|
El diálogo que se
mantiene con la obra de
José Lezama Lima se ha
desarrollado en estos ya
40 años emprendidos,
como un modelo de pensar
la cultura de América
Latina, que poco tiene
que ver con los hábitos
de nuestra educación
formal, esto es, con la
necesidad filológica de
establecer sus fuentes,
documentar su evolución
y reconstruir su
historia. No es que esas
operaciones de la
crítica carezcan de
valor, todo lo
contrario, nos son
fundamentales. Los
estados
nacionales se
construyeron con ayuda
de la filología y la
necesidad de establecer,
y a
veces forjar, textos
fundadores. Hace mucho,
comentando con Irlemar
Champú estas
cuestiones de genealogía
a propósito de La
expresión americana,
le decía que todo el
sistema de referencias
de ese libro inexhausto,
probablemente estaba en
la biblioteca personal
de Lezama. No solo
ocurría que Lezama no
había visto esas
fuentes, monumentos y
obras de arte ―el museo
imaginario que cada
escritor nuestro, desde
el Inca Garcilaso y
Rubén Darío, lleva
consigo como el capital
simbólico de su empresa―
sino que, además, no
necesitaba documentarlas
en su formidable alegato
por nosotros mismos. Su
biblioteca, se diría,
era una figura de
equivalencia de los
archivos de este mundo y
del otro, lo cual le
permitió descreer
de la filología, la
estilística y el
estructuralismo. También
en ello se parecía a
Borges, que abría
nota al pie de página
más en sus cuentos que
en sus ensayos. En
verdad,
Lezama, como Borges,
había transformado el
positivismo historicista
en el ejercicio
interpretativo del
ensayo, leyendo la
cultura no como la
lección del museo, sino
como discursos
desplegados, cuya
dinámica era el tejido,
la trama, el entramado.
Esos monumentos no
requerían la
verificación de las
disciplinas histórico
sociales, que desde los
años 40 hasta hoy
buscaban organizar sus
campos científicos
delimitando sus objetos,
redefiniéndolos, y
agonizando en su puesta
al día, dado el carácter
desbordado de estos
objetos americanos, cuya
presunción de
objetividad suele
escapar de las
clasificaciones. Por
ello, el método
lezamiano de construir
una
hipótesis buscaba, más
bien, liberar la fuerza
(o la calidad
informativa) de los
objetos culturales en su
contacto, intercambio, y
mezcla desencadenante.
De modo que el objeto no
era un dato mensurable
en el museo, aunque
estuviese a cuenta de la
museografía, sino que
era el proceso de su
propio desplazamiento;
esto es, un instante
aleatorio, imantado y
articulatorio.
|
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Por lo mismo, los
objetos que dan cuenta
del Gabinete lezamiano,
y que se ceden la página
en La expresión
americana, no
protestan una
genealogía, no se
explican por su origen;
más bien, concurren en
una actualidad más
ancha, creciente y
proteica, hecha de
varias escenas, fondos y
regiones. Esa orilla del
presente
empieza en la lectura,
su cabeza de playa. Al
leer a Lezama, quiero
decir, no hemos
hecho sino empezar de
nuevo, cada vez con
renovado entusiasmo,
como si fuésemos
parte del proyecto de lo
legible, reiterando esa
primera página de los
recomienzos,
donde todo parece dicho
y casi todo está por
hacerse. La obra de
Lezama Lima nos
hizo agentes culturales
de la lectura, y nos dio
un papel en ese desafío
de recomenzar en cada
página tanto la aventura
creativa de articular,
como la voluntad crítica
de construir un
horizonte habitable.
