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Abrió la puerta y ahí estaba ella, había
estado insistiendo una y otra vez con el
timbre. Ven, pasa, estoy en el patio,
bañando al perro. La casa era larga, un
pasillo, a la izquierda los cuartos, más
allá la cocina, a la derecha el comedor,
una verja, unos escalones, el patio, el
perro que aguardaba enjabonado, fija la
mirada sobre el suelo. Byron, te
presento a mi mejor amiga, dijo el
hombre. El perro levantó la mirada al
cielo, temblaba. Chona, te presento a
Byron. El hombre se rió, con la manguera
remojó un tanto al perro antes de
continuar enjabonándolo. Roger, me voy a
suicidar. El hombre dejó la manguera a
un lado, no cerró el grifo y el agua
continuó saliendo con fuerza. ¿Qué te
pasa? La muchacha se sentó en los
escalones de cemento, en el más cercano
a la verja que aún no estaba mojado.
Nada, que me suicido, repitió. El perro
no dejaba de mirar al cielo y seguía
temblando. Pero, ¿te pasó algo? La
muchacha negó, a desgana: ¿cuando tú
querías suicidarte hace unos meses te
pasaba algo? Sí, dijo el hombre, me
pasaba, estaba solo, más solo que un
perro. Ella miraba el agua que comenzaba
a estancarse alrededor del tragante, un
tragante que no dejaba salir el agua,
así sucede siempre, algo no cumple la
misión para la cual existe, no la cumple
y entonces comienzan los problemas. Yo
también estoy sola, pero no me suicido
por eso, igual lo haría si tuviera un
batallón conmigo. ¿Y Adrián? Se fue. ¿A
su provincia? No, a Francia, a Marsella,
lo invitó un amigo, me escribió que no
vuelve. ¿Y por eso quieres suicidarte?
Ella suspiró: ya te dije que no, Adrián
era alguien ahí, no sé, una compañía,
alguien que no intentaría algo negativo
contra uno, una compañía benévola y
sana, eso, sana. El hombre la miró muy
serio. Tiempo de buscar otra compañía
benévola y sana, acotó. El perro había
quedado olvidado y ahora temblaba más.
Oye, acaba de quitar el jabón y secar a
ese pobre perro, tiembla como un bendito
y tal vez termine suicidándose también.
El hombre se afanó con el perro, quería
quitarle el jabón rápido, secarlo,
ocuparse de la muchacha. ¿Desde cuándo
tienes un perro? Desde marzo, me lo
regaló una prima, ¿te gusta? No, no me
gustan los perros, tienen garrapatas,
cuando tienen muchas entonces uno se las
encuentra por las paredes, y este es
enorme, tendrá garrapatas igual de
grandes, aunque los bañen los perros
siempre tienen garrapatas. Este no
tiene, aseguró el hombre. Ella negó con
la cabeza: todos tienen, y no se
suicidan, se meten debajo de los muebles
y miran la vida desde ahí con tremenda
cara de mierda. Bueno, si quieres que te
diga algo, este perro tendrá una mirada
de mierda cuando se mete debajo de las
butacas pero me ha ayudado a salir a mí,
yo estaba debajo de un montón de
porquerías, la mirada peor que la
mierda, y salí, desde que Sachy murió no
me había ocupado de alguien, ahora está
él. ¿Qué tiempo hace de lo de Sachy? Van
a cumplirse tres años, ven, ya está
listo Byron. El perro había quedado todo
lo seco que se podía con la toalla y el
hombre lo dejó en el patio, al sol. Tres
años, pensó ella, el tiempo apesta,
hiede como heces de vaca. Se fueron a
uno de los cuartos, de una de las
paredes colgaba una foto inmensa; un
viejo calvo, gafas a lo Lennon y ropas
blancas. ¿Quién coño es ese? Gandhi, el
Mahatma, leí un libro sobre él y
gestioné la foto en la Embajada India.
