Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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La Habana poética de José Lezama Lima

Rodrigo Vasconcelos Machado • La Habana

Foto: Catálogo de la exposición Un rasguño en la piedra

 

Escribir y hablar de José Lezama Lima en Cuba en el centenario de su muerte, es una oportunidad brindada por el destino ya que al contrario del maestro que quería irse a París en busca de sí mismo y no pudo, tengo la felicidad de estar aquí y acercarme al número 62 de la calle Trocadero. Eso es un privilegio para un adorador lezamiano. Sin embargo, no es la primera vez que la atmósfera lezamiana ya me había tocado hondo. Otro cubano también me regaló esta felicidad. Hablo del director Tomás Gutiérrez Alea que me enseñó en su filme Fresa y Chocolate el almuerzo lezamiano, que luego fui a buscar en las páginas del magistral Paradiso, en el capítulo XII de la edición cubana. Digo esto para plantear que la impronta lezamiana va más allá de los límites geográficos y de la palabra. Así, propongo una doble mirada sobre La Habana lezamiana. La primera, por el análisis del texto, y la segunda, por la creación de fotografías inspiradas por las palabras de Lezama Lima ya que no es solo aclarar el sentido de su texto lo más importante, sino crear algo a partir de sus palabras que saltan de la superficie del papel para ser imágenes de lo real. 

El escritor cubano empleó la palabra poética para crear su ciudad imagética. En La Habana José Lezama Lima interpreta su ciudad tenemos un recorrido poético por la urbe elegante. Los textos fueron reunidos por José Prato Sorial en 1998. Según el compilador, los artículos fueron publicados por Lezama Lima en el tradicionalista Diario de la Marina, entre septiembre de 1949 y marzo de 1950, a sugerencia del poeta Gastón Baquero. Este estudio va a proponer la investigación de algunos artículos de La Habana… para verificar cómo se plantea la construcción poética del espacio urbano lezamiano. 

Cuando la literatura se combina con otros lenguajes, tenemos como resultado creaciones que demandan nuevos abordajes. Sabemos qué recursos del cine contaminaron el lenguaje literario, como por ejemplo, el uso del mecanismo del flash back que permite al autor ir y venir a través de la yuxtaposición de historias. La pintura también está presente en varios textos ficcionales, como las novelas de Marcel Proust donde los postulados de Ut pictura poesis, de Horacio, son verificados en la narrativa. Es claro que la presencia física en el interior del texto de una imagen depende de la calidad de la impresión, cosa que solo podía ser pensada a partir del siglo XX. Hay algunos libros que se destacan como obras fotográficas ya que son narrativas ordenadas en secuencias y que expresan una realidad moldada en su producción, como París by night, del fotógrafo húngaro BRASSAÏ. La noche en la capital francesa es retratada con todos los elementos que la componen. Las calles desiertas, los bultos en la oscuridad, la soledad, los mendigos, las prostitutas. En suma, todo lo que hace parte de la noche de una gran capital y que por extensión puede ser pensado también para una ciudad como São Paulo o La Habana. Las imágenes presentadas hacen posibles varias interpretaciones, y el lector puede completar y rellenar los recovecos de significación. 

La representación de la ciudad en obras literarias tiene una larga tradición en las letras, como atestigua la Ilíada, de Homero. El cerco de la ciudad de Troya es sobrepasado por la astucia griega al regalar el caballo de madera que tenía en su vientre la vanguardia de sus ejércitos que abrieron los portones de la ciudad. Lo que tenemos narrado por el aedo griego es la insuperable fortaleza de las murallas troyanas, que tienen que ser transpuestas por una estratagema. Entrar en la ciudad: este es el desafío de Ulises. Otros también intentaron penetrar por los portones de la ciudad, como el trotamundos veneciano Marco Polo, personaje literario de Italo Calvino en la novela Las ciudades invisibles. Este narrador relata sus viajes por ciudades de todos los tipos para un curioso y melancólico emperador de los tártaros, Kublai Kan, que nunca había salido de su inmenso imperio. Las descripciones superan el ámbito geográfico y remiten a una abarcadora simbología. Las ciudades no corresponden a una realidad tangible, sino a algo que tiene como referente lo real y se aleja de lo imaginario. Las historias de Marco Polo permiten volar por la fantasía. La técnica de Calvino es la levedad y la claridad, porque las palabras usadas son simples y eficientes, es decir, pocos y oportunos adjetivos. El lector puede, entonces, transponer para sus sueños, ciudades míticas e imaginarias y recrearlas a partir de su realidad. 