El método de escritura
según el cual un objeto
es articulado a otro por
una actividad de íntimo
entramado, crea en el
poema una nueva
instancia figurativa;
mientras, en la
narración produce una
secuencia que abre y
expande la
representación. Si
volvemos al primer verso
de “Muerte de Narciso”,
por ejemplo, vemos
que Dánae “teje el
tiempo” que ha dorado el
Nilo. Tejer declara la
acción en un presente
dilatado. Esa actividad
es una potencia: el
dispositivo del
entramado
supone el tejido, el
hilo
de la vida, el texto y
la textualidad. Se
trata, en efecto, de la
escena de la
sintaxis, que habrá de
reordenar, con su
capacidad barroca de
sumar objetos y sujetos,
el carácter del proceso
textual; el mecanismo
artístico capaz de
restituir el sentido; y,
ciertamente, la
diferencia cultural de
una visión del mundo
capaz de incorporar lo
disímil, reconciliar los
opuestos, y propiciar la
creatividad del diálogo.
La sintaxis es el
principio del entramado,
la inteligencia de la
incorporación y
la política
interpretativa de morar
en la significación.
Un dato de la mitología
clásica (Dánae)
interactúa (teje) la
temporalidad de otra
historia antigua
(Egipto). Por lo tanto,
esta figura metafórica
―que inicia un discurso
mitopoético― se
construye sobre esos
nombres ilustres a
partir de ese entramado
de tiempos disímiles que
es la historia cultural.
Esta nueva instancia del
discurso poético, por lo
mismo, solo se cumple en
la otra trama de
articulaciones, la
lectura. Pronto, cada
nombre deja su archivo
original ―su modo de
hablar y producir
nuevos discursos―,
porque ha ingresado a un
nuevo régimen
discursivo: el operativo
del poema, donde se
libera a los objetos de
su linaje y se los
proyecta en un presente
incesante, que fluye
como otro río, en la
geotextualidad del
discurso.
Le debemos a José Lezama
Lima, también, el juego
y el humor de esta
puesta al día del
principio de
articulación. Su obra,
es cierto, pone a prueba
las posibilidades
sintácticas de la
comunicación en español,
ya que ensaya la
transposición sintáctica
del Barroco, que
consiste en llevar las
combinaciones de los
elementos de la
frase a los límites del
sentido ―lección de
estirpe gongorina, que
además somete el español
al severo cernido del
latín,
allí
donde las sumas se hacen
desde las restas,
paradoja tópica del
ardimiento empirista,
del objeto temporal
hecho emblema ejemplar―;
con lo cual, el sentido
se torna paradójico, él
mismo cuestionándose
como sinsentido. Lezama,
como bien sabemos, nos
pone a menudo
en dificultades porque
corta las amarras
referenciales (como
Vallejo en Trilce),
y es difícil
seguirlo cuando la
articulación no da
cuenta de una escena,
sino de un acto
puramente verbal, cuya
sintaxis es capaz de
liberarse del referente
al punto de que la
verificación es
improbable. Otras veces,
en cambio, la sintaxis
es suficiente para
articular todas las
partes en discordia,
revelando su trama viva,
como ocurre en el bien
conocido “Himno para la
luz nuestra”:
De la inteligencia de la
misa
a los placeres de la
mesa,
el rayo vital no cesa
de engrandecerse con la
vista.
Todo el archivo barroco
ha escrito estos versos
para verse celebrado en
una página cubana. Tiene
la función de un
teorema: de esto a lo
otro, lo vivo crece en
nuestra mirada. La
sintaxis suma dos
ceremonias vivificantes,
el rito religioso y la
buena
mesa. Inteligencia es
también la capacidad de
religar, el fundamento
de creer. Y el
“rayo vital” sugiere el
asombro de lo vivo, su
certidumbre. Es notable
cómo lo novedoso o
sorprendente de los
términos “inteligencia”
y “engrandecerse”
reorganiza el sentido,
construido en el
lenguaje, en la
ceremonia de
incorporaciones
que es el poema mismo.
La perspectiva verbal
actualiza y excede la
duración del
presente, pleno de
sentido en una sintaxis
casi geométrica, que
escenifica el levemente
festivo entramado de
misa y mesa. Pero es el
“rayo” lo que atraviesa
la escenificación al
irrumpir con su
escritura de arrobo
milagroso (milagro
quiere decir ver más).
