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Varios son los caminos
que conducen a
Paradiso (1966). Uno
de ellos, quizá de los
menos atendidos, es el
humor. Resulta
sorprendente, sobre todo
en las lecturas
iniciales de la novela,
ver cómo la proverbial
gravedad filosófica,
religiosa y ética de
José Lezama Lima (La
Habana, 1910-1976), se
abraza sin recelos a las
expresiones
humorísticas, que tanto
abundan en sus páginas
y, en menor medida, en
ciertas zonas de la
poesía y ensayística del
autor, semiosis que
contribuyen al logro de
penetraciones más
productivas en el campo
aporístico del texto,
además de favorecer su
comunicabilidad ya que,
como saben quienes lo
han leído, trabaja con
un sistema discursivo
resistente a causa de su
barroquismo escriturario
y cultural.
Como otros escritores
dotados de una erudición
enciclopédica, Lezama
Lima supo descubrir en
las letras hispánicas de
los Siglos de Oro, en
las de otras épocas y
naciones y en las de su
propio país, el valioso
servicio que este
recurso presta al
esclarecimiento de los
oscuros y problemas
subyacentes en la vida
cotidiana y en los
ámbitos de la cultura y
el orbe espiritual de
los seres humanos. Es
decir, la imagen
humorística representa
para la literatura y
para este autor en
particular un vehículo
epistemológico y, cuando
se estima necesario, un
arma anatémica de
ejecutoria tan eficaz y
reveladora como la de
aquellos procedimientos
privilegiados y
descritos en calidad de
“serios”.
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Y algo bien importante,
el humor en Paradiso
aporta, al mismo tiempo,
un sentido identitario,
el cual, visto a la luz
de las circunstancias
del mundo contemporáneo,
constituye una idea de
primer orden frente a
las actuaciones
homogeneizadoras de la
globalización y de los
sistemas mediáticos de
similares desempeños
provenientes de algunos
centros del universo
posindustrial. En tal
sentido, el recurso de
referencia no resulta
anacrónico en el orbe
donde funciona, se
inscribe de manera
orgánica en el sistema
poético y cosmovisivo
lezamiano, y deviene
otra de sus claves de
defensa contra la
mediocridad cultural, lo
solemne a destiempo y el
inmovilismo social,
signo tan oportuno como
el que en los años 40
cumplió la mirada
sublimada de la realidad
en sus poemarios
Enemigo rumor (1941)
y La fijeza
(1949); en los libros de
ensayo Analecta del
reloj (1953) y La
expresión americana
(1957), o, incluso, en
revistas del relieve
literario y artístico de
Orígenes
(1944-1956). No en balde
Cintio Vitier manifestó,
en una entrevista de
1986, que el humor en
Paradiso requería
ser estudiado pues
mostraba peculiaridades
especiales, notas de una
habaneridad deliciosa y,
por consiguiente, de
clara cubanía.
En efecto, no es el
humor en Paradiso
superior o inferior a la
práctica observada en
otras regiones de la
Isla, su singularidad
estriba en construirse
con frecuencia sobre la
base de un contrapunto
ilustrado, en connotar
por lo común un enfoque
irónico, sin perjuicio
de su frescura y natural
sello de tradición
insular. Por tanto, en
el escritor habanero
este sesgo se potencia
siempre desde su
erudición, heterodoxia
filosófica y ludicidad
creativa. Se erige en
conciencia crítica muy
personal; es portador de
múltiples
significaciones y formas
de expresión; a la vez,
despliega un impulso
especulativo un tanto
contrario a la de
ciertos relatos
esclerosados de la
modernidad, actitud
intelectual que por esos
mismos años acercará a
Paradiso (aunque
vale recordar que ya
Lezama había adelantado
el asunto casi dos
décadas atrás cuando dio
a conocer algunos de los
primeros capítulos de la
obra en Orígenes)
a las novelas de un
grupo de jóvenes
escritores que empezaban
a circular en la segunda
mitad del decenio del 60
y cuyos principios
estéticos se apartaban
de los del boom,
ya que establecían una
contracultura, un
espacio otro de formular
e intelegir la cultura
latinoamericana,
distinto de aquel cuyas
normas estéticas
estableció el
pensamiento dominante de
la modernidad; ficciones
jóvenes que, dicho sea
de paso, irrumpieron en
fecha paralela a las que
con similar postura
estética empezaban a
publicarse en los
EE.UU., y las cuales,
años después,
consideraríamos las más
tempranas
manifestaciones de la
narrativa posmoderna en
América Latina.1
Tres son las funciones
básicas perceptibles en
los distintos montajes
de lo humorístico en
Paradiso, a saber:
a) subrayar las imágenes
plenarias de personajes
y situaciones de
naturaleza varia que el
narrador considera
dignos de recibir
semejante enfoque; b)
descubrir y reprobar las
visiones absurdas o
conventuales de
determinadas ideologías,
conceptos y conductas
acerca de los cuales el
enunciador se proyecta
con ironía y jocosidad
pero sin aniquilar el
objeto de atención; por
último, c) satirizar y
borrar con dureza
crítica las ideas y
actitudes consideradas
negativas, torpes o
enemigas por el emisor
de la historia.
