lezama dio muestra suprema de su probado sentido del humor cuando le comentó al joven Retamar, mientras se dirigían a la imprenta a recoger ejemplares de la revista, que uno nunca sabía cómo habría de pasar a la historia: “Así que quién sabe si yo seré recordado como el gordo que, erguido, llevaba los paquetes de Orígenes a la oficina de correos”. Recordado y compadecido, sobre todo en lo que respecta a los números correspondientes al verano. La imagen convoca jocosa, pero también penosamente ese otro aspecto de la vida del Editor, el signado por la pobreza. En cierto momento Rodríguez Feo, su joven y despreocupado coeditor, le escribe desde los EE.UU. animándolo a reunirse con él en Miami para recorrer juntos en auto la costa sur del Golfo hasta México, y Lezama —cuyo sueldo de 40 pesos al mes en la cárcel del Castillo del Príncipe no daba para tanto— le pregunta cómo iba a poder trasladarse hasta Miami si solo podía ir en guagua de su casa al trabajo porque, gracias a su carné de funcionario, no tenía que pagar el pasaje. Nunca olvidó el esfuerzo que supuso costear con aquel mísero salario la impresión de Muerte de Narciso, su primer libro —lo que hizo en plazos mensuales de diez y 15 pesos— o, cinco años después, acabar de pagar la impresión de Analecta del reloj, que costó algo más de 600 pesos, de los que había quedado debiendo a la imprenta la mitad. Y en cuanto a aquellos viajes al correo por los que quizá sería recordado, eran un lujo que tampoco se podía permitir a menudo, dado el costo de las tarifas postales: todos los envíos de la revista al extranjero se realizaban, por intermedio de amigos, utilizando la estafeta de la Sociedad Colombista Panamericana. 

Aunque el “taller renacentista” en que se hacía Orígenes solo existía en la imaginación de Lezama, tenía un equivalente concreto y eficaz en el taller tipográfico Úcar, García y Compañía, donde tanto él como Vitier imprimieron sus dos primeros poemarios: Lezama, Muerte de Narciso y Enemigo rumor, en 1937 y 1941; Vitier, Poemas y Sedienta cita, en 1938 y 1943, respectivamente. Vitier era todavía un adolescente cuando publicó aquel primer cuaderno, pero este iba precedido por textos de José María Chacón y Calvo y de Juan Ramón Jiménez, lo que le daba una autoridad que aún no tenían sus coetáneos. En el binomio Lezama-Vitier se sostendrá la coherencia ideológica y estética del llamado Grupo Orígenes y de su refugio editorial, Ediciones Orígenes, pequeña empresa no lucrativa —ni remunerativa: era el propio autor, en cada caso, quien debía costear la edición— fundada por Lezama en 1945. Se inauguró con sendos poemarios: uno suyo (Aventuras sigilosas) y el otro de Vitier (De mi provincia), impresos ambos —como todos los de la editorial que les siguieron en el taller de Úcar, García y Cía.  

Durante los 12 años en que operó (1945-1956, ambos inclusive), Ediciones Orígenes publicó 23 títulos, un modesto promedio de (casi) dos títulos por año. De ellos, 16 eran de autores pertenecientes al grupo en formación. Los 13 primeros, con una sola excepción —la traducción de La joven parca, de Valéry, hecha por Mariano Brull— tenían esa característica, es decir, correspondían al núcleo de los fundadores. Fue solo en 1952 —siete años después de haberse inaugurado la editorial— cuando publicaron en ella otros autores, en este caso el teatrólogo Mario Parajón y el cuentista Ramón Ferreira. En 1953, Parajón ingresó al catálogo de nuevo y al año siguiente se incorporaron a este los jóvenes Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís. Solo seis de los 23 títulos publicados no eran de poesía: dos de narraciones y cuatro de ensayos críticos.          

