Año IX
La Habana
2010

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 Crónicas de la lucha revolucionaria en Cuba
¿Qué hacía Che el 9 y el 10 de marzo de 1952?     
William Gálvez • La Habana
 

El 5 de marzo de 1952, Ernesto Guevara se encontraba en Valparaíso, Chile, en unión de Alberto Granado. Ambos argentinos habían partido de Buenos Aires el pasado 4 de enero, en una añeja motocicleta con el fin de visitar varios países de América. Para esa fecha su anciano medio de transporte había agotado sus fuerzas y tuvieron que dejarla en la capital de ese país. Pero como estaban decididos a cumplir su proyecto de trotamundos, continuaron camino valiéndose de los aventones, botellas, etcétera, que se le facilitara. Hasta esa ciudad habían llegado caminando y, finalmente, en la cama de un camión.

Una vez, que han zapateado la ciudad y han visto lo que más les interesa, y dispuestos a seguir viaje, pero “empeñados en eludir el desierto del norte de Chile viajando por mar”, se dirigen al muelle. En estos trajines conocen a un capitán quien les dice que, con el permiso de la gobernación marítima para que se paguen el pasaje trabajando en su barco, él los lleva hasta Antofágasta. Al no lograrse “Alberto tuvo una decisión heroica que me comunicó enseguida: subirnos al barco de pronto y escondernos en la bodega.” Escribió Ernesto en el diario que llevó durante ese recorrido.

Felices luego de comer y beber vino con el samaritano fondero, quien desde su llegada a esa ciudad les ha dado de comer en su establecimiento, y las dos viejas que allí trabajan, ya de noche del  8 de marzo se dirigen al puerto, a vencer nuevos obstáculos: el primero, pasar por el control de la aduana.

―¿A dónde van ustedes? ―Pregunta secamente el carabinero de la entrada.

―Somos tripulantes del San Antonio, respondió con firme voz Alberto, mientras Ernesto asienta con la cabeza. 

―Vayan con los aduanaros para que le revisen el equipaje ―Fue la respuesta, y seguidamente se encaminan a un mostrador y cuando van a quitarse sus mochilas, el aduanero los mira de arriba abajo y les dice: 

―No hace falta, pasen. Sorprendidos, interiormente dan las gracias y sin perder un instante se adentran en el puerto. Ya cerca del San Antonio, un barco de poco tonelaje, observan el febril movimiento a bordo. Pero el barco está separado del muelle y no es posible entrar, hay que esperar a que se arrime al espigón, y sentados sobre sus mochilas deciden hacerlo, al lado de un güinche. El operador del equipo les advierte tener cuidado con el oficial del muelle, que de seguro no les permitirá entrar a la nave y los mandará a detener. 

A media noche el barco se arrima para propiciar el cambio de los estibadores, pero la presencia del oficial les impide abordarlo. El frío aumenta, en ocasiones caminan de un lado a otro para entrar en calor, aunque el mayor tiempo lo pasan acurrucados junto al güinche, calentándose con el vapor de su escape. Cuando el carabinero se acerca, aumenta el nerviosismo de los jóvenes y se aprietan hasta convertirse en un ovillo. Ellos no saben si por suerte no los ve, o es que se hace de la vista gorda. 

A una buena cantidad de kilómetros, la pareja de argentinos no podían imaginarse que un grupo de hombres también se cuidaban de no ser descubiertos. Se trataba de los conspiradores que daban los últimos detalles del artero golpe a la constitución cubana. 

Tiritando Ernesto y Alberto en constante vigía pasan la madrugada, el reloj parece detenido. Y lo peor es que no surge la posibilidad de abordar el barco. Amanece y hay un nuevo cambio de turno, y también del oficial del muelle. Finalmente, el buque se pega al espigón. Los ojos les brillan de alegría y con la mirada se dicen: “Esta es nuestra oportunidad”. Decididos se encaminan hacia la deseada meta y con la mayor naturalidad del mundo atraviesan la plancha que une al San Antonio con la tierra, introducen las mochilas en el bote salvavidas, se meten en un baño y pasan el pestillo. Sienten que todo está resuelto y ni siquiera se preocupan del mal olor que sale de la taza, sin agua para descargarla. Piensan que el barco zarpará enseguida, pero la situación no se comporta como desean: “De ahí en adelante ―anotó Ernesto— nuestra tarea se limitó a decir con voz gangosa “no se puede” o “está ocupado”. Al medio día los motores y los polizontes se revuelven de alegría, pero es una falsa ilusión, al poco rato se apagan los motores. Los toques a la puerta se repiten y las respuestas también: “!Hay gente!”. 

