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En el escenario
latinoamericano,
caracterizado por la
ebullición de los
movimientos sociales y
las luchas por la
participación del pueblo
en las esferas donde se
negocia el poder, nació
de manera legítima el
concepto de Educación
Popular hace alrededor
de cuatro décadas. El
concepto, asumido como
instrumento para
promover la
transformación cultural
desde las prácticas
cotidianas, más que un
corpus teórico anclado
en la Pedagogía, se ha
convertido en una
herramienta para la
lucha política.
La propuesta que ante el
influjo de las
dictaduras en los años
60 empezó a articularse
y profundizarse en el
continente, tuvo el reto
de enfrentarse a las
corrientes
extensionistas y
neoliberales, a través
de la reflexión y
proyección colectivas.
De esta manera, las
masas populares
comenzarían a ganar
independencia en la
exploración y análisis
de sus realidades.
Hoy, cuando la Educación
Popular ha sido
reconocida e incluso
utilizada por los
estados, los debates se
localizan entre las
incógnitas de si la
Educación Popular es un
movimiento en sí mismo o
si es tan solo material
de apoyo para los
movimientos populares.
Por otra parte, este
sistema de ideas que
entiende el proceso de
construcción de la
identidad grupal como un
resultado de las
interacciones en
colectivo, no ha
encontrado un nicho
certero y la aceptación
incondicional de las
ciencias sociales, pues
de un lado se niega la
posibilidad de
autoconducción de las
organizaciones sociales
y de otro, se entiende
que sus propuestas
pueden ser cisma entre
los movimientos
populares y las
agrupaciones políticas.
Además de que son varios
los trabajos que dan fe
del aporte de la
Educación Popular a la
participación política,
sus ideas han encontrado
cauce más de una vez en
metodologías que
fomentan la
participación y el
intercambio de
experiencias. Para sus
promotores, resulta de
vital importancia que, a
través del diálogo y el
esfuerzo conjunto, cada
individuo se conciba
como parte de un
colectivo, y llegue así
a aportar para los
demás y reconocer su
valor propio.
Los planteamientos
expuestos por el
fundador
Paulo Freire se
complementan, entre
otros, con los del
uruguayo
Mario Kaplún,
por solo mencionar a dos
de los principales
ideólogos de la
Educación Popular. A la
idea desarrollada por el
primero sobre el eje de
que no hay educando sin
ser educador ni educador
sin ser educando. Kaplún
agrega que esta
corriente se alimenta de
otras categorías
pedagógicas y
psicológicas que
trascienden la cuestión
ética.
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En ese sentido, para el
tema de la relación
sociedad
civil-participación ha sido
decisivo tener en cuenta
el avance de los
estudios comunicológicos.
Los mecanismos de
legitimación ideológica
juegan un rol primordial
en la reproducción de la
hegemonía en tensión o
negociación con la
existencia de las
matrices culturales: “La
gente (…) no empieza
conociendo y después
comunicando lo que
conoce, sino que conoce
en la medida que lo
comunica”, señala el
uruguayo.
Las
maneras de aplicar los
preceptos de la
Educación Popular pueden
ser tan diversas como
las formas y niveles de
las luchas populares, la
cultura y el contexto
político-económico de
cada país, aunque se han
producido nexos
provechosos en este
tiempo dentro de la
América Latina.
En el caso de Cuba, el
tema cobra relevancia
cada vez más por sus
aportaciones
metodológicas y su
carácter político, aun
cuando no pueda
señalarse un
conocimiento
generalizado del asunto.
Esta corriente de
estudios, que comenzó a
difundirse en la Isla
a partir de los años 90, ya
cuenta con una
trayectoria de dos
décadas, iniciada en la
Casa de las Américas con
la organización de
encuentros de educadores
populares.
De esos primeros años en
que se conocían
escasamente algunos de
los pilares de esta
vertiente pedagógica, a
la fecha, pueden
mencionarse los logros
del Centro Memorial
Martin Luther King Jr.
en la formación de
líderes comunitarios y
la promoción de la
participación ciudadana.
Cierto es que nuestro
país, en el cual se ha
estimulado la educación
del pueblo en relación
con el proceso histórico
de transformación
socialista, no conoce en
gran escala la presencia
de la variante
educativa. Sin embargo,
proliferan numerosos
grupos informales, a
diferencia lo que ocurre
en Latinoamérica.
Otra particularidad de
nuestro contexto en
relación con las
experiencias del resto
del área, es la
pretensión de lograr una
transformación de la
conciencia y la
organización social a
largo plazo y el
estímulo de la capacidad
crítica de los sujetos,
en lugar de influir
solamente en el
funcionamiento de
organizaciones.
De cara al futuro, bien
vendría repasar y tomar
en cuenta la reflexión
de Esther Pérez, pionera
de los estudios de
Educación Popular en
Cuba cuando planteó que
esta: “tiene que
reconocerse como un
proyecto necesariamente
inacabado en los marcos
de la sociedad —no
transformada o en vías
de transformación— en
que se piensa y actúa,
como una educación de y
para hombres y mujeres
nuevos que se construyen
a sí mismos en el
proceso de construir una
nueva sociedad. Ello
supone una creencia
radical en la capacidad
de autotransformación de
los sujetos, una
apertura, también
radical, a las
enseñanzas de la
práctica social, y la
asunción de ciertos
elementos de método que
demuestren su utilidad
para superar las
intencionalidades de
sujeción, incrustadas en
las prácticas educativas
vigentes”.
Notas:
“La promesa de la
pedagogía del oprimido”.
Revista Temas,
No. 31, pp. 39-46,
octubre-diciembre de
2002. |