Año IX
La Habana
2010

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premio alejo carpentier de cuento 2010
Un perro y Mozart

Rafael de Águila, (La Habana, 1962)

 

Abrió la puerta y ahí estaba ella, había estado insistiendo una y otra vez con el timbre. Ven, pasa, estoy en el patio, bañando al perro. La casa era larga, un pasillo, a la izquierda los cuartos, más allá la cocina, a la derecha el comedor, una verja, unos escalones, el patio, el perro que aguardaba enjabonado, fija la mirada sobre el suelo. Byron, te presento a mi mejor amiga, dijo el hombre. El perro levantó la mirada al cielo, temblaba. Chona, te presento a Byron. El hombre se rió, con la manguera remojó un tanto al perro antes de continuar enjabonándolo. Roger, me voy a suicidar. El hombre dejó la manguera a un lado, no cerró el grifo y el agua continuó saliendo con fuerza. ¿Qué te pasa? La muchacha se sentó en los escalones de cemento, en el más cercano a la verja que aún no estaba mojado. Nada, que me suicido, repitió. El perro no dejaba de mirar al cielo y seguía temblando. Pero, ¿te pasó algo? La muchacha negó, a desgana: ¿cuando tú querías suicidarte hace unos meses te pasaba algo? Sí, dijo el hombre, me pasaba, estaba solo, más solo que un perro. Ella miraba el agua que comenzaba a estancarse alrededor del tragante, un tragante que no dejaba salir el agua, así sucede siempre, algo no cumple la misión para la cual existe, no la cumple y entonces comienzan los problemas. Yo también estoy sola, pero no me suicido por eso, igual lo haría si tuviera un batallón conmigo. ¿Y Adrián? Se fue. ¿A su provincia? No, a Francia, a Marsella, lo invitó un amigo, me escribió que no vuelve. ¿Y por eso quieres suicidarte? Ella suspiró: ya te dije que no, Adrián era alguien ahí, no sé, una compañía, alguien que no intentaría algo negativo contra uno, una compañía benévola y sana, eso, sana. El hombre la miró muy serio. Tiempo de buscar otra compañía benévola y sana, acotó. El perro había quedado olvidado y ahora temblaba más. Oye, acaba de quitar el jabón y secar a ese pobre perro, tiembla como un bendito y tal vez termine suicidándose también. El hombre se afanó con el perro, quería quitarle el jabón rápido, secarlo, ocuparse de la muchacha. ¿Desde cuándo tienes un perro? Desde marzo, me lo regaló una prima, ¿te gusta? No, no me gustan los perros, tienen garrapatas, cuando tienen muchas entonces uno se las encuentra por las paredes, y este es enorme, tendrá  garrapatas igual de grandes, aunque los bañen los perros siempre tienen garrapatas. Este no tiene, aseguró el hombre. Ella negó con la cabeza: todos tienen, y no se suicidan, se meten debajo de los muebles y miran la vida desde ahí con tremenda cara de mierda. Bueno, si quieres que te diga algo, este perro tendrá una mirada de mierda cuando se mete debajo de las butacas pero me ha ayudado a salir a mí, yo estaba debajo de un montón de porquerías, la mirada peor que la mierda, y salí, desde que Sachy murió no me había ocupado de alguien, ahora está él. ¿Qué tiempo hace de lo de Sachy? Van a cumplirse tres años, ven, ya está listo Byron. El perro había quedado todo lo seco que se podía con la toalla y el hombre lo dejó en el patio, al sol. Tres años, pensó ella, el tiempo apesta, hiede como heces de vaca. Se fueron a uno de los cuartos, de una de las paredes colgaba una foto inmensa; un viejo calvo, gafas a lo Lennon y ropas blancas. ¿Quién coño es ese? Gandhi, el Mahatma, leí un libro sobre él y gestioné la foto en la Embajada India. El hombre se sentó en la butaca de tela deshilachada, la muchacha se echó a la cama. ¿Y qué hizo el tal Mahatma? Es el padre de la independencia de la India. Vaya, soltó ella, otro que mató a un montón de gente por un pedazo de tierra. No mató a nadie, sostuvo