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“Yo quise
explicar y no sé si lo
conseguí
porque soy
premioso de palabra*.”
Desde la insularidad
creativa ―y geográfica—
cubana, Lezama se
proyecta en la
recepción como mito,
utopía, contracanto,
agua insondable,
oscilante entre el vaho
del peyote y la
ardiente luminosidad de
la teogonía. Para
reflejar ese monstruo la
crítica ha insistido en
perfiles temáticos, en
bloques estructurales,
en personajes de
síntesis y volumen, en
el remonte de las
corrientes o el estilo
que trasciende rótulos.
Lo estrictamente
lingüístico ha tenido
algo menos de fortuna
entre los exégetas,
porque
parece pecado y tarea
ardua buscar rasgos que
caractericen a textos
específicos y que tengan
dentro de ellos una
función, definible en su
regularidad.
Vale arriesgarse,
entonces, e ir al
encuentro de una
expresión singular, que
lo es no solo por efecto
de la virtud
estilística, sino por el
intento de servir de
esqueleto y vehículo a
una teoría de la
identidad cultural
americana (Mataix 2000)
en que lo lingüístico
tiene un papel de primer
orden.
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Como la reflexión
metalingüística y
metacultural se erigen
en puntos máximos de la
construcción de esa
teoría, cabría comenzar
por el desentrañamiento
de dos textos en que
Lezama comenta
explícitamente las
características del
instrumento expresivo
con que cuenta. Son los
ensayos “Nacimiento de
la expresión criolla1”
(1957) y “Verba
criolla” (1953). En el
primero se aborda el
surgimiento de
singularidades
lingüísticas y
expresivas en el ámbito
americano y cubano. Ese
suceso se coloca en el
siglo XIX, y como
resultado de dos
tendencias opuestas y
complementarias: la de
los intelectuales
sometidos a los dictados
de normas y modelos, o
figuras sin escuela por
su singularidad,
y la de la otra
“corriente sumergida”,
cuyos modos “nos dan
rebrillo y liberación de
la casa metropolitana”
(Lezama 1997a: 7).
Así, en la originalidad
y en el rechazo de la
condición subalterna de
la imitación, se ubica
la independencia verbal
que aquí recibe el
nombre de “expresión
criolla”, y cuya
característica formal se
describirá, a partir de
la equiparación con el
arte de la escultura o
la arquitectura, en
términos de “retablos
verbales”
(Lezama1997a:7).
Autores, metros, lugares
(México, Venezuela,
Argentina, Uruguay,
Cuba) están, mencionados
o inferidos, en una
textura sazonada de
resonancias. Se ha
hablado de Martí como
caso
creativo, por ejemplo,
en su capacidad para la
variedad métrica, y en
la virtud sonora de
su creación, pero
en el siguiente párrafo,
que trata sobre el
decurso lingüístico
contrastado de España y
América, en sus
tendencias y voces,
Martí está entero en el
encadenamiento de los
contextualizadores, que
aumentan la tensión
narrativa; en la
preferencia por ciertos
vocablos; en la índole y
disposición de los
adyacentes nominales; en
la eficacia de la
oración hendida y en el
cierre inesperado: “En
las fiestas de Nevruz,
en la Persia del libro
de las leyendas, al
comienzo del año y de la
primavera, se volcaba
en la gran feria,
junto con el primor
nativo, hecho a vista de
todos, con el aviso de
la visita de lo
desconocido y
maravilloso, hasta que
en el cansancio del fin
de la feria, llegaba el
indio con el caballo
encantado” (Lezama
1997a: 8).
Lo americano va
construyendo el texto de
diferentes maneras: por
acá un cubanismo —“avispa”
como índice de
agudeza fina e
incisiva―, usos que
denuncian el carácter
rural y
arcaico de la voz
americana: “estanciero”,
“ombú”, “tabaco”,
“ñandú”, “caimán”,
“galpón”; a veces
con sus explicaciones:
“facón para el
cuchillo sudado, redomón
para el potro de la
costumbre del hombre
rural, con los malones,
es decir, con los
indios”, y otras
incrustado allí
como por derecho:
“gauchos”, “fifís”, “tequilero”.
Pero también está en el
espinazo musical y
plástico de ese ser,
agudo en el “cielito”,
machihembrado en el
“corrido”, fresco
en la poesía del pregón,
bailado en el “jarabe”,
mientras suena de fondo
el guitarrero y su
instrumento. El artista
es José Guadalupe
Posada, que pone a
sonreírse a la muerte,
―y a los hombres
a reír con ella—, y
Diego Rivera, que lo vio
perder la individualidad
y fundirse, anónimo, en
el hacer del arte joven
americano.