El hombre se sentó en la butaca de tela
deshilachada, la muchacha se echó a la
cama. ¿Y qué hizo el tal Mahatma? Es el
padre de la independencia de la India.
Vaya, soltó ella, otro que mató a un
montón de gente por un pedazo de tierra.
No mató a nadie, sostuvo él, fue un
santo, hizo libre a su país sin matar a
nadie. La muchacha lo miró, con asombro,
silbó, después regresó al desinterés:
bravo por él, lo que soy yo no voy a
luchar por la independencia de nadie,
voy a luchar por mi propia
independencia, voy a suicidarme. ¿Por
qué no te buscas un perro? Ya te dije,
no me gustan, a ti puede que ese perrazo
te haya salvado, tú ibas a suicidarte
por soledad, yo me suicido porque me da
la gana, a mí no me salva ni un león.
Hizo un ademán señalando la foto de la
pared: a mí no me salva ni el Mahatma
ese. ¿Por qué quieres morirte? Ni
siquiera sé por qué carajo quiero
morirme, pero estoy segura de que
quiero, eso sí, ufff, estoy hasta el
pelo, muy cansada, uno respira y todo
parece impostado. El hombre la miraba,
ceñudo. ¿Sabes lo que significa? ¿Qué?
Esa palabra, impostado. Falso, uno
respira y todo es falso, no es oxigeno,
es algo que se le parece, como decía
Adrián, un sucedáneo, hasta con el aire
te engañan. ¿Quién te engaña? Todos y
todo. El hombre la miró sin entender
mucho, la miró como buscando sobre la
piel las causas, los pesares, todo
cuanto pudiera provocar aquella abulia,
aquella paranoia. Ella tenía los ojos
pegados sobre el techo, estoy harta,
aseguró, y después: dame una sola razón,
una sola, por la que valga la pena no
morirse, una sola. El hombre lo pensó
bastante rato, sin mirarla. No sé, hay
muchas, millones, te citaría cien,
doscientas, pero te burlarías, no se me
ocurre ninguna lo suficientemente
inteligente, una que te convenza, tú no
necesitas ahora un amigo que te
convenza, necesitas un Hegel o un Kant
que te apachurre con razones de lujo, yo
te diría que vivir es el don supremo,
que no hay algo más importante, que es
maravilloso. Puaafff, son las palabras
de un mediocre, y tú no eres un
mediocre. Sabía que dirías eso. La
muchacha suspiró: y… ¿Hegel o Kant
podrían darme esas razones? Seguro, pero
no te las darán, están muertos. ¿Se
suicidaron? No, murieron, de viejos.
Eran unos imbéciles, no me convencerían,
negó ella, ¿sabes por qué? No, ¿por qué?
