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Paulo Freire nació en
1921. O, como él mismo
dice, “poco después del
triunfo de la Revolución
de Octubre”. Joven aún,
pero casado ya con Elza,
su compañera a lo largo
de 40 años, comenzó a
dirigir el Sector de
Educación del Servicio
Social de la industria
en Recife. De su
experiencia en esa
institución a dicho
Freire: “Me fui
espantado y tratando de
comprender la razón de
ser del espanto [...]
aprendiendo, de un lado,
a dialogar con la clase
trabajadora, y de otro,
a comprender su
estructura de
pensamiento, su
lenguaje, a entender lo
que yo llamaría la
terrible maldad del
sistema capitalista”.
Allí, sin llamarla aún
así, comenzó a hacer y a
pensar la educación
popular.
A principios de la
década de los 60, en Río
Grande do Norte, Freire
concibió y comenzó a
aplicar su método de
alfabetización, basado
en la comprensión del
lenguaje popular y en el
descubrimiento y la
discusión de temas
políticos, económicos,
sociales e históricos
relevantes para los que
se alfabetizan. Una gran
cantidad de educadores
comprometidos con la
causa popular acogió y
comenzó a profundizar en
la práctica esta
propuesta pedagógica.
En junio de 1964, poco
después del golpe
militar en Brasil, Paulo
Freire fue apresado por
el ejército. De ahí
saldría para el exilio
en Chile y Europa,
compartiría sus
experiencias de educador
trabajando en diversos
países (Guinea-Bissau,
Angola, Cabo Verde, São
Tomé y Príncipe,
Granada, Nicaragua).
Poco después de concluir
este doloroso y fecundo
exilio, Paulo Freire nos
visitó como invitado al
Congreso de Psicología
celebrado recientemente
en Cuba[1].
En esta primera
estancia en nuestro
país, nos concedió esta
entrevista que fue más
aun: un diálogo fraterno
en que se abordaron
algunos de los puntos
fundamentales de su
pensamiento y sus
reflexiones más
actuales.
Hacer una entrevista
a quien ha dicho que no
hay pregunta tonta ni
respuesta definitiva
resulta tranquilizador.
¿Dónde fue que dije eso?
¿Lo recuerdas?
En una intervención
durante un Congreso de
Educación Popular
celebrado en Buenos
Aires, donde exigió que
lo llevaran a oír
tangos.
Exacto, exacto.
Me pregunté qué exigiría
usted cuando llegara a
La Habana.
He venido con tan poco
tiempo esta vez que no
me ha alcanzado ni para
plantear exigencias.
Solamente he querido
conocer personas y crear
amistades. Creo que
pueden darse cuenta de
lo que significa para
mí, un brasileño, un
hombre de ideas —aunque
conserve ciertas
ingenuidades de
interpretación— que hizo
una opción a favor de
las clases populares,
llegar a Cuba por
primera vez. Creo que
entienden la emoción que
siento al pisar un suelo
donde no hay un niño sin
escuela, donde no hay
nadie que no haya comido
hoy. Como ustedes dos
son de la generación que
casi nació con la
Revolución, quizá no
comprendan la emoción
que siento yo, que nací
hace muchísimo tiempo,
un poquito después de la
Revolución de Octubre.
Comparar, por ejemplo,
esta realidad con la
gente de mi país que no
comió hoy, que no comió
ayer, que no comió antes
de ayer y que no va a
comer mañana; la
cantidad de niños que
murieron hoy, que están
muriendo ahora, y saber
que estoy en una tierra
donde nadie muere de
hambre, donde hay una
solidaridad en la
posibilidad histórica,
donde no hay una riqueza
que te hiera ni una
pobreza y una miseria
que te humillen. Para mí
es una emoción inmensa.
Yo les confieso que lo
único que me hace sufrir
hoy en La Habana es no
estar aquí con Elza, que
fue mi mujer, mi amante,
la profesora de mis
hijos, la abuela de mis
nietos. Fue mi educadora
y amaba a Cuba. Pero no
hay que llorar, hay que
cantar la alegría de
estar en Cuba. La
amabilidad de los
cubanos es increíble. Es
la amabilidad que nace
de la alegría, de la
felicidad. Sentí una
gran emoción ayer al oír
a Fidel, que hablaba
como político y como
pedagogo. Su discurso
estaba lleno de
pedagogía, de esperanza,
de realidad[2].
Yo creo que vine en un
buen momento, aunque me
pregunto cuál es el
momento malo para venir
a Cuba. Ese momento no
existe.
Creo, sin embargo, que
este es un momento
especialmente bueno por
más de una razón.
Primero, por el enorme
interés que están
despertando en Cuba las
posiciones de los
cristianos, las
comunidades eclesiales
de base y su creciente
importancia en diversos
puntos de la América
Latina, y las
experiencias de la
educación popular. Pero,
además, porque estamos
viviendo un proceso
autocrítico del conjunto
de la sociedad que, por
supuesto, pasa por la
educación. No sé si sabe
que durante el último
Congreso del PCC y el
último de la UJC la
educación fue un tema
muy debatido[3].
Después de la Campaña de
Alfabetización, que fue
el hecho cultural más
grande de la
Revolución...
¡Exacto! Y para mí, la
Campaña de
Alfabetización de Cuba,
seguida años después por
la de Nicaragua,
constituye uno de los
más importantes hechos
de la historia de la
educación en este siglo.
Después de la
Campaña, Cuba consiguió
hacer masiva su
educación; que, como
usted decía, no haya
niños sin escuelas, que
ningún adulto que quiera
estudiar no pueda
hacerlo. Hemos
estimulado fuertemente
la educación de los
adultos. Y, sin embargo,
la educación cubana
atraviesa en estos
momentos un período
autocrítico.
En otras palabras, está
siendo reestudiada.
Mira, yo percibía ayer
en el discurso de Fidel
toda la cuestión de la
rectificación. Creo que
es extraordinariamente
importante la cuestión
de la dimensión de
humildad que creo que
tiene que tener una
revolución. En el
momento en que una
revolución no reconoce
probables errores
cometidos, se pierde,
porque se piensa a sí
misma hecha por santos.
Precisamente porque son
hechas por hombres y
mujeres, y no por
ángeles, las
revoluciones cometen
errores. Lo fundamental
es reconocer probables
errores y rectificarlos.
El empuje hacia la
rectificación es la
prueba de la vitalidad.
Es la humildad necesaria
que una revolución tiene
que tener. Y creo que
esto es aplicable a la
educación: es necesario
revisar la práctica
educativa para encontrar
aquella que se
corresponda más
adecuadamente con el
proceso revolucionario.