él, fue un santo, hizo libre a su país sin matar a nadie. La muchacha lo miró, con asombro, silbó, después regresó al desinterés: bravo por él, lo que soy yo no voy a luchar por la independencia de nadie, voy a luchar por mi propia independencia, voy a suicidarme. ¿Por qué no te buscas un perro? Ya te dije, no me gustan, a ti puede que ese perrazo te haya salvado, tú ibas a suicidarte por soledad, yo me suicido porque me da la gana, a mí no me salva ni un león. Hizo un ademán señalando la foto de la pared: a mí no me salva ni el Mahatma ese. ¿Por qué quieres morirte? Ni siquiera sé por qué carajo quiero morirme, pero estoy segura de que quiero, eso sí, ufff, estoy hasta el pelo, muy cansada, uno respira y todo parece impostado. El hombre la miraba, ceñudo. ¿Sabes lo que significa? ¿Qué? Esa palabra, impostado. Falso, uno respira y todo es falso, no es oxigeno, es algo que se le parece, como decía Adrián, un sucedáneo, hasta con el aire te engañan. ¿Quién te engaña? Todos y todo. El hombre la miró sin entender mucho, la miró como buscando sobre la piel las causas, los pesares, todo cuanto pudiera provocar aquella abulia, aquella paranoia. Ella tenía los ojos pegados sobre el techo, estoy harta, aseguró, y después: dame una sola razón, una sola, por la que valga la pena no morirse, una sola. El hombre lo pensó bastante rato, sin mirarla. No sé, hay muchas, millones, te citaría cien, doscientas, pero te burlarías, no se me ocurre ninguna lo suficientemente inteligente, una que te convenza, tú no necesitas ahora un amigo que te convenza, necesitas un Hegel o un Kant que te apachurre con razones de lujo, yo te diría que vivir es el don supremo, que no hay algo más importante, que es maravilloso. Puaafff, son las palabras de un mediocre, y tú no eres un mediocre. Sabía que dirías eso. La muchacha suspiró: y… ¿Hegel o Kant podrían darme esas razones? Seguro, pero no te las darán, están muertos. ¿Se suicidaron? No, murieron, de viejos. Eran unos imbéciles, no me convencerían, negó ella, ¿sabes por qué? No, ¿por qué? Porque estoy har-ta. Yo también, aclaró él, pero ahora no tengo ganas de morirme. ¿Y de qué tienes ganas? Él cruzó las piernas sobre el butacón: mira, yo soy muy curioso, yo quisiera estar vivo solo para saber en qué coño va a terminar todo esto. ¿Qué es todo esto? Pues, no sé, la impostura, como tú dices, el país, el hombre, el mundo, qué va a suceder con tanta tecnología, quién va a guerrear con quién, cuándo colonizarán la Luna o Júpiter, cuándo se correrán en ocho segundos los cien metros planos. Ella sostuvo que nada de aquello le importaba, todo era la misma mierda, el país, el hombre y el mundo podrían hacer lo que mejor les pareciera, irse a la cloaca si eso les resultaba agradable, la tecnología, las guerras y Júpiter eran todavía más asquerosos, y si alguien corre cien metros en cuarenta horas o en ocho segundos aquello no iba a cambiar un demonio, todo seguiría siendo tan aburrido y apestoso como hoy. El hombre se levantó y puso un casete en el viejo equipo, Mozart, la música quedó ahí, apenas insinuándose, revoloteando hasta las paredes y llenándolo todo. Mira, explicó, cuando la guagua mató a Sachy yo estuve a punto de matarme, ese día que fui a tu casa, ese, fue uno de los peores, si no llegas a estar ese día en tu casa tal vez yo me habría tirado del puente. Ella se rió: yo no me voy a tirar del puente, ese puente no tiene ni diez metros de altura, me rompo el alma pero quedo viva, me llenan de yeso, y partirse un hueso seguro duele más que morirse. Él hizo la cronología de todas las veces en que escuchó decir que alguien había cometido la estupidez de lanzarse de aquel puente, en todos los años que llevaba viviendo en aquel lugar muchas eran las historias, todos despanzurrados, recogidos