Porque estoy har-ta. Yo también,
aclaró él, pero ahora no tengo ganas de
morirme. ¿Y de qué tienes ganas? Él
cruzó las piernas sobre el butacón:
mira, yo soy muy curioso, yo quisiera
estar vivo solo para saber en qué coño
va a terminar todo esto. ¿Qué es todo
esto? Pues, no sé, la impostura, como tú
dices, el país, el hombre, el mundo, qué
va a suceder con tanta tecnología, quién
va a guerrear con quién, cuándo
colonizarán la Luna o Júpiter, cuándo se
correrán en ocho segundos los cien
metros planos. Ella sostuvo que nada de
aquello le importaba, todo era la misma
mierda, el país, el hombre y el mundo
podrían hacer lo que mejor les
pareciera, irse a la cloaca si eso les
resultaba agradable, la tecnología, las
guerras y Júpiter eran todavía más
asquerosos, y si alguien corre cien
metros en cuarenta horas o en ocho
segundos aquello no iba a cambiar un
demonio, todo seguiría siendo tan
aburrido y apestoso como hoy. El hombre
se levantó y puso un casete en el viejo
equipo, Mozart, la música quedó ahí,
apenas insinuándose, revoloteando hasta
las paredes y llenándolo todo. Mira,
explicó, cuando la guagua mató a Sachy
yo estuve a punto de matarme, ese día
que fui a tu casa, ese, fue uno de los
peores, si no llegas a estar ese día en
tu casa tal vez yo me habría tirado del
puente. Ella se rió: yo no me voy a
tirar del puente, ese puente no tiene ni
diez metros de altura, me rompo el alma
pero quedo viva, me llenan de yeso, y
partirse un hueso seguro duele más que
morirse. Él hizo la cronología de todas
las veces en que escuchó decir que
alguien había cometido la estupidez de
lanzarse de aquel puente, en todos los
años que llevaba viviendo en aquel lugar
muchas eran las historias, todos
despanzurrados, recogidos con pala, la
pala raspaba el piso, raspaba y raspaba
para no dejar pedazos de piel pegados
allí, después pasaban los días y en el
piso quedaba una mancha. Ella lo miró:
¿qué clase de mancha? De grasa, el
cuerpo tiene mucha grasa y la grasa
mancha el piso. Bueno, se convenció
ella, entonces puedo tirarme, pero antes
me tomo setenta meprobamatos y cuarenta
amitriptilinas, por si acaso, después...
que raspen con la pala lo que les de la
gana. Buscó en la mochila y le enseñó
las pastillas, eran muchas, y no solo
las mencionadas, habían otras, ella se
rió: con eso puede que me duela menos el
golpe contra el piso. Carajo, no me
jodas así el lugar, paso por ahí casi
todos los días, cada vez que pase veré
la cabrona mancha de grasa, y sabré que
fue el sitio en el que te suicidaste,
voy a tener que mudarme. Jódete, dijo
ella, te dejo de recuerdo la mancha,
peor voy a estar yo. Mozart dejaba oír
su “Ein kleine nachtmusik” y
ellos quedaron un rato callados, él
intentaba no mirarla, ella volvió a
pegar los ojos en lo blanco alto del
techo. Oye, ¿por qué le pusiste Byron al
perro?, ¿no te diste cuenta de que es
hembra? El hombre sonrió: leí un libro,
una biografía de Byron, el poeta inglés,
me gustó y le puse Byron, no importa que
sea hembra, él no sabe de nombres, yo sé
y no me importa. Una vez leí que Byron
hacía el amor con su hermana, era un
animal. El hombre no estuvo de acuerdo:
no era un animal, fue un gran poeta,
creo que estaban enamorados. ¿Quiénes?
Byron y la hermana, hasta tuvieron una
hija, Medora, creo, se llamaba. Qué
bárbaros, una hija, ¿la niña era normal?
¿Qué niña? La hija de Byron. Creo que
sí, ¿por qué? Cuando se tienen hijos con
un familiar tan cercano puede que los
niños no sean normales. La de Byron era
normal. Qué bárbaros, repitió ella, y
ninguno pensó en suicidarse, uno no
puede enamorarse de una hermana, no se
puede tener sexo con una hermana, si uno
tiene sexo con una hermana no puede ser
poeta, es un animal, un animal que
escribe poemas, pero eso no cambia que
yo quiera morirme, que me recojan con
pala, no cambia que se quede ahí la
mancha, me gusta eso de dejar la mancha,
es como un cuño, un cuño del cuerpo,
existí, aquí me reventé, dejo
constancia. La edad traicionó al hombre
que adoptó aquella voz aleccionadora:
mira, déjate de comer mierda, de decir
estupideces, tú eres muy joven, no vale
la pena lanzarse del puente, de ningún
puente, la vida misma es un puente, vas
de un extremo al otro, tienes que
caminar el puente, y la vida tiene sus
bandazos, es un columpio, hoy abajo,
mañana arriba, ahora te va mal, mañana
te irá bien, si te suicidas serás tú
misma la que detenga el movimiento del
columpio, te quedas siempre abajo, para
siempre. Por Dios, se quejó ella,
pareces un cabrón político hablando del
mañana, del futuro, de toda esa
porquería que hablan los políticos, yo
no quiero que llegue mañana, ni pasado,
ni el mes que viene, bastante tengo ya
con que haya existido un ayer y un antes
de ayer y un hoy, y no soy curiosa, me
importa poco si esto vuela o se hunde,
si le salen alas al planeta por los
ecuadores o acaba tirándose pedos por
los polos, y el país me tiene sin
cuidado, si los países pudieran
suicidarse a este país le haría bien
hacerlo. ¿Hacer qué? Suicidarse, un buen
suicidio, pero los países,
lamentablemente, no se suicidan. El
hombre la miraba muy serio: a ver, dime,
si tuvieras un millón de pesos, un yate,
vacaciones en Hawai, ¿tendrías ganas de
suicidarte? Las mismas si el millón es
de pesos, anormal, si el millón es de
euros … conversamos. La muchacha sonrió.