Lezama potencia de forma
muy notable la
semiología simbólica del
humor en sus páginas
narrativas, combinando
sus juegos de conceptos
ilustrados con lo
apreciativo, lo cual
genera la irrupción de
lo ambiguo, pero en
ocasiones prefiere el
sentido directo, mas ni
aun en este caso se
vuelve manifiesto en
absoluto; sus humoradas
dejan siempre algo en
suspensión,
sencillamente porque
logra un curioso arreglo
entre la expresión
sorpresiva popular y, al
decir de Eco, la
competencia
enciclopédica mutua y
dialógica entre narrador
y lector. Debe nuestra
dual aptitud receptora
llenar los espacios en
blanco que el citado
ingenio produce de
continuo a través del
narrador o los
personajes.
Estas funciones se
corporeizan en
estructuras lingüísticas
diversas, propias de un
modo de producir lo
humorístico muy
personal; formas
resultantes de las
contradicciones o
discrepancias entre el
significado y el
significante, entre el
sentido real enunciado y
el virtual sospechado.
Su catálogo nos remite a
las caricaturas
zoomórficas; por
ejemplo, en el primer
capítulo de la novela el
narrador se vale de un
símil de este tipo muy
eficaz para registrar la
inquietud de la nana
Baldovina ante la crisis
asmática del niño José
Cemí: “Baldovina —nos
dice― como una acólita
endemoniada, ofrecía
para el trance su
reducida cara de tití
peruano”.2
Otra modalidad aflora
cuando el emisor desvía
las imágenes de lo
natural-cotidiano hacia
el campo de la
trascendencia cultural;
esta modalidad se
aprecia en varios
momentos de la ficción,
sirve, por ejemplo, para
ofrecernos múltiples
ángulos de Juan
Izquierdo, el singular
cocinero de los Cemí; a
veces, desde la
descripción del narrador
y en otras a partir del
discurso del propio
personaje. Informa el
relator que cuando el
cocinero se iba
degradando hacia el fin
de semana a causa de sus
inclinaciones
alcohólicas, se envolvía
“en un silencio
invencible de diorita
egipcia”. Mirando estos
impulsos metafóricos,
uno le da la razón a
Guillermo Sucre cuando
alega que la estética de
Lezama se apoya no poco
en la “intuición” al
erigirla en torno al
cuerpo, razón por la que
sus tropos, imágenes y
analogías, incluidas las
de expansión humorística
como la referida, se
identifican con el
cuerpo; es decir, va del
orden de la causalidad
al orden de lo órfico.
Similar despliegue
observamos en el mismo
Izquierdo cuando el
narrador le da la
palabra: “Sentado en un
cajón, José Cemí oía los
monólogos shakesperianos
del mulato Juan
Izquierdo, lanzando
paletadas de empella
sobre la sartén: ―Que un
cocinero de mi estirpe,
que maneja el estilo de
comer de cinco países,
sea un soldado en
comisión en casa del
Jefe… Bueno, después de
todo es un Jefe que
según los técnicos
militares de West Point,
es el único cubano que
puede mandar cien mil
hombres. Pero también yo
puedo tratar el carnero
estofado de cinco
maneras más que Campos,
cocinero que fue de
María Cristina”.
