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Mi contribución al
debate será sobre el
proceso de emancipación
en el momento actual: el
legado de la
independencia, el que
tenemos actualmente, que
es un mandato para
nuestro pueblo y para
nuestros gobiernos. El
objetivo es demasiado
ambicioso, tal vez; pero
se trata de una empresa
colectiva y confío en
que, a partir del debate
y del intercambio de
ideas, emergerá una
visión más clara de ese
proceso.
Comenzaré, en primer
lugar, refiriéndome a
cuál es la situación
global del imperio, pues
un análisis de los
procesos y proyectos
emancipadores actuales
no puede ser hecho al
margen de esa realidad.
También intentaré
apuntar cuáles son los
problemas que hoy se
plantean en su interior,
para ver, entonces,
cuáles son las
perspectivas que tiene
nuestro proyecto
emancipador en América
Latina.
Con la situación actual
del imperio, estamos en
presencia de una serie
de caracterizaciones que
provienen ya no de los
enemigos de ese imperio,
ya no de las fuerzas
antimperialistas, de los
políticos, intelectuales
y gobiernos que se
oponen al imperio:
resultan de una
reflexión al interior
mismo del imperio
norteamericano y de sus
más importantes
intelectuales y
estrategas. ¿Y qué dice
esa reflexión?
En los documentos de los
últimos cinco años están
planteando, de manera
muy clara, una tesis que
en América Latina
algunos esbozaron ya en
los años 80: la tesis de
la decadencia
irreversible del
imperialismo
norteamericano. En aquel
momento fue muy
discutida, inclusive, se
le atribuyó como motivo
y origen el encendido
antimperialismo de
algunos de sus cultores,
lo cual llegaba a
exagerar tendencias que
estaban presentes, pero
que no tenían la
gravedad ni la fuerza
que allí se enunciaba.
Sin embargo, vemos que
20 años después
comienzan a aparecer
textos y documentos del
Pentágono, de la CIA,
del Departamento de
estado, que tienen un
común denominador:
EE.UU. debe prepararse
para vivir en un mundo
que va a ser
completamente diferente
al mundo que hemos
conocido en los últimos
50 años. Debe prepararse
para vivir en un mundo
crecientemente hostil,
poblado por gobiernos,
regiones o conglomerados
de estados nacionales
cada vez más adversarios
en relación con sus
intereses. Un mundo
donde la supremacía ―y
esto es casi textual en
todo los estudios― que
EE.UU. logró en los 50
años posteriores al fin
de la Segunda Guerra
Mundial, ha desaparecido
para siempre, y jamás
podrá volver a ser
reconstituida. Esta
afirmación —dicha en los
años 80 producto de un
seminario que tuvo lugar
en Colombia, Bogotá―
causó estupor y fue,
incluso, rápidamente
marginalizada porque era
una visión exagerada. El
voluntarismo
antimperialista nos
tendía una trampa y nos
hacía creer algo que no
era realidad. Pero ahora
son los estrategas del
Pentágono los que dicen
esto, ahora es la CIA la
que dice eso.
En documentos que están,
inclusive,
desclasificados —es
cuestión de buscarlos a
través de Internet—, la
mayoría bajo el título
“Escenarios alternativos
para los EE.UU. en el
año 2030…”, la
conclusión que ellos
sacan de ese
diagnóstico, la
inexorable disminución
del poderío
norteamericano en el
terreno internacional,
es que tenemos que
prepararnos para 30 o 40
años de guerra, o sea,
cualquier aspiración a
suponer que el
imperialismo en esta
fase de la decadencia se
convierte en un animal
dócil y amigable es
desmentida por esos
mismos autores, esos
numerosos documentos, en
donde dice: “la única
manera en que vamos a
poder preservar algo de
la capacidad que
teníamos de preservar
nuestros intereses en la
esfera internacional es
estando dispuestos a
luchar y a pelear, y 30
o 40 años de guerras por
delante. Tenemos que
estar preparados para
eso, no hay otra
manera”. Esto resulta
importante marcarlo
porque, inclusive, en
ciertos sectores del
pensamiento de izquierda
durante algunos años
prosperó la idea de que
el imperialismo en
decadencia se convierte
en un personaje
histórico mucho más
tolerante, amigable y
dispuesto a ceder
posiciones ante los
procesos emancipatorios
en nuestras regiones.
