El 5 de marzo de 1952, Ernesto
Guevara se encontraba en Valparaíso,
Chile, en unión de Alberto Granado.
Ambos argentinos habían partido de
Buenos Aires el pasado 4 de enero,
en una añeja motocicleta con el fin
de visitar varios países de América.
Para esa fecha su anciano medio de
transporte había agotado sus fuerzas
y tuvieron que dejarla en la capital
de ese país. Pero como estaban
decididos a cumplir su proyecto de
trotamundos, continuaron camino
valiéndose de los aventones,
botellas, etcétera, que se le
facilitara. Hasta esa ciudad habían
llegado caminando y, finalmente, en
la cama de un camión.
Una vez, que han zapateado la ciudad
y han visto lo que más les interesa,
y dispuestos a seguir viaje, pero
“empeñados en eludir el desierto del
norte de Chile viajando por mar”, se
dirigen al muelle. En estos trajines
conocen a un capitán quien les dice
que, con el permiso de la
gobernación marítima para que se
paguen el pasaje trabajando en su
barco, él los lleva hasta
Antofágasta. Al no lograrse “Alberto
tuvo una decisión heroica que me
comunicó enseguida: subirnos al
barco de pronto y escondernos en la
bodega.” Escribió Ernesto en el
diario que llevó durante ese
recorrido.
Felices luego de comer y beber vino
con el samaritano fondero, quien
desde su llegada a esa ciudad les ha
dado de comer en su establecimiento,
y las dos viejas que allí trabajan,
ya de noche del 8 de marzo se
dirigen al puerto, a vencer nuevos
obstáculos: el primero, pasar por el
control de la aduana.
―¿A dónde van ustedes? ―Pregunta
secamente el carabinero de la
entrada.
―Somos tripulantes del San Antonio,
respondió con firme voz Alberto,
mientras Ernesto asienta con la
cabeza.
―Vayan con los aduanaros para que le
revisen el equipaje ―Fue la
respuesta, y seguidamente se
encaminan a un mostrador y cuando
van a quitarse sus mochilas, el
aduanero los mira de arriba abajo y
les dice:
―No hace falta, pasen. Sorprendidos,
interiormente dan las gracias y sin
perder un instante se adentran en el
puerto. Ya cerca del San Antonio, un
barco de poco tonelaje, observan el
febril movimiento a bordo. Pero el
barco está separado del muelle y no
es posible entrar, hay que esperar a
que se arrime al espigón, y sentados
sobre sus mochilas deciden hacerlo,
al lado de un güinche. El operador
del equipo les advierte tener
cuidado con el oficial del muelle,
que de seguro no les permitirá
entrar a la nave y los mandará a
detener.
A media noche el barco se arrima
para propiciar el cambio de los
estibadores, pero la presencia del
oficial les impide abordarlo. El
frío aumenta, en ocasiones caminan
de un lado a otro para entrar en
calor, aunque el mayor tiempo lo
pasan acurrucados junto al güinche,
calentándose con el vapor de su
escape. Cuando el carabinero se
acerca, aumenta el nerviosismo de
los jóvenes y se aprietan hasta
convertirse en un ovillo. Ellos no
saben si por suerte no los ve, o es
que se hace de la vista gorda.
A una buena cantidad de kilómetros,
la pareja de argentinos no podían
imaginarse que un grupo de hombres
también se cuidaban de no ser
descubiertos. Se trataba de los
conspiradores que daban los últimos
detalles del artero golpe a la
constitución cubana.
Tiritando Ernesto y Alberto en
constante vigía pasan la madrugada,
el reloj parece detenido. Y lo peor
es que no surge la posibilidad de
abordar el barco. Amanece y hay un
nuevo cambio de turno, y también del
oficial del muelle. Finalmente, el
buque se pega al espigón. Los ojos
les brillan de alegría y con la
mirada se dicen: “Esta es nuestra
oportunidad”. Decididos se encaminan
hacia la deseada meta y con la mayor
naturalidad del mundo atraviesan la
plancha que une al San Antonio con
la tierra, introducen las mochilas
en el bote salvavidas, se meten en
un baño y pasan el pestillo. Sienten
que todo está resuelto y ni siquiera
se preocupan del mal olor que sale
de la taza, sin agua para
descargarla. Piensan que el barco
zarpará enseguida, pero la situación
no se comporta como desean: “De ahí
en adelante ―anotó Ernesto— nuestra
tarea se limitó a decir con voz
gangosa “no se puede” o “está
ocupado”. Al medio día los motores y
los polizontes se revuelven de
alegría, pero es una falsa ilusión,
al poco rato se apagan los motores.