La vista es la parte del
lector: como siempre,
Lezama le cede la
resolución al lector, y
gesta en la lectura el
desenlace de las
articulaciones: es el
sujeto quien responde
por el mundo,
humanizado, justamente,
por la capacidad
epifánica (más mundana
que áurea) de la
sintaxis sumaria. Han
contribuido a
esclarecer el
pensamiento poético en
la obra de Lezama los
estudios de Carmen Ruiz
Barrionuevo y Ester
Gimbernat de González;
Enrico Mario Santí
observó que las
erratas y errores en la
escritura de Lezama
sugerían una refutación
de las figuras de
autoridad.
La noción del “himno”,
además, es de estirpe
clásica: postula que
conforme el poema
progresa el lenguaje y
su lector viven el
proceso epifánico que
parte del elogio, sigue
en el canto y nos sume
en lo numinoso. Ese
procedimiento formal
suscita verbalmente
(sintaxis del ver más),
verso por verso, la
escala ascendente de un
tránsito visionario.
Lezama, con su sentido
instantáneo de la
diferencia americana,
canjea a los dioses y
héroes del himno por “la
luz nuestra”, por
la transparencia de la
mirada que tributa los
trabajos y alegrías de
morar. De modo que en
este memorable poema
“himno” se articula a
“luz nuestra” en una
sintaxis de
abundancia y fecundidad.
Lo resume muy bien
Gimbernat de González:
“La voz y la
luz: tiempos que se
conjugan” (15). El
entramado del canto
clásico y la suficiencia
caribeña, así,
crean este nuevo objeto
poético y cultural de
las sumas americanas,
que a su vez presupone a
un sujeto de la
diferencia; esto es, a
un mediador del presente
preñado de futuro o de
“futuridad”, que
es una palabra que ha
entrado
recientemente al
Diccionario español,
pero está hace tiempo en
el Caribe.
En Paradiso se
trata de la
representación del
objeto cultural
producido por el
tejer del tiempo y el
atravesar del rayo que
no cesa. Lo
verdaderamente infernal
del Inferno
dantesco es el hecho de
que sus círculos no
están articulados, sino
que son representados
como ámbitos aislados,
configurando una
topología de la penuria
mayor: aquello que es
impensable. Lo infernal
es lo que no respira en
el lenguaje y nos
condena a la repetición.
Por eso solía decir
Darío que los malos
poemas no
acaban nunca.
Paradiso, en cambio,
es un sistema donde todo
tiene que ver con todo,
y donde la
cristalización, y la
epifanía en el caso de
la poesía, es
consecuencia de una
escritura de
asedio, aprendizaje y
construcción del lugar
de la literatura en la
reconstrucción de la
nación. Por eso, la
novela más poética de la
lengua española es
también la más
programática.
Paradiso podría
leerse hoy como la
Retórica americana para
construir un mundo
propio a partir de los
saberes heredados;
mundo o figura del
mundo, tan raigal como
universal. En los
trabajos de Lezama,
América Latina es
la cristalización de las
sumas de la cultura.
Pero lo extraordinario
es que Lezama no asume
la tradición con el
dictamen de la identidad
aristotélica ―la cosa
para ser ella misma no
puede ser otra―, sino
que invierte la lógica
causal para,
programáticamente,
ensayar la identidad de
lo alterno ―no el
principio de lo
idéntico, sino el de la
alteridad; no lo
homogéneo, sino lo
diferente―, con lo cual
la representación no es
el producto de un origen
histórico
razonado, sino la
invención del mundo
desde la comarca y la
reinvención de lo local
desde la
multiplicidad. Se trata,
en efecto, de la
representación americana
de la abundancia, de esa
producción del sentido
en el tejer del texto y
el iluminar de la
mirada, que promueven el
nuevo mapa del entramado
cultural, que reinscribe
sus orígenes (mundiales
y locales: clásicos,
taínos, africanos) para
actualizarlos en los
frutos nacidos del
entrecruzamiento de las
culturas. Por eso, dice
Lezama que hay que
reinvencionar la
naturaleza en la cultura
y en el hombre,
devolverles el principio
natural de la
abundancia. Leemos en la
novela:
“Sabían
que el conformismo en la
expresión y en las
ideas, tomaba en el
mundo contemporáneo
innumerables variantes y
disfraces, pues exigían
del intelectual la
servidumbre, el
mecanismo de un absoluto
causal, para que
abandonase su posición
verdaderamente heroica
de ser, como en las
grandes épocas, creador
de formas, el saludador
de lo viviente creador y
acusar de lo
amortajado en bloques de
hielo, que todavía osa
fluir en el río de lo
temporal.”