Contamos con algunos testimonios que nos permiten echar un vistazo al modus operandi de Lezama como gestor de Ediciones Orígenes y al prestigio que había alcanzado la editorial entre los poetas, tanto principiantes como consagrados. A Octavio Smith —a quien Lezama había conocido, en trajines de abogado, en el Castillo del Príncipe— se lo encontró un día casualmente en la calle Obispo y de modo muy ceremonioso lo invitó a publicar sus poemas allí; con Retamar hizo lo mismo cuando este, en la sociedad Lyceum, terminó de leer el último capítulo de su tesis de doctorado sobre la poesía contemporánea en Cuba. “Tuve así el honor que para un escritor joven implicaba contar con un título suyo en la colección”, comentaría Retamar años después. Los incluidos en ella ya eran reconocidos como la vanguardia de la literatura cubana del momento. “Algunos de los libros [cubanos] más logrados que he leído en estos últimos años, tanto en poesía como en prosa —hacía notar Alejo Carpentier, en 1953—, se deben a escritores más o menos inscritos en la órbita de Orígenes”. Pero no eran solo los jóvenes: Mariano Brull le había hecho saber a Lezama que estaba interesado en publicar allí su traducción de La joven parca, texto que ya Lezama conocía desde la época de Espuela de Plata y cuya edición, ahora, se jactaría de haber cuidado él, personalmente, sabiendo que contribuiría a elevar el prestigio de la editorial.  También Eugenio Florit publicaría allí una obra, Asonante final y otros poemas, en 1955. 

Pero tal vez el más sonado éxito de Ediciones Orígenes haya sido En la Calzada de Jesús del Monte (1949), de Eliseo Diego, que ya había publicado las “prosas poéticas” de Divertimentos en la editorial. A Lezama le bastó escuchar fragmentos de En la Calzada… para considerarlo “una revelación”. A su juicio, lo que había logrado Eliseo en ese poemario era llevar la poesía “a una muy enriquecedora experiencia inmediata”. Como el autor se demoraba en entregar el original para la imprenta, Lezama lo increpó: “Si usted no acaba de publicar En la Calzada… —dijo—, me veré obligado a hacerlo bajo mi firma”. No creo que hubiera un solo poeta en toda Cuba que se creyera merecedor de una amenaza tan lisonjera. Ahora bien, el éxito literario no garantizaba la repercusión social, lo que se hacía más patente en este caso debido a la personalidad del autor, que recogió en la imprenta sus paquetes con los 300 ejemplares de la edición, los almacenó en un rincón de su casa en Arroyo Naranjo y durante meses se olvidó del asunto. Cuando Lezama se enteró, le pidió que llevara todos los ejemplares a su casa y procedió a darle las instrucciones que ahora nos permiten descubrir un aspecto de su doble faceta de autor-editor. 

“Me dijo –recordaba Eliseo—: ‘Vamos a dividir los ejemplares en tres grupos: en el primero estarán los libros para los amigos y los poetas que admiras. En el segundo, los de la gente que te interesa que los tenga. Y en el tercero, los de la gente que no te interesa, pero que es conveniente que sepan, al menos, que publicaste un nuevo título’.” 

Esa táctica de distribución no hace más que confirmarnos lo que ya sabíamos: a falta de un mercado editorial, el “público lector” se contraía al círculo de los amigos y a sectores escogidos de la ciudad letrada cuyo número no excedía tal vez de cien personas. Un librero comprensivo y generoso podía aceptar cuatro o cinco ejemplares en consignación, pero eso no parece haber sido algo frecuente. Salvo en los casos de José Ángel Buesa y de algunos decimistas, la poesía era, definitivamente, una mercancía sin mercado. 