Las ciudades latinoamericanas aportan distinciones significativas en relación con las europeas. El tramo urbano incorpora los postulados arquitectónicos del viejo mundo, pero su traslado a la realidad americana generó cambios fundamentales, ya que empleó mano de obra y materiales de la región. En el siglo XX la tranquilidad de los pueblos empezaba a ser reemplazada por el caos urbano debido a las migraciones del campo y a la invención del carro que consolidaba su posición como principal medio de transporte. Surge una realidad fragmentada, cuajada de sentidos adormecidos y latentes que pueden ser despertados por la palabra poética. La mirada del poeta permite que cada elemento del paisaje urbano tenga el matiz mágico. Una piedra vieja, un patio en ruinas, una fuente colonial, el dulce de membrillo al ser saboreados y contemplados por el poeta flâneur componen un calidoscopio de la ciudad entera. Sin embargo, los problemas de la metrópoli surgen y no se pueden evitar, como plantea Alejo Carpentier:

“La Habana es la ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado. Desde niños estamos habituados a tropezarnos, cada día, con solares yermos, donde se amontonan latas cada vez más seculares, desperdicios cada vez más diversos. Durante años padecimos el desierto donde habría de alzarse el Capitolio, cubierto de ruinas evocadoras de las primeras grandes mangaderas de nuestra vida republicana. (Al menos, tenían un valor histórico.) Durante años hemos estado padeciendo aquel erial que se extendía a un costado de la Terminal, ofreciendo al viajero que llegaba de la provincia un panorama capitalino lleno de acusaciones.” (Carpentier, 1940, p.1) 

El ritmo de la ciudad también entra como elemento de la composición de las imágenes. Los ruidos provenientes de las personas, vehículos y otros medios configuran el mundo alucinante y el estilo de vida urbano. Como poeta, Lezama Lima también sabía encantar el lenguaje para producir el ritmo de la escritura. Cada fragmento es una pequeña obrita, un pedacito del enorme organismo llamado la ciudad. Son trozos que guardan una cierta independencia, pero que tienen entre sí una relación profunda y real. Las imágenes ganan a través de las palabras su consistencia y fuerza. Así, a cada nueva lectura se logra recrear el tiempo, es decir, uno vuelve a ser. La marcha de los pensamientos del flâneur es organizada por la narrativa, pero su estructura no abandona el ritmo verbal que transmite vida al texto. Los juegos de luces y sombras van a estar registrados por la manera barroca de narrar los sucesos de distintas motivaciones cotidianas, pero el estilo respetará al lector por su levedad. Por supuesto, algunos rasgos de la prosa lezamiana van a ayudar a penetrar en la esencia de lo cubano y, por extensión, de lo iberoamericano, ofreciendo varias posibilidades de sentido para sus lectores. A la manera de Larra, otro crítico de las costumbres, Lezama Lima no soslaya de su ironía como un instrumento para punzar lo más hondo posible empleando la máscara del disimulo y del sarcasmo cuando sea necesario. La actitud crítica es una componente que atestigua la preocupación del escritor delante de los problemas que se le presentaban, pero la manera de hacerla no significa una pérdida del sensualismo o del humor. Al lector es dado un guiño irónico para que se vuelva cómplice del autor por sacar el disfraz de la realidad, como en el día del cobro del sueldo mensual:

“Cosa rara y simpática que ofrece el perfil de nuestra ciudad: transcurre tan solo un día y sus moradores se precipitan a la alegría de sus excesos, con una temeridad en sus desembolsos rectificables muy pocos días después, cuando se haya disipada la gloria áurea de las dos primeras semanas del mes.” (Lezama Lima, 1991, p.37).