Lo que aquellos
intelectuales, expertos,
estrategas militares del
imperio dicen, es
precisamente lo
contrario. Y es también
lo contrario lo que
EE.UU. está haciendo
como centro de todo el
sistema imperial, un
centro absolutamente
irremplazable. No hay
quien reemplace hoy a
EE.UU. en el
sostenimiento de la
estructura mundial del
capitalismo ni existe
absolutamente ningún
otro país que pueda
cumplir la misión que
cumple EE.UU. En esas
condiciones ese imperio
está dispuesto a
defender con uñas y
dientes los privilegios
de los que ha gozado
desde, por lo menos,
mediados del siglo XX.
¿En qué se basa este
diagnóstico pesimista
―que en todo caso
llamaría realista— que
hacen estos estrategas
norteamericanos? En
datos que son
absolutamente
inocultables, sabidos.
Los EE.UU. han dejado de
tener la gravitación
económica que tuvieron
en la segunda mitad del
siglo XX, cada vez es
menor; se enfrentan con
rivales de una potencia
extraordinaria. Es
decir, hace 50 años
China, como decían
algunos economistas
norteamericanos, no
contaba en la economía
mundial. Hoy en día sí
cuenta, está a punto de
convertirse en la
primera economía del
mundo. Japón estaba
destruido por la
guerra.
No haré este
diagnóstico, se conocen
bien cuáles son estos
grandes cambios; pero
fundamentalmente hay uno
que está en la base de
este asunto: EE.UU. como
imperio ostenta un
título aberrante en la
historia de los imperios
y es el primero que se
convierte, siendo centro
del imperio, en el gran
deudor. EE.UU. hoy es
responsable de
aproximadamente la mitad
de la deuda externa
mundial. Los países del
Tercer Mundo en su
conjunto muchas veces
son chantajeados por
EE.UU. cuando estos les
dicen: “Si ustedes no
pagan la deuda ponen en
peligro la estabilidad
del sistema financiero
internacional y serían
unos irresponsables”.
Pero la totalidad de los
países del Tercer Mundo
no es responsable de más
del diez por ciento de
la deuda externa
mundial. El problema
grave de la deuda
externa mundial y del
colapso de los mercados
financieros recae sobre
EE.UU., y sobre la Unión
Europea y Japón, que
está en una situación
catastrófica desde el
punto de vista de la
deuda externa, peor aun
que la que tenían los
países de América Latina
a inicios de la década
de los 80.
Si uno de los otros
países se rehúsa a
pagar, “el sistema
financiero internacional
se cae con sus
imprevisibles
consecuencias”.
Entonces, EE.UU. aparece
en la historia de los
imperios como un gran
deudor ―a diferencia de
lo que fue, por ejemplo,
el imperio británico,
acreedor de todo el
mundo de la periferia.
EE.UU. tiene esa
peculiaridad, y su
moneda, que era la
moneda emblemática: el
dólar, hoy en día está
sostenida
fundamentalmente por sus
adversarios económicos y
políticos. El dólar,
actualmente —esto lo ha
explicado Samir Amin en
numerosos trabajos— está
sostenido por la
disponibilidad o la
disposición que tienen,
esencialmente, la
República China, Rusia,
Korea, Japón de no
dejarlo caer. Esos
cuatro países son los
que están sosteniendo
hoy el dólar, lo cual
implica que de alguna
forma EE.UU. también
tiene una capacidad de
presión sobre ellos;
pero ellos también la
tienen sobre EE.UU., y
eso es lo que explica
algunos fenómenos
extraños: por ejemplo,
hace menos de dos años
hubiera habido un
ejercicio naval conjunto
entre la armada
venezolana y la armada
rusa, que solo se puede
entender a partir de la
enorme capacidad de
presión que tiene Rusia,
que supo resistir, en
función de eso, las
presiones de EE.UU.