Más allá de la palabra
marcada y los nombres de
la contribución, el ser
cultural y
lingüístico americano se
crea en el diálogo con
una literatura y una
tradición verbal que
no se conforma
con recibir, sino que la
pone “en activo, con
desconfianza, con
encantamiento, con
atractiva puericia”
(Lezama 1997a:8).
La voz criolla se
levanta, a juicio de
Lezama, del sitio en que
dejó de ser eficaz la
expresión española, de
aquella sátira, de sus
personajes de “mazapanes
verbales”, de la
confluencia del fondo
quevediano con la forma
gongorina —o lo
contrario―, trasmutada
o acrecida por el
empeño de “lo bonito”,
de lo doméstico, de lo
popular, de lo
descriptivo visual, del
“refinamiento” y “sabor”
de la naturaleza. Ajuste
al contenido
moral, agudeza y nota
singular caracterizarán
esa habla y garantizarán
su independencia
(Lezama 1997a: 13).
Pero la expresión
poética se alcanzará
también para un registro
más amplio, que incluye
todo tipo de mensaje
escrito u oral y
tradición sabrosa: parte
de los cronistas de
Indias,
que “hablan porque el
paisaje les dicta”
(Lezama 1997a: 23) y
pasa por la síntesis de
las
inscripciones, la
paradoja de los
estribillos, la cadencia
rítmica de los anuncios.
Son
voces que se salen de
las corales y con sus
autores, personajes
anónimos, lectores de un
solo libro, “nacieron
para quedarse, pues
tienen del mineral, de
la costumbre y del
milagro” (Lezama 1997 a:
15).
No es casual, entonces,
que Lezama esté
repitiendo en este texto
los vocablos “querencia”
y su adjetivo
“querencioso”, en tanto
se aplican a la
renovación del tono (más
popular), del tema
(menos pretencioso) y a
las continuas
referencias a los nuevos
entornos
culturales y
geográficos. Así, son
características que se
desprenden naturalmente
de este espíritu
la presencia del
diminutivo tierno y el
aumentativo hiperbólico.
Con Lezama asistimos al
nacimiento de un
lenguaje que es
observado, de un lado,
como
una recreación de muchos
lenguajes literarios
agotados o propios para
caracteres,
circunstancias y
momentos diferentes; de
otro, como evidencias de
la oralidad, con un
aliento que “en cada
tierra aspira y devuelve
a su manera” (Lezama
1997a: 25). La
virtud de la
ejemplificación
lezamiana nos añade los
rasgos no comentados:
lenición de
consonantes finales (“quietú”),
caída de aproximantes (“sestiao”,
“iluminao”), ascensión
de vocales medias (“meniando”),
aspiración inicial (“juyó”),
prótesis (“rempujaron”)
o epéntesis consonántica
(“ansí”), formación de
plural reforzado (“ñanduces”),
fenómenos de selección
léxica expresiva
(“buche”, “chola”, “al
tranco”, “turulato”) que
van describiendo
sectores populares,
negros bozales,
registros informales, en
una gran voz colectiva.
Su conclusión es
transparente y directa:
“La hazaña americana en
el lenguaje, en ese
siglo XIX, ha sido
plena” (Lezama 1997a:
32).
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Lezama ha situado dos
extremos de la
construcción de la
lengua literaria,
informados de
diferente manera por la
oralidad americana: el
de la reconstrucción de
los modelos
quevedesco-gongorinos
(“señor barroco”), y el
de la poesía popular que
tiene su alto
asiento en el campo
(“señor estanciero”),
pero aún debe añadir una
voz, ella sola corriente
y trompeta de
resonancia, y es la de
José Martí. A Martí le
anota Lezama la
perspectiva
que le da su
distanciamiento
geográfico, artístico e
ideológico (“señor
delegado de la ausencia
y de las leyes
inexorables de la
imaginación” Lezama
1997a: 32 – 33), la
síntesis del Diario…,
la música de sus
octosílabos, la
propiedad de la palabra,
la fuerza del color, la
resucitación de las
herencias bien digeridas
(de Cicerón a Quevedo)
ante las
exigencias de la nueva
realidad, y lo sitúa en
la “culminación de la
expresión criolla”
(Lezama 1997a: 34) por
tener como centro, en su
vida y en su obra, un
afán de patria.