Uno de los grandes
problemas que una
revolución tiene en su
transición, en sus
primeros momentos de
vida, consiste en que la
historia no se hace
mecánicamente; la
historia se hace
históricamente. Esto
significa que el cambio,
las transformaciones
introducidas por la
revolución en su primer
momento —en la medida en
que se empieza a salir
del modo de producción
capitalista—, las
relaciones sociales
adecuadas al nuevo modo
de producción, no se
construyeron de la noche
a la mañana. Se cambia
el modo de producción y
lo que hay de
superestructural en el
dominio de la cultura,
incluso del derecho, y
sobre todo de la
mentalidad, de la
comprensión del mundo
—de la comprensión del
racismo, por ejemplo,
del sexo—; la ideología,
en fin, queda 20 años
por detrás del modo de
producción cambiado,
porque está forjada por
el viejo modo de
producción, que tiene
más tiempo histórico que
el nuevo modo de
producción socialista.
Si la cuestión histórica
fuera mecánica, yo ya
habría hecho la
revolución en Brasil. Yo
no, claro, yo ayudaría a
los Lula a hacer la
revolución. Pero no es
un proceso mecánico,
sino histórico.
Uno de los grandes
problemas que tiene una
revolución en su
transición, que a veces
es muy prolongada, es el
siguiente: la vieja
educación, de naturaleza
burguesa, llena de
ideología burguesa,
obviamente no responde a
las necesidades nuevas,
a la nueva sociedad aún
no creada; la nueva
sociedad comienza a
crearse, por supuesto,
durante el proceso de
movilización popular, de
organización popular
para la revolución. Ahí
empieza la creación de
la nueva sociedad, pero
esta todavía no tiene un
perfil definido a no ser
teóricamente. Lo que
sucede es que, llegada
al poder, la revolución
se enfrenta a la
permanencia de residuos
de la vieja ideología, a
veces hasta dentro de
nosotros los
revolucionarios, que
estamos marcados,
invadidos, por la
ideología dominante, que
se aloja en nosotros
mañosamente. Lo que pasa
entonces es que en el
momento de la
transición, la educación
tiene poco que ver —no
quiero decir “no tiene
nada que ver”, para no
parecer demasiado
exigente— con el proceso
de construcción de la
nueva sociedad, del
nuevo hombre y la nueva
mujer.
Hay que hacer una nueva
escuela. Y el problema
reside precisamente en
que la nueva educación
necesita de la nueva
sociedad, y esa sociedad
no está todavía parida.
Hay un momento de
perplejidad. El educador
dialéctico, dinámico,
revolucionario tiene que
enfrentar los obstáculos
que su propio proyecto
pedagógico, más
revolucionario que lo
que la media piensa que
debería ser, le crea; en
esta fase de transición
—la he estudiado, no en
los libros, sino a nivel
de experiencia
personal...
En Guinea-Bissau, por
ejemplo.
En Guinea-Bissau, en
Granada. Allí conversé
durante seis horas con
Maurice Bishop y leí
posteriormente la
reflexión de Fidel
acerca de los errores
cometidos. Y también en
Angola, São Tomé, antes
en Chile, en un proceso
diferente. Y en
Nicaragua. He andado por
todas esas tierras, y
afortunadamente invitado
por las revoluciones,
grandes y medias; no
importan los tamaños de
las revoluciones, lo que
importa son los ímpetus
revolucionarios. Por eso
me dediqué a pensar un
poco sobre estos
problemas. Y lo que pasa
es que siempre ocurre
esto. No es casual que
las universidades sean
las últimas fortalezas
en convertirse a la
revolución. Están
cargadas de la ideología
anterior, son
mantenedoras de la
ideología anterior. Y lo
peor es que a veces
nosotros los
revolucionarios
sostenemos la ideología
anterior.
Hay contradicciones
fantásticas, por
ejemplo, entre la
escuela y la revolución
en una transición
revolucionaria. La
escuela, al mismo tiempo
que sueña con un empuje
hacia una formación más
profunda del alumnado,
repite procedimientos
característicos y
adaptados a la pedagogía
de la clase dominante.
Es que en el fondo
guardamos en nosotros,
contradictoriamente, las
marcas ideológicas, la
posición de clase con
que nacemos. Pero hay
que ser un buen marxista
para entender estas
cosas. Y no se trata de
ser muy estudioso, muy
lector, sino de tener
una buena sensibilidad
de la importancia de la
carga, de la fuerza, del
peso de la ideología. La
ideología es material,
no es solamente ideal.
Tiene peso, tiene
fuerza.
Entonces, yo creo que
uno de los grandes
desafíos de los
educadores
revolucionarios es
lograr la transición
entre la escuela que
sirvió bien a la clase
dominante antes de la
revolución, y la escuela
que ha de servir bien a
las clases populares, a
la sociedad ahora; y esa
transición se hace
revolucionándose,
superando las marcas más
fuertes de la tradición
anterior. Una escuela
revolucionaria tiene que
ser una escuela de
alegría, pero no de
irresponsabilidad. Es
como el trabajo y la
vida en el hogar. Yo
tengo que despertar
contento, porque voy al
trabajo, y regresar
feliz, porque vuelvo a
la casa. Si no construyo
esto con mi compañera,
si no construyo esto en
el trabajo, es que hay
algo errado. La escuela,
igualmente, tiene que
ser un espacio y un
tiempo de satisfacción.
El acto de conocer que
la escuela debe hacer,
debe crear, debe
estimular, no puede ser
un acto de tristeza ni
de dolor solamente. Y es
obvio que conocer
demanda sufrimiento,
pero hay en la
intimidad, en el
movimiento interno del
acto de conocer, una
alegría, que es la
alegría de quien conoce.
La escuela tiene que
crear esto; crear una
disciplina seria,
rigurosa, pero que no
olvide la satisfacción.
Y estas cosas no pueden
ocurrir en la transición
revolucionaria “de
frentón”, como dicen los
chilenos. Esas cosas son
rehechas. Por eso me
siento muy contento
cuando me dices que uno
de los temas centrales
del Congreso del PCC fue
exactamente la
pedagogía, es decir, la
práctica educativa en
Cuba, y hasta qué punto
es posible
revolucionariamente
hacerla más dinámica,
más creativa. Yo no
tengo duda alguna de que
la escuela es
importante, la escuela
es fundamental; no hay
que superar, no hay que
suprimir la escuela.