4

No puede extrañarnos que el autor de Paradiso, ya en posesión de su papel, sintiera como una caída el momento en que pasó a ser objeto de interés por parte de editores y traductores. “Hablar de todas esas cosas me da pena —le escribe a su hermana—. Me parece como una pérdida de la inocencia primordial”. Y es cierto que Lezama pierde la inocencia, pero en cambio gana un nuevo sentido de la dignidad profesional. Ahora, a través de insospechadas puertas que se abren, es capaz de entrever la existencia de un “público” e imaginar un diálogo fructífero con lectores anónimos y lejanos. Al menos, es lo que se desprende del modo en que describe aquella “alegría inesperada”: “Fue para mí —dice— como nacer de nuevo después de treinta y tantos años de escribir miles de páginas. Todas las puertas cerradas descubrieron su sentido, todo se puso a caminar hacia su definitiva sabiduría”. Su obsesiva rasguñadura en la piedra había acabado abriendo un canal que lo comunicaba con el mundo. Y el “tono” con que ahora se dirigía a su editor mexicano, por ejemplo, después de recibir un ejemplar de la novela, era el de un miembro del gremio, un técnico de artes gráficas que elogiaba sin reservas la factura de la edición: la “bella” portada, “los tipos convenientes, los márgenes adecuados, la deleitosa calidad del papel”… Una rápida ojeada le había hecho creer, además, que ahora la novela podría leerse “sin el sobresalto de las erratas, esos piojos de las palabras, como decía Flaubert”. 

Cuando Severo Sarduy le comunica que en la editorial donde trabaja, en París, se está considerando la conveniencia de editar la novela en dos tomos, la reacción de Lezama muestra ante todo su recién estrenada preocupación por el lector y la necesaria coherencia de la lectura: nada que objetar, dice, si ambos tomos van a venderse juntos, pero de lo contrario, la lectura discontinua afectaría la unidad de la novela, “todo intermedio abriría una laguna en el centro de la obra”. Podríamos incluir provechosamente el comentario en un curso sobre teoría de la recepción. 

5

Lezama asegura haber buscado la complicidad del anónimo interlocutor al confeccionar en 1965, para la editorial del Consejo Nacional de Cultura, su Antología de la poesía cubana en tres volúmenes con un total de mil quinientas y tantas páginas que incluyen a unos 80 versificadores y poetas, desde Silvestre de Balboa hasta los modernistas, enmarcados por Casal y Martí. La desmesura se explica porque lo que se propone Lezama es ofrecer a los lectores el material para otras tantas antologías “posibles”, las que pudieran surgir de las diferentes lecturas; no mostrar poemas aislados, dice, aunque fuesen excepcionales, sino “una cuantía de cada autor donde el lector hiciera su propia selección”. Curiosa manera de ejercer el oficio, porque lo menos que espera recibir el lector del antólogo es justamente una guía, una sugerencia de lectura ya filtrada por la tradición y por su propio gusto. Pero como suele ocurrirnos con Lezama, el centro de atención se desplaza de los autores y los textos a la manera en que son presentados, es decir, al modo en que Lezama arrima la brasa poética a su sardina. La idea de ordenar y jerarquizar, inseparable de la acción de antologar, aun cuando admitamos que hay mucho de antojo en esta última, se hace de pronto anticuada y ridícula: Lezama no se ha propuesto en esta obra —aclara un crítico entusiasta— “ordenar con precisión las vitrinas de un museo después de exhumar las reliquias polvorientas”, sino algo más sencillo y más complicado a la vez: rastrear en su prólogo “los orígenes de la nacionalidad cubana para sorprender sus rasgos poéticos (…) desde que las imágenes de la Isla quedaron prendidas en las hojas trasatlánticas de Diario, de Cristóbal Colón”. Su prólogo a las poesías completas de Zenea —un volumen de casi 400 páginas, publicado en 1965— nos sorprende con un inicio convencional: “Nació en Bayamo, 1832, donde realizó sus primeros estudios”… etcétera, etcétera, pero no tardamos en darnos cuenta de que ese inesperado balbuceo es solo una maniobra para disimular el acto de antropofagia que ejecuta al final: “Zenea es el primer poeta cubano que tiene cultura poética, es decir, cultura partiendo de la poesía, de las sutiles progresiones de la metáfora, de las relaciones entre el cuerpo y la imagen”. En suma, para decirlo con un término lezamiano, Zenea es un poeta "originario". 

