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1. Mi breve intervención
aparece en el programa
bajo el título “Lezama y
la fe”. Me parece
conveniente aclarar que
se trata de considerar
la relación de Lezama
con los contenidos de la
fe católica. ¿Fue
católico o no José
Lezama Lima? Estimo que,
en su caso personal, no
existen indicios de otra
confesión religiosa,
cristiana o no. Aunque
fue un hombre ecuménico,
no tuvo relaciones de
vinculación personal ni
con las confesiones
religiosas evangélicas
presentes en Cuba, ni
con las formas
sincréticas, derivadas
de las religiones
africanas y de un cierto
catolicismo mal
digerido. Además,
confieso que no me gusta
hurgar en un tema que,
en última instancia,
está vinculado con el
sagrario de la
conciencia personal,
trátese de Lezama o de
cualquiera de nosotros.
Me desagrada escarbar en
las conciencias ajenas
y, mucho más, la
pretensión de que en ese
ámbito podemos llegar a
resultados contundentes,
de naturaleza marmórea.
2. ¿Qué sucedería si
dejáramos hablar al
propio Lezama; si lo
llamamos para que nos
presente su vida real y
se exprese sobre el tema
de su conciencia
religiosa personal?
Pienso que esos son los
únicos accesos a una
respuesta aceptable. Sus
textos están editados y
los hechos y actitudes
de su vida, nos son
suficientemente
conocidos. No fue una
existencia oculta, sino
muy visible para todos
los que fuimos sus
paisanos habaneros.
3. Las limitaciones de
esta presentación
imposibilitan analizar
detalladamente textos y
hechos o actitudes.
Citaré algunos textos
esclarecedores y no hago
trucos, ni oculto cartas
de baraja en la manga.
Considero
suficientemente evidente
la identificación del
Poeta con el
Catolicismo, en el nivel
de sus convicciones
religiosas más profundas
y definitorias de su
manera de ser, aunque él
no haya sido durante
toda su existencia un
católico muy asiduo a la
Misa dominical y a otras
prácticas religiosas
comunitarias y visibles.
No ignoro que algún
especialista podría
salirme al encuentro con
un sable, apoyado en
textos que permitirían
considerar a Lezama como
exponente, no de otra
religión que no fuese la
católica, pero sí como
un católico ambiguo en
algunas de sus
convicciones de carácter
filosófico; es decir,
como un católico
heterodoxo u “órfico”,
como lo han llamado
algunos amigos. A partir
de algunas citas, sea de
textos poéticos, sea de
su prosa, narrativa o
ensayística, estos
autores han apuntado
hacia un cierto dualismo
neoplatónico o gnóstico,
de corte alejandrino,
que parecería asomarse
por debajo de los
textos, como una especie
de refajo indiscreto. Si
esto fuera así, eso
sería equivalente a
afirmar la ambigüedad
mencionada, distante en
mayor o menor grado del
Cristianismo de Nuestro
Señor Jesucristo.
4. Estimo que todo se
resolvería situando esos
textos provocadores en
su contexto literario y
en el marco
insustituible de la
propia vida de Lezama.
Además, no deberíamos
dejar de tener en cuenta
el pluralismo de las
expresiones textuales,
artísticas y vitales en
el interior del
Cristianismo, y que, una
cosa es ser católico y
otra es que, a pesar de
esas convicciones, una
vez más que otra,
nuestro autor haya
sacado los pies del
plato y haya sufrido
algún resbaloncillo
—dogmático, ético o
simplemente literario—,
que no disminuye la
certeza de sus
convicciones, sino
simplemente solidariza
al Poeta con la
fragilidad humana que
todos compartimos.
¿Quién entre nosotros no
padece leves
contradicciones de esta
índole? “El que esté
libre de pecado, que
tire la primera piedra”
(Jn.8, 7). Así dijo
Jesús ante la mujer
sorprendida en adulterio
y los evangelios nos
recogen la escena. No sé
si aquí habrá alguno,
pero pueden estar
seguros de que el
tirador callejero de
seborucos aplastantes no
voy a ser yo, toallero
por naturaleza que, en
mi no corta vida, lo que
me he esforzado en
aprender a tirar son las
flores. O mejor: no a
tirarlas, sino a
ofrecerlas. Y con las
mejores razones, las
ofrezco también a
Lezama, uno de los
habaneros a quien más he
admirado y a quien
estamos agradecidos, por
el disfrute que nos
permiten sus letras y
porque nos ha enseñado,
con sus textos y con su
vida, las carambolas de
la existencia, vivida en
los entresijos de La
Habana verdadera, la
casi secreta, esa que
con frecuencia se nos
escapa o, simplemente no
percibimos. No la otra,
La Habana de bullangas y
colorines, que nos
topamos en cada
esquina.
