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Escribir y hablar de
José Lezama Lima en Cuba
en el centenario de su
muerte, es una
oportunidad brindada por
el destino ya que al
contrario del maestro
que quería irse a París
en busca de sí mismo y
no pudo, tengo la
felicidad de estar aquí
y acercarme
al número 62 de la calle
Trocadero. Eso es un
privilegio para un
adorador
lezamiano. Sin embargo,
no es la primera vez que
la atmósfera lezamiana
ya me había tocado
hondo. Otro cubano
también me regaló esta
felicidad. Hablo del
director Tomás Gutiérrez
Alea que me enseñó en su
filme Fresa y
Chocolate el
almuerzo
lezamiano, que luego fui
a buscar en las páginas
del magistral
Paradiso, en el
capítulo XII de la
edición cubana. Digo
esto para plantear que
la impronta lezamiana va
más allá de los límites
geográficos y de la
palabra. Así, propongo
una doble mirada sobre
La Habana lezamiana. La
primera, por el análisis
del texto, y la segunda,
por la creación de
fotografías inspiradas
por las palabras de
Lezama Lima ya que no es
solo aclarar el sentido
de su texto lo más
importante, sino crear
algo a partir de sus
palabras que saltan de
la superficie del papel
para ser imágenes de lo
real.
El escritor cubano
empleó la palabra
poética para crear su
ciudad imagética. En
La Habana –José
Lezama Lima interpreta
su ciudad tenemos un
recorrido poético por la
urbe elegante. Los
textos fueron reunidos
por José Prato Sorial en
1998. Según el
compilador, los
artículos fueron
publicados por Lezama
Lima en el
tradicionalista
Diario de la Marina,
entre septiembre de 1949
y marzo de 1950, a
sugerencia del poeta
Gastón Baquero. Este
estudio va a proponer la
investigación de algunos
artículos de La
Habana… para
verificar cómo se
plantea la construcción
poética del espacio
urbano lezamiano.
Cuando la literatura se
combina con otros
lenguajes, tenemos como
resultado creaciones que
demandan nuevos
abordajes. Sabemos qué
recursos del cine
contaminaron el lenguaje
literario, como por
ejemplo, el uso del
mecanismo del flash
back que permite al
autor ir y venir a
través de la
yuxtaposición de
historias. La pintura
también está presente en
varios textos
ficcionales, como las
novelas de Marcel Proust
donde los postulados de
Ut pictura poesis,
de Horacio, son
verificados en la
narrativa. Es claro que
la presencia física en
el interior del texto de
una imagen depende
de la calidad de la
impresión, cosa que solo
podía ser pensada a
partir del siglo XX. Hay
algunos libros que se
destacan como obras
fotográficas ya que son
narrativas ordenadas
en secuencias y que
expresan una realidad
moldada en su
producción, como
París by night, del
fotógrafo húngaro
BRASSAÏ. La noche en la
capital francesa es
retratada con todos los
elementos que la
componen. Las calles
desiertas, los bultos en
la oscuridad, la
soledad, los mendigos,
las prostitutas. En
suma, todo lo que hace
parte de la noche de una
gran capital y que por
extensión puede ser
pensado también para una
ciudad como São Paulo o
La Habana. Las imágenes
presentadas hacen
posibles varias
interpretaciones, y el
lector puede completar y
rellenar los recovecos
de significación.
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La representación de la
ciudad en obras
literarias tiene una
larga tradición en las
letras, como atestigua
la Ilíada, de
Homero. El cerco de la
ciudad de Troya es
sobrepasado por la
astucia griega al
regalar el caballo de
madera que tenía en su
vientre la vanguardia de
sus ejércitos que
abrieron los portones de
la ciudad. Lo que
tenemos narrado por el
aedo griego es la
insuperable fortaleza de
las murallas troyanas,
que tienen que ser
transpuestas por una
estratagema. Entrar en
la ciudad: este es el
desafío de Ulises. Otros
también intentaron
penetrar por los
portones de la ciudad,
como el trotamundos
veneciano Marco Polo,
personaje literario de
Italo Calvino en la
novela Las ciudades
invisibles. Este
narrador relata sus
viajes por ciudades de
todos los tipos para un
curioso y melancólico
emperador de los
tártaros, Kublai Kan,
que nunca había salido
de su inmenso imperio.
Las descripciones
superan el ámbito
geográfico y remiten a
una abarcadora
simbología. Las ciudades
no corresponden a una
realidad tangible, sino
a algo que tiene como
referente lo real y se
aleja de lo imaginario.