La corta felicidad de los habitantes dura poco ya que el sueldo no alcanza la totalidad del mes, es decir, cubre una parte; pero este es el momento de gloria. Los escaparates de la ciudad ya están disponibles con sus mercancías para que las personas tengan el placer de mirarlas y si es posible comprarlas. El consumo o la compra van a dar el pellizco fugaz del instante a los atónitos peatones y toda la multitud se entregará al ritmo alegre y colorido, porque “(...) son los días de compra, en que la ciudad se transfigura en mercado, feria o fiesta en Bagdad” (Lezama Lima, 1991, p.37). Así, se produce un cambio imagético en La Habana: la atmósfera reinante remite a las mil y una noches de Bagdad, ya que las ciudades se interpenetran y cobran un nuevo sentido. Sin embargo, la magia del pellizco del instante durará poco. La realidad reemplaza lo inverosímil y uno se despierta del sueño “(...) por las solicitaciones de un revuelo sin nombre” (Lezama Lima, 1991, p.42). 

Despertarse para la realidad puede ser interesante o no. La ilusión del mercado desapareció y surge una ciudad más verdadera que enseña lo que estaba oculto: “La ciudad se rinde, muestra los ademanes tomados más cuidadosamente de la antología del ceremonial, cuando se le dice la visita de un jardinero o alguien está preocupado por su crecimiento” (Lezama Lima, 1991, p.47). Para el poeta hace falta alguien que cuide del desarrollo de la ciudad con cariño, es decir, que sea un “mundo de jardinero” (Lezama Lima, 1991, p.48). 

La ciudad también necesita ser saboreada y disfrutada. Los refrescos de sirope pueden ser muy agradables al paladar, pero también remiten para algo más siniestro a través de la imaginación lezamiana: “Pero el habanero que se encuentra en su primera madurez corre el riesgo de ver aquel elemental artefacto metamorfoseado en cuernos, pezuñas y clowns sangrientos” (Lezama Lima, 1991, p.52). El paseo de Lezama Lima saca a la luz imágenes de la ciudad, porque el espacio de la metrópoli suministra elementos para el poeta: “La ciudad muestra el orgullo de un pensamiento que se crea, que se hace creación y de un crear centrado por el gobierno del hombre” (Lezama Lima, 1991, p.157). 

La individualidad que aparentemente se muestra en el rostro de cada persona es disuelta en la multitud. No escuchamos al otro, sino lo miramos, y no decimos nada. Los medios de transporte son en parte responsables por este hecho. Son muchos desconocidos que cruzan nuestro camino dentro de un sitio pequeño y que están aislados en sus mundos privativos. Durante un breve espacio de tiempo la masa humana es una única cosa y genera el enfado. La promiscuidad en la guagua deja atolondrado al poeta: “Yo caí sin sentido en el no recuerdo. Me alzaba y caía dentro de la marejada del humo. Tiré de la nube o de la misma marejada. No recuerdo, me esforcé por recordarlo, lo que hice en el resto de ese día y esa noche.” (Lezama Lima, 1991, p.58). La soledad en la multitud gana fuerza y el contacto cuerpo a cuerpo no restablece la comunicación con el otro que desaparece en la próxima parada de la guagua. La experiencia de ser transportado es muy próxima a un buceo en el infierno donde su anfitrión le aguarda: “Nominar tan solo esos transportes, más sombríos que los que iban de la Estigia a la Moira, motiva nuestros conjuros y evocaciones para alejar esos increíbles disfraces que asume el Maligno.” (Lezama Lima, 1991, p.57) La mirada del flâneur se detiene en algunas personas y la vena humorística e irónica predomina en las descripciones, como la de un apoplético Eolo que sopla bocanadas higiénicas de pepino sobre los demás, pero sus descomedidos propósitos son cortados por lo sano, ya que él silbó a un taxi y se despeñó de la guagua como un hipogrifo urbano exclamando “sol y amargura”. (Lezama Lima, 1991, p.58). Podemos plantear que la multitud humana provoca en el flâneur miedo y asombro, porque él necesita de espacio libre para desplazarse y no quiere perder su intimidad. 