Si el nuevo objeto
cultural ha inventado
una cultura barroca
sobre la cual el
discurso crea un
habitat de la
abundancia, se trata, en
consecuencia, de gestar
un sujeto de lo nuevo,
un agente histórico
capaz de exceder la
lógica causal, que nos
daría una explicación
genealógica, documentada
por el museo, y suscitar
las nuevas formas y
valores, el himno de lo
vivo. Lo que Lezama, a
propósito del sacrificio
de Martí, llamó
“La eticidad de la Luz”.
La metáfora, (la vía del
“conocimiento
metafórico”) nos dice,
es la cristalización de
la historia en el
lenguaje, en la imagen.
Y concluye: “En
toda obra de
esencialidad hay una
ruptura de las series y
un
comienzo, como en la
profundidad abisal de un
hecho revolucionario”.
También por ello Lezama
Lima se separa del
método crítico de Eliot,
basado en la estética de
lo fragmentario, las
ruinas y lo residual
―esto es, en el discurso
de la
carencia, en la “tierra
baldía” de los “hombres
huecos”―;
una estética en la que
los viejos mitos
demuestran el extravío
escéptico de la promesa
de lo moderno. Y, así
mismo, resiste ser
demasiado comparado con
Proust y su
reconstrucción
memoriosa,
ya que no se entiende
como un arqueólogo de
los saberes del archivo
de la memoria, cuya
materia no se resigna a
convertir en pasado. Y
prefiere el
desencandenamiento
del relato, que
rescribe la memoria
heroica como ironía en
las novelas de Joyce;
mientras que en la
poesía de Pound la
iluminación del pasado
es una lección que el
presente, el lenguaje,
hace válida. César A.
Salgado ha discutido con
provecho esta
intersección de Lezama
en el sistema modernista
internacional en su
libro From modernism
to neobarroque: Joyce
and Lezama Lima,
especialmente en lo que
respecta a la
metodología lezamiana de
la “reapropiación”. El
diálogo que el grupo
Orígenes, la revista del
mismo nombre, y la obra
de Lezama Lima entabló
con la modernidad
internacional, con el
gran modernismo de las
rupturas que propiciaron
Joyce, Bretón, Pound,
Eliot, y también Vallejo
y Borges, fue intenso y,
varias veces,
íntimamente polémico. En
Orígenes,
precisamente, se
verifica esa
conversación a
través de la traducción,
que incluye los grandes
momentos fundadores de
las
Iluminaciones,
de Rimbaud y Un golpe
de dados, de
Mallarmé, ambos
traducidos por
Cintio Vitier, mientras
que Lezama parece
haberse sentido más afín
virtiendo un
canto boscoso de Saint
John Perse. Muy temprano
había Lezama definido su
método crítico,
que ensayó fecundamente
en sus ensayos como una
verdadera poética. Es
probable que el
encuentro con la obra
crítica, breve pero
decisiva, de Robert
Curtius le haya
descubierto un proceder
analítico creativo en
los reordenamientos
histórico-literarios.