Pero hay que hacerla un
espacio-tiempo de
alegría, de satisfacción
y de saber, y, por
tanto, de disciplina. No
puede ser un espacio de
irresponsabilidad. Pero
tampoco debe ser, sobre
todo en una revolución,
un espacio de
autoritarismo. Hay que
encontrar exactamente
los caminos de la
creatividad de los
alumnos, de los niños y
las niñas, un camino de
libertad. La revolución
se hace, precisamente,
porque no hay libertad.
Para mí las experiencias
de ustedes en Brasil
consisten precisamente
en crear espacios de
libertad en un contexto
en el que no está dada.
Esto, indudablemente,
requiere por parte de
ustedes de una
creatividad enorme.
Leía, por ejemplo, de
las experiencias de
Betto para, según sus
palabras, “dotar de la
palabra” a las personas
que no cuentan con
ella...
Exacto extraordinario…
Comienza por
demostrarles a las
personas que tienen
boca.
Yo quedé absolutamente
emocionado al oír a
Betto en el libro que
“hablamos” juntos. Y
admirado de la
creatividad de Betto,
que es extraordinaria.
Un educador sin
capacidad de creación no
puede trabajar. Por otra
parte, quedé espantado
de la necesidad de hacer
aquello. A ciertos
niveles de dominación
los hombres y las
mujeres se ven a tal
punto disminuidos que
casi se objetivan, como
señalara Marx, casi se
transforman en cosas.
Me resulta muy
interesante tratar de
vincular estas
experiencias de ustedes
con nuestra realidad,
que es radicalmente
diferente. Me hacía pues
la siguiente pregunta:
¿Qué es la educación
popular? Confundirla con
educación de adultos
resulta una reducción
enorme, ¿no es cierto?
Se trata de una
concepción completamente
diferente de la escuela,
de la enseñanza, del
aprendizaje. ¿Se trata
de dotar al pueblo de
aquello con lo que contó
y cuenta la burguesía,
es decir, una pedagogía,
una universidad, una
escuela? ¿Cómo vincular
estas cosas, entonces,
con la realidad de una
revolución en el poder,
con su necesidad de
extender la educación
con los medios a su
alcance al total de la
población? Me parece que
su experiencia de vida
lo hace una persona
especialmente capaz para
responder esta pregunta,
porque comenzó usted en
Brasil con la
experiencia de
alfabetización, pero se
dio cuenta de que la
alfabetización era un
momento. Y después, tras
la desgracia del exilio,
tuvo la suerte de
participar en proyectos
educativos en varias
partes del mundo en
disímiles condiciones.
Su experiencia en
Guinea-Bissau, en
Granada, en Angola, en
Nicaragua, tiene que
haberle dado una idea de
los problemas que
enfrenta la revolución
en el campo educativo
tras el advenimiento de
las clases populares al
poder.
Es un momento difícil
que demanda de los
educadores una enorme
capacidad creadora; y
demanda una virtud que
yo vi en Amílcar Cabral.
A mí, en este siglo, hay
tres revolucionarios que
me han impresionado.
Voy a citarlos a los
tres, aunque esté siendo
injusto con otros, y sé
que hay montones de
otros revolucionarios.
Pero yo me quedaría con
dos muertos y uno vivo
que me llenan de
esperanza, de fe, de
humanismo, en el sentido
no burgués de la
palabra. Los dos muertos
son Amílcar y Che. Y el
vivo es Fidel. A estos
tres símbolos acostumbro
a llamarlos “pedagogos
de la revolución”, y
establezco una
diferencia entre el
pedagogo de la
revolución y el pedagogo
revolucionario. Yo hago
un esfuerzo fantástico
para ser un pedagogo
revolucionario, y no sé
si lo soy todavía, pero
lucho para serlo. El
pedagogo de la
revolución es esto que
ustedes tienen aquí, es
Fidel. Amílcar lo fue
también. Yo estoy
escribiendo un ensayo
sobre él con este
título: “Amílcar Cabral,
pedagogo de la
revolución”. Che Guevara
fue también un pedagogo
de la revolución.
Yo considero que los
pedagogos
revolucionarios, que
tienen tanta
responsabilidad como los
pedagogos de la
revolución, que no
pueden traicionar a la
revolución, como decía
Fidel anoche, en una
dimensión menor tienen
que asumir con absoluta
responsabilidad su
tarea, que no es nada
fácil. Esa tarea se
desarrolla en los
primeros años de la
transición. Y no me
refiero a los primeros
diez años, o 20 años;
creo que el tiempo de
una revolución no se
mide en décadas. El
hecho de que la
Revolución Cubana tenga
casi 30 años, no
significa que está
hecha: nunca estará
hecha. Eso es lo que
pido: que nunca esté
hecha, porque una
revolución que está
hecha yerra; cuando no
está siendo, ya no es.
La revolución tiene que
ser como decía ayer
Fidel. Esta comprensión
de la revolución es
sustantivamente
pedagógica. Pero tiene
que ser encarnada
pedagógicamente en
métodos coherentes. Ahí
está la revisión —no en
el sentido peyorativo
que esta palabra tiene—,
la recreación, que la
práctica educativa tiene
que estar sufriendo
siempre.
Porque la práctica
educativa tampoco puede
ser: para ser, tiene que
estar siendo. Yo tengo
que cambiar, yo tengo
que marchar como
educador y como
político. Entonces, los
métodos, las técnicas
tienen que estar al
servicio de los
contenidos. Primero en
relación con los
contenidos, segundo en
relación con los
objetivos. Y en estos
momentos de transición
revolucionaria, que son
los más difíciles,
precisamente por la
carga que arrastramos
del período anterior, de
las experiencias en que
fuimos formados y
deformados, hay que
desarrollar, incentivar,
estimular una curiosidad
incesante. La pregunta
es fundamental. Yo tengo
un libro reciente,
realizado en
colaboración con un
chileno exiliado, que se
llama Hacia una
pedagogía de la pregunta[4].