Eres una cínica, dijo él. Es la mejor
manera de enfrentar la vida y la más
óptima de enfrentar la muerte. La
muerte, Chona, tú no sabes un coño de la
muerte, no hay manera optima de
enfrentar la muerte, eres una chiquilla
mimada, tienes el ano, sí, el ano, no,
mejor, el culo, todo el culo llenito de
porquería, porquería que no sabes
limpiarte, lo has tenido todo a la mano,
sin esfuerzo, no tienes derecho a hablar
de muerte, de suicidio, te das
importancia y te crees muy adulta
hablando de eso, te crees muy
inteligente filosofando sobre morirse,
en realidad si quieres que te sea franco
eres una inmadura hablando mierda. La
muchacha no se inmutó, ni siquiera lo
miró: ¿y qué sabe de la muerte, su
Alteza el Adulto, Filósofo de los Dos
Momentos del Columpio? Yo tampoco sé,
nadie sabe, los que saben están muertos
y esos se callan la experiencia, se
jodieron, y los jodidos no hablan, a
ver, si es verdad que te quieres matar,
¿para qué viniste? No sé, reconoció la
muchacha, cuando tú te ibas a tirar del
puente también pasaste por mi casa, se
me ocurrió venir, puede que haya pasado
a despedirme, te digo Roger, un beso,
adiós, voy a suicidarme y ya. No, ¿sabes
qué?, viniste para hacerte la importante
hablando de suicidio, hacerte la
nihilista, la inteligente, tal vez para
que te coja lástima. El hombre sonrió:
en el mejor de los casos viniste
buscando ayuda, quieres que te ruegue
que no lo hagas, que me arrodille. Sí,
admitió ella, quiero ayuda, quiero que
me ayudes a suicidarme. No soy bueno
como auxiliar de suicidas, declaró él,
pero te propongo algo. No quiero perros,
prefiero hacerme la nihilista, darme
importancia con el puente, los tipos que
raspen con las palas y la mancha de
grasa, me encanta eso de la mancha de
grasa. No voy a proponer algo
relacionado con perros. Ella no dejaba
de mirar al techo: pues…, tampoco me
interesa saber en qué vaya a terminar el
cabrón país o hasta dónde llegue la
tecnología a joderle la vida a la gente.
No voy a proponer nada de eso, repitió
el hombre. ¿Que vaya a Bacunayagua y me
tire de ahí? Tampoco, es muy alto, no te
deseo eso. Bueno, sin el menor deseo de
que me tengas lástima, dime. Ven a vivir
aquí, conmigo. La muchacha se incorporó
un tanto en la cama, se rió: oye, ¿te
volviste loco o qué? Él también se rió:
no, todavía estoy cuerdo, pero creo que
puedes venir. ¿Aquí? Sí, aquí, conmigo.
