Año IX
La Habana
4 al 10
de DICIEMBRE 
de 2010

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Lezama y los contenidos de la fe católica

Mons. Carlos Manuel de Céspedes • La Habana

Foto: Cortesía de la Casa Lezama

 

1. Mi breve intervención aparece en el programa bajo el título “Lezama y la fe”. Me parece conveniente aclarar que se trata de considerar la relación de Lezama con los contenidos de la fe católica. ¿Fue católico o no José Lezama Lima? Estimo que, en su caso personal, no existen indicios de otra confesión religiosa, cristiana o no. Aunque fue un hombre ecuménico, no tuvo relaciones de vinculación personal ni con las confesiones religiosas evangélicas presentes en Cuba, ni con las formas sincréticas, derivadas de las religiones africanas y de un cierto catolicismo mal digerido. Además, confieso que no me gusta hurgar en un tema que, en última instancia, está vinculado con el sagrario de la conciencia personal, trátese de Lezama o de cualquiera de nosotros. Me desagrada escarbar en las conciencias ajenas y, mucho más, la pretensión de que en ese ámbito podemos llegar a resultados contundentes, de naturaleza marmórea. 

2. ¿Qué sucedería si dejáramos hablar al propio Lezama; si lo llamamos para que nos presente su vida real y se exprese sobre el tema de su conciencia religiosa personal? Pienso que esos son los únicos accesos a una respuesta aceptable. Sus textos están editados y los hechos y actitudes de su vida, nos son suficientemente conocidos. No fue una existencia oculta, sino muy visible para todos los que fuimos sus paisanos habaneros. 

3. Las limitaciones de esta presentación imposibilitan analizar detalladamente textos y hechos o actitudes. Citaré algunos textos esclarecedores y no hago trucos, ni oculto cartas de baraja en la manga. Considero suficientemente evidente la identificación del Poeta con el Catolicismo, en el nivel de sus convicciones religiosas más profundas y definitorias de su manera de ser, aunque él no haya sido durante toda su existencia un católico muy asiduo a la Misa dominical y a otras prácticas religiosas comunitarias y visibles. No ignoro que algún especialista podría salirme al encuentro con un sable, apoyado en textos que permitirían considerar a Lezama como exponente, no de otra religión que no fuese la católica, pero sí como un católico ambiguo en algunas de sus convicciones de carácter filosófico; es decir, como un católico heterodoxo u “órfico”, como lo han llamado algunos amigos. A partir de algunas citas, sea de textos poéticos, sea de su prosa, narrativa o ensayística, estos autores han apuntado hacia un cierto dualismo neoplatónico o gnóstico, de corte alejandrino, que parecería asomarse por debajo de los textos, como una especie de refajo indiscreto. Si esto fuera así, eso sería equivalente a afirmar la ambigüedad mencionada, distante en mayor o menor grado del Cristianismo de Nuestro Señor Jesucristo. 

4. Estimo que todo se resolvería situando esos textos provocadores en su contexto literario y en el marco insustituible de la propia vida de Lezama. Además, no deberíamos dejar de tener en cuenta el pluralismo de las expresiones textuales, artísticas y vitales en el interior del Cristianismo, y que, una cosa es ser católico y otra es que, a pesar de esas convicciones, una vez más que otra, nuestro autor haya sacado los pies del plato y haya sufrido algún resbaloncillo —dogmático, ético o simplemente literario—, que no disminuye la certeza de sus convicciones, sino simplemente solidariza al Poeta con la fragilidad humana que todos compartimos. ¿Quién entre nosotros no padece leves contradicciones de esta índole? “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn.8, 7). Así dijo Jesús ante la mujer sorprendida en adulterio y los evangelios nos recogen la escena. No sé si aquí habrá alguno, pero pueden estar seguros de que el tirador callejero de seborucos aplastantes no voy a ser yo, toallero por naturaleza que, en mi no corta vida, lo que me he esforzado en aprender a tirar son las flores. O mejor: no a tirarlas, sino a ofrecerlas. Y con las mejores razones, las ofrezco también a Lezama, uno de los habaneros a quien más he admirado y a quien estamos agradecidos, por el disfrute que nos permiten sus letras y porque nos ha enseñado, con sus textos y con su vida, las carambolas de la existencia, vivida en los entresijos de La Habana verdadera, la casi secreta, esa que con frecuencia se nos escapa o, simplemente no percibimos. No la otra, La Habana de bullangas y colorines, que nos topamos en cada esquina. 