Brota también el humor
cuando Lezama suscita un
violento contraste entre
el alto nivel poético
del discurso y la edad,
nivel cultural y de
instrucción de los
personajes. Ocurre
varias veces en la obra,
así sucede cuando los
niños Fibo y José
Eugenio Cemí se
descubren en la escuela
y conversan, escena que
semeja el diálogo de dos
filósofos y que, por
cierto, se reiterará
mucho tiempo después
durante el encuentro de
José Cemí y Fronesis,
isotopía distintiva del
modelo técnico y
semántico de la ficción:
“―Desde el primer día de
clase ―le decía Fibo a
José Eugenio―, me di
cuenta de que tú eras
hijo de español. No
hacías ninguna maldad,
no estabas muy asombrado
(…) Sin embargo, después
de fijarnos en los
pupitres, en lo que uno
se fijaba era en ti.
Tienes la base como una
raíz. Cuando estás
parado parece que estás
creciendo, pero hacia
dentro, hacia el sueño.
Nadie se puede dar
cuenta de ese
crecimiento.
―Cuando entré en la
clase ―le contestó José
Eugenio―, me sentí
turbado hasta el humo,
me pareció que llovía.
Tocaba niebla,
pellizcaba tinta de
calamar. De tal manera
que tu punto hiriente me
hacía comprender dónde
estaba, me rectificaba,
me tocaba y no era ya un
árbol”.
Es frecuente en
Paradiso la búsqueda
del humor a través de un
crecimiento de la imagen
distinto al anterior,
pudiéramos definirlo
como una hipérbole
descriptiva conducente
al grotesco. Recordemos
en esta especie algunas
de las escenas cuyo
protagonista es
Farraluque, uno de los
personajes del capítulo
octavo. Lezama va
creando una
representación sexual
desbordada del
adolescente, sin
contención, de este modo
lo perfila el narrador:
“Cuidaba el patio un
alumno de la clase de
preparatoria, que
entonces era el final de
la primera enseñanza, un
tal Farraluque, cruzado
de vasco semititánico y
de habanera lánguida,
que generalmente
engendran un lepsomático-adolescentario, con
una cara tristona y
ojerosa, pero dotado de
una enorme verga. Era el
encargado de vigilar el
desfile de los menores
por el servicio, en cuyo
tiempo de duración un
demonio priápico se
posesionaba de él
furiosamente, pues
mientras duraba tal
ceremonia desfilante,
bailaba, alzaba los
brazos para pulsar
aéreas castañuelas,
manteniendo siempre toda
la verga fuera de la
bragueta. Se la
enroscaba por los dedos,
por el antebrazo, hacía
como si le pegase, la
regañaba, o la mimaba
como a un niño tragón.
La parte comprendida
entre el bálano y el
glande era en extremo
dimenticable, diríamos
cometiendo un
disculpable italianismo.
Esa improvisada
faloroscopía o ceremonia
fálica era contemplada,
desde las persianas del
piso alto, por la
doméstica ociosa, que
mitad por melindre y
mitad por vindicativos
deseos, le llevó la
desmesura de un chisme
priápico a la oreja
climatérica de la esposa
de aquel hijo de
Cuevarolliot, que tanto
luchara con Alberto
Olaya”.
Véase en esta hilarante
danza mitificadora otra
expresión del humor
lezamiano, quizá una de
las más abundantes en el
texto, la que nace de
las innovaciones
lingüísticas, en
especial las de origen
lexical y semántico. La
mayoría de estas
formulaciones expresivas
las debemos al singular
narrador lezamiano, el
cual se involucra con
énfasis y plena
conciencia en la
situación humorística,
incluso sin preocuparle
romper el protocolo
funcional para darle
entrada a la
supraconciencia del
autor implicado, hecho
en sí mismo promotor del
humor ya que genera una
transgresión flagrante a
los ojos del lector,
incongruencia que altera
sin pudor el horizonte
de expectativas del
receptor. Nada es firme
en los terrenos del
lenguaje de quien narra
la historia, el verbo se
vuelve en su
discursividad algo
alucinante.