con pala, la pala raspaba el piso, raspaba y raspaba para no dejar pedazos de piel pegados allí, después pasaban los días y en el piso quedaba una mancha. Ella lo miró: ¿qué clase de mancha? De grasa, el cuerpo tiene mucha grasa y la grasa mancha el piso. Bueno, se convenció ella, entonces puedo tirarme, pero antes me tomo setenta meprobamatos y cuarenta amitriptilinas, por si acaso, después... que raspen con la pala lo que les de la gana. Buscó en la mochila y le enseñó las pastillas, eran muchas, y no solo las mencionadas, habían otras, ella se rió: con eso puede que me duela menos el golpe contra el piso. Carajo, no me jodas así el lugar, paso por ahí casi todos los días, cada vez que pase veré la cabrona mancha de grasa, y sabré que fue el sitio en el que te suicidaste, voy a tener que mudarme. Jódete, dijo ella, te dejo de recuerdo la mancha, peor voy a estar yo. Mozart dejaba oír su “Ein kleine nachtmusik” y ellos quedaron un rato callados, él intentaba no mirarla, ella volvió a pegar los ojos en lo blanco alto del techo. Oye, ¿por qué le pusiste Byron al perro?, ¿no te diste cuenta de que es hembra? El hombre sonrió: leí un libro, una biografía de Byron, el poeta inglés, me gustó y le puse Byron, no importa que sea hembra, él no sabe de nombres, yo sé y no me importa. Una vez leí que Byron hacía el amor con su hermana, era un animal. El hombre no estuvo de acuerdo: no era un animal, fue un gran poeta, creo que estaban enamorados. ¿Quiénes? Byron y la hermana, hasta tuvieron una hija, Medora, creo, se llamaba. Qué bárbaros, una hija, ¿la niña era normal? ¿Qué niña? La hija de Byron. Creo que sí, ¿por qué? Cuando se tienen hijos con un familiar tan cercano puede que los niños no sean normales. La de Byron era normal. Qué bárbaros, repitió ella, y ninguno pensó en suicidarse, uno no puede enamorarse de una hermana, no se puede tener sexo con una hermana, si uno tiene sexo con una hermana no puede ser poeta, es un animal, un animal que escribe poemas, pero eso no cambia que yo quiera morirme, que me recojan con pala, no cambia que se quede ahí la mancha, me gusta eso de dejar la mancha, es como un cuño, un cuño del cuerpo, existí, aquí me reventé, dejo constancia. La edad traicionó al hombre que adoptó aquella voz aleccionadora: mira, déjate de comer mierda, de decir estupideces, tú eres muy joven, no vale la pena lanzarse del puente, de ningún puente, la vida misma es un puente, vas de un extremo al otro, tienes que caminar el puente, y la vida tiene sus bandazos, es un columpio, hoy abajo, mañana arriba, ahora te va mal, mañana te irá bien, si te suicidas serás tú misma la que detenga el movimiento del columpio, te quedas siempre abajo, para siempre. Por Dios, se quejó ella, pareces un cabrón político hablando del mañana, del futuro, de toda esa porquería que hablan los políticos, yo no quiero que llegue mañana, ni pasado, ni el mes que viene, bastante tengo ya con que haya existido un ayer y un antes de ayer y un hoy, y no soy curiosa, me importa poco si esto vuela o se hunde, si le salen alas al planeta por los ecuadores o acaba tirándose pedos por los polos, y el país me tiene sin cuidado, si los países pudieran suicidarse a este país le haría bien hacerlo. ¿Hacer qué? Suicidarse, un buen suicidio, pero los países, lamentablemente, no se suicidan. El hombre la miraba muy serio: a ver, dime, si tuvieras un millón de pesos, un yate, vacaciones en Hawai, ¿tendrías ganas de suicidarte? Las mismas si el millón es de pesos, anormal, si el millón es de euros … conversamos. La muchacha sonrió. Eres una cínica, dijo él. Es la mejor manera de enfrentar la vida y la más óptima de enfrentar la muerte. La muerte, Chona, tú no sabes un coño de la muerte, no hay manera optima de enfrentar la