Pero, evidentemente,
EE.UU. no pudo resistir
lo que fue una amenaza
velada que le hizo Rusia
al decir que ante el
bloqueo, el veto
norteamericano de hacer
estos ejercicios
conjuntos, Rusia estaría
pensando, entonces, en
iniciar una venta masiva
de sus reservas en
dólares, por ejemplo,
comenzando de la noche a
la mañana a vender 30
mil millones de dólares
en el mercado de
Londres, lo cual
provocaría una debacle
del dólar a nivel
mundial.
EE.UU. tuvo que aceptar
algo que jamás hubiera
aceptado antes ni
remotamente, a no ser
por este enorme poder
que tienen en el momento
actual los países que,
de alguna manera, son
adversarios de los
EE.UU. y que, por eso,
pueden imponer ciertas
políticas que antes eran
impensables. Es una
situación de debilidad
agravada por esta crisis
fiscal tremenda porque
EE.UU. lleva 40 años en
guerra y los impuestos
—sobre todo los
impuestos a los ricos y
a las grandes
corporaciones―, lejos de
ir acompañando al
esfuerzo militar, fueron
reducidos. Hoy en día el
perfil tributario de los
EE.UU. es increíblemente
regresivo. Muchos de los
indicadores de los
EE.UU. son equivalentes
a los de algunos de los
países del Tercer Mundo
en materia de inequidad
social, redisitributiva,
y ello en función de un
estado que tiene
déficits monstruosos y
que no logra conjugar.
Lo mismo sucede con el
déficit comercial y, por
lo tanto, la salida ha
sido una militarización
de la escena
internacional en
consonancia con lo que
dicen aquellos informes
a los cuales me referí
anteriormente.
La militarización brutal
de la escena
internacional y el
recorte muy
significativo de los
derechos civiles y las
libertades públicas
dentro de los EE.UU.,
resulta un asunto cuya
relevancia a veces se
soslaya y al cual no le
damos la importancia que
tiene.
EE.UU. es un país que,
internamente, tiene
restricciones muy
severas a los derechos
civiles. Este fenómeno
de creciente
militarización en el
plano internacional,
tiene su contraparte en
esta restricción de los
derechos internamente.
Cuando se habla de la
militarización en EE.UU.
hay muchos indicadores,
algunos cuantitativos,
otros cualitativos. En
relación con los
segundos, el más
significativo resulta el
desplazamiento de la
Secretaría de estado,
que fue siempre el
órgano de gobierno
norteamericano para
determinar las grandes
líneas de la política
exterior, o sea, el
manejo diplomático. Se
trata de un
desplazamiento del
Departamento de estado a
manos del Pentágono.
Este no es un proceso
que se produce en un
día, no aparece de la
noche a la mañana, pero
claramente hubo un punto
de inflexión con el 11
de Septiembre de 2001,
sobre el que existen
cada vez mayores
sospechas, dentro de
EE.UU. El debate ―que no
adquiere todavía mucha
visibilidad pública pero
que está muy presente—
se centra en indagar qué
fue lo qué paso, hasta
qué punto ese incidente
no fue planificado desde
dentro de los EE.UU.
Hoy en día hay hasta
sospechas que no están
en manos de grupos
extremistas radicales o
paranoicos, sino,
inclusive, de gente que
tiene una mirada mucho
más tranquila y sobria
sobre el proceso
político norteamericano.
El libro de Paul O'Neill
―quien fuera primer
secretario del Tesoro
del gobierno de George
Bush― dice que en enero
de 2001 se estaba
planteando en una
reunión del gabinete más
cercano del presidente
Bush, la necesidad de
apoderarse del petróleo
de Irak. Así,
sencillamente, porque
había llegado poco
tiempo antes un informe
acerca del creciente
desabastecimiento
petrolero a nivel
mundial o debido a las
enormes complejidades
ante la importación de
los 15 millones de
barriles, garantizados
para EE.UU. Ante ese
informe tan preocupante,
parecería ser que fue
Condoleezza Rice o Dick
Cheney, el
vicepresidente de los
EE.UU., quienes dijeron:
“tenemos que hacernos
del petróleo de Irak”.
Eso lo registra
prolijamente Paul
O'Neill, al expresar que
fue para él una gran
sorpresa que aquello se
planteara en enero de
2001, o sea, pocos meses
antes de las Torres
Gemelas y el Pentágono.