Podemos entrever una suerte de plan editorial en la lista de títulos cubanos con que Lezama respondió, en 1961, a una nueva encuesta de Lunes de Revolución, esta vez sobre la clásica decena de libros que “usted salvaría”. Lezama solo enumera nueve; deja abierto el décimo lugar a varias alternativas, casi todas reservadas a miembros de su grupo. Aparte Martí y Casal —de quienes, suponemos que por prudencia o comodidad, opta por Obras completas y Poesías completas, respectivamente—, incluye en la lista obras específicas de un politólogo (José Antonio Saco, con la Colección de papeles), un historiador (Ramiro Guerra, con Historia de Cuba), una antropóloga (Lydia Cabrera, con El monte), un poeta del siglo XX (Eugenio Florit, con Poema mío) y un ensayista (Cintio Vitier, con Lo cubano en la poesía). Para el décimo lugar vacila diplomáticamente entre En la Calzada de Jesús del Monte, de Eliseo, Las miradas perdidas, de Fina García Marruz, Espirales del cuje, de Lorenzo García Vega y Electra Garrigó, de Virgilio Piñera. Para nosotros, lo sorprendente de la lista no es ese reconocimiento del Piñera dramaturgo, sino la primacía que otorga a Florit entre los poetas del siglo XX y la exclusión de textos como Indagación del choteo o Historia y estilo, de Jorge Mañach —nobleza obliga— o Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Fernando Ortiz…, al que consideraba, sin embargo, un libro “capital” para “la formación de un escritor cubano”. Pero, en fin, había que escoger, pagando el precio, y lo cierto es que también nos sorprende la justa diversidad de los títulos escogidos. 

No parece casual que el primero de ellos, los Papeles, de Saco, haya sido también uno de los primeros que publicó la Editora del Consejo Nacional de Cultura —tres tomos, en años sucesivos, a partir de 1960—, ni que este mismo año el origenista García Vega prologara para la citada editorial Mi tío el empleado, la novela de Ramón Meza que Lezama se apresuró a reseñar, convencido, por un lado, de que al autor le habían servido de modelo, para las trasmutaciones de su personaje, “el Tersites homérico y el Tersites shakespeariano”, y por el otro, de que allí se entrelazaban el folletín y la epopeya, la Ilíada y El Conde de Montecristro. Colección de papeles y Mi tío el empleado eran verdaderas rarezas editoriales, nunca antes publicadas en Cuba —el primero apareció en París en 1858-1859 y el segundo en Barcelona en 1887. A principios de los años 60, la esforzada tarea de reeditar a nuestros clásicos —al amparo de las editoriales del Consejo Nacional de Cultura y de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO—estuvo a cargo, sobre todo, de origenistas de viejo y nuevo cuño (el propio Lezama, García Vega, Parajón…). En un lapso de cinco o seis años se llevó a cabo la mayor operación de rescate cultural que, en el terreno de la literatura, se había realizado en nuestro país desde la época de la Colección de Libros Cubanos dirigida por Fernando Ortiz. Éramos herederos indefensos de una tradición cultural secuestrada sobre cuyos forjadores había caído el estigma de momias o de parásitos sociales. 

6

Imposible concluir sin recordarles que para Lezama la tarea del editor —tal como la practicó él mismo, durante más de 20 años, a través de revistas y libros— estaba indisolublemente unida a la búsqueda de una nueva visión de la cultura y de una Cuba "otra. Es lo que explica el comentario quizá desmesurado, pero sobrecogedor que le envía Cintio Vitier en una carta de 1954: “Hace tiempo que estoy sintiendo en usted —le dice—, en el impulso que posee a su persona y su obra, la más grande manifestación de entrega al destino que ha habido entre nosotros después de Martí”. Pues bien, ese "destino" se manifestaba, en gran medida, a través del poder aglutinante de Lezama, uno de cuyos ejes era su incansable, obsesiva tarea de editor. 

*En la elaboración de esta ponencia me he beneficiado no solo de los autores mencionados, sino también de las entrevistas y compilaciones realizadas por Ciro Bianchi Ross, Pedro Simón, Carlos Espinosa y Reynaldo González, así como de la correspondencia de José Rodríguez Feo.

Dossier realizado con la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo, a propósito del Centenario de José Lezama Lima.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
IE-Firefox, 800x600