Esta incursión partera
en la expresión criolla
la realiza Lezama desde
su peculiar altura e
índole. Ante todo, es no
una investigación,
aunque la tenga de
fondo, sino un ejercicio
creativo de primer
nivel. Allí están para
reafirmarlo las
múltiples claves
intertextuales
en forma de escritores:
fray Servando (Teresa de
Mier), Mingo Revulgo,
Villamediana,
Quevedo, Góngora, Polo
de Medina, Espronceda,
Bécquer, Gracián,
Güiraldes,
entrelazados sin nudos
con las figuras de la
historia: Fernando VII,
Monteverde, Zapata,
Huerta, cuyas
acciones e inacciones
replican aquellos en sus
obras; y también los
referentes de la
pintura: Goya, Zurbarán,
Posada, Rivera, por
donde se explican los
montes y los vacíos de
la tradición literaria
de habla española.
El toque hidalgo lo dan
las palabras de la
estirpe: “cobranzas
aljofaradas”, “rabia del
mentidero”, “estoque y
caduceo”, y las
salpicaduras de los
mitos ―de los literarios
a los populares—:
“salamandra que llevase
la sal para
chisporrotear sin temor
a cegarse, la araña
nunca engaña, la poesía
[…] asomando su
hociquillo de sirena”.
En esta
descripción tienen un
papel no desdeñable los
señalamientos de la
metáfora continuada
de la
agresividad: “pisotón”,
“encontronazo”,
“traspié”, como
vehículos en relación
con rasgos de la
creación literaria, y
las asociaciones
culinarias que se
coronan en la gran
metáfora radial del
banquete literario.
La estructura sintáctica
del texto es, en sí
misma, significativa. No
se respeta el orden
convencional, ni la
concordancia temporal,
ni la lógica de la
sucesión. El régimen se
retuerce hasta el
martirio, en un acto de
purificación, para sacar
un alma nueva a las
palabras, y se explota
el recurso morfológico
para lograr una
dinámica, y una
condición humana
en todo
(“encalabozados”,
“alanceado”), o para dar
a la base asociaciones
sensoriales no comunes
(“costumbrosa”, “alterosa”,
“inesencial”), de modo
que la palabra se salga
de su dominio y de su
límite (“sátira fulmínea
y acucarachada”,
“resguardos
literarios”) y el
vehículo y el tenor
cambien sus puestos en
el juego. Debajo de todo
está, asomándose a cada
tanto, la mucha buena
lectura de textos
martianos, que proponen
un adjetivo (“tronal”),
un ordenamiento (“el
soneto lo ajusta como un
costillar”), una lectura
de otra lectura (“las
palabras están tan
seguras como las cosas
que nos vamos a llevar
para hablar con
el sombrío chambelán”).
En “Verba criolla”
—trabajo
más breve y quizá de un
aliento menor,
antecedente acaso
del que acabamos de
reseñar, pero que
tomamos en desorden
cronológico para
quedarnos a vista con
una categoría
fundamental aquí
definida—
, la idea de fondo es la
del disfrute del habla
espontánea, en el
descubrimiento del
mecanismo de su
estructuración: agudeza,
hipérbole, gracia, que
surge de la adyacencia
de mundos
diferentes y
aparentemente
incontrastables: juego
de las dimensiones en el
eufemismo,
corporeización de lo
abstracto en el
animismo, enlaces
originales en la
suspensión y el humor,
unión de lo arcaico y lo
momentáneo, de lo
patriarcal y lo nuevo.
En resumen, se trata de
comentar un grupo de
expresiones comunes:
“recostarse en el
garbanzo”: comer,
“sentirse campana”,
“comerse el libro”,
“tornasolar la bisoña”,
“si te llama, huye”:
está muerto, o
específicas: “contengan
el agüita”.
El disfrute del escritor
ante su objeto observado
se manifiesta en el uso
de palabras o
expresiones vinculadas
al área semántica de la
diversión: “júbilo”,
“fiesteo”, “festón”,
“alegrón”,
“gozo”, “jubileo”,
“juego”, “gloria”,
“báquicas”, “fiestero”,
“báquico”, “agrado”,
“sonrisa”, “jácara”, “broma”,
“gracia”,
“sonreída”.
Es así que se define el
parloteo criollo no con
dejo peyorativo para la
expresión, sino como un
objeto tocado por la
gracia, con más alcance
que la magia porque “la
cotidianiza y apoya”
(79), y por ello
perceptible por
diferentes sentidos:
sonoro, carnal,
voluptuoso, húmedo.
En el resumen de este
artículo Lezama indica
los destinatarios de
estas lecciones de
explicación del aliento
lingüístico de lo
popular y la utilidad
que para cada uno de
ellos tienen: el
memorialista —nosotros—
“las anota”, pero “el
pasmo del escritor las
arranca y les
fabrica un camino por
donde se llega a las mil
puertas sopladas de lo
novedable” (82).