5. Por otra parte, me parece que no deberíamos pedir a Lezama las precisiones filosóficas y teológicas, propias de la literatura magisterial católica. Lezama fue un poeta y prosista pluriforme, muy fecundo y de calidad superior y, con respecto al tema que nos ocupa, tenía una formación intelectual autodidacta, muy superior a la media de los católicos habaneros de la época. Cito algunos ejemplos ilustrativos o, quizá mejor, iluminadores de la fe católica de Lezama: -la Plegaria Tomista, incluida en los Tratados en La Habana (p. 46, Instituto Cubano del Libro, 2009); -la Loanza de Claudel, 11 de marzo de 1955 (ibíd. p. 72); -los tres Sonetos a la Virgen, incluidos en su Poesía Completa (p. 36), exponentes de una finísima mariología católica; -el extenso y singular poema San Juan de Patmos ante la Puerta Latina (ibíd. p. 61), que denota tanto una antropología y una eclesiología católica, como una espiritualidad de la misma índole y de corte más bien tradicional; -del capítulo III de Paradiso, la conversación de Augusta, en Jacksonville, con Florita Squabs, que establece de manera explícita el distanciamiento frente a la religiosidad reformada de los Squabs. Me parece que estas citas, tomadas de los diversos géneros literarios que abordó Lezama podrían multiplicarse; me parece, sin embargo, que estas son suficientes para esclarecer este breve excurso. 

6. Tengo la impresión de que antes de la publicación de Paradiso, o sea, antes de 1966, y tomando muy en cuenta no solo la revista Orígenes, sino también las otras en cuya dirección figuró nuestro Poeta de Trocadero, así como sus poemas, artículos y numerosas conferencias, nadie osaba hurtar el calificativo de católico a Lezama. Se solía decir que no era un católico practicante regular y piadoso, pues no era hombre de Misa dominical —aunque, al parecer, en los tiempos de los convivios en Bauta sí lo era—, ni de comunión frecuente; ni se contaba entre los miembros de la Acción Católica o de los Caballeros de Colón, pero se casó por la Iglesia de manera muy visible y en su vida se multiplicaron los gestos de relación con católicos; se repetía, por fas y por nefas, que en las frecuentes discusiones sobre temas religiosos con su amigo Mons. Gaztelu, en las que aparentemente discrepaban, el sacerdote apresuraba el punto final diciendo al Poeta: “¡Lezama, no olvide que Vd. es católico!”, a lo que Lezama solía reaccionar diciendo: “Gaztelu, recuerde Vd. que yo soy católico a mi manera”, a lo que Gaztelu replicaba inmediatamente, como quien muerde una guindilla picante: “¡Lezama, esa es la mejor manera de no ser católico!”. Esta especie de discusión jocosa terminó por convertirse en el ritual obligado para dar paso a otro tema de conversación y eludir así una disputa de carácter religioso que amenazaba con resultar tediosa para los contertulios. 

7. En el párrafo anterior incluí la expresión “aparentemente discrepaban” porque no hace falta haber sido amigo muy cercano de Lezama para saber de su sentido del humor y de la introducción, en escritos y en conversaciones, de dichos provocadores que no pretendían darnos una lección de lógica aristotélica, sino incluir salpicas de pimienta y un tantico de orégano de la tierra y de chile habanero y de otras sazones para lograr un mejor gusto en el tema. Amén de que, a mi entender, hasta podríamos hacer una exégesis positiva de la conocida expresión “católico a mi manera”, si se la entiende según los buenos humores: es decir, que se es católico no a la manera de otro, ni por la adopción epidérmica de esquemas que, en el mundo interior personal, no se sustentan. La expresión podría expresar que se es católico de manera personal; según el estilo personal. O sea, “ser católico a mi manera”, podría significar que interiorizo el Catolicismo en mi propio yo, sin que deje de ser, simultáneamente, el mismo Catolicismo de las “reglas de la fe”. Desde los tiempos apostólicos, lo sabemos, el Catolicismo es único y, al mismo tiempo, pluriforme en las expresiones de la fe que no afectan su sustancia. 