Los toques a la puerta se repiten y
las respuestas también: “!Hay
gente!”.
Otro largo tiempo tienen que
soportar el mal olor, hasta que de
nuevo oyen el arranque de los
motores; “¿saldrá el barco por fin?”
―se preguntan. Un vistazo desde el
pequeño ojo de buey del servicio
sanitario lo confirma. Ernesto
continuó en su diario: “Las 12 eran
ya recién salía el barco, pero
nuestra alegría había disminuido
bastante, ya que la letrina, tapada
al parecer desde hacía bastante
tiempo, despedía un olor
insoportable y el calor era muy
intenso. Cerca de la una, Alberto
había vomitado todo lo que tenía en
el estomago y a la cinco de la
tarde, muertos de hambres y sin
costa a la vista, nos presentamos
ante el capitán (…) Este se
sorprendió bastante al vernos de
nuevo y en esas circunstancias, para
disimular nuestra antigua relaciones
delante de los otros oficiales, nos
guiñó un ojo aparatosamente mientras
nos preguntaba con voz de trueno:
‘¿Ustedes creen que para viajar lo
único que hay que hacer es meterse
en el primer barco que encuentren?
¿No han pensado las consecuencias
que les va a traer esto?’. La verdad
es que no habíamos pensado nada”.
Finalizando su responso, el capitán
llama al mayordomo y con la misma
seriedad y su voz fuerte expresa:
“Este par de caballeros quedan bajo
sus órdenes, ya que están acá, no
puedo botarlos al agua. Déles
bastante pega y que se acomoden
donde puedan (…) ¡Ah!, también déles
algo de comida”, según apuntó
Granado, en el también diario que
escribió. Como el hambre es tanta,
devoran todo lo que sirven.
Seguidamente, el mayordomo les dice:
“usted, se quedará en la cocina como
pinche ―indica a Granado— y, usted,
venga conmigo, empezará por el baño
donde se escondieron”. De aquel
momento Ernesto recuerda: “La comida
se me atragantó en la garganta y
cuando bajaba protestando entre
dientes, perseguido por la mirada
‘cachadora’ de Alberto, encargado de
pelar las papas, confieso que me
sentía tentado a olvidar todo lo que
se hubiera escrito sobre regla de
compañerismo y pedir cambio de
oficio. ¡Es que no hay derecho! Él
añade su buena porción a la
porquería acumulada allí y la limpio
yo”. Aunque el trabajo de Granado es
más pasajero, es víctima de mareos y
vómitos. Lo que aprovechó su amigo
para retratarlo “llorando a moco
tendido”.
Mientras los polizontes vuelan por
las regiones de sus ensueños, a
miles de kilómetros, hacia el norte,
en la mayor isla del mar Caribe,
Cuba, se fragua un golpe de Estado.
La descomposición moral y el saqueo
al presupuesto de los gobernantes,
generalizado en todas las
dependencias del gobierno,
“justifica” el nuevo movimiento
sedicioso dentro de las Fuerzas
Armadas, que origina el golpe de
Estado encabezado por Fulgencio
Batista, ese 10 de marzo de 1952.
Esta fecha tan luctuosa para los
patriotas cubanos, es para los
polizontes un día más. Las horas del
día la invirtieron en sus
respectivos trabajos. De lo sucedido
en Cuba no escucharon noticia alguna
en el barco. Evidencia del porqué no
apareciera ninguna nota en los
diarios que ambos llevaban. Y los
golpistas sin ninguna resistencia
por los gobernantes derrocados se
consolidaban en el poder. Por la
noche juegan de nuevo, hasta que
observan en la lejanía las luces de
Antofagasta y a las dos de la
madrugada del 11 de marzo, inician
el atraque. Luego del descargue, y
con la seguridad de seguir
navegando, bajan a tierra. En
entrevista que el autor le hizo a
Alberto Granado, dijo que conocieron
del golpe militar en Cuba al
desembarcar, pero no recuerda ningún
comentario especial sobre el hecho.
Inimaginable podía ser para el joven
Ernesto, que aquel lejano y confuso
suceso sería quien provocaría que
fuera a combatir a Cuba. Para ellos,
en esos momentos, su principal
preocupación estaba centrada en
encontrar un medio de transporte
para continuar con sus bártulos
trotamundeando.
FIN DE LA CRÓNICA