|
Desde hace décadas, el
nombre de Maryse Condé
circula, como emblema
sagrado, en los más
exigentes círculos
literarios del Caribe,
América Latina, Europa,
EE.UU., África y Asia. A
la presencia
indiscutible de su
escritura —marcada por
tres signos como lo son
el de los orígenes, el
de la diáspora africana
en todo el continente
americano y la
“dislocación brutal”1
que, por eso mismo, han
impuesto la trata y la
esclavitud a través de
incesantes y violentas
migraciones— debemos
agradecer esas esencias
que la recorren para
colocarla en el sitio de
gran prestigio y amplia
difusión alcanzado en
nuestro tiempo por esta
escritora, nacida en la
isla de Guadalupe en la
primera mitad del siglo
XX.
Es un acontecimiento sin
igual que su obra y su
vida sean el centro de
esta Semana de Autor que
la Casa de las Américas
de La Habana ha venido
auspiciando desde hace
diez años en el marco de
su variada programación.
¿De qué modo podría
clasificarse el hecho de
que, en el marco de esta
Semana de Noviembre, el
Fondo Editorial de la
Casa ponga a disposición
de los lectores en
lengua castellana una de
las grandes novelas
contemporáneas de lengua
francesa como lo es
Yo, Tituba, la bruja
negra de Salem
(1986)?
La satisfacción y la
alegría se dan la mano
en este excepcional
encuentro de Maryse
Condé con sus
traductores, sus
estudiosos, sus
admiradores de toda la
vida, leales seguidores
de una trayectoria
literaria mediante la
cual Maryse Condé
expresa su propia
condición humana
valiéndose a su vez de
dos condiciones —las de
raza y género— dándose
la mano ante una
historia colonial
básicamente sujeta entre
la trata y la
esclavitud, la
dependencia económica y
ese destino fatídico de
los movimientos
migratorios que todavía
hoy, en plena
globalización, se
suceden de isla en isla,
de tierra firme en
tierra firme, de ciudad
en ciudad en cualquier
latitud de nuestra
época. Lo que fue
emblema del Caribe se
traslada como una
serpiente sin cabeza a
otros muchos sitios
pobres del planeta.
Me importa decir que
Maryse Condé, hija
legítima de esa
tradición oral que nos
caracteriza, más allá de
su vocación por fijar la
esencia histórica de
nuestras diversas
culturas regionales, de
su talento como
comunicadora, de la
versatilidad de su pluma
manifiesta en casi todos
los géneros literarios
como el teatro, la
novela, el cuento, el
ensayo y la literatura
para niños, siempre
abrigó el sueño —hoy
convertido en realidad—
de visitar la Isla de
Cuba para comprobar con
sus propios ojos lo que
había adivinado en las
páginas, no siempre
fieles, de los cronistas
medievales así como del
esplendor cotidiano de
nuestra vida social en
revolución. Desde el
primer momento en que
nos conocimos me lo hizo
saber y yo lo supe.
|
 |
Porque Maryse ha optado,
en su vida y obra, por
ese fragor de las causas
nobles, consagrado a la
fragua de las ideas de
libertad y progreso, tan
relacionadas con la
reivindicación y
reconocimiento de las
culturas africanas que
poblaron y marcaron con
su aliento estas tierras
americanas, insulares o
no. Su isla natal, la
Guadalupe, retratada por
Nicolás Guillén de forma
magistral en un poema
memorable, también
inspiró El siglo de
las luces, una de
las novelas más ricas de
la literatura cubana por
su inherente proyección
antillana y por su
colocación de la
historia como eje
central de su argumento,
sus personajes y
acciones.
Desde la aparición de su
primera novela
Hérémakhonon (En
busca de la felicidad)
(1976) hasta
Esperando el ascenso del
agua (2010), pasando
por Ségou2
(1984, 1985, 1987),
Tituba… (1986) y
Traversée de la Mangrove
(1989), entre otros
numerosos títulos, así
se conformaron los
signos de la narrativa
de Maryse Condé marcados
todos por esa búsqueda
de la naturaleza
geográfica, no al modo
de los primeros
románticos, sino como
hilo conductor de un
sustrato histórico que
siempre caracteriza su
estilo.
Por ejemplo, la
devastación que el
ciclón Hugo produjo en
1989 en Pointe-à-Pitre
la hizo retirarse del
congreso del Pen Club
celebrado en las
ciudades canadienses de
Toronto y Montreal para
regresar, a riesgo de su
seguridad personal, a la
isla querida y luego,
trasponer aquella
catástrofe en Hugo le
terrible (1991), un
libro para niños y
jóvenes que se
convertiría en un éxito
de venta destinado al
mejor conocimiento de
nuestro clima muy
adverso en ocasiones y
de nuestra temperamental
topografía.
Alguna vez, en su casa
de Montebello,
comprendimos Richard,
Maryse y yo, entre risas
y lágrimas, que los
huracanes no necesitan
pasaporte ni visa para
hacer su entrada, sino
que irrumpen en nuestras
vidas sin posibles
regulaciones.
Periodista, profesora,
traductora, bibliófila e
investigadora
insaciable, Maryse Condé
ha podido trazar un
hermoso arco iris del
Caribe a través de sus
libros. Cuando, en 1997,
le concedimos el Premio
Carbet por su novela
Désirada, sabíamos
que estábamos trayendo a
su justo lugar el
quehacer de una
antillana, de una
ingeniosa mujer negra,
que buscó su verdad y
encontró sus razones más
transparentes, pues “en
definitiva” en esas
páginas Maryse celebraba
no solo la virtud local
del archipiélago
guadalupeño sino, en
particular, la de una de
sus islas más
representativas, la
Désirada.
Esta es una tarde en la
que repasamos una
lección nunca
suficientemente bien
aprendida: aquella que
enjuicia las
credenciales que nos
hacen ser legítimos
defensores de una
diversidad digna de
nuestro pasado,
forjadora de un futuro
ya no lejano en que los
antillanos, los hombres
y las mujeres de Nuestra
América, nos
reconozcamos, como
quería Martí, en la
fragua de la dignidad
plena de todos.
Bienvenida a Cuba, a La
Habana, a la Casa de las
Américas, Maryse Condé.
La Habana, 15 de
noviembre, 2010
Palabras de bienvenida a
la escritora caribeña
Maryse Condé a quien la
Casa de las Américas ha
dedicado su Semana de
Autor entre los días 16
y 19 del presente mes de
noviembre (2010) en su
sede de 3ra y
G, en El Vedado.
Notas:
1 Esta definición
pertenece al poeta,
narrador y ensayista
Édouard Glissant en su
libro clásico Le
discours antillais,
París, Editions du Seuil,
1981. Hay dos ediciones
en castellano: El
discurso antillano,
Caracas, Monte Ávila,
2006, y La Habana, Casa
de las Américas, 2010.
2 De gran resonancia
internacional, esta
novela es un fresco que
relata la historia del
antiguo imperio de Mali.
Ver Patrick Chamoiseau
et Raphael Confiant:
Lettres créoles. Tracées
antillaises et
continentales de la
littérature.
Haití, Guadeloupe,
Martinique, Guyane
(1635-1975)
París, ed. Gallimard,
col. Folio Essais, 1999,
p. 204. |