Las historias de Marco
Polo permiten volar por
la fantasía. La técnica
de Calvino es la levedad
y la claridad, porque
las palabras usadas son
simples y eficientes, es
decir, pocos y oportunos
adjetivos. El lector
puede, entonces,
transponer para sus
sueños, ciudades míticas
e imaginarias y
recrearlas a partir de
su realidad.
Las ciudades
latinoamericanas aportan
distinciones
significativas en
relación con
las europeas. El tramo
urbano incorpora los
postulados
arquitectónicos del
viejo mundo, pero
su traslado a la
realidad americana
generó cambios
fundamentales, ya que
empleó mano de obra y
materiales de la región.
En el siglo XX la
tranquilidad de los
pueblos empezaba a ser
reemplazada por el caos
urbano debido a las
migraciones del campo y
a la invención del carro
que consolidaba su
posición como principal
medio de transporte.
Surge una realidad
fragmentada, cuajada de
sentidos adormecidos y
latentes que pueden ser
despertados por la
palabra poética. La
mirada del poeta permite
que cada elemento
del paisaje urbano tenga
el matiz mágico. Una
piedra vieja, un patio
en ruinas, una fuente
colonial, el dulce de
membrillo al ser
saboreados y
contemplados por el
poeta flâneur
componen un calidoscopio
de la ciudad entera. Sin
embargo, los problemas
de la metrópoli surgen y
no se pueden evitar,
como plantea Alejo
Carpentier:
“La Habana es la ciudad
de lo inacabado, de lo
cojo, de lo asimétrico,
de lo abandonado. Desde
niños estamos habituados
a tropezarnos, cada día,
con solares yermos,
donde se
amontonan latas cada vez
más seculares,
desperdicios cada vez
más diversos.
Durante años padecimos
el desierto donde habría
de alzarse el Capitolio,
cubierto de ruinas
evocadoras de las
primeras grandes
mangaderas de
nuestra vida
republicana. (Al menos,
tenían un valor
histórico.) Durante años
hemos estado padeciendo
aquel erial que se
extendía a un costado de
la
Terminal, ofreciendo al
viajero que llegaba de
la provincia un panorama
capitalino lleno de
acusaciones.”
(Carpentier, 1940, p.1)
El ritmo de la ciudad
también entra como
elemento de la
composición de las
imágenes. Los ruidos
provenientes de las
personas, vehículos y
otros medios configuran
el mundo
alucinante y el estilo
de vida urbano. Como
poeta, Lezama Lima
también sabía encantar
el lenguaje para
producir el ritmo de la
escritura. Cada
fragmento es una pequeña
obrita, un pedacito del
enorme organismo llamado
la ciudad. Son trozos
que
guardan una cierta
independencia, pero que
tienen entre sí una
relación profunda y
real. Las
imágenes ganan a través
de las palabras su
consistencia y fuerza.
Así, a cada nueva
lectura se logra recrear
el tiempo, es decir, uno
vuelve a ser. La marcha
de los pensamientos del
flâneur es
organizada por la
narrativa, pero su
estructura no abandona
el ritmo verbal que
transmite vida al texto.
Los juegos de luces y
sombras van a estar
registrados por la
manera barroca de narrar
los sucesos de distintas
motivaciones cotidianas,
pero el estilo respetará
al lector por su
levedad. Por supuesto,
algunos rasgos de la
prosa lezamiana van a
ayudar a penetrar en la
esencia de lo cubano y,
por extensión, de lo
iberoamericano,
ofreciendo varias
posibilidades de sentido
para sus lectores. A la
manera de Larra, otro
crítico de las
costumbres, Lezama Lima
no soslaya de su ironía
como un instrumento para
punzar lo más hondo
posible empleando la
máscara del disimulo y
del sarcasmo cuando sea
necesario. La actitud
crítica es una
componente que atestigua
la preocupación del
escritor delante de los
problemas que se
le presentaban, pero la
manera de hacerla no
significa una pérdida
del sensualismo o del
humor. Al lector
es dado un guiño irónico
para que se vuelva
cómplice del autor por
sacar el disfraz de la
realidad, como en el día
del cobro del sueldo
mensual:
“Cosa rara y simpática
que ofrece el perfil de
nuestra ciudad:
transcurre tan solo un
día y sus moradores se
precipitan a la alegría
de sus excesos, con una
temeridad en sus
desembolsos
rectificables muy pocos
días después, cuando se
haya disipada
la gloria áurea de las
dos primeras semanas del
mes.” (Lezama
Lima, 1991, p.37).