¿Y qué gano con eso? No se trata de
ganar o perder, se trata de que vengas,
duermes en el otro cuarto, mantienes tu
independencia, absolutamente, cada uno
hace sus cosas, nada de que vengas a
atenderme, yo sé vivir solo, hacerlo
todo, y me gusta, pero me parece que nos
haría bien, a los dos. Ella lo escuchó
con un gesto que le agrandaba los ojos,
la cabeza ligeramente extendida, la boca
casi abierta, el asombro saltándole ahí
delante. Y…, ¿en qué nos haría bien eso?
Él se encogió de hombros: no sé, si no
quieres…, retiro lo dicho, era
simplemente una propuesta. Quedaron un
rato en silencio, ella mirando al techo,
otra vez las manos detrás de la cabeza,
él se cortaba las uñas con una tijera
pequeña, desde el equipo viejo Mozart
sonaba de maravilla. Me gusta, dijo al
fin ella. ¿Qué? Mozart. A mí también, si
vienes lo escuchamos todas las noches y
tomamos chocolate, te cuento como se
casó con Constanza Weber, en realidad le
gustaba la hermana pero el infeliz se
casó con Constanza. ¿Era bonita
Constanza? Él hombre dijo que no lo
sabía: debió serlo, pero tal vez la
hermana lo fuera más, uno no se casa
nunca con la más bonita. ¿Por qué? Las
más bonitas no quieren casarse con uno y
además casi siempre son más sosas. Ella
aventuró que tal vez a la hermana sosa
de Constanza le gustara Salieri y que
era una muy buena mezcla. ¿Cuál mezcla?
Mozart y el chocolate. Eso sí, terció de
pronto el hombre, si quieres suicidarte
lo haces fuera de aquí, te vas a otra
parte, al puente no, es muy cerca, a
otro sitio, uno por el que nunca pase
yo, Bacunayagua, por ejemplo, es alto,
alejado y te ahorras todas las
amitriptilinas. Y si vengo… ¿no vamos a
terminar acostándonos? El hombre
quedó un rato en silencio. Todas las
noches la gente se acuesta, dijo al fin.
No, quiero decir teniendo sexo. Él la
miró: si quieres podemos tener sexo, no
es malo tener sexo, no somos hermanos,
entre nosotros no sería incestuoso, si
no quieres no lo tenemos, vivir bajo el
mismo techo no significa vivir uno
encima del otro, en la vida todo no es
sexo. Ella se dio la vuelta, escondió la
cara entre las manos, la cara pegada a
la cama, no dejaba de reírse: oye, tú lo
que quieres es acostarte conmigo. No, no
quiero eso, pero si vienes a vivir aquí
y quieres dormir en esta cama no tengo
nada en contra. Y si duermo en esa cama,
¿tenemos sexo?, quiso saber la muchacha.