muerte, eres una chiquilla mimada, tienes el ano, sí, el ano, no, mejor, el culo, todo el culo llenito de porquería, porquería que no sabes limpiarte, lo has tenido todo a la mano, sin esfuerzo, no tienes derecho a hablar de muerte, de suicidio, te das importancia y te crees muy adulta hablando de eso, te crees muy inteligente filosofando sobre morirse, en realidad si quieres que te sea franco eres una inmadura hablando mierda. La muchacha no se inmutó, ni siquiera lo miró: ¿y qué sabe de la muerte, su Alteza el Adulto, Filósofo de los Dos Momentos del Columpio? Yo tampoco sé, nadie sabe, los que saben están muertos y esos se callan la experiencia, se jodieron, y los jodidos no hablan, a ver, si es verdad que te quieres matar, ¿para qué viniste? No sé, reconoció la muchacha, cuando tú te ibas a tirar del puente también pasaste por mi casa, se me ocurrió venir, puede que haya pasado a despedirme, te digo Roger, un beso, adiós, voy a suicidarme y ya. No, ¿sabes qué?, viniste para hacerte la importante hablando de suicidio, hacerte la nihilista, la inteligente, tal vez para que te coja lástima. El hombre sonrió: en el mejor de los casos viniste buscando ayuda, quieres que te ruegue que no lo hagas, que me arrodille. Sí, admitió ella, quiero ayuda, quiero que me ayudes a suicidarme. No soy bueno como auxiliar de suicidas, declaró él, pero te propongo algo. No quiero perros, prefiero hacerme la nihilista, darme importancia con el puente, los tipos que raspen con las palas y la mancha de grasa, me encanta eso de la mancha de grasa. No voy a proponer algo relacionado con perros. Ella no dejaba de mirar al techo: pues…, tampoco me interesa saber en qué vaya a terminar el cabrón país o hasta dónde llegue la tecnología a joderle la vida a la gente. No voy a proponer nada de eso, repitió el hombre. ¿Que vaya a Bacunayagua y me tire de ahí? Tampoco, es muy alto, no te deseo eso. Bueno, sin el menor deseo de que me tengas lástima, dime. Ven a vivir aquí, conmigo. La muchacha se incorporó un tanto en la cama, se rió: oye, ¿te volviste loco o qué? Él también se rió: no, todavía estoy cuerdo, pero creo que puedes venir. ¿Aquí? Sí, aquí, conmigo. ¿Y qué gano con eso? No se trata de ganar o perder, se trata de que vengas, duermes en el otro cuarto, mantienes tu independencia, absolutamente, cada uno hace sus cosas, nada de que vengas a atenderme, yo sé vivir solo, hacerlo todo, y me gusta, pero me parece que nos haría bien, a los dos. Ella lo escuchó con un gesto que le agrandaba los ojos, la cabeza ligeramente extendida, la boca casi abierta, el asombro saltándole ahí delante. Y…, ¿en qué nos haría bien eso? Él se encogió de hombros: no sé, si no quieres…, retiro lo dicho, era simplemente una propuesta. Quedaron un rato en silencio, ella mirando al techo, otra vez las manos detrás de la cabeza, él se cortaba las uñas con una tijera pequeña, desde el equipo viejo Mozart sonaba de maravilla. Me gusta, dijo al fin ella. ¿Qué? Mozart. A mí también, si vienes lo escuchamos todas las noches y tomamos chocolate, te cuento como se casó con Constanza Weber, en realidad le gustaba la hermana pero el infeliz se casó con Constanza. ¿Era bonita Constanza? Él hombre dijo que no lo sabía: debió serlo, pero tal vez la hermana lo fuera más, uno no se casa nunca con la más bonita. ¿Por qué? Las más bonitas no quieren casarse con uno y además casi siempre son más sosas. Ella aventuró que tal vez a la hermana sosa de Constanza le gustara Salieri y que era una muy buena mezcla. ¿Cuál mezcla? Mozart y el chocolate. Eso sí, terció de pronto el hombre, si quieres suicidarte lo haces fuera de aquí, te vas a otra parte, al puente no, es muy cerca, a otro sitio, uno por el que nunca pase yo, Bacunayagua, por ejemplo, es alto, alejado y te ahorras