Si los dos artículos
comentados nos dan
claves teóricas y
ejemplos prácticos del
hacer lingüístico
lezamiano, sería de
interés buscar la
concreción de estos
indicadores en una
obra de creación como
puede ser el “Oppiano”,
en que un proyecto
cultural de memoria,
crítica e invención (Mataix
2000) cristaliza a
través de un lenguaje
sistemáticamente
caracterizado como
oscuro e indefinible,
cuando no como
incorrecto (Mateo
2006: 52ss); ampuloso
hasta la pérdida del
sentido en su sintaxis,
ausente de
concordancias.
Al observar, de una
mirada, el primer
Oppiano Licario en el
contexto de Orígenes
No.
34, Año X,
correspondiente a 1953,
podríamos decir que, aun
siendo, qué duda cabe,
una obra novedosa
(ruptura) y renovadora
(proyecto), se conjuga
armónicamente con el
ambiente y el espíritu
que reina en la revista,
lo cual quiere decir
que, aun dentro de su
singularidad, la
producción de Lezama
tiene múltiples
asideros, no solo en la
tradición, sino
en las asociaciones con
sus contemporáneos. Así
lo testimonian, con
acentos
mayores y menores, los
ítems de esta entrega.
Juan Ramón, por ejemplo,
enfrentando al
hombre cósmico a su
propia vida, con juegos
de palabras, ortografía
reformada,
neologismos, discute
sobre el sentido y
origen de la poesía
pura; Gastón Anido en
tono filosófico
se pregunta qué es lo
poético; la oferta
poética misma se escurre
por el tema
religioso y la
trascendentalidad de
fronteras o de mundos y
todos, hasta en la
crítica o el
obituario, procuran lo
fruitivo en lograr, a
través de los difíciles
ayuntamientos, de la
explotación de lo
simbólico y de la
recodificación, el ser
comunicativo. Salvo
excepciones, estos
textos no se proponen
mostrar sus costuras y
demandan del lector
tiempo y ocupación para
que les sean
provechosos.
Esta es la esencia de
Oppiano, el protagonista
que destaca su edad2
—40 años—
percibida como una
estación ya mayor ―tal
como nos refiere la
selección de las
palabras: “otoños”
(18), que le han
hecho perder
“afiladuras”
(‘nitidez’),
“sucesiones”
(‘cronologías’) y
ubicación espacial—,
quien en la notaría
donde trabaja es
invisible, y en el
ámbito irrecusable de su
soledad, y en el
autorreconocimiento en
que trata de
discernir su “constante
de iluminación” y sus
“estaciones sombrosas3”,
encuentra como
forma de su originalidad
el “escurrirse frente a
lo fenoménico”. La
motivación del nombre
propio (31) se hace
entonces explícita, en
el significado de sus
componentes grecolatinos
mítico y estoico.
La palabra hiperculta
aparece, con ropaje de
neologismo, al lector no
avisado, para
trasladar la experiencia
cotidiana a otra
dimensión y escala
valorativa: “albogón”,
“neuma”, “hierofánticas”,
“súmula”, “reflejos de
‘lo numinoso’”,
“pirrónico”, sobremesas
“nemónicas”, o se
aprovecha el subterfugio
metonímico y
parafrástico para dar
realce a un hecho:
“ingurgitar los
contraídos lúpulos del
Escalda” (tomar
cerveza), o el paladeo
jintanjafórico de la
palabra por la palabra
misma, que hacen el
autor y sus personajes:
“En el momento en que le
sirvieron ‘agua’
exclamó: ‘Aguada de
pasajeros’, o la
inquietud de un arcaísmo
evocador o que ha
perdido su carácter
libre para ser un
adyacente (“explanar”,
“colomba”
domesticidad), entre un
gran número de
intertextos, inferencias
y sobreentendidos, con
citas reales o
ficcionadas. Algunas de
estas
referencias: “luético”,
“Anfión”, conducen a
entrever un mundo
marginal, cuya
presentación hace
cada vez más oscuras y
veladas las esencias.