La corta felicidad de
los habitantes dura poco
ya que el sueldo no
alcanza la totalidad del
mes, es decir, cubre una
parte; pero este es el
momento de gloria. Los
escaparates de la ciudad
ya están disponibles con
sus mercancías para que
las personas tengan el
placer de mirarlas y si
es posible comprarlas.
El consumo o la compra
van a dar el pellizco
fugaz del instante a los
atónitos peatones y toda
la multitud se entregará
al ritmo alegre y
colorido, porque “(...)
son los días de compra,
en que la ciudad se
transfigura en mercado,
feria o fiesta en
Bagdad” (Lezama Lima,
1991, p.37). Así, se
produce un cambio
imagético en La Habana:
la atmósfera reinante
remite a las mil y una
noches de Bagdad, ya que
las ciudades se
interpenetran y cobran
un nuevo sentido. Sin
embargo, la magia del
pellizco del instante
durará poco. La realidad
reemplaza lo inverosímil
y uno se despierta del
sueño “(...) por las
solicitaciones de un
revuelo sin nombre”
(Lezama Lima, 1991,
p.42).
Despertarse para la
realidad puede ser
interesante o no. La
ilusión del mercado
desapareció y surge una
ciudad más verdadera que
enseña lo que estaba
oculto: “La ciudad se
rinde, muestra los
ademanes tomados más
cuidadosamente de la
antología del
ceremonial, cuando se le
dice la visita de un
jardinero o alguien está
preocupado por su
crecimiento” (Lezama
Lima, 1991, p.47). Para
el poeta hace falta
alguien que cuide del
desarrollo de la ciudad
con cariño, es decir,
que sea un “mundo de
jardinero” (Lezama Lima,
1991, p.48).
La ciudad también
necesita ser saboreada y
disfrutada. Los
refrescos de sirope
pueden ser muy
agradables al paladar,
pero también remiten
para algo más siniestro
a
través de la imaginación
lezamiana: “Pero el
habanero que se
encuentra en su primera
madurez corre el riesgo
de ver aquel elemental
artefacto metamorfoseado
en cuernos, pezuñas y
clowns sangrientos”
(Lezama Lima, 1991,
p.52). El paseo de
Lezama Lima saca a la
luz imágenes de la
ciudad, porque el
espacio de la metrópoli
suministra elementos
para el poeta: “La
ciudad muestra el
orgullo de un
pensamiento que se crea,
que se hace creación y
de un crear centrado por
el gobierno del hombre”
(Lezama Lima, 1991,
p.157).
La individualidad que
aparentemente se muestra
en el rostro de cada
persona es disuelta en
la multitud. No
escuchamos al otro, sino
lo miramos, y no decimos
nada. Los medios de
transporte son en parte
responsables por este
hecho. Son muchos
desconocidos que cruzan
nuestro camino dentro de
un sitio pequeño y que
están aislados en sus
mundos privativos.
Durante un breve espacio
de tiempo la masa humana
es una única cosa y
genera el enfado. La
promiscuidad en la
guagua deja atolondrado
al poeta: “Yo caí sin
sentido en el no
recuerdo. Me alzaba y
caía dentro de la
marejada del humo. Tiré
de la nube o de la misma
marejada. No recuerdo,
me esforcé por
recordarlo, lo que hice
en el resto de ese día y
esa noche.” (Lezama
Lima, 1991, p.58). La
soledad en la multitud
gana fuerza y el
contacto cuerpo a cuerpo
no restablece la
comunicación con el otro
que desaparece en la
próxima parada de la
guagua. La experiencia
de ser transportado es
muy próxima a un buceo
en el infierno donde su
anfitrión le aguarda:
“Nominar tan solo esos
transportes, más
sombríos que los que
iban de la Estigia a la
Moira, motiva nuestros
conjuros y evocaciones
para alejar esos
increíbles disfraces que
asume el Maligno.”
(Lezama Lima, 1991,
p.57) La mirada
del flâneur se
detiene en algunas
personas y la vena
humorística e irónica
predomina en las
descripciones, como la
de un apoplético Eolo
que sopla bocanadas
higiénicas de pepino
sobre los demás, pero
sus descomedidos
propósitos son cortados
por lo sano, ya que él
silbó a un taxi y se
despeñó de la guagua
como un hipogrifo urbano
exclamando “sol y
amargura”. (Lezama Lima,
1991, p.58). Podemos
plantear que la multitud
humana provoca en el
flâneur miedo y
asombro, porque él
necesita de espacio
libre para
desplazarse y no quiere
perder su intimidad.