Una de mis
preocupaciones actuales
es que la educación
nuestra está siendo una
educación de la
contestación, de la
respuesta, y no de la
pregunta. Entramos en la
clase, sean los alumnos
niños o jóvenes,
empezamos a responder a
preguntas que ellos no
han hecho. Y lo peor es
que a veces ni siquiera
sabemos quiénes hicieron
las primeras preguntas
fundamentales de las que
resultaron las
respuestas que estamos
dando. Estamos dando
respuestas a preguntas
antiguas y no sabemos
quiénes las hicieron. Y
es como si estuviéramos
empezando un discurso, y
de hecho estamos dando
respuestas. Yo propongo
lo contrario: una
pedagogía de la
pregunta. No tengo duda
alguna de que la mujer y
el hombre, al empezar a
no ser solamente
animales, al
transformarse en este
tipo de animal que
somos, lo hicieron
preguntando. Se
engendraron socialmente
preguntando. Cuando no
se hablaba todavía el
lenguaje que hoy
tenemos, el cuerpo ya
preguntaba. En el
momento en el que se
hicieron humanos, el
hombre y la mujer
prolongaron sus brazos
en un instrumento que
les sirvió para seguir
conquistando el mundo, y
con el cual consiguieron
su estabilidad y su
alimento. En ese
momento,
independientemente de
que si hablaban o no, ya
se preguntaban y
preguntaban. Entonces,
desarrollar una
pedagogía que no
pregunte, sino que solo
conteste preguntas que
no han sido hechas,
parece herir una
naturaleza histórica, no
metafísica, del hombre y
de la mujer. Por eso
defiendo tanto una
pedagogía que, siendo
conceptual, sea también
una pedagogía dialógica,
entendiendo que el
diálogo se da entre
diferentes e iguales.
Me parece que se
trata de una pedagogía
profundamente
respetuosa, de una
pedagogía que tiene un
respeto profundo por los
considerados
tradicionalmente
ignorantes, no
poseedores de
conocimientos “que no
valen la pena”,
poseedores de
conocimientos “que no
hay que aprender”.
Exacto, exacto. Te
acuerdas ahora de las
conversaciones mías con
Betto, cuando él se
refiere a una mujer que
sentía inseguridad,
porque pensaba que no
sabía nada. Él le
preguntó quién
resolvería mejor su vida
perdido en un bosque: un
médico que ha pasado por
la universidad y no sabe
cocinar, o ella, que
sabe matar una gallina.
Esta afirmación tuya me
lleva a una cuestión
fundamental de la
educación popular y a
una reflexión
fundamental de carácter
político-filosófico. Se
trata de la cuestión del
sentido común y el saber
riguroso, en otras
palabras, de la relación
entre sabiduría popular
y conocimiento
científico o académico.
Hablabas de mi respeto a
este saber de
experiencia que tiene el
pueblo, y yo insisto en
ese respeto. Incluso
insisto en que la
educación popular tiene
ahí su punto de partida,
pero nunca su punto de
llegada. Jamás dije que
los educadores populares
progresistas (y en Cuba
diría los educadores
populares
revolucionarios, porque
progresista es la forma
que tiene de ser un
educador revolucionario
en un país todavía
burgués; yo me considero
en Brasil un educador
popular progresista, y
tengo la osadía de decir
que si viviera en Cuba,
yo sería un educador
revolucionario; si fuera
cubano, y aun siendo
brasileño, porque soy
también cubano, por el
amor que le tengo a esta
revolución, a este
pueblo, a esta valentía,
que históricamente fue
posible y ustedes
hicieron posible). Pero
volviendo a la cuestión,
estoy absolutamente
convencido de que si
bien el educador
progresista y
revolucionario no puede
alojarse en el sentido
común y quedar
satisfecho con eso en
nombre del respeto a las
masas populares, tampoco
puede olvidarse de que
ese sentido común
existe. No se puede
negar su nivel de saber.
Hay que saber incluso
que el conocimiento
científico un día fue
ingenuo también y hoy
día sigue siendo
ingenuo. La sabiduría
científica, la ciencia,
no es un a priori,
sino que se hace
históricamente, tiene
historicidad. Eso
significa que el saber
científico, riguroso,
exacto, de hoy no será
necesariamente el de
mañana. Lo que sabíamos
hace 20 años de la luna
fue superado por lo que
se sabe hoy.
Cuando yo afirmo que es
partir de la sabiduría
popular, de la
comprensión del mundo
que tienen los niños
populares, su familia,
su pueblo, que debe
comenzar la educación
popular, no estoy
diciendo que es para
quedarse ahí, sino para
partir de ahí y así
superar las ingenuidades
y las debilidades de la
percepción ingenua.
A esto llamaba usted
en sus primeros escritos
“concientización”.
Exacto. Pero
probablemente en mis
primeros escritos, al
llamarla concientización,
cometía un error de
idealismo, que se
encuentra fácilmente en
mi primer libro.
Consiste en lo
siguiente: le daba tanto
énfasis al proceso de
concientización que era
como si concientizando
acerca de la realidad
inmoral, de la realidad
expropiadora; ya se
estuviera realizando la
transformación de esta
realidad. Eso era
idealismo.
Eso es lo que se
encuentra en La
educación como práctica
de la libertad.
Exacto. Es ahí donde
está la gran fuente de
los momentos idealistas
que marcaron el comienzo
de mi madurez. Yo soy un
escritor tardío. He
hablado mucho, soy un
hombre de mi cultura. La
cultura brasileña es
todavía de memoria oral.
Por eso hablé mucho
antes de escribir. Y
sigo hablando mucho. Soy
más un productor oral
que un escritor. Pero me
gusta lo que escribo,
también me gusta. Cuando
escribo, lo hago como si
estuviera hablando. Mi
leer es mi escuchar.
Pero la cuestión que se
plantea —y esto es muy
importante en la teoría
del currículum, por
ejemplo— es que hay que
conocer cómo el pueblo
conoce, hay que saber
cómo el pueblo sabe. Hay
que saber cómo el pueblo
siente, cómo el pueblo
piensa, cómo el pueblo
habla. El lenguaje
popular tiene una
sintaxis, una estructura
de pensamiento, una
semántica, una
significación de los
significados que no
puede ser, que no es
igual a la nuestra, de
universitarios. Y hay
que conocer esto. Hay
que vivir todas estas
diferencias en las
escuelas de niños
populares. Imagínate que
un niño popular
brasileño, por ejemplo,
que escribe un trabajito
en su escuela en el
primer grado y usa una
sintaxis de concordancia
estrictamente popular,
escriba “A gente
chegamos”, y la
profesora lo tacha con
un lápiz rojo y le dice:
“Equivocado”. Esto es un
absurdo. Es como si
mañana tuviéramos una
revolución popular en
Brasil y mi nieta
llegara a mi casa y me
dijera: “Mira, abuelo,
yo no entiendo nada.
Escribí ‘A gente
chegou’ y la
profesora me lo tachó y
escribió ‘A gente
chegamos’ ”. Y ella
me diría: “Mira abuelo,
tú dices ‘A gente
chegou’. Y mi madre,
mis hermanos, mis
vecinos —los vecinos son
de ‘clase’—, mis amigos
dicen ‘A gente
chegou’. Yo no
comprendo nada”[5].