Pero el recurso es más
eficaz cuando ocurre lo
contrario4,
cuando la palabra
proteica se
disfraza de ente común
para añadir semas nuevos
a lo acostumbrado, y se
vuelve suavemente
neológica: “anubando”,
“bostezada”
frecuencia, excesos
“adorantes” de la
hoja, sabat “costumbroso”,
picadillo “rellollante”
(vocablo este último
en que la asociación con
olla y el humear del
plato al añadir el
sufijo del participio
activo, parecen poder
justificarse);
“estaciones sombrosas”
(donde el sufijo es
un casual genitivo, pero
podría reforzar sus
intenciones —o
desmentirlas— por la
asociación con la
palabra establecida
“asombrosas”, y mover la
voz en su entraña
etimológica). En este
proceso, los formantes
más frecuentes son –oso,
con ciertas
connotaciones
peyorativas: asaltantes
“querulosos”, tan
desconfiado como “charloso”;
-ante, con la
conservación de su
sentido dinámico: “desfilante”,
“procesionantes”
y su correspondiente
para sustantivación -ancia:
“incesancia”, pero
surgen otros
efectivísimos en su
novedad y conservación:
“pecho
astillado por los ‘nicotazos’”,
“‘helor’ de la primera
madrugada” y el
parafraseo regodeado:
“el secretario, activado
de sangre por el
ultravioleta matinal”,
“trancas de ácana a
prueba del Eolo
cabezón tropical”.
Otra mezcla eficaz es la
de las dimensiones de
espacio y tiempo, o de
las percepciones
de diferentes sentidos,
de causa y efecto, tal
como hace el hablante
común: “estatura
intemporal”, “‘sumandos’
fríos,
‘algodonosos’”,
“amoratadas preguntas”.
En el conjunto temático
que desenvuelven esos
recursos se destacan la
religión, la música y
los contextos
culinarios.
Todas estas herramientas
y procedimientos
contribuyen no solo a
crear un
“contramundo”, sino
también a ofrecer una
descripción jocunda del
mundo del cual se
distancia, al subvertir
lo común, incluso con
sus propios
presupuestos. Un ejemplo
de ello puede ser la
expresión coloquial
“sabe a faisán”: ‘está
muy bueno’, dicho de la
comida en el español
coloquial cubano, que
Lezama convierte en una
frase ampliada: “faisán
rendido en Praga”, y que
explica en sus orígenes
(20), en su función
literaria: “una
trasmutación imaginativa
para saltar lo vulgar”
(19) y en su
procedimiento:
“silogismo de
sobresalto” (20). Otro
ejemplo es el juego de
sugerencias cuando se
refiere a los efectos
somníferos de las
bebidas alcohólicas con
la deturpación del
inglés haig
and haig5.
En el ejercicio de
pensamiento que es el
“Oppiano” se definen
instrumentos de
análisis. La oposición y
la complementariedad
están en las categorías
cartesianas de
inteligencia y cuerpo,
aquí nombradas la
“cogitanda” y la
“extensión”, que llevan
a la de “logos poético”,
como principio de
creación de nuevas
verdades. Las corrientes
de interpretación de la
realidad: el dominio de
la casualidad ―en su
multiplicidad de
coincidencias―, la
predeterminación
absoluta y la mezcla de
las dos, se presentan
con imágenes y
adjetivaciones
evaluativas: “la
excesiva torneadura de
la agudeza dialéctica,
la nobleza de un
azar concurrente o los
girones (sic) de un
conjuro maligno” (23).
Ellas muestran,
a través de sus semas
connotativos, el lugar
asignado a cada una de
estas categorías en
la escala que
propone el “Oppiano”:
nobleza (+),
excesiva torneadura (-),
agudeza (+), jirones
(-), maligno (-),
azar concurrente,
dialéctica,
conjuro (-)
La densa estructura del
diálogo, en que se marca
el inicio de cada turno,
pero donde el
discurso citado (Herrero
Cecilia 2006: 43ss)6
se difunde en singulares
trozos narrativos,
tramos de mera
explicación o
argumentaciones
despaciosas, contribuye
a la descripción puntual
de escenarios y
personajes, y al enlace
con el mini-relato (22),
de un lado, y de otro al
descubrimiento de los
modos en que puede
alumbrarse conocimiento
y obra no
convencionales, lo que
significa una nueva
identidad, como en la
alegoría del rey que
andaba,
alternativamente, de la
litera real a las
parihuelas y los
andrajos, o ponía a un
muchachito, de “rey
pobre” en su sitio de
poder, para asistir,
desdoblado, a una imagen
de sí mismo7
(29). Este asunto se
relaciona directamente
con el de la polifonía
advertible en este texto
lezamiano, y la
representación de las
identidades en el
discurso.