Auerbach, discutiendo la
calidad de síntesis ―una
idea más intelectual que
documental a la
hora de establecer las
formas sumarias de
articulación literaria―
desplegada por Curtius,
lo precisa muy bien: “En
cualquier caso, nuestra
morada filológica
es el mundo: no puede
serlo más la nación. La
parte más valiosa e
indispensable de la
heredad de un filólogo
es la cultura y el
lenguaje de su nación,
pero solo cuando se
separa de esa heredad y
la trasciende, es que
ella se hace
verdaderamente
efectiva”. Contamos con
un creciente archivo de
crítica y
documentación de Lezama
Lima, gracias a las
compilaciones de Leonor
y Justo Ulloa;
así como a las ediciones
de Javier Fornieles, que
ha reunido, entre otros
tomos, el de
la Correspondencia
entre María Zambrano y
José Lezama; y también a
las tareas
enciclopédicas de Iván
González Cruz, que ha
editado secciones del
archivo de Lezama desde
la Universidad de
Valencia.
Ese debate es intrínseco
al lugar de la
literatura contemporánea
de inspiración cultural,
ya que su estatuto se
decide como discurso
capaz de pensar los
procesos y apuntalar los
cambios en el sistema de
la cultura. Y en ese
debate, Lezama
conceptuliza la
alternativa de un
reordenamiento del
diálogo cultural, que
concibe ya no como
causal, en tanto fuente,
inspiración o modelo,
sino como una versión
americana de la historia
y la memoria recibidas
que deben, ahora, ser
reordenadas, esto es,
redimensionadas como
discurso de los
orígenes, no del pasado,
sino del porvenir. El
futuro que se proyecta
en las fuentes y la
memoria que habita el
porvenir, abren la
escena de un presente
urgido de un mapa que dé
cuenta de esa
interpolación de tiempos
en la lectura. En lugar
de leer hacia atrás para
consagrar los monumentos
discursivos que nos
conforman, Lezama
propuso leer desde la
“sobrenaturalaza”, ese
escenario de un lenguaje
del conocimiento
poético, cristalización
del tejido y la mirada;
es decir, propuso leer
hacia adelante y
desencadenamente, desde
el presente hecho más
compartido, y hacia el
devenir de las sumas de
goliardos y metafísicos,
que celebran el diálogo
en el Atheneum. Pero
sabiendo que las
síntesis metafóricas
pensaban un nuevo lector
para una nueva idea
del libro, llamó
Paradiso a esa casa
imaginaria de los
jóvenes filólogos que
discuten
la estética de Dante y
la ética de Martí. De
modo que mientras
formulaba el método y
ponía a prueba la teoría
cultural del texto
hispanoamericano como
“tejido” y “luz”,
Lezama iniciaba, como la
demostración formal de
su metodología de sumas
restadas, el otro
diálogo articulatorio de
su proyecto, el
entramado de las fuentes
españolas y el
intercambio con sus
escritores más afines,
como Juan Ramón
Jiménez, María Zambrano,
Vicente Aleixandre y
otros.
|
 |
Estos apetitos del
diálogo comienzan con el
famoso “Coloquio con
Juan
Ramón Jiménez” (Revista
Cubana, La Habana,
1938), en el cual Lezama
reconstruye, en
su propio estilo
barroquizante, la parte
del otro, reapropiando
la voz del poeta español
desde la proyección de
la suya. Esa suma de
voces forja la
extraordinaria metáfora
de un nuevo tramado
verbal que sustenta una
imagen transatlántica.
En efecto, el operativo
de las sumas cristaliza
como diálogo,
articulando las orillas
del
español no en la
geografía, sino en el
entramado de la voz y la
escritura. Ese nuevo
espacio
dialogante es la primera
iluminación
contemporánea de un
proceso
desencadenado por el
modelo dialógico del
Inca Garcilaso de la
Vega ―con el Inca tío,
con los
historiadores y
cronistas de su tiempo,
con los nuevos mestizos,
con
Petrarca― y de Guarnan
Poma de Ayala ―con el
Rey, con las culturas
plurales, con las
nuevas voces sociales.