La ciudad también es el espacio de cruce de culturas y de la creación de la “expresión americana” ya que las diferencias entran en el crisol de la transculturación y se tornan algo totalmente distinto de lo que era antes. La mezcla de razas y por extensión de culturas es facilitada por el espacio urbano, pero conlleva la pérdida de las antiguas costumbres reemplazadas por una nueva manera de ser. Cito al maestro:

Pues descubrir, arrancarle parcelas a lo desconocido, fue característica de esa raza hispánica, que para ser también modo y manera de América, empezó por fundir, por buscar a través de lo desemejante y contrario, con la ayuda de la síntesis que propiciaba el fuego impulsado por un arremolinado pathos histórico, el nuevo cuerpo. Si es posible hablar de raza americana, será porque ya venía compleja, refinada y terrible de la raza hispánica. (Lezama Lima, 1991, p.62)

El mestizaje antropofágico gana en el tramo urbano su espacio ideal ya que la abigarrada yuxtaposición de distintas culturas va a producir la riqueza y diferencia de lo cubano y de lo habanero. La Habana se forma, entonces, con varias camadas culturales que tiene su propia manera de ser. Según Lezama Lima, la ciudad: “(...) tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones. Tiene un destino y un ritmo.” (Lezama Lima, 1991, p.61) El ritmo de la ciudad dictará cómo sus habitantes deben hacer la interacción o no. El hombre al hacer el recorrido por sus contornos laberínticos, será direccionado por la disposición de sus calles a encontrar su centro, pero surgirán zonas intermedias cargadas de misterio y soledad. Para Lezama Lima, La Habana es como una flor que se ofrece durante el día para quienes la disfrutan y se cierra por la noche, a eso de las 12. Sin embargo, la ciudad atrae y juega con las luciérnagas curiosas con sus crepúsculos mágicos y su artificial luz nocturna. La ronda del Malecón es una travesía en que la ciudad se ofrece en todo su apogeo al gustoso poeta. Los fogones callejeros presentan a Lezama Lima las delicias de sus manjares con una sudosa entrada de “(...) sopas de ajo bien tributado, donde la tía encuentra innumerables virtudes curalotodo, pero donde el gusto quiere solo adelantar una delicia, un pregón de triunfo para la combinatoria refinada de la sal y el aceite.” (Lezama Lima, 1991, p.77) El banquete americano está casi pronto y se colma de gusto con el condimento luciferino propuesto por la abuela: “Ese contrapunto con que se estructura a un plato y que llega a hacerse tan sabio y cabalístico, el manto de una bechamela cayendo sobre las doradillas de unas papas diminutas, parece demostrar que el Diablo también anda por los pucheros”. La figura de la abuela es que marca decisivamente la presencia de las tradiciones gastronómicas. Su saber llega de varias maneras, como en el hecho de contar historias y también por sus gustosos platos. El banquete está colmado de simbolismo, ya que las tradiciones son incorporadas a través de la comida. A todas luces, el saber pasado por las abuelas se está perdiendo porque para Lezama Lima el habanero no se complace más por el gusto y gracia de la comida. La vida moderna rompe con la antigua tradición y las latas de conserva reemplazan con terribles resultados lo sabroso del banquete, pero la nostalgia por comer bien y escuchar historias vendrá con más fuerza en los días de invierno: “Volverá, impuesto por la frialdad de manos y piernas, a la época en que el relato de cómo se hacía un plato, alternaba con el relato de aventuras, el relato de un antiguo sucedido legendario o las excursiones persas de Marco Polo.” (Lezama Lima, 1991, p.78) 