Si convenimos en que
todo texto ofrece, en
mayor o menor grado, una
imagen del o los
enunciadores, de los
destinatarios, y de los
temas tratados, nos será
útil ver aquí estos
reflejos, sin
adentrarnos en un
aspecto jugoso como lo
es en qué medida el
homo fictus
(Licario) representa al
artista. Si determinar
las identidades
discursivas significa
entender
quién enuncia, el lugar
desde el cual habla, su
posición social, lo que
dice y cómo lo dice, a
quién se dirige el
mensaje, el estatuto de
los interlocutores, el
papel que juega (sic) en
el intercambio, el
medio, el sistema de
evaluación del sujeto,
el espacio otorgado a la
descripción y al relato
—por ende, a la
contextualización— y el
lugar que ocupa la
explicación y la
argumentación. Por
último, las marcas que
representan una
determinada “visión del
mundo”, esto es,
la forma como se
implanta un cierto
conocimiento de la
realidad, aquel del
sentido común, en el
discurso8
(Charaudeau, 1977:90 en
Berruecos 2005)
el enunciador de estos
discursos se nos revela
como un sujeto culto,
que habla desde un
cosmos más allá de la
realidad que lo
circunda, y desde el
interior de los otros
sujetos dialogantes, e
introduce sus propios
comentarios y
consideraciones, con
imágenes cruentas, que
convierten la narración
en un acto
argumentativo.
La trama misma,
entrevista en ripios, es
alter ego de la
función expositiva
primaria. Tal
estado de cosas hace
prever un interlocutor
avezado en tareas de
crucigrama, y aval de
cultura para
rellenarlos, o bien
aquel que no quiera
entenderlo todo, sino
solo respirar el aliento
poético, de conjunto.
Sin embargo, aunque sea
en clave, el texto está
traspasado de
indicadores contextuales
domésticos, en diálogo
con entidades
universales. En otras
palabras, el enunciador
discursivo es un cubano
que, colocado ante sí
mismo, proyecta
otras experiencias para
iluminar la realidad
cotidiana9.
La obra puede
considerarse
estructurada en cuatro
cronotopos: el almuerzo;
la discontinua velada en
casa de Jorge Cochrane,
la notaría con sus
“trastrueques de
vivencias” (31), y la
ópera, que se proyectan
hacia el final previsto,
que por haberlo sido
se enlaza con
todas las situaciones
anteriores. Cada una
tiene subcuadros
esenciales como el
relativo a la visita del
preguntador y la
rememoración del examen;
la disquisición
cartesiana, espacio
privado del narrador
inmiscuido; y sobre todo
el episodio de Logakón
abrazado con las escenas
de la ópera. Pero en
todos los casos podría
hablarse de una
tendencia lingüística
predominante, que
individualiza las partes
al colocarse al lado de
otras herramientas
formales o temáticas. En
el cuadro familiar los
recursos con los que se
diseña la conciencia de
edad, el vacío, la
“irrealidad sustitutiva”
y la “lenta
pesadumbre” de Licario,
contrastan con la
calidez del ambiente
íntimo representado en
el vocablo culinario y
la frase sonreída de la
madre; quien describe el
tiempo de encrucijada a
que ha llegado su hijo,
su sentimiento, con
vocablos de ese
campo: “desesperación”,
“espanto”: mientras, los
que lo rodean, lo
marcarían como res con
voces alusivas a
la incomprensión de que
habría de ser objeto:
“energúmeno”,
“embaucador”,
“excéntrico”, “víctima”.
Comienza a aparecer,
como telón de fondo, la
figura paterna, en una
contraposición espacial
que se aclarará más
adelante, entre el Icaro
orientado hacia el cielo
y este hombre mudo que
mira hacia las begonias
y las hormigas.
Las visiones léxicamente
prefiguradas de la
contraposición de
Licario con su medio se
hacen presentes en el
episodio del maestro
primero, y luego en el
del examen que lo
continúa, en que se
oscila desde la
incomprensión, y el
miedo y el rechazo
consecuentes:
“convulso”,
“desconfiado”,
“extrañeza”, “burla”,
“terror”, “voz
subdividida”, “furia”
hasta la percepción
de la índole singular de
la personalidad de
Licario, objeto de
celebración: “luciérnaga
errante”, “elogiar”,
“excesos en el
ditirambo”.
Ante los demás, el
misterio de Licario se
presenta como entraña de
diablo, y este
criterio se va afinando
en la adjetivación:
“manso”, “cazurro”,
“joven”, para desembocar
en el tabú, en lo
que no puede ser
mencionado: “el
Maligno”.