Nada en contra, repitió el hombre. A
ver, se animó ella: ¿desde cuándo nos
conocemos? El hombre ni siquiera lo
pensó: fue en el 96, tú apenas tenías
quince años. ¿Era bonita? Mucho, aseguró
él y abrió bastante los ojos, mucho. ¿Te
gustaba? El hombre negó con la cabeza:
eras una niña y estaba Sachy. Me mirabas
los muslos, rememoró la muchacha, los
vellos de los muslos. Bueno, ya, si
quieres venir, vienes, si no quieres
pues no se hable más, la cortó el
hombre. Tú no me gustas, aclaró ella, ni
en el 96, ni ahora, uffff, no me gustan
los tipos más viejos que yo. Bueno, yo
no te pedí que fueras mi mujer, te
propuse sencillamente venir a vivir acá,
así estabas menos sola, dije que
mantenías tu libertad, que no venías en
calidad de sirviente, creo que fui muy
claro. Ufff, clarísimo, dijo ella, oye,
en lugar de vivir bajo el mismo techo,
¿por qué no nos suicidamos juntos, bajo
el mismo techo? No quiero suicidarme,
dijo él. Mira, hacemos al amor, vaya, te
concedo eso, después nos tomamos todas
estas pastillas, alcanzan, las
compartimos como buenos amantes, nos
abrazamos, desnudos, fíjate que
seductor, desnudos, y a esperar la
muerte, escuchando a Mozart, si
Shakespeare viviera nos escribiría una
tragedia, Chona y Roger, una tragedia
bien romántica, la gente irá a verla a
los teatros en el 2144 y llorarán como
unos estúpidos, dejaremos una nota, algo
clásico, a ver, “queridos hijos de puta:
nos vamos porque no nos seduce el cabrón
espectáculo, queden con Dios”, pero lo
escribes tú, mi letra es pésima, lo
firmamos los dos, eres un tipo
inmejorable si una quiere suicidarse, si
quieres corremos desnudos hasta el
puente, de la mano, seguro llegamos
antes de que aparezca cualquier policía
imbécil, y pum, nos tiramos, juntos,
allá abajo raspan el piso, con dos
palas, y nosotros tripas con tripas,
mezclados, un primor, tu cuerpo y el mío
en una sola mancha, una mancha grande
como demonio. El hombre enarcó las
cejas: ahora eres tú quien invita a
hacer el amor, a desnudarse, que conste
que no he sido yo. Está bien, lo propuse
yo, asintió ella, pero no hablo de
vi-vir juntos, hablo de mo-rir-nos
juntos, unirnos para dejar una mancha,
una bien grande debajo del puente,
vamos, ¿qué te parece?, ¿nos unimos en
sexo y muerte? El hombre movió la
cabeza: en sexo, de acuerdo, en la
muerte cero, te dejo sola, hago lo
imposible para que no vayas, si
insistes..., eres libre, te despido con
un beso en la frente. ¿Ves?, dijo ella,
te gusto. No, no me gustas, hablé de un
beso en la frente. Sí, te gusto, viejo
verde. No me gustas, no soy viejo y no
soy verde. ¿Por qué nunca me lo habías
dicho? ¿El qué? Que te gusto. Pero si no
me gustas un carajo. Ya Adrián me lo
había advertido. ¿Qué? Me soltó un día:
oye, me corto un brazo si no le gustas
al tipo ese. Pues habría perdido el
brazo tu Adriancito. Mozart hacía sonar
algún KV de los suyos, alguna sonata,
preciosa. Está bien, voy a venir. El
hombre quedó en silencio, se le notaba
la sorpresa. Pero pongamos las reglas,
Uno, si quiero suicidarme no me lo vas a
impedir, me suicido y ya, ¿de acuerdo?
De acuerdo. Dos, traigo mi cotorra. Nada
en contra, ¿cómo se llama tu cotorra? No
tiene nombre, es ilógico ponerle nombre
a los animales, los perros se llaman
perros, las cotorras se llaman cotorras,
mi cotorra no tiene nombre, pero si
quieres ponerle nombre se lo ponemos, a
ver, déjame pensar, tiene que ser el
nombre de una poeta, pero cubana, carajo,
que haya padecido este sol y esta
mierda, que haga pareja con tu Byron,
que lo zarandee y lo componga, no, no,
no lo digas tú, déjame a mí..., Tula, le
ponemos Tula, como la Avellaneda. El
hombre se entusiasmó: no está mal, Tula
y Byron, hacen buena pareja. La chica le
guiñó un ojo: mi Tula despanzurra a tu
Byron. Se rió: bueno, ya, seguimos con
las reglas, Tres, si quiero tener sexo
con un muchacho puedo traerlo al cuarto.
El hombre tardó bastante en responder:
aceptado, la voz fue ahora algo más
baja. No te oigo. Que sí. La muchacha
soltó una carcajada. Cuatro, si tú y yo
hacemos el amor y te enamoras te jodes,
no soy responsable, ¿okey? Al hombre
tantas leyes comenzaban a agobiarlo. ¿Okey?