Hace 480 años que
hacemos esto contra el
pueblo en Brasil. Esto
crea problemas que no
son estrictamente
lingüísticos, sino de
personalidad, de
estructura de
pensamiento. Si tú me
preguntas: “Paulo, ¿y te
parece entonces justo,
legítimo, que las masas
populares no aprendan,
no aprehendan, la
sintaxis llamada
erudita?”, yo te
respondería: No, es
necesario que la
aprendan, pero como un
instrumento de lucha.
Las masas populares
brasileñas, los niños
populares, tienen que
aprender la sintaxis
dominante para poder
luchar mejor contra la
clase dominante. No
porque sea más bella la
sintaxis dominante, no
porque sea mejor y más
correcta, porque yo te
diría un poco
enfáticamente que el
lenguaje popular, tanto
allá como acá, es muy
rico, precisamente por
el uso de las metáforas,
de la simbología. El
lenguaje popular es
mucho más poético,
porque necesita ampliar
el vocabulario y lo hace
a través de la metáfora.
No quiero parecer
populista, sino defender
el derecho que el pueblo
tiene a ser respetado en
su sintaxis y en su
estructura de
pensamiento. Y en
segundo lugar, defender
el derecho del pueblo a
aprender y aprehender la
sintaxis dominante para
poder trabajar mejor
políticamente contra los
dominantes. Esta es una
de mis luchas.
Y yo encuentro que esto
tiene que ver con la
escuela revolucionaria,
con la escuela en Cuba.
Una pedagogía
revolucionaria en Cuba
—y no me estoy
refiriendo a lo que se
hace en Cuba, sino a lo
que creo que se debe
hacer en cualquier
sociedad que hace una
revolución— tiene que
ser una pedagogía que
siendo viva, dinámica,
provoque, desafié a los
niños, a los
adolescentes, a los
jóvenes en la
universidad para lograr
la creatividad, el
riesgo. ¿Cómo hacer una
pedagogía revolucionaria
que no se fundamente en
el riesgo? Sin correr
riesgos es imposible
crear, es imposible
innovar, renovar,
revivir, vivir. Y por
ello el diálogo es
arriesgado, porque la
posición dialógica que
se asume frente a los
alumnos descubre los
flancos, abre el espacio
del profesor. Puede que
el profesor resulte
investigado por el
alumno y puede que no
sepa. Y hay que tener la
valentía de decir
simplemente: “Aunque yo
sea diferente a ti como
profesor, yo no sé
esto”. Y es reconociendo
que no se sabe que se
puede empezar a saber.
Volviendo atrás. Al
inicio, entonces,
concebía usted la
concientización como el
paso de la conciencia
ingenua a la conciencia
crítica. Después
introdujo usted el
concepto de —no conozco
si existe la palabra en
español― la “politicidad
de la educación”.
Así es. Y si no existe
la palabra habría que
crearla. La politicidad
de la educación
reforzaría la
comprensión de la
concientización.
¿Qué cosa es la
politicidad de la
educación?
Hoy hablé mucho de eso
con los psicólogos. En
términos simples: si los
que estamos sentados
alrededor de esta mesa
salimos de aquí con
ayuda de la imaginación,
nos situamos frente a
una clase y empezamos a
analizar la práctica
docente que se realiza
―imaginemos que se trata
de una profesora de
primero, segundo o
tercer grado— y
comenzamos a preguntamos
sobre lo que pasa en el
aula, inmediatamente
captamos determinados
elementos constituyentes
de la práctica con
respecto a la cual
estamos tomando una
distancia para poder
conocerla. Descubrimos
que no hay práctica
educativa sin profesor;
que no hay práctica
educativa sin enseñanza;
que no hay práctica
educativa sin alumnos;
que no hay práctica
educativa sin objeto de
conocimiento o
contenido. Hacen falta
muchísimas otras cosas,
pero vamos a quedamos
con estas.
En el momento en que se
comprueba que toda
práctica educativa es un
modo de enseñanza; que
el profesor enseña
alguna cosa que debe
saber, y por tanto que
debe haber conocido
antes de enseñar y que
debe reconocer al
enseñar, uno comprende
que toda práctica
educativa es
cognoscitiva, que supone
un acto de conocimiento,
que no hay práctica
educativa que no sea una
cierta teoría del
conocimiento en
práctica. Pero uno se
pregunta: ¿qué conocer
en la práctica
educativa? Y esta
pregunta lleva
directamente a la
cuestión del currículum,
a la cuestión de la
organización
programática de los
contenidos en la
educación, en el campo
de la Biología, de la
Sociología, de la
lengua, de los Estudios
Sociales. Hay un
conjunto de contenidos,
de programas, que se
relacionan, y lo ideal
es conseguir cierta
interdisciplinariedad.
Pero en el momento en
que uno se pregunta
sobre qué conocer,
cuando uno se sitúa
frente a los contenidos,
a los programas, uno de
inmediato se plantea: ¿a
favor de quién se conoce
esto?, ¿a favor de qué?
Y cuando uno se pregunta
¿qué hago yo como
profesor?, ¿a favor de
quiénes trabajo?, ¿a
favor de qué trabajo?,
hay que preguntarse de
inmediato: ¿contra
quiénes trabajo?,
¿contra qué trabajo? Y
la contestación de esa
pregunta pasa por la
calidad política del que
se la plantea, por el
compromiso político del
que la hace. En ese
momento se descubre eso
que llamo la politicidad
de la educación, la
cualidad que la
educación tiene de ser
política. Esto es, ni
hubo nunca, ni habrá,
una educación neutra. La
educación es una
práctica que responde a
una clase, sea en el
poder o contra el poder.
Esto es la politicidad.
Si lees nuevamente el
primer libro mío tú no
descubres esto. Y ahí
estaba unas de mis
debilidades, una de mis
ingenuidades. Mi alegría
es que soy capaz de
reconocer mis
debilidades. Por eso es
que no me parece
correcto que me hagan
críticas basadas en un
libro, cuando he escrito
más de 14. O si no, hay
que decir que se está
criticando solo el
primer libro, pero eso
no quiere decir que se
está criticando el
pensamiento de Paulo
Freire. Para eso, hay
que leer toda mi obra,
todas mis entrevistas,
todo lo que he hecho,
porque si no, no es
correcto. Recientemente,
una muchacha que vivió
largo tiempo en la
revolución de Nicaragua
y que pasó cuatro horas
conmigo en Brasil,
publicó una entrevista
con una introducción en
la que hacia una crítica
a las críticas a Paulo
Freire. Y publicó un
libro muy lindo donde
muestra el error de
mucha gente.
¿Es Rosa María?
Sí, Rosa María Torres.
¿Tienen el libro? ¿No?