5. Por otra parte, me
parece que no deberíamos
pedir a Lezama las
precisiones filosóficas
y teológicas, propias de
la literatura
magisterial católica.
Lezama fue un poeta y
prosista pluriforme, muy
fecundo y de calidad
superior y, con respecto
al tema que nos ocupa,
tenía una formación
intelectual autodidacta,
muy superior a la media
de los católicos
habaneros de la época.
Cito algunos ejemplos
ilustrativos o, quizá
mejor, iluminadores de
la fe católica de
Lezama: -la Plegaria
Tomista, incluida en los
Tratados en La Habana
(p. 46, Instituto Cubano
del Libro, 2009); -la
Loanza de Claudel, 11 de
marzo de 1955 (ibíd. p.
72); -los tres Sonetos a
la Virgen, incluidos en
su Poesía Completa
(p. 36), exponentes de
una finísima mariología
católica; -el extenso y
singular poema San Juan
de Patmos ante la Puerta
Latina (ibíd. p. 61),
que denota tanto una
antropología y una
eclesiología católica,
como una espiritualidad
de la misma índole y de
corte más bien
tradicional; -del
capítulo
III
de Paradiso, la
conversación de Augusta,
en Jacksonville, con
Florita Squabs, que
establece de manera
explícita el
distanciamiento frente a
la religiosidad
reformada de los Squabs.
Me parece que estas
citas, tomadas de los
diversos géneros
literarios que abordó
Lezama podrían
multiplicarse; me
parece, sin embargo, que
estas son suficientes
para esclarecer este
breve excurso.
6. Tengo la
impresión de que antes
de la publicación de
Paradiso, o
sea, antes de 1966, y
tomando muy en cuenta no
solo la revista
Orígenes,
sino también las otras
en cuya dirección figuró
nuestro Poeta de
Trocadero, así como sus
poemas, artículos y
numerosas conferencias,
nadie osaba hurtar el
calificativo de católico
a Lezama. Se solía decir
que no era un católico
practicante regular y
piadoso, pues no era
hombre de Misa dominical
—aunque, al parecer, en
los tiempos de los
convivios en Bauta sí lo
era—, ni de comunión
frecuente; ni se contaba
entre los miembros de la
Acción Católica o de los
Caballeros de Colón,
pero se casó por la
Iglesia de manera muy
visible y en su vida se
multiplicaron los gestos
de relación con
católicos; se repetía,
por fas y por nefas, que
en las frecuentes
discusiones sobre temas
religiosos con su amigo
Mons. Gaztelu, en las
que aparentemente
discrepaban, el
sacerdote apresuraba el
punto final diciendo al
Poeta: “¡Lezama, no
olvide que Vd. es
católico!”, a lo que
Lezama solía reaccionar
diciendo: “Gaztelu,
recuerde Vd. que yo soy
católico a mi manera”,
a lo que Gaztelu
replicaba
inmediatamente, como
quien muerde una
guindilla picante:
“¡Lezama, esa es la
mejor manera de no ser
católico!”. Esta
especie de discusión
jocosa terminó por
convertirse en el ritual
obligado para dar paso a
otro tema de
conversación y eludir
así una disputa de
carácter religioso que
amenazaba con resultar
tediosa para los
contertulios.
7. En el párrafo
anterior incluí la
expresión “aparentemente
discrepaban” porque no
hace falta haber sido
amigo muy cercano de
Lezama para saber de su
sentido del humor y de
la introducción, en
escritos y en
conversaciones, de
dichos provocadores que
no pretendían darnos una
lección de lógica
aristotélica, sino
incluir salpicas de
pimienta y un tantico de
orégano de la tierra y
de chile habanero y de
otras sazones para
lograr un mejor gusto en
el tema. Amén de que, a
mi entender, hasta
podríamos hacer una
exégesis positiva de la
conocida expresión
“católico a mi manera”,
si se la entiende
según los buenos
humores: es decir, que
se es católico no a la
manera de otro, ni por
la adopción epidérmica
de esquemas que, en el
mundo interior personal,
no se sustentan. La
expresión podría
expresar que se es
católico de manera
personal; según el
estilo personal. O sea,
“ser católico a mi
manera”, podría
significar que
interiorizo el
Catolicismo en mi propio
yo, sin que deje de ser,
simultáneamente, el
mismo Catolicismo de las
“reglas de la fe”. Desde
los tiempos apostólicos,
lo sabemos, el
Catolicismo es único y,
al mismo tiempo,
pluriforme en las
expresiones de la fe que
no afectan su
sustancia.