8. Podemos continuar. ¿Por qué, entonces, esas dudas acerca de la calidad del catolicismo lezamiano, después de la publicación de Paradiso, su novela inmensa que es también poema de la mejor calidad? ¡Casi me da pena decir lo que pienso! Sencillamente porque muchos miembros de la Iglesia, a la que gustosamente pertenezco por la gracia de Dios, tanto algunos personajes notables, como personas sencillas de las sacristías habaneras, consideraron contradictorio con la fe católica el famoso capítulo VIII de la novela Paradiso, el del descenso a los Infiernos. 

9. Ese tipo de consideración negativa, que va mucho más allá del juicio literario y pretende llegar a la intimidad lezamiana, muestra, en primer lugar, un desconocimiento, bastante amplio como desconocimiento, del género literario “novela” y de ese género peculiar, el de “novela poetizada” o “poema novelado”; así como de las licencias que este género no solo permite, sino que incluye necesariamente: la progresión de la acción dramática y la expresión simbólica en un texto cuyo título evoca la Divina Comedia, de Dante y, quizá también, en sordina, el Paraíso Perdido, de Milton. En segundo lugar, muestra asimismo que cuando vio la luz la primera edición de la novela en 1966, muchos no entendieron ese capítulo y lo calificaron de “pornográfico”. ¿Pudo Lezama haber empleado otra forma de narración poética en ese capítulo? Claro que sí, pero la forma que escogió no debería ser un pivote de discernimiento del catolicismo lezamiano. 

10. Y es que, en términos generales, la mayoría de los católicos de entonces no leyeron a Lezama; no gustaron ni de su poesía, ni de su prosa y, consecuentemente, nunca entendieron al propio Lezama, y su personalidad singular, ni apreciaron Paradiso, como lo que es, la extraordinaria novela cubana del siglo XX. A Dios gracias, ese tsunami de beatería tosca y bobalicona no es lo que prima hoy en la Iglesia Católica en Cuba. Existe, pero no prima. Ni con relación a Lezama, cuya bonhomía es casi universalmente reconocida, ni con relación a casi nada. Puede sentirse, literariamente, gusto o no con relación a la obra de Lezama, pero eso es ya otra cosa. 

11. Lezama se empeñó, creo que siempre, en habituarnos a la verdadera Sabiduría, la que no solo acumula conocimientos, sino la que es capaz de establecer las más insólitas relaciones y crear con ellas una nueva realidad. De lo contrario, no sería ella misma. Permítaseme, como punto final, la mención breve a la “Rapsodia para el mulo”. Lezama, ante una pregunta acerca de la correspondencia del símbolo, habría afirmado: “El mulo soy yo”, confiriendo al poema un valor autobiográfico que nos aguijonea para lograr la mejor exégesis posible de la impar “Rapsodia…”. Recordemos las alusiones a los abismos, a los desfiladeros y a la faja que lleva el mulo porque Dios lo quiere; además, es Dios quien la aprieta, ella le impide la dispersión, y llega a permitirle el don de la creación. El mulo, por su parte, camina con lentitud pero adquiere el paso seguro y llega a ser capaz de encajar, a la entrada del abismo, los árboles húmedos: 

Con que seguro paso el mulo en el abismo (...) Paso es el paso, cajas de aguas, fajado por Dios/ el poderoso mido duerme temblando./ Con sus ojos sentados y acuosos/ al fin el mulo árboles encaja en todo abismo. (Íd. Ibíd. pp. 133 ss.)

 

Muchas gracias. 

La Habana, 30 de octubre de 2010 

Dossier realizado con la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo, a propósito del Centenario de José Lezama Lima.

 

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