Ahora que he venido les
voy a mandar la
colección completa de
mis obras y de críticas
sobre mi obra, las
buenas y las malas[6].
Excelente. Tengo dos
cosas más que quería
precisar. La primera:
¿diría usted que la
educación popular en su
práctica y en su teoría
es el intento de hacer
una pedagogía de las
clases populares en
contra de una pedagogía
de la burguesía?
Exacto, exacto. Tu
pregunta contiene mi
respuesta. A Rosa María,
cuando me preguntó esto
con otra formulación, le
dije que la educación
popular es algo que se
desarrolla en la
interioridad del
esfuerzo de movilización
y de organización de las
clases populares para la
toma del poder; su
propósito es la
sistematización de una
educación nueva e
incluso de metodologías
de trabajo diferentes a
las burguesas.
Pero ahora podrías
hacerme otra pregunta
que me adelanto a
formular: “Paulo,
¿piensas que todo lo que
la burguesía ha hecho
está equivocado?” La
respuesta es “no”. Otra
cosa sería errónea,
estrecha. Nunca olvido
las afirmaciones de
Amílcar Cabral sobre la
cultura. Él les decía a
sus compañeros de lucha
en Guinea-Bissau —y no
lo estoy citando
literalmente—: “la
cuestión no es la
negación absoluta de las
culturas extranjeras,
sino la aceptación de
las cosas adecuadas a
nuestra sociedad”.
Eso lo dijo Martí de
una manera muy bella.
Dijo: “injértese en
nuestras repúblicas el
mundo; pero el tronco ha
de ser el de nuestras
repúblicas”.
¡Exacto! Entonces, mira,
no se puede negar la
importancia de los
movimientos de la
escuela nueva que han
surgido paso a paso con
el desarrollo de la
revolución industrial y
que no pueden ser
reducidos a una sola
experiencia de escuela
nueva. Hay varias
expresiones de escuelas
nuevas en el movimiento
general grande, en el
que se encuentran desde
la locura maravillosa de
un Ferrer, español,
anarquista, que influyó
extraordinariamente
sobre la educación en
Nueva York, y en Brasil
también a comienzos de
este siglo. Ferrer fue
asesinado por el estado
español en 1910. Estas
experiencias, repito,
van desde Ferrer hasta
posiciones más
intermedias como la de
Montessori, basada en la
idea de la libertad. O
la exageración de la
escuela de Hamburgo, con
sus maestros camaradas,
que eran todos iguales a
los alumnos, con lo cual
se llegaba casi a la
irresponsabilidad, pero
que era, al mismo
tiempo, una cosa muy
linda. Yo no estoy a
favor de esto, pero lo
que quiero decir es que
no se puede hacer una
crítica general y
estrecha. Eso no sería
científico, no lo
acepto, creo que es
ideológico. Y no se
trata de que crea que la
ciencia no tenga
ideología, porque la
tiene, pero quiero más
ciencia que ideología,
respetando el valor y la
fuerza de la ideología
cuando se trata de la
ideología proletaria.
Pero volviendo a tu
pregunta, te digo más
que antes. Creo que si
uno parte hacia la
educación popular sin la
intención de construir
una pedagogía de las
clases populares, tarde
o temprano va a
descubrir que ella
aparece en su práctica.
A partir de ahí, o
desiste, o sigue
adelante. Esto no
significa, sin embargo,
que la creación de una
pedagogía popular niegue
los avances logrados por
la pedagogía burguesa.
Pero por otra parte, no
pienso que incluso la
pedagogía que pudiéramos
llamar burguesa, porque
ha sido creada dentro de
la dominación burguesa,
pueda ser en su
totalidad catalogada de
burguesa. O sea, la
pedagogía popular no
puede remitirse al
conocimiento popular del
que hablábamos, como su
única fuente, sino que
tiene que remitirse
también a la protesta
contra las sociedades
burguesas que dentro de
ellas se ha generado.
Exacto. Si no hace esto,
no es dialéctica y corre
el riesgo de perderse;
yo estoy totalmente de
acuerdo con lo que hay
de afirmación en tu
pregunta. Las preguntas
casi siempre traen una
afirmación, y yo estoy
de acuerdo contigo.
Ahora, en una sociedad
como la nuestra, la
sociedad brasileña, la
educación popular hoy en
día tiene que orientarse
en el sentido de cómo
movilizar, orientar. La
educación popular tiene
que colocarse en el
centro, en la
interioridad de los
movimientos populares,
de los movimientos
sociales. De ahí, la
necesidad de que los
partidos revolucionarios
olviden su
tradicionalismo. Los
partidos de izquierda en
este fin de siglo, o se
hacen nuevos,
revitalizándose cerca de
los movimientos
populares sociales, o se
burocratizan.
Uno de mis esfuerzos en
el Partido de los
Trabajadores, en el que
milito, es mi trabajo en
una semilla de
universidad popular.
Dirijo este centro de
formación, del cual tuve
el honor de haber sido
nombrado presidente.
Porque en el fondo fui
nombrado. Un día llegó
una comisión de líderes
sindicales y me dijeron
que yo era presidente. Y
yo les dije: “ustedes me
están nombrando, nadie
me ha elegido”. Pero
acepté. Lo que ha hecho
este instituto en sus
seis meses de vida, a
nivel latinoamericano
incluso, en términos de
formación de la clase
trabajadora, es una cosa
que da alegría.
¿Cómo se llama el
instituto, Paulo?
Instituto de Cajamar,
que es la municipalidad
en que está ubicado. Yo
soy el presidente del
Consejo. Lula es miembro
del Consejo. Y el lunes
antes pasado el día
completo todos juntos
discutiendo los
programas del centro, y
yo me responsabilicé con
él; porque el instituto
comenzó muy poco después
de la muerte de Elza,
que era mi amor, fue y
es mi vida, mi amante,
la madre de mis hijos,
la abuela de mis nietos,
la infraestructura de la
familia. Yo soy
superestructura
solamente. Te imaginas
lo que pasa a una
superestructura cuando
le falta la
infraestructura. Estoy
un tanto perdido, pero
vivo y lucho por seguir
vivo. Esta es la opción
que hice. Pero, como te
decía, el instituto se
creó muy poco después de
la muerte de Elza y en
aquel momento me
resultaba difícil. Ahora
asumí el compromiso de
hablar por lo menos una
vez en todos los cursos
que se organicen para la
formación de cuadros de
la clase trabajadora. Es
emocionante conversar
con un líder obrero que
pasó muchas experiencias
y te dice después: “Yo
antes tenía la intuición
de que este era el
camino; ahora lo sé”.