La respuesta que se dio
ante esa discusión, fue:
“necesitamos una buena
excusa para ello”. Lo
que mencioné está en el
libro de Paul O'Neill
titulado El precio de
la lealtad,
traducido al español y
que ya circula. Resulta
impresionante lo que
refiere: pocos meses
antes se estaba buscando
un buen pretexto, que
vino el 11 de
Septiembre.Colin Powell
―quien era el secretario
de estado de George Bush
en la primera sesión― se
opuso a la guerra de
Irak, y hasta dijo que
renunciaría; pero ahí
apareció, seguramente,
una pandilla como esas
que vemos en la
películas americanas,
que le dijeron: “a donde
tú crees que vas, no vas
a ningún lado, tú no
renuncias, te quedas
hasta el final del
mandato de Bush”. Y se
tuvo que quedar.
Lo que salió en la
prensa es que Powell
decía que destruir Irak
y matar a Saddam Hussein
era muy fácil; y que
como general de carrera
diría cómo salir después
de Irak. Un general no
solamente tiene que
planear ganar una
batalla o una guerra,
sino luego retirarse.
Y allí hubo una muy
encendida discusión en
que Powell aparentemente
muy enojado dijo: “acá
quienes opinan son Bill
Cheney, Donald Rumsfeld,
el secretario del
Departamento de defensa
del Pentágono y
Condoleezza Rice”,
ninguno de los cuales
puede diferenciar una
pistola de un revólver.
Y esa gente es la que le
está diciendo al
presidente Bush que
invada, ocupe y entre en
Irak.
Y partir de ahí, Powell
entró en una especie de
cono de sombra,
prácticamente no hizo
más grandes
declaraciones hasta que
terminó su primer
mandato y,
efectivamente, renunció.
Se dice que, en un
cierto sentido, dejó de
ser un hombre público,
pero claramente esto
marcó un desplazamiento
donde ya ellos fijaron
la política exterior, no
solamente la política
militar, sino la
política exterior global
de los EE.UU. Entonces,
la solución siempre es
militar, lo cual explica
por qué cada vez menos
el Departamento de
estado aparece como un
elemento importante en
la gestión de la
política pública de los
EE.UU.
Ahora viene una cierta
recuperación con la
presencia de Hillary
Clinton, pero esta
funcionaria representa
claramente al complejo
militar industrial, lo
cual se puso de
manifiesto de manera muy
meridiana cuando se
produjo el golpe de
Estado en Honduras,
donde la primera
reacción de Obama, que
era de condenar el
golpe, al día siguiente,
fue enmendada por la
Secretaría diciendo que
se trataba de un
“paréntesis
institucional”
debidamente procesado en
función de las
decisiones del
Congreso.
Esto marca, claramente,
el proceso de
colonización
del Departamento de
estado a manos del
Pentágono y explica,
entonces, esta enorme
escalada militar, y aquí
si ya vienen algunas
datos cuantitativos muy
elocuentes, que
demuestran la vocación
del imperio de reprimir
cualquier proceso de
autonomía o de
emancipación, sobre
todo, de América Latina,
que es para EE.UU., de
lejos, el área más
importante de la
política mundial.
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Muchas veces, se
acostumbra a escuchar
declaraciones del
gobierno de EE.UU.,
incluso de algunos
gobernantes de América
Latina que dicen:
“tenemos que negociar
con EE.UU., pero seamos
realistas, somos una
región irrelevante para
EE.UU.; primero está el
Medio Oriente, luego
Europa, Asia Central,
etc…”. Ello es incierto,
para EE.UU. esta es la
región más importante
del mundo y sino
pregunto: por qué en la
primera doctrina de
política exterior de los
EE.UU., que se elabora
en 1823 ―cuando todavía
no había concluido el
proceso de independencia
en Sudamérica, un año
antes de la Batalla de
Ayacucho—, el presidente
Monroe saca a la luz lo
que sería la doctrina
fundamental de ese país,
que se seguiría a lo
largo de dos siglos y de
la cual el ALCA era el
remate final del
proyecto de Monroe, que
era anexar a toda
América Latina al
dominio de los EE.UU.
¿Por qué una región tan
irrelevante merece una
doctrina de política
exterior que perdure a
largo de los siglos?