A veces hay que salir en busca de lo que falta o simplemente salir para el universo de la calle para aprovechar las delicias ofrecidas a todos los sentidos por la ciudad. El ámbito analógico que la imagen poética descubre se abre infinitamente a la naturaleza a través de la percepción; los sentidos se acostumbran a la sorpresa. La imagen más insólita se manifiesta en el hecho más cotidiano. La calle se transforma para Lezama Lima en un ser vivo que tiene sus humores y cada misterio que se encierra será despertado por el silencio de la mirada: “Pues las calles exhuman sus disfraces de personas; unas son mate e inexplicables para nosotros; otras se adelantan, nos dan la mano, caminan a nuestro lado, hinchando los trojes de una bien hilada conversación.” (Lezama Lima, 1991, p.81). El paseo actúa de mediador, de amigable componedor. La caminata por las calles es el instante de cruces de fugaces miradas. Son rostros que en su conjunto son perdidos como lágrimas en la lluvia porque lo que se queda es un recuerdo fragmentado muy tenue. En las palabras del flâneur, la calle es una “(...) fluencia, río que sumó lo heterogéneo para formar venas, varas lineales hasta el confín. La sucesión nos lleva al disfraz de planos cubistas, y el exceso al galope sin contrastes llega, inaceptable mundo apirético, a negar el jugo y el ser de existencia.” (Lezama Lima, 1991, p.167) Los ruidos, diálogos son una presencia constante interrumpida por breves silencios. En cada esquina despunta la posibilidad de la renovación del ajetreo callejero ya que los silencios son reemplazados por nuevos “dialogantes, sofistas o atletas enfurecidos”. Así, la ciudad mantiene encendida la llama de su vida interior. La mejor manera de acercarse del calidoscopio urbano es desde el aire como nos sugiere Lezama Lima: “Ganemos en una mañana la perspectiva aérea de La Habana.” Las calles también estorban a los invasores peatonales al retrasar su rápida marcha al erizar sus “aguijones y sus ingenuos sistemas defensivos”. 

El mercado, como la calle, es uno de los espacios públicos de la ciudad donde son hechos los cambios comerciales, pero que fomenta la interacción de las personas. La fiesta persa del mercado corresponde a la manera de ser de Lezama Lima que en toda su labor literaria o cultural, emprendida siempre desde el rigor y la entrega, se desarrolla también bajo el signo del júbilo y de la celebración. La esbeltez verbal de Lezama Lima es alimentada por sus sentidos que son los descubridores que podrán reconocer las formas que se le presenta la ciudad. Otra ciudad en miniatura es el circo que trae para la mirada el “cosmopolitismo de la gracia” y nutre la imaginación lezamiana: “¿Acaso, cada uno de esos acróbatas no nos obligan a reinventarle una biografía, a completar con la sucesión aquella oscuridad con la que se presentan?” (Lezama Lima, 1991, p.115) 

La Habana de Lezama Lima corrobora que su quehacer poético caminaba de manos dadas con sus eras imaginarias. Él entra en la ciudad por sus portones ficticios y nos plantea un mundo con nuevas posibilidades de significación ya que la metrópoli se va desarrollando en sus distintos espacios y fragmentos. La mirada del poeta nos revela que hay un más allá de la superficie a través de nuevos símbolos y palabras. Las variadas facetas de la urbe descriptas durante el paseo del flâneur lezamiano atestiguan que La Habana es un ser viviente y respirante. 

Bibliografía:

Benjamín, Walter. Charles Baudelaire – um lírico no auge do capitalismo. São Paulo: Brasiliense, 1994.

Calvino, Italo. Las ciudades invisibles. Madrid: Siruela, 1998.

Carpentier, Alejo. “La Habana, ciudad sin terminar” In: Tiempo, La Habana, 10 de diciembre de 1940.

González Cruz, Iván. Fascinación de la memoria. Textos inéditos de José Lezama Lima. La Habana: Letras Cubanas, 1993.

Lezama Lima, José. La Habana. José Lezama Lima interpreta su ciudad. Madrid; verbum, 1991.

_________________  . A dignidade da poesia. São Paulo: Ática, 1996.

Paz, Octavio. El arco y la lira. México/DF: Fondo de Cultura Económica, 1990.


Dossier realizado con la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo, a propósito del Centenario de José Lezama Lima
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