todas las amitriptilinas. Y si vengo… ¿no vamos a terminar acostándonos? El hombre quedó un rato en silencio. Todas las noches la gente se acuesta, dijo al fin. No, quiero decir teniendo sexo. Él la miró: si quieres podemos tener sexo, no es malo tener sexo, no somos hermanos, entre nosotros no sería incestuoso, si no quieres no lo tenemos, vivir bajo el mismo techo no significa vivir uno encima del otro, en la vida todo no es sexo. Ella se dio la vuelta, escondió la cara entre las manos, la cara pegada a la cama, no dejaba de reírse: oye, tú lo que quieres es acostarte conmigo. No, no quiero eso, pero si vienes a vivir aquí y quieres dormir en esta cama no tengo nada en contra. Y si duermo en esa cama, ¿tenemos sexo?, quiso saber la muchacha. Nada en contra, repitió el hombre. A ver, se animó ella: ¿desde cuándo nos conocemos? El hombre ni siquiera lo pensó: fue en el 96, tú apenas tenías quince años. ¿Era bonita? Mucho, aseguró él y abrió bastante los ojos, mucho. ¿Te gustaba? El hombre negó con la cabeza: eras una niña y estaba Sachy. Me mirabas los muslos, rememoró la muchacha, los vellos de los muslos. Bueno, ya, si quieres venir, vienes, si no quieres pues no se hable más, la cortó el hombre. Tú no me gustas, aclaró ella, ni en el 96, ni ahora, uffff, no me gustan los tipos más viejos que yo. Bueno, yo no te pedí que fueras mi mujer, te propuse sencillamente venir a vivir acá, así estabas menos sola, dije que mantenías tu libertad, que no venías en calidad de sirviente, creo que fui muy claro. Ufff, clarísimo, dijo ella, oye, en lugar de vivir bajo el mismo techo, ¿por qué no nos suicidamos juntos, bajo el mismo techo? No quiero suicidarme, dijo él. Mira, hacemos al amor, vaya, te concedo eso, después nos tomamos todas estas pastillas, alcanzan, las compartimos como buenos amantes, nos abrazamos, desnudos, fíjate que seductor, desnudos, y a esperar la muerte, escuchando a Mozart, si Shakespeare viviera nos escribiría una tragedia, Chona y Roger, una tragedia bien romántica, la gente irá a verla a los teatros en el 2144 y llorarán como unos estúpidos, dejaremos una nota, algo clásico, a ver, “queridos hijos de puta: nos vamos porque no nos seduce el cabrón espectáculo, queden con Dios”, pero lo escribes tú, mi letra es pésima, lo firmamos los dos, eres un tipo inmejorable si una quiere suicidarse, si quieres corremos desnudos hasta el puente, de la mano, seguro llegamos antes de que aparezca cualquier policía imbécil, y pum, nos tiramos, juntos, allá abajo raspan el piso, con dos palas, y nosotros tripas con tripas, mezclados, un primor, tu cuerpo y el mío en una sola mancha, una mancha grande como demonio. El hombre enarcó las cejas: ahora eres tú quien invita a hacer el amor, a desnudarse, que conste que no he sido yo. Está bien, lo propuse yo, asintió ella, pero no hablo de vi-vir juntos, hablo de mo-rir-nos juntos, unirnos para dejar una mancha, una bien grande debajo del puente, vamos, ¿qué te parece?, ¿nos unimos en sexo y muerte? El hombre movió la cabeza: en sexo, de acuerdo, en la muerte cero, te dejo sola, hago lo imposible para que no vayas, si insistes..., eres libre, te despido con un beso en la frente. ¿Ves?, dijo ella, te gusto. No, no me gustas, hablé de un beso en la frente. Sí, te gusto, viejo verde. No me gustas, no soy viejo y no soy verde. ¿Por qué nunca me lo habías dicho? ¿El qué? Que te gusto. Pero si no me gustas un carajo. Ya Adrián me lo había advertido. ¿Qué? Me soltó un día: oye, me corto un brazo si no le gustas al tipo ese. Pues habría perdido el brazo tu Adriancito. Mozart hacía sonar algún KV de los suyos, alguna sonata, preciosa. Está bien, voy a venir. El hombre quedó en silencio, se le notaba la sorpresa. Pero pongamos las reglas, Uno, si quiero suicidarme no me