Hay un grupo de
intelectuales,
académicos, en Brasil,
que han optado por las
clases trabajadoras y
que no se sienten
propietarios de la
sabiduría de la
revolución. Porque esta
es una cosa que los
intelectuales han tenido
que aprender: la
humildad de no ser los
propietarios del saber
revolucionario. Hay que
aprender también con la
clase trabajadora, con
los obreros, con los
campesinos. Una dosis de
humildad no le hace daño
a nadie.
Yo estoy viendo cómo
esta politicidad de la
educación, y en general
cómo la educación
popular hoy significa un
avance de las masas
populares en la América
Latina capitalista,
diferente a la expansión
de las matrículas de los
60, frente a los
mecanismos de la
tecnificación de las
décadas pasadas, que
eran todos propiedad de
la burguesía. Veo como
está surgiendo también
de ahí una comprensión
muy fuerte de que es en
el terreno de la
política que se van a
decidir los dilemas
fundamentales, en
definitiva. Pero esta
comprensión no consiste
meramente en “saludar” a
los políticos, sino en
formar parte del
movimiento político. Ya
usted mencionaba antes
que esto le exige
transformaciones al
partido político.
Exacto. Esta es una de
mis preocupaciones. En
un libro que salió
recientemente en Brasil
y también en Argentina,
hecho con un filósofo
chileno, en un cierto
momento discutimos esta
cuestión[7].
Yo tengo la convicción
de que estos últimos
años del siglo serán
decisivos en lo que
respecta a la
preservación de los
partidos de izquierda.
Sin pretender hacer
vaticinios, la impresión
que tengo es que los
partidos de izquierda
tienen que renovarse
apartándose de su
tradicionalismo. Si me
pides que elabore más
estas ideas, quizá no
pueda hacerlo. Pero
presiento, casi adivino
por el olfato, que
nosotros, nosotras, los
que compartimos las
posiciones de izquierda,
tendríamos que hacernos
una serie de preguntas.
No digo ya en Cuba, pero
también en Cuba. En los
países como Brasil hay
que citar menos a Marx y
vivirlo más. Hay que
cambiar el lenguaje. Hay
que aprender la sintaxis
popular. Hay que perder
el miedo a la
sensibilidad. Hay que
rehacer y revivir a
Guevara, cuando hablaba
de los sentimientos de
amor que animan al
revolucionario. Es
decir, hay que ser menos
dogmáticos y más
radicales.
Hay que superar los
sectarismos que no
crean, que castran. Hay
que aprender la virtud
de la tolerancia. Y la
tolerancia es una virtud
no solamente espiritual,
sino también
revolucionaria, que
significa la capacidad
de convivir con el
diferente para luchar
contra el antagónico.
Esto es la tolerancia. Y
en la América Latina
vivimos peleando contra
los diferentes y dejando
al antagónico dormir en
paz. Y los partidos de
izquierda que no
aprendan esto, están
destinados a morir
históricamente. Hay que
abrirse.
Yo creo que en lo que
queda del siglo, los
partidos revolucionarios
tienen que aprender a
confiar un poco más en
el papel de la educación
popular. Esto,
independientemente de
que no pueden jamás, de
manera idealista, pensar
que la educación es la
palanca de la
revolución. Pero tiene
que reconocer que aun no
siendo la palanca, la
educación es importante.
Yo no olvido nunca una
conversación que tuve
hace tres años en Canadá
con el Secretario
General del Partido
Comunista y con el
responsable del sector
de educación del Partido
de ese país. Conversamos
mucho sobre esto. Sobre
cómo los partidos
revolucionarios se
vuelven tímidos por no
creer en última
instancia en las masas
populares. La Revolución
Cubana resulta de una
creencia casi mística en
las masas populares, una
creencia no ingenua,
pero sí inmensa. Una
creencia que se fundaba
incluso en una
desconfianza. Se trata
de una desconfianza que
no es una desconfianza
en las masas, sino en
los dominadores
introyectados en las
masas. Recuerdo —hablé
de esto en la
Pedagogía del oprimido
al citar a Guevara, a
Fidel— que repetía una
advertencia que Guevara
le hacia a un muchacho
de un país
centroamericano, al que
le decía: “Mira, tienes
que desconfiar del
campesino que te busca.
Desconfiar de la sombra
del campesino”. Cuando
Guevara decía esto no se
contradecía. Recuerdo
una crítica muy dura
contra mí publicada en
los EE.UU., en la que
decían que yo era el
contradictorio. Y no, no
lo era: como tampoco lo
era Guevara cuando
decía: “Muchacho, tienes
que desconfiar del
campesino que llega
corriendo para adherirse
a tu proyecto”. Lo que
Guevara estaba diciendo
es que hay que
desconfiar del opresor
introyectado en el
oprimido. Porque si la
revolución no advierte
estos riesgos no llega a
hacerse.
El discurso de Fidel fue
todo un discurso
político y pedagógico y
un discurso de esperanza
y crítica, y de
valentía, y de
sufrimiento. Es una cosa
extraordinaria. Te diría
que fue una de las cosas
más importantes de estos
últimos años. Llamaba la
atención sobre todas
estas cosas y decía cómo
fue que él aprendió. Y
cuando decía “yo”,
estaba diciendo
“nosotros”. Habló de
cómo aprendió a lidiar
con la traición; cómo
aprendió a trabajar
mejor. Y decía que nada
nos podrá detener,
porque una traición nos
enseña a defendernos de
la traición siguiente.
Creo que esta capacidad
es extraordinaria. Es la
capacidad que tuvo
Guevara, que habla desde
sus memorias y sus
diarios, de llegar a la
Sierra Maestra como
médico y conversar con
los campesinos sencillos
y aprender con ellos. Y
él dijo una cosa linda:
dijo que fue conversando
con los campesinos
cuando estaba en la
Sierra Maestra que se
formó radicalmente en él
la convicción del
acierto de la
revolución, de la
necesidad de la
transformación agraria
del país. Y mira,
Guevara no subió a la
Sierra inocentemente.
Sin embargo, tuvo la
valentía, el coraje, la
humildad de decir cuánto
le enseñó el sentido
común campesino. Es esto
lo que creo que se
impone: esta humildad,
esta cientificidad,
nunca cientificismo;
esta radicalidad, nunca
sectarismo; esta
valentía, nunca bravata.
Es esto lo que tienen
que aprender los
partidos
revolucionarios.