Intercambio
transatlántico que, por
lo demás, había sido el
espacio de la
interlocución de Sor
Juana Inés de la Cruz, y
la apuesta de Cervantes
al sumar las
visiones y promesas de
la otra orilla; pero
también el trueque de
valores sensoriales en
el gabinete barroco de
Góngora. Modernamente,
Rubén Darío se habrá de
mudar al francés para
rehacer la dicción del
español de su tiempo,
con lo
cual no mejoró la
calidad de la
conversación en España,
sino que cambió la
poesía en
español. Enseguida,
Alfonso Reyes, Pedro
Henríquez Ureña, Jorge
Luis Borges, del
lado de acá, y Valle
Inclán, Lorca, Larrea y
Alberti, del lado de
allá, y tantos otros,
entre viajes, estancias
y exilios, demostraron
la capacidad intelectual
de las formas
reflexivas en ese
intercambio, mezcla,
tejido y entramado. Juan
Ramón Jiménez debe
haber percibido
la demanda de esa voz
del otro que resonaba
como suya, porque
escribió una advertencia
para la publicación del
“Coloquio…”:
“En las opiniones que
José Lezama Lima ‘me
obliga a escribir con su
pletórica
pluma’ hay ideas y
palabras que reconozco
mías y otras que no.
Pero lo que no reconozco
mío tiene una calidad
que me obliga también a
no abandonarlo como
ajeno. Además, el
diálogo está en algunos
momentos fundido, no es
del uno ni del
otro, sino del espacio y
el tiempo medios. He
preferido recoger todo
lo que mi amigo
me adjudica y hacerlo
mío en lo posible, a
protestarlo con un no
firme, como es necesario
hacer a veces con el
supuesto escrito ajeno
de otros y fáciles
dialogadores.”
Hay diálogos y diálogos,
advierte Juan Ramón. Y
este es de los que abren
camino desde la amistad,
ecuación consagrada por
el Quijote, esa
máxima protesta por la
mejoría de la calidad
del diálogo en español.
A María Zambrano, en
cambio, le devuelve la
palabra de humor, con la
intimidad traviesa de
una amistad ampliamente
correspondida:
Las olitas jónicas del
Mediterráneo,
los gatos que
utilizaban la palabra
como,
que según los egipcios
unía todas las cosas
como una metáfora
immutable,
le hablaban al oído
Pero, como vemos, aun en
el juego habla la poesía
que articula el mundo
clásico y el Nilo
inmutable, gracias al
signo que abre la serie
comparativa, ese delta
sintáctico que es
propio del barroco,
pleno de símiles cuya
diversidad se ha vuelto
unitaria gracias a la
voz.
A propósito de la serie
de retratos del lúgubre
Felipe
II,
que Antonio Saura
ejecutó, según dijo
buscando “liberarse...
del peso de la
historia”, Lezama
encontró espacio para
incluir otra cita de su
Gabinete. En el Catálogo
de la exposición
(Madrid, 1973), le
convida al pintor a
probar del barroco
americano:
“La gran poesía española
desató las cenizas
convirtiéndolas en
mariposa, e
igualó el erizo, que
juega en el índice del
Diablo, con el zurrón de
la castaña. Pero
antes hay que destruir
la cripta cenizosa, la
cual que retuerce los
huesos, la sal que
destruye los metales y
los árboles. Saura sabe
que hay que lograr los
hechizamientos
del chocolate reavivando
las cenizas del
ahorcado, llevándolas al
despertar del nuevo
cuerpo evaporado.”
Contra las cenizas, el
chocolate. El arte, nos
dice, levanta una imagen
del tiempo barroco, la
taza reconfortante,
frente a la “ceniza y
cal”, esa tachadura
mortal.
La recuperación del
barroco de la
abundancia, que celebra
la inmanencia de los
objetos del Nuevo Mundo,
así como las texturas
del mundo de las sumas
propicias desencadenadas
por los operativos de la
mezcla, recuperan
también,
desde Garcilaso y
Góngora hasta María
Zambrano y Aleixandre,
las varias orillas del
español en “el
anfiteatro del Caribe”.
Allí donde termina con
la escritura de Lezama
una “era
imaginaria”; y, a partir
de nuestras lecturas de
Lezama, comienza otra.
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