La ciudad también es el
espacio de cruce de
culturas y de la
creación de la
“expresión americana” ya
que las diferencias
entran en el crisol de
la transculturación y
se tornan algo
totalmente distinto de
lo que era antes. La
mezcla de razas y por
extensión de culturas es
facilitada por el
espacio urbano, pero
conlleva la pérdida de
las antiguas costumbres
reemplazadas por una
nueva manera de ser.
Cito al maestro:
Pues descubrir,
arrancarle parcelas a lo
desconocido, fue
característica de esa
raza hispánica, que para
ser también modo
y manera de América,
empezó por fundir, por
buscar a través de
lo desemejante y
contrario, con la ayuda
de la síntesis que
propiciaba el fuego
impulsado por un
arremolinado pathos
histórico, el nuevo
cuerpo. Si es posible
hablar de raza
americana, será porque
ya venía compleja,
refinada y terrible de
la raza
hispánica. (Lezama Lima,
1991, p.62)
El mestizaje
antropofágico gana en el
tramo urbano su espacio
ideal ya que la
abigarrada yuxtaposición
de distintas culturas va
a producir la riqueza y
diferencia de lo cubano
y de lo habanero. La
Habana se forma,
entonces, con varias
camadas culturales que
tiene su propia manera
de ser. Según Lezama
Lima, la ciudad: “(...)
tiene un ritmo de
crecimiento vivo, vivaz,
de relumbre presto, de
respiración de ciudad no
surgida en una semana de
planos y ecuaciones.
Tiene un destino y un
ritmo.” (Lezama Lima,
1991, p.61) El ritmo de
la ciudad dictará cómo
sus habitantes deben
hacer la interacción o
no. El hombre al hacer
el recorrido por sus
contornos laberínticos,
será direccionado por la
disposición de sus
calles a encontrar su
centro, pero surgirán
zonas intermedias
cargadas de misterio y
soledad. Para Lezama
Lima, La Habana es como
una flor que se ofrece
durante el día para
quienes la disfrutan y
se cierra por la noche,
a
eso de las 12. Sin
embargo, la ciudad atrae
y juega con las
luciérnagas curiosas con
sus crepúsculos
mágicos y su artificial
luz nocturna. La ronda
del Malecón es una
travesía en que la
ciudad se ofrece en todo
su apogeo al gustoso
poeta. Los fogones
callejeros presentan a
Lezama Lima las delicias
de sus manjares con una
sudosa entrada de “(...)
sopas de ajo bien
tributado, donde la tía
encuentra innumerables
virtudes curalotodo,
pero donde el gusto
quiere solo adelantar
una delicia, un pregón
de triunfo para la
combinatoria refinada de
la sal y el aceite.”
(Lezama Lima, 1991,
p.77) El banquete
americano está casi
pronto y se colma de
gusto con el condimento
luciferino propuesto por
la abuela: “Ese
contrapunto con que se
estructura a un plato y
que llega a hacerse tan
sabio y cabalístico, el
manto de una bechamela
cayendo sobre las
doradillas de unas papas
diminutas, parece
demostrar que el Diablo
también anda por los
pucheros”. La figura de
la abuela es que marca
decisivamente la
presencia de las
tradiciones
gastronómicas. Su saber
llega de varias maneras,
como en el hecho de
contar historias y
también por sus gustosos
platos. El banquete está
colmado de simbolismo,
ya que las
tradiciones son
incorporadas a través de
la comida. A todas
luces, el saber pasado
por las abuelas se está
perdiendo porque para
Lezama Lima el habanero
no se
complace más por el
gusto y gracia de la
comida. La vida moderna
rompe con la antigua
tradición y las
latas de conserva
reemplazan con terribles
resultados lo sabroso
del banquete, pero la
nostalgia por comer bien
y escuchar historias
vendrá con más fuerza en
los días de invierno:
“Volverá, impuesto por
la frialdad de manos y
piernas, a la época en
que el relato de cómo se
hacía un plato,
alternaba con el relato
de aventuras, el relato
de un antiguo sucedido
legendario o las
excursiones persas de
Marco Polo.” (Lezama
Lima, 1991, p.78)
A veces hay que salir en
busca de lo que falta o
simplemente salir para
el universo de la calle
para aprovechar las
delicias ofrecidas a
todos los sentidos por
la ciudad. El ámbito
analógico que la imagen
poética descubre se abre
infinitamente a la
naturaleza a través de
la percepción; los
sentidos se acostumbran
a la sorpresa. La
imagen más insólita se
manifiesta en el hecho
más cotidiano. La calle
se transforma para
Lezama Lima en un
ser vivo que tiene sus
humores y cada misterio
que se encierra será
despertado por el
silencio de la mirada:
“Pues las calles exhuman
sus disfraces de
personas; unas son mate
e inexplicables para
nosotros; otras se
adelantan, nos dan la
mano, caminan a nuestro
lado, hinchando los
trojes de una bien
hilada conversación.”