De acuerdo, dijo al fin. Ella cruzó las
piernas y agitó los brazos: pues...,
abracadabra, me convenciste, eres mi
Hegel, mi Kant, lo que no hubieran
logrado los cabrones alemanes lo
lograste tú, pospuesto el suicidio, la
muerte puede esperar, vengo mañana, tal
vez seas una compañía benévola y sana,
como Adrián. Lo miró con ojo crítico:
bueno, hay que reconocer que eres
bastante más viejo, ¿tienes lavadora?
No, no tengo, lavo a mano. Eres un
cavernícola, traigo mañana mi lavadora,
es automática, japonesa, un primor,
parece una hidroeléctrica, prefiero
suicidarme tres veces antes de lavar a
mano, y traigo las pastillas, por si
acaso, las amitriptilinas. Él la miraba
y no se lo creía, no alcanzaba a saber
si aquello era un juego, una tomadura de
pelo, allá en Viena Mozart tampoco se
creía una palabra. Ah, y Byron no entra
en mi cuarto, no quiero garrapatas
caminando sobre las paredes. Ya te dije
que el pobre Byron no tiene garrapatas.
No importa, mi cuarto es antiperros,
antitipos que se hayan acostado alguna
vez con sus hermanas, en eso soy
inflexible. Quedaron en silencio un
rato, ella miraba al techo, ahora con
expresión risueña, él la miraba a ella,
asombrado. Y… ¿dormiremos juntos?, se
atrevió a preguntar. ¿Qué quisieras tú?,
quiso saber ella. No sé, lo que quieras
tú. La muchacha lo pensó un rato: yo ni
quiero ni prometo nada, ya veremos, pero
te advierto algo, si decido dormir en
esta cama y no me gusta como haces el
amor te juro que salgo y me suicido, me
pongo a gritar: “ya no puedo más”, como
me contaste que gritaba el pintor ese.
Van Gogh, la asistió el hombre. Ese
mismo, y me tiro del puente, después que
vengan a raspar con la pala el cabrón
piso. Haré lo imposible para que no te
raspen, aseguró él. Ella se levantó y
comenzó unos paseos por el cuarto:
¿puedo traer mi afiche de Tom Cruise? Él
que sí, todos los afiches que deseara.
¿Y el de Aerosmith? ¿Qué es? Un grupo de
rock. Pues también el de
Aerosmith. ¿Y mis CD de heavy metal?
Por supuesto. Me gusta escucharlos alto,
bien alto. Los escuchas alto. Pero bien
alto, volvió a advertir ella. El asintió
con la cabeza. Después la muchacha se
acercó al butacón y le besó ligeramente
los labios: viejo verde, siempre supe
que te gustaba, está bien, no me suicido
hoy, probemos a vivir juntos, ah, y no
tengas miedo, no voy a traer muchachos a
dormir en el cuarto, no soy tan loca ni
tan desvergonzada, lo dije para ver qué
cara ponías, anormal, y pusiste una que
era toda una miseria, seré una chica
ejemplar, eso hasta el día en que vuelva
a decidir suicidarme, te aclaro que el
suicidio se mantiene en pie, solo lo
estoy pos-po-ni-en-do, ¿ok?, soy
una suicida empedernida. ¿Tu cotorra
habla? ¿Tula?, ah, Tula es una patriota,
canta el Himno, “al combate corred
bayameses”, la oyes y te erizas,
te dan ganas de pararte en atención. Yo
siempre quise tener una cotorra. Pues ya
la tienes. Desde el patio el perro
comenzó a aullar, parecía un lobo. Se
muere el pobrecito, voy a sacarlo del
sol. Ella quedó sola, giró el volumen de
la música en el viejo equipo, la puerta
de la casetera no existía, dentro podía
verse al casete correr, la cinta se
enrollaba del otro lado, como la vida
que pasa y se enrolla, vueltas y vueltas
la vida, Mozart sonaba y se enrollaba
también ahí dentro, Mozart que se había
casado con la hermana que no le gustaba,
la muchacha imaginó a Constanza del lado
derecho de la cinta y a la hermana del
izquierdo, Mozart corría al lado
izquierdo, abandonaba a Constanza y
buscaba como loco a la hermana, pero la
hermana follaba a gritos pelados con
Salieri y Constanza lloraba: vuelve,
Wolfgang, vuelve, mein lieber.