8. Podemos continuar.
¿Por qué, entonces, esas
dudas acerca de la
calidad del catolicismo
lezamiano, después de la
publicación de
Paradiso, su
novela inmensa que es
también poema de la
mejor calidad? ¡Casi me
da pena decir lo que
pienso! Sencillamente
porque muchos miembros
de la Iglesia, a la que
gustosamente pertenezco
por la gracia de Dios,
tanto algunos personajes
notables, como personas
sencillas de las
sacristías habaneras,
consideraron
contradictorio con la fe
católica el famoso
capítulo
VIII
de la novela Paradiso,
el del descenso a
los Infiernos.
9. Ese tipo de
consideración negativa,
que va mucho más allá
del juicio literario y
pretende llegar a la
intimidad lezamiana,
muestra, en primer
lugar, un
desconocimiento,
bastante amplio como
desconocimiento, del
género literario
“novela” y de ese género
peculiar, el de “novela
poetizada” o “poema
novelado”; así como de
las licencias que este
género no solo permite,
sino que incluye
necesariamente: la
progresión de la acción
dramática y la expresión
simbólica en un texto
cuyo título evoca la
Divina Comedia,
de Dante y, quizá
también, en sordina, el
Paraíso Perdido,
de Milton. En segundo
lugar, muestra asimismo
que cuando vio la luz la
primera edición de la
novela en 1966, muchos
no entendieron ese
capítulo y lo
calificaron de
“pornográfico”. ¿Pudo
Lezama haber empleado
otra forma de narración
poética en ese capítulo?
Claro que sí, pero la
forma que escogió no
debería ser un pivote de
discernimiento del
catolicismo lezamiano.
10. Y es que, en
términos generales, la
mayoría de los católicos
de entonces no leyeron a
Lezama; no gustaron ni
de su poesía, ni de su
prosa y,
consecuentemente, nunca
entendieron al propio
Lezama, y su
personalidad singular,
ni apreciaron
Paradiso,
como lo que es, la
extraordinaria novela
cubana del siglo
XX.
A Dios gracias, ese
tsunami de beatería
tosca y bobalicona no es
lo que prima hoy en la
Iglesia Católica en
Cuba. Existe, pero no
prima. Ni con relación a
Lezama, cuya bonhomía es
casi universalmente
reconocida, ni con
relación a casi nada.
Puede sentirse,
literariamente, gusto o
no con relación a la
obra de Lezama, pero eso
es ya otra cosa.
11. Lezama se empeñó,
creo que siempre, en
habituarnos a la
verdadera Sabiduría, la
que no solo acumula
conocimientos, sino la
que es capaz de
establecer las más
insólitas relaciones y
crear con ellas una
nueva realidad. De lo
contrario, no sería ella
misma. Permítaseme, como
punto final, la mención
breve a la “Rapsodia
para el mulo”.
Lezama, ante una
pregunta acerca de la
correspondencia del
símbolo, habría
afirmado: “El mulo soy
yo”, confiriendo
al poema un valor
autobiográfico que nos
aguijonea para lograr la
mejor exégesis posible
de la impar “Rapsodia…”.
Recordemos las
alusiones a los abismos,
a los desfiladeros y a
la faja que lleva el
mulo porque Dios lo
quiere; además, es Dios
quien la aprieta, ella
le impide la dispersión,
y llega a permitirle el
don de la creación. El
mulo, por su parte,
camina con lentitud pero
adquiere el paso seguro
y llega a ser capaz de
encajar, a la entrada
del abismo, los árboles
húmedos:
Con que seguro paso el
mulo en el abismo (...)
Paso es el paso, cajas
de aguas, fajado por
Dios/ el poderoso mido
duerme temblando./ Con
sus ojos sentados y
acuosos/ al fin el mulo
árboles encaja en todo
abismo. (Íd. Ibíd. pp.
133 ss.)
Muchas gracias.
La
Habana, 30 de octubre de
2010
Dossier realizado con la
colaboración del Instituto
de Literatura y
Lingüística José Antonio Portuondo,
a propósito del
Centenario de José Lezama
Lima. |