(Lezama Lima, 1991,
p.81). El paseo actúa de
mediador, de amigable
componedor. La caminata
por las calles es el
instante de cruces de
fugaces miradas. Son
rostros que en su
conjunto son perdidos
como lágrimas en la
lluvia porque lo que se
queda es un recuerdo
fragmentado muy tenue.
En las palabras del
flâneur, la calle es
una “(...) fluencia, río
que sumó lo heterogéneo
para formar venas, varas
lineales hasta el
confín. La sucesión nos
lleva al disfraz de
planos cubistas, y el
exceso al galope sin
contrastes llega,
inaceptable mundo
apirético, a negar el
jugo y el ser de
existencia.” (Lezama
Lima, 1991, p.167) Los
ruidos, diálogos son una
presencia constante
interrumpida por breves
silencios. En cada
esquina despunta la
posibilidad de la
renovación del ajetreo
callejero ya que los
silencios son
reemplazados por nuevos
“dialogantes, sofistas o
atletas enfurecidos”.
Así, la ciudad mantiene
encendida la llama de su
vida interior. La mejor
manera de acercarse del
calidoscopio urbano es
desde el aire como nos
sugiere
Lezama Lima: “Ganemos en
una mañana la
perspectiva aérea de La
Habana.” Las calles
también estorban
a los invasores
peatonales al retrasar
su rápida marcha al
erizar sus “aguijones y
sus ingenuos sistemas
defensivos”.
El mercado, como la
calle, es uno de los
espacios públicos de la
ciudad donde son hechos
los cambios comerciales,
pero que fomenta la
interacción de las
personas.
La fiesta persa del
mercado corresponde a la
manera de ser de Lezama
Lima que en toda su
labor literaria o
cultural, emprendida
siempre desde el rigor y
la entrega, se
desarrolla
también bajo el signo
del júbilo y de la
celebración. La esbeltez
verbal de Lezama Lima es
alimentada por sus
sentidos que son los
descubridores que podrán
reconocer las formas que
se le presenta la
ciudad. Otra ciudad en
miniatura es el circo
que trae para la mirada
el “cosmopolitismo de la
gracia” y nutre la
imaginación lezamiana:
“¿Acaso, cada uno de
esos acróbatas no nos
obligan a reinventarle
una biografía, a
completar con
la sucesión aquella
oscuridad con la que se
presentan?” (Lezama
Lima, 1991, p.115)
La Habana de Lezama Lima
corrobora que su
quehacer poético
caminaba de manos dadas
con sus eras
imaginarias. Él entra en
la ciudad por sus
portones ficticios y nos
plantea un mundo con
nuevas posibilidades de
significación ya que la
metrópoli se va
desarrollando en sus
distintos espacios y
fragmentos. La mirada
del poeta nos revela que
hay un más allá de la
superficie a través de
nuevos símbolos y
palabras. Las variadas
facetas de la urbe
descriptas durante el
paseo del flâneur
lezamiano atestiguan que
La Habana es un ser
viviente y respirante.
Bibliografía:
Benjamín, Walter.
Charles Baudelaire – um
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capitalismo. São
Paulo:
Brasiliense, 1994.
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Italo. Las ciudades
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Carpentier, Alejo. “La
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González
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Fascinación de la
memoria. Textos inéditos
de José Lezama Lima.
La Habana: Letras
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Lezama
Lima, José. La
Habana. José Lezama Lima
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Madrid; verbum, 1991.
_________________ .
A dignidade da poesia.
São Paulo: Ática,
1996.
Paz,
Octavio. El arco y la
lira. México/DF:
Fondo de Cultura
Económica, 1990.
Dossier realizado con la
colaboración del Instituto
de Literatura y
Lingüística José Antonio Portuondo,
a propósito del Centenario de José Lezama
Lima. |