Sobre la pared la miraba el viejo enjuto
de las gafas y la ropa blanca. Oye,
Mahatma, dijo ella, no me suicido, sí,
ya sé que eso te hace feliz, no me
tendrán que recoger con pala, ni dejaré
manchas, al menos por ahora, veremos si
más adelante, ¿qué te parece? El hombre
regresó del patio, el perro, según él,
hervía. ¿Con quién hablabas? Con
Mahatma, le contaba que ya no me
suicido, que vengo a vivir aquí. ¿Y qué
dijo él? Nada, es un santo, me aseguró
que había dado la libertad a la India
sin disparar un jodido tiro. ¿Quieres
que vaya contigo y recojamos las cosas?
No, esta noche recojo algunas ropas, y
mañana vengo. ¿No quieres que te ayude?
No, lo hago sola, no te preocupes, voy a
traer las ropas poco a poco, ¿sabes
quiénes eran los escitas? No, no sé.
Pues esos tipos decían que traerlo todo
de un golpe podría ser un mal augurio.
Él no insistió más, la acompañó a la
puerta, caminaba detrás y procuraba no
mirarle las nalgas. En la puerta ella
quiso saber desde cuándo le gustaba:
confiesa, anda, me mirabas cuando tenía
quince años, los vellos de los muslos,
anda, confiésalo, pero él se mantuvo
firme, movía la cabeza y sonreía. Bueno,
mentiroso, ya me lo dirás, mañana vengo.
Te espero, dijo él, oye. ¿Qué? ¿Soy una
compañía benévola y sana? La muchacha
miró al suelo, después al hombre,
sonrió: no se sabe, una nunca sabe, ya
veremos, oye, y mañana... nada de
chocolate, en lo de Mozart de acuerdo,
pero tomamos ron, mierda, ya sé que no
tomas ron, me importa un carajo que seas
abstemio, yo sí tomo. Desde la acera
gritó que haría falta un carro para
traer la lavadora. Lo alquilamos, pero
no te suicides. Por ahora no, prometió
ella, prepárate mañana, viejo verde. Él
quedó en la puerta, el cielo estaba muy
azul, casi no había viento y desde el
fondo de la casa llegaba inconfundible
la música de Mozart, algún KV de los
suyos, alguna sonata, de pronto el perro
comenzó a aullar, exactamente como un
lobo. Byron, gritó el hombre, cállate
ya, y cerró la puerta.
Cuento tomado de Del
otro lado
de Rafael de Águila, Letras
Cubanas, La Habana,
2010.
Rafael de Águila, (La
Habana, 1962). Narrador, crítico,
ensayista. En 1997 la Editorial
Letras Cubanas publica el volumen de
cuentos Último viaje con Adriana,
Premio Pinos Nuevos. En 2006, ve la
luz, por la misma editorial, un
segundo libro de cuentos, Ellos
orinan de pie; también obtuvo
Mención en el Premio Internacional
Casa de Teatro, República
Dominicana. En 2007, recibió Mención
en el Premio Internacional Julio
Cortázar. Sus relatos han aparecido
en varias antologías. El Grupo de
Teatro de Carlos Barón, de la
Universidad de California, EE.UU.,
llevó a las tablas seis de sus
cuentos en el año 2002. Artículos y
ensayos suyos figuran en revistas
cubanas y extranjeras.
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