La segunda doctrina de
política exterior que
saca EE.UU. es la
Doctrina Wilson, en
1917, ya en medio de la
Primera Guerra Mundial y
habiendo estallado la
primera fase de la
Revolución Rusa, en
febrero de ese año, y
que domina sobre la
política hacia Europa,
porque esta región es
fundamental para ellos
desde el punto de vista
militar, estratégico,
desde la perspectiva de
los recursos naturales:
la mitad del agua dulce
de planeta Tierra está
en América Latina; una
parte significativa de
los recursos
energéticos,
petrolíferos, de gas
está en América Latina;
los minerales
fundamentales para las
modernas industrias
están en América Latina;
la biodiversidad de
América Latina
representa más de la
mitad de la
biodiversidad mundial.
Un autor canadiense,
cuyo nombre no recuerdo,
publicó en una revista
de Ciencias Biológicas
que en un metro cuadrado
de la Amazonia existía
más biodiversidad que en
todo el territorio de
Canadá, y esa
biodiversidad está en la
base de la moderna
industria farmacéutica,
la Bioquímica, la
Ingeniería Genética, lo
que hoy moviliza uno de
los grandes debates en
el seno de la
Organización Mundial de
Comercio: el tema de la
propiedad intelectual,
sobre el que EE.UU. está
presionando tanto. No se
trata solo de nuestros
artistas y creadores,
sino fundamentalmente de
la propiedad intelectual
para apoderarse de los
bienes de la naturaleza,
a partir de la
Ingeniería Genética y
preparar, entonces,
productos genéticamente
modificados que, a
diferencia de las
semillas tradicionales,
por ejemplo, tienen que
ser adquiridos en la
región.
Por eso, América Latina
es fundamental para
ellos; por eso la
militarización; el
encarnizamiento en
contra de los gobiernos
y en contra de que
levanten banderas de
emancipación y
autonomía; por eso el
encarnizamiento en
contra del pésimo
ejemplo de Cuba, que es
para ellos absolutamente
intolerable, y que
demuestra que un país
pobre que ha resistido
el bloqueo durante más
de 50 años puede
garantizarle condiciones
de vida al conjunto de
la población, lo cual no
se tiene en otros países
de América Latina; y por
eso el encarnizamiento
con Venezuela, con
Bolivia, con Ecuador; y
por eso esa fenomenal
expansión en América
Latina, que en un plazo
de diez años está
rodeada de bases
militares en toda la
región. Tenemos bases en
Guantánamo —en Cuba—, en
Puerto Rico, en El
Salvador, en Honduras;
amenazas de una
presencia masiva de
marines en Costa Rica,
que por ahora está
detenida —ojalá sea para
siempre—, aunque
continúa el peligro.
Panamá: cuatro siglos de
gobierno de Martinelli,
cuatro bases militares,
dos a ambos lados del
litoral; las bases de
Colombia, que también
están en suspenso porque
hay un dictamen del
tribunal constitucional
que declaró que ese
tratado es
inconstitucional, tema
que fue comentado por
Fidel en una de sus
reflexiones, y que
claramente significaba
la total anexión de
Colombia a los EE.UU. Cualquier
persona, amparada por
ese tratado, podía
llegar a los EE.UU. con
un simple documento de
identidad cualquiera:
como un carnet de una
biblioteca y Colombia
renunciaba a su derecho
de inspeccionar
cualquier cargamento que
entrase o saliese de su
territorio. Bajo el
amparo de es tratado,
podían hasta
introducirse allí
armamentos nucleares.
Esto claramente revela
hasta qué punto va ese
proyecto que ha
terminado en todo ese
rosario bases militares
que rodean esta gran
cuenca amazónica,
enorme depósito de
recursos de todo tipo
que se requieren para
sostener un modelo de
consumo como el que
tienen los EE.UU., que,
por supuesto, son
absolutamente
intolerables ante
cualquier iniciativa de
nuestros gobiernos para
tratar de cambiar esta
situación.
Casa de las Américas, 22
de noviembre de 2010.
Versión de las palabras
a propósito del Coloquio
Internacional La América
Latina y el Caribe entre
la independencia de las
metrópolis coloniales y
la integración
emancipatoria. |