Lo grotesco humorístico
conduce a ideas
profundas, no
comprendieron algunos
críticos en décadas
anteriores las
propuestas de la obra
respecto a la
sexualidad, su rechazo
al sexo sin un sentido
espiritual. Una de las
escenas ejemplares
emerge cuando Farraluque,
el mencionado ejemplar
fálico de la escuela,
visita a un incógnito
personaje nada más y
nada menos que en una
carbonería de la calle
Concordia, en La Habana,
para llevar a cabo una
orgía fálica. “Allí se
encontraba un hombre
―cuenta el relator―, con
una madurez cercana a la
media secularidad,
desnudo, con las medias
y los zapatos puestos,
con un antifaz que hacía
su rostro totalmente
irreconocible. Apenas
vio la presencia del
esperado, se saltó casi
para la otra pieza donde
la niebla del carbón
parecía que pintaba.
Como un sacerdote de una
hierofanta primaveral,
empezó a desnudar al
priápico como si lo
tornease, acariciando y
saludando con un sentido
reverencial todas las
zonas erógenas,
principalmente las de
mayor longura carnosa.
Era regordete, blancón,
con pequeños oleajes de
grasa en la región
ventral. Farraluque
comprobó que su papada
era del tamaño de su
bolsa testicular. La
maestría en la
incorporación de la
serpiente era total, a
medida que se dejaba
ganar por el cuerpo
penetrante, se ponía
rojo, como si en vez de
recibir fuese a parir un
monstruoso animal. El
tono apoplético de este
tan poderoso
incorporador del mundo
exterior, fue en
crescendo hasta
adquirir verdaderos
rugidos oraculares. (…)
Esa sanguínea
acumulación de su
frenesí, motivaría el
cataclismo final de la
carbonería”.
Sencillamente, los sacos
de carbón se vinieron
abajo creándose el caos
y una atmósfera
enrarecida, inmunda, en
medio de la cual ambos
personajes salieron
mugrientos, derrotados
del peculiar recinto.
En ocasiones el humor
fustiga con la rispidez
del látigo, es el
instante en que el
recurso se trueca en
sátira despiadada. La
escena antes descrita se
acerca a este propósito,
pero quizá una de las
más claras en este orden
corresponde al pasaje en
que el narrador recuerda
la presencia en La
Habana del poeta
modernista colombiano
Barba Jacob, heterónimo
de Miguel Ángel Osorio
Benítez (1883-1942). Su
modo de zarandear con
acritud la poética de
este bardo, lleva toda
la fuerza sulfúrea del
autor cuando algo o
alguien lo provocaba
negativamente. Así al
valorar las ideas
estéticas que enarbolaba
el sudamericano, las
descalifica y culmina su
estocada mortal diciendo
que tales nociones sobre
la pureza del arte solo
cabían en la mente de un
poseso frígido.
Totalmente distintas son
las representaciones
humorísticas cuando
apela a lo cubano
esencial, su gracia se
deja sentir,
verbigracia, al
incorporar a la historia
una serie de
cuasimetatextos en una
especie de controversia
cuyos protagonistas son
la décima, la cuarteta,
la gracia y el ingenio.
Estos códigos alcanzan
toda la dimensión
textual de Paradiso,
desde su propio título,
para subrayar, una vez
más, lo que Cintio
Vitier denominó la
habaneridad del humor
lezamiano.
Notas:
1- Nos referimos al
posboom, tendencia
de la narrativa
posmoderna de
Hispanoamérica, surgida
en la segunda mitad de
la década de los 60,
pero solo descubierta y
estudiada varios lustros
después debido al
impacto que por entonces
había producido del
boom de la novela
latinoamericana.
2- Las
citas de la novela
Paradiso
corresponden a la
edición crítica
preparada por Cintio
Vitier y publicada en la
Colección Archivos de la
UNESCO, en 1996, segunda
edición (la primera
edición corresponde a
1988).
Dossier realizado con la
colaboración del Instituto
de Literatura y
Lingüística José Antonio Portuondo,
a propósito del
Centenario de José Lezama
Lima. |