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Las lecturas y otras experiencias nos
conectan con amigos y colegas. Hay un
comentario, una idea, el acuse de recibo
de un entusiasmo, que se guardan en la
memoria —como al descuido, sin pasión— y
después, a su hora, regresa aquella
sugerencia con inusitada claridad.
Por estos días, estoy leyendo a Ricardo
Piglia, el excelente narrador argentino
que había frecuentado muy poco. Pienso,
al comprobar la calidad de la prosa y la
humanidad poderosa de los personajes, en
Jorge Fornet. Muchos cubanos sabrán a
quién me refiero. En este caso no se
trata de comentario de bar o de pasillo.
Fornet es autor de las mejores
reflexiones sobre Piglia en nuestro
ámbito. Lo recuerdo, además, porque se
trata de un sólido intelectual nada
pedante ni denso. Como su padre
Ambrosio, Jorge es un tipo sonriente,
suave, agradable.
En el verano nos vimos en nuestra Habana
y apenas pudimos conversar. Nos sentamos
uno junto al otro —como solemos hacerlo—
en una larga y enrevesada reunión. Al
salir, los dos teníamos prisa y nos
conformamos con una sonrisa de
complicidad y un mandar saludos a la
familia. De Jorge como compañero de vida
tengo la impresión, el testimonio
cotidiano de comprobar su parte en el
buen carácter, la lucidez y el encanto
de su mujer Zayda Capote, ensayista,
colega, excompañera de trabajo, “socita
fuerte”, agregaríamos en cubano de
barrio.
Cuando me bajo en la estación Buenos
Aires de Madrid, pienso en los amigos
que más les gusta Borges. Hace poco le
contaba a Chinea, compañero de mis
andanzas juveniles y fanático al gran
escritor argentino, que precisamente la
parada de Metro más cercana a la cama
donde duermo por estos días, se adorna
con unos versos de Borges en la pared.
Con mi hijo Amadín me conectan, como es
de suponer, muchas cosas. El fútbol
sobresale por estos días y les gana
espacio a nuestras reflexiones sobre
cine o la Historia que fue pasión de mi
padre y ahora es la carrera de este
nieto que no llegó a conocer. Los temas
siguen siendo varios, pero los goles y
las estrategias del campo ganan terreno.
Además nuestros comentarios tienen
cierto sabor de ingenua discrepancia. A
Amadín le gusta más el Madrid y yo me he
ido aficionando al juego dinámico del
Barcelona.
Volviendo a las películas y los libros,
las sugerencias se quedan ahí, en un
limbo empolvado hasta que la calidad de
un creador nos conecta con aquella
proclamación de entusiasmo. Para el
futuro, para esa gente —conocida o por
conocer— que se asome a estas líneas,
anoto tres preferencias para posibles
conexiones y que alivian el temprano
frío de Madrid: el novelista inglés
Julian Barnes, el gallego Manuel Rivas y
no repito a Piglia, pues para esa
recomendación nada como leer al
entrañable Jorge Fornet. |