Otro largo tiempo tienen que soportar el mal olor, hasta que de nuevo oyen el arranque de los motores; “¿saldrá el barco por fin?” ―se preguntan. Un vistazo desde el pequeño ojo de buey del servicio sanitario lo confirma. Ernesto continuó en su diario: “Las 12 eran ya recién salía el barco, pero nuestra alegría había disminuido bastante, ya que la letrina, tapada al parecer desde hacía bastante tiempo, despedía un olor insoportable y el calor era muy intenso. Cerca de la una, Alberto había vomitado todo lo que tenía en el estomago y a la cinco de la tarde, muertos de hambres y sin costa a la vista, nos presentamos ante el capitán (…) Este se sorprendió bastante al vernos de nuevo y en esas circunstancias, para disimular nuestra antigua relaciones delante de los otros oficiales, nos guiñó un ojo aparatosamente mientras nos preguntaba con voz de trueno: ‘¿Ustedes creen que para viajar lo único que hay que hacer es meterse en el primer barco que encuentren? ¿No han pensado las consecuencias que les va a traer esto?’. La verdad es que no habíamos pensado nada”. 

Finalizando su responso, el capitán llama al mayordomo y con la misma seriedad y su voz fuerte expresa: “Este par de caballeros quedan bajo sus órdenes, ya que están acá, no puedo botarlos al agua. Déles bastante pega y que se acomoden donde puedan (…) ¡Ah!, también déles algo de comida”, según apuntó Granado, en el también diario que escribió. Como el hambre es tanta, devoran todo lo que sirven. Seguidamente, el mayordomo les dice: “usted, se quedará en la cocina como pinche ―indica a Granado— y, usted, venga conmigo, empezará por el baño donde se escondieron”. De aquel momento Ernesto recuerda: “La comida se me atragantó en la garganta y cuando bajaba protestando entre dientes, perseguido por la mirada ‘cachadora’ de Alberto, encargado de pelar las papas, confieso que me sentía tentado a olvidar todo lo que se hubiera escrito sobre regla de compañerismo y pedir cambio de oficio. ¡Es que no hay derecho!  Él añade su buena porción a la porquería acumulada allí y la limpio yo”. Aunque el trabajo de Granado es más pasajero, es víctima de mareos y vómitos. Lo que aprovechó su amigo para retratarlo “llorando a moco tendido”. 

Mientras los polizontes vuelan por las regiones de sus ensueños, a miles de kilómetros, hacia el norte, en la mayor isla del mar Caribe, Cuba, se fragua un golpe de Estado. La descomposición moral y el saqueo al presupuesto de los gobernantes, generalizado en todas las dependencias del gobierno, “justifica” el nuevo movimiento sedicioso dentro de las Fuerzas Armadas, que origina el golpe de Estado encabezado por Ful­gencio Batista, ese 10 de marzo de 1952.

 

Esta fecha tan luctuosa para los patriotas cubanos, es para los polizontes un día más. Las horas del día la invirtieron en sus respectivos trabajos. De lo sucedido en Cuba no escucharon noticia alguna en el barco. Evidencia del porqué no apareciera ninguna nota en los diarios que ambos llevaban. Y los golpistas sin ninguna resistencia por los gobernantes derrocados se consolidaban en el poder. Por la noche juegan de nuevo, hasta que observan en la lejanía las luces de Antofagasta y a las dos de la madrugada del 11 de marzo, inician el atraque. Luego del descargue, y con la seguridad de seguir navegando, bajan a tierra. En entrevista que el autor le hizo a Alberto Granado, dijo que conocieron del golpe militar en Cuba al desembarcar, pero no recuerda ningún comentario especial sobre el hecho.  

Inimaginable podía ser para el joven Ernesto, que aquel lejano y confuso suceso sería quien provocaría que fuera a combatir a Cuba. Para ellos, en esos momentos, su principal preocupación estaba centrada en encontrar un medio de transporte para continuar con sus bártulos trotamundeando.  

FIN DE LA CRÓNICA

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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