lo vas a impedir, me suicido y ya, ¿de acuerdo? De acuerdo. Dos, traigo mi cotorra. Nada en contra, ¿cómo se llama tu cotorra? No tiene nombre, es ilógico ponerle nombre a los animales, los perros se llaman perros, las cotorras se llaman cotorras, mi cotorra no tiene nombre, pero si quieres ponerle nombre se lo ponemos, a ver, déjame pensar, tiene que ser el nombre de una poeta, pero cubana, carajo, que haya padecido este sol y esta mierda, que haga pareja con tu Byron, que lo zarandee y lo componga, no, no, no lo digas tú, déjame a mí..., Tula, le ponemos Tula, como la Avellaneda. El hombre se entusiasmó: no está mal, Tula y Byron, hacen buena pareja. La chica le guiñó un ojo: mi Tula despanzurra a tu Byron. Se rió: bueno, ya, seguimos con las reglas, Tres, si quiero tener sexo con un muchacho puedo traerlo al cuarto. El hombre tardó bastante en responder: aceptado, la voz fue ahora algo más baja. No te oigo. Que sí. La muchacha soltó una carcajada. Cuatro, si tú y yo hacemos el amor y te enamoras te jodes, no soy responsable, ¿okey? Al hombre tantas leyes comenzaban a agobiarlo. ¿Okey? De acuerdo, dijo al fin. Ella cruzó las piernas y agitó los brazos: pues..., abracadabra, me convenciste, eres mi Hegel, mi Kant, lo que no hubieran logrado los cabrones alemanes lo lograste tú, pospuesto el suicidio, la muerte puede esperar, vengo mañana, tal vez seas una compañía benévola y sana, como Adrián. Lo miró con ojo crítico: bueno, hay que reconocer que eres bastante más viejo, ¿tienes lavadora? No, no tengo, lavo a mano. Eres un cavernícola, traigo mañana mi lavadora, es automática, japonesa, un primor, parece una hidroeléctrica, prefiero suicidarme tres veces antes de lavar a mano, y traigo las pastillas, por si acaso, las amitriptilinas. Él la miraba y no se lo creía, no alcanzaba a saber si aquello era un juego, una tomadura de pelo, allá en Viena Mozart tampoco se creía una palabra. Ah, y Byron no entra en mi cuarto, no quiero garrapatas caminando sobre las paredes. Ya te dije que el pobre Byron no tiene garrapatas. No importa, mi cuarto es antiperros, antitipos que se hayan acostado alguna vez con sus hermanas, en eso soy inflexible. Quedaron en silencio un rato, ella miraba al techo, ahora con expresión risueña, él la miraba a ella, asombrado. Y… ¿dormiremos juntos?, se atrevió a preguntar. ¿Qué quisieras tú?, quiso saber ella. No sé, lo que quieras tú. La muchacha lo pensó un rato: yo ni quiero ni prometo nada, ya veremos, pero te advierto algo, si decido dormir en esta cama y no me gusta como haces el amor te juro que salgo y me suicido, me pongo a gritar: “ya no puedo más”, como me contaste que gritaba el pintor ese.  Van Gogh, la asistió el hombre. Ese mismo, y me tiro del puente, después que vengan a raspar con la pala el cabrón piso. Haré lo imposible para que no te raspen, aseguró él. Ella se levantó y comenzó unos paseos por el cuarto: ¿puedo traer mi afiche de Tom Cruise? Él que sí, todos los afiches que deseara. ¿Y el de Aerosmith? ¿Qué es? Un grupo de rock. Pues también el de Aerosmith. ¿Y mis CD de heavy metal? Por supuesto. Me gusta escucharlos alto, bien alto. Los escuchas alto. Pero bien alto, volvió a advertir ella. El asintió con la cabeza. Después la muchacha se acercó al butacón y le besó ligeramente los labios: viejo verde, siempre supe que te gustaba, está bien, no me suicido hoy, probemos a vivir juntos, ah, y no tengas miedo, no voy a traer muchachos a dormir en el cuarto, no soy tan loca ni tan desvergonzada, lo dije para ver qué cara ponías, anormal, y pusiste una que era toda una miseria, seré una chica ejemplar, eso hasta el día en que vuelva a decidir suicidarme, te aclaro que el suicidio se mantiene en pie, solo lo estoy pos-po-ni-en-do, ¿ok?, soy una suicida empedernida. ¿Tu