En la velada de Jorge
Cochrane, por su parte,
el área sémica
particular es la del
tedio (“regularidad”,
“estereotipado”,
“sueño”), con sus
ramazones hacia la
lentitud y la densidad,
y la selección de
imágenes definitivas
mientras dura la
conversación: “siguió
una pausa que
chapoteó largamente como
un remo en un canal
palustre” (29). Para
romper ese tejido denso
salta el juego, el azar,
y se muestra a un
Oppiano dueño del tiempo
en la multitud de
nominalizadores de
horas, minutos, partes
del día. Allí tiene
valor
significativo la
inclusión explícita de
la descripción de los
modos de pronunciar de
los contertulios:
“había aspirado hasta
desaparecerla la cuarta
sílaba de desvanecida”
(30), que muestra la
palabra en tanto
sucesión lineal, en la
medida del aire herido.
Como es normal para este
tipo de reunión, se
rocían los préstamos y
los cambios de código.
En la notaría, en
cambio, predominan las
voces muy marcadas de
intenso cubaneo
(“guajiro”, “bodega”,
“talanquera”,
“jejenes”), de modo tal
que el efecto lúdicro se
obtiene de la
mezcla de referentes, en
tradición que se remonta
al Espejo de
paciencia: “de
Calabazar, dueño de un
bodegón de ingenio, con
una parábola imposible
de ser calculada por
Lagrange”. La historia
inserta, perfecta,
encuentra su estilo
entero en el moverse del
registro más coloquial
al dinámico paisaje de
verde impresionista.
En la trasmutación de
Gay Lussac hacia la
historia del eslavo, la
nota esencial la dan
todos los elementos que
evocan indirectamente el
mundo órfico, con
referentes clásicos:
Proserpina,
Cerbero, Polidoro,
Eurídice, Circe, Faetón,
castigado de Dios por su
deseo, y las
contradicciones en que
un ente es convertido en
otro: “el centro
infernal me dilemaba”
(44), que concluirá en
el eufemismo con que se
menciona la muerte en la
parte final: la Lenta
Asaltante. Allí,
cuando Licario es
asaltado y vencido por
la
enfermedad, mencionada
solo indirectamente con
vocablos inextricables
(“luético”), la
lengua muestra su
intenso alucinar: el
vocablo “langosta”
aparece en todas sus
acepciones, en
ayuntamientos
imposibles. Igualmente,
el esplendor y la caída
de este Ícaro se
recoge en las
interpretaciones del
mito, y en la estructura
distributiva que
presenta las reacciones
de los grupos humanos
ante el acontecimiento.
Licario se va,
reencontrado en la “voz
antifonaria” de
la madre, pero todavía
tratando de restituir la
tríada, con la frase del
agonizante, atribuida a
Descartes: Davum esse,
non Oedipum. Clave
última que se nos da,
como muchas, sin
resolver.
La lengua en estos
textos de Lezama se
caracteriza por la
burla, la búsqueda y el
hallazgo. La burla del
código estándar de
comunicación escrita de
su comunidad de habla,
lo que lo acerca a los
jóvenes y a los
marginales; la búsqueda
de un código nuevo, que
cumpla la función de
intensificación; y el
hallazgo de los recursos
con los
cuales lograr esa
subversión: cambio en
los componentes
morfemáticos de modo que
el acople entre base y
adyacente logre
evocaciones nuevas,
paráfrasis,
recodificación que
obliga a un
trabajo de permanente
decodificación y, por
tanto, una actitud de
distanciamiento hacia lo
que se lee, e incluso
del seguimiento de la
trama misma, ya
pobre de acción, y
finalmente, el
comentario
metalingüístico, que a
las veces, más que
aclarar intenciones y
expresiones, lo que hace
es poner nuevos
acertijos, y continuar
el juego.
Desde el punto de vista
de las modalidades
enunciativas10,
dentro de lo asertivo,
el
narrador se sirve de la
creación de una nueva
lógica para la
instanciación de su
programa epistémico:
“Licario se nutría en su
extensibilidad cogitada,
de esas dos corrientes:
una ascensión del germen
hasta el acto de
participar, que es
conocimiento para la
muerte, y luego en el
despertar poético de un
cosmos que se revertía
del acto hasta el
germen por el misterioso
laberinto de la imagen
cognocente (sic)” (28).
En la paradoja ―de
imágenes, de palabras,
de conceptos—;
en la reiteración de la
bivalencia cogitanda /
extensión, que Lezama
abduce sin fisuras, este
discurso encuentra los
contenidos de la
“infiltración” y la
unidad cultural por
donde un nuevo lenguaje11
hace y rehace una nueva
identidad12,
con un sentido
proyectivo.