cotorra habla? ¿Tula?, ah, Tula es una patriota, canta el Himno, “al combate corred bayameses, la oyes y te erizas, te dan ganas de pararte en atención. Yo siempre quise tener una cotorra. Pues ya la tienes. Desde el patio el perro comenzó a aullar, parecía un lobo. Se muere el pobrecito, voy a sacarlo del sol. Ella quedó sola, giró el volumen de la música en el viejo equipo, la puerta de la casetera no existía, dentro podía verse al casete correr, la cinta se enrollaba del otro lado, como la vida que pasa y se enrolla, vueltas y vueltas la vida, Mozart sonaba y se enrollaba también ahí dentro, Mozart que se había casado con la hermana que no le gustaba, la muchacha imaginó a Constanza del lado derecho de la cinta y a la hermana del izquierdo, Mozart corría al lado izquierdo, abandonaba a Constanza y buscaba como loco a la hermana, pero la hermana follaba a gritos pelados con Salieri y Constanza lloraba: vuelve, Wolfgang, vuelve, mein lieber. Sobre la pared la miraba el viejo enjuto de las gafas y la ropa blanca. Oye, Mahatma, dijo ella, no me suicido, sí, ya sé que eso te hace feliz, no me tendrán que recoger con pala, ni dejaré manchas, al menos por ahora, veremos si más adelante, ¿qué te parece? El hombre regresó del patio, el perro, según él, hervía. ¿Con quién hablabas? Con Mahatma, le contaba que ya no me suicido, que vengo a vivir aquí. ¿Y qué dijo él? Nada, es un santo, me aseguró que había dado la libertad a la India sin disparar un jodido tiro. ¿Quieres que vaya contigo y recojamos las cosas? No, esta noche recojo algunas ropas, y mañana vengo. ¿No quieres que te ayude? No, lo hago sola, no te preocupes, voy a traer las ropas poco a poco, ¿sabes quiénes eran los escitas? No, no sé. Pues esos tipos decían que traerlo todo de un golpe podría ser un mal augurio. Él no insistió más, la acompañó a la puerta, caminaba detrás y procuraba no mirarle las nalgas. En la puerta ella quiso saber desde cuándo le gustaba: confiesa, anda, me mirabas cuando tenía quince años, los vellos de los muslos, anda, confiésalo, pero él se mantuvo firme, movía la cabeza y sonreía. Bueno, mentiroso, ya me lo dirás, mañana vengo. Te espero, dijo él, oye. ¿Qué? ¿Soy una compañía benévola y sana? La muchacha miró al suelo, después al hombre, sonrió: no se sabe, una nunca sabe, ya veremos, oye, y mañana... nada de chocolate, en lo de Mozart de acuerdo, pero tomamos ron, mierda, ya sé que no tomas ron, me importa un carajo que seas abstemio, yo sí tomo. Desde la acera gritó que haría falta un carro para traer la lavadora. Lo alquilamos, pero no te suicides. Por ahora no, prometió ella, prepárate mañana, viejo verde. Él quedó en la puerta, el cielo estaba muy azul, casi no había viento y desde el fondo de la casa llegaba inconfundible la música de Mozart, algún KV de los suyos, alguna sonata, de pronto el perro comenzó a aullar, exactamente como un lobo. Byron, gritó el hombre, cállate ya, y cerró la puerta.

Cuento tomado de Del otro lado de Rafael de Águila, Letras Cubanas, La Habana, 2010.


Rafael de Águila, (La Habana, 1962). Narrador, crítico, ensayista. En 1997 la Editorial Letras Cubanas publica el volumen de cuentos Último viaje con Adriana, Premio Pinos Nuevos. En 2006, ve la luz, por la misma editorial, un segundo libro de cuentos, Ellos orinan de pie; también obtuvo Mención en el Premio Internacional Casa de Teatro, República Dominicana. En 2007, recibió Mención en el Premio Internacional Julio Cortázar. Sus relatos han aparecido en varias antologías. El Grupo de Teatro de Carlos Barón, de la Universidad de California, EE.UU., llevó a las tablas seis de sus cuentos en el año 2002. Artículos y ensayos suyos figuran en revistas cubanas y extranjeras.  

 

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