Para esas funciones,
Lezama hace uso
consciente de los rasgos
de la “expresión
criolla”13,
sobre la que ha
teorizado con acierto, a
la que ha visto la
transmutación, y la
virtud: “Lo más valioso
en el idioma es el
destino afortunado de su
uso […] Se ve cada
palabra en la mano dura
que se ejercita. Cada
palabra, en su acento,
ha pasado por el
saboreo, y después para
darse ha sido apretada
por la mano” (Lezama
1997a: 27). Por
eso —y permítanme
parafrasear a Martí—, el
escritor de lo oscuro
―quién
lo diría— es un
escritor popular, porque
ha metido el cuerpo en
la expresión criolla, ha
visto las palabras, las
ha arrancado, les ha
fabricado un camino y ha
llegado a lo novedable,
al resguardarlas en la
casa del ombú,
naturaleza cerrada de
verde y negro.
*
“Coloquio
con Juan Ramón Jiménez”,
en Lezama 1997: 187.
Notas:
1-
Esta es una de cinco
conferencias
pronunciadas en enero de
1957, en que se atendía
a la relación entre
corrientes culturales,
el mundo americano y la
crítica.
2-
Prácticamente
la misma edad que tenía
Lezama a esa sazón.
3-
Nótese
el mismo recurso
descrito para los
trabajos anteriores. El
formante -os parece ser
muy
productivo en esa
función expresiva para
este autor.
4-
En relación
con Paradiso,
Varela (2002)
indica: “Predomina en
Paradiso el nivel de
lengua culta; los
niveles de lengua
coloquial y vulgar no
tienen representación.
Los diálogos están
literaturizados. La
expresión se refina, se
intelectualiza; se
mantiene siempre dentro
de lo que los lingüistas
norteamericanos llaman
código elaborado” (166).
Aunque según un análisis
superficial esta
consideración podría
suscribirse para el
“Oppiano”, aquí tratamos
de demostrar,
precisamente, que la
virtud lingüística de
esta obra se encuentra
en el diálogo entre el
habla popular y sus
recursos, y la
estilización y el
regodeo que de ellos se
logra en la textura
literaria.
5-
Precisamente un chiste
popular, que juega con
el formante ball
“pelota” de diferentes
deportes (basket-ball,
foot-ball, base-ball)
dice:
- ¿Cuál
es el mejor deporte?
- El
high ball.
6-
Se encuentran prácticamente
todas las formas del
discurso citado, pero
esto sería objeto de
otro trabajo.
7-
El motivo del disfraz,
de la máscara
y la trasmutación de
estratos, géneros y
condiciones está en la
tradición literaria
europea como factor para
hacer progresar la
trama, pero que tiende
al
descubrimiento de la
real condición de cada
quien.
8-
El acceso a la información
—continúa Charadeau—
depende de varios
factores, entre otros,
del
imaginario lingüístico
que se conforma mediante
la instancia de
enunciación, el
imaginario ideal sobre
la
instancia
de producción de la
escritura y el
imaginario dado al
receptor dependiendo de
su estatuto.
9- No
obstante, la evidencia
de su intención puede
ser entrevista en
comentarios
metalingüísticos:
véase, por ejemplo, la
larga explicación de la
frase “faisán rendido en
Praga” de la página 20,
u otros
menos explícitos en que
un aserto filosófico
(“lo menos importante de
la persona es su alma,
sino la forma” se
documenta con lo
inmediato: “Hasta que
una persona no se
constituye en su
visibilidad,
como un colibrí pinareño
o un caracol de
Nuevitas, no logra
soplarla por la boca,
encontrar allí un alma”
(22).
10-
La categoría modalidad
enunciativa se refiere a
la actitud que adopta el
sujeto enunciador ante
lo
dicho y
la manera de presentarlo
(Herrero Cecilia 2006:
33ss).
11-
B. Varela Jácome
habla, respecto de
Paradiso, de la
“creación y destrucción
de un lenguaje” en la
“búsqueda
de la identidad humana”
(2002, pp. 162).
12-
Según
Mataix, “al conocer el
relato lezamiano, el
americano accede a su
ontología y recobra sus
fuentes, se convierte en
contemporáneo de esa
creación, ‘revive el
pasado’ y también él
vuelve a
comenzar”.
13-
Muchos autores utilizan
la categorización
de barroquismo, barroco,
para aplicarla a la
construcción
lingüística lezamiana.
Nosotros la evitamos,
para no entrar en las
polémicas que motiva y,
sobre todo,
para no vernos obligados
a definir las semejanzas
y diferencias entre el
barroco lezamiano y
otros,
confesos
o no, como podrían serlo
el de Martí o
Carpentier.
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Dossier realizado con la
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a propósito del
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Lima. |