Ya no resulta posible
seguirse apropiando de
la verdad y dictarla a
las clases populares en
nombre de Marx o de
Lenin. Es imposible leer
¿Qué hacer? sin
comprender el tiempo de
Lenin. El mismo Lenin lo
dijo. Pretender entender
a Lenin sin su contexto
es dicotomizar el texto
del contexto. Y esto no
es dialéctico. Para
finalizar, tengo una
esperanza en que todos
nosotros estemos
aprendiendo. No es que
esté pretendiendo darles
clases a los líderes de
los partidos. A los
partidos de derecha yo
no me dirijo.
Obviamente, no tengo
nada que decirles. Me
dirijo a los compañeros
de izquierda que están
en diferentes posiciones
—y todos son mis
compañeros; diferentes,
pero compañeros— para
decirles que es preciso
ser tolerantes. Este es
un discurso que hago
mucho más en el resto de
América Latina que en
Cuba. No es a Cuba a
quien me dirijo
enfáticamente, sino a
nosotros, los otros.
Tengo todavía otra
pregunta. Hace ya un
buen rato usted hablaba
de que la transición no
se puede medir ni por
decenios. Volviendo a
aquel tema recuerdo un
problema importante. El
poder revolucionario en
nuestros países no puede
estar ajeno a una idea
peligrosa, que es la
idea civilizadora.
Exacto, exacto.
Esa idea civilizadora
supone que nuestros
países son, pues,
atrasados. Debemos,
ahora que tenemos el
poder, civilizarnos.
Esto está lleno de
necesidad real y de
peligros reales.
Exacto.
Falta otro problema. La
revolución en nuestros
países, que son
relativamente débiles,
necesita unidad: ser
todos uno para poder
sobrevivir y avanzar. La
unidad está llena de
beneficios y de
bondades. Y también
tiene peligros: el
autoritarismo; la unidad
que se vuelve
unanimidad, donde la
necesidad se convierte
en virtud. ¿Usted cree
que la educación popular
puede ayudar a esto?
Lo que dijiste es
macanudo. ¿Conoces la
palabra? Es chilena.
Y argentina, y nuestra
también.
La aprendí en Chile y
cuando hablo portuñol me
viene siempre a la
mente. Mira, creo que
estas preguntas que me
planteas no son
preguntas, sino
afirmaciones. Son de una
importancia tremenda
para los partidos, para
los revolucionarios,
para los educadores
revolucionarios.
En primer lugar, tengo
miedo también del
consenso. Defiendo una
unidad en la diversidad:
una diversidad de
diferentes, no de
antagónicos.
Probablemente el
antagónico dirá que no
soy demócrata, y desde
el punto de vista de él,
obviamente no lo soy.
Volviendo atrás, temo el
consenso, aunque lo
acepto en momentos
críticos. No se trata ni
siquiera de que lo
acepte, sino de que es
necesario en un momento
de crisis. Pero pasada
la fase crítica, creo
que la discusión debe
continuar. Y hay una
ilusión a veces de un
aparente consenso, que
es la ilusión del
autoritario, que piensa
que no hay divergencias,
aunque sí las hay. Y las
divergencias son
legítimas, son
necesarias para el
desarrollo del proceso
revolucionario.
Repito que no quiero dar
clases de revolución a
quienes han hecho la
revolución. Esto sería y
falta de humildad de mi
parte, y yo soy humilde.
Es a nivel teórico que
estoy convencido de que
la divergencia no
sustantiva es importante
para el propio
desarrollo del proceso
de crecimiento. Y yo no
tengo duda alguna de que
la educación tiene que
ver con eso. Tiene que
ver en tanto sea una
educación estimulante de
la interrogación y no de
la paz, en tanto
desarrolle una postura
crítica, curiosa, que no
se satisfaga con
facilidad, que indague,
que provoque la
interrogación, la
procure constantemente y
que cree incluso
situaciones difíciles,
porque esto provoca
curiosidad y creo que
eso es fundamental.
Volviendo al inicio: que
recuerde esta es la
primera entrevista a
Paulo Freire que va a
salir en una publicación
cubana. ¿Qué querría
usted que apareciera
especialmente en ella?
Me gustaría ahora
enfatizar una cuestión
que me es muy cara, y
que tiene que ver con no
tener miedo a mis
sentimientos y no
esconderlos. Me gustaría
expresarles mi
agradecimiento a
ustedes, los cubanos,
por el testimonio
histórico que ustedes
dan, por la posibilidad
y todo lo que ustedes
representan en tanto
revolución; lo que
ustedes representan de
esperanza. No hay en
esto ningún discurso
falso: sé que no veré la
misma cosa en mi país,
pero la estoy viendo
acá. Es una
contradicción
dialéctica: no voy a
ver, pero ya estoy
viendo.
El hecho de que, por
ejemplo, un brasileño
pueda venir a Cuba sin
tener que enfrentarse a
la policía; el hecho de
poder hablar de Cuba en
Brasil; el hecho de que
un profesor como yo
pueda escribir en mi
país las cosas que te he
dicho aquí; todo esto no
significa que mi país ya
haya hecho la
revolución. No, es un
país lleno de
vergüenzas, lleno de
cosas horribles, de
violaciones de derechos,
de explotación de las
clases populares. Pero
hay por lo menos hoy en
día la posibilidad de
hablar, de decir. Y hay
que llenar los espacios
políticos que hay en
Brasil hoy. Yo no soy un
hombre de la llamada
república nueva. Yo soy
un hombre del Partido de
los Trabajadores; que
tiene otro sueño. Pero
yo decía que no puedo
esconder mis
sentimientos de alegría,
porque, mira, es un
absurdo, un absurdo, que
un hombre como yo esté
ahora por primera vez en
Cuba. Pero es un absurdo
que tiene explicación.
No se trata de que
nunca, nunca, Cuba me
haya cerrado las
puertas; no fue tampoco
que yo tuviera dudas
sobre el momento en que
debería venir a Cuba.
Hubo “n” motivos, “n”
razones para que en las
diversas oportunidades
en que fui invitado, no
pudiera venir.
Yo decía que no espero
ver en Brasil esta
transformación que he
visto, y que vi también
en Nicaragua, que ahora
empieza allí.
¿Se imaginan lo que es
para un brasileño poner
el televisor y ver que
el pueblo de tu país
puede elegir ver el
ballet dos días a la
semana, y que otros dos
días puede elegir ver y
escuchar la ópera? Esto
es también cultura, esto
es universalidad, esto
es pedagogía, esto es la
satisfacción de un
derecho que la clase
trabajadora tiene a
disfrutar de todo.
Yo sabía de todo esto,
pero aquí vi, aquí
escuché. Saber que el
pueblo, todo el pueblo
de tu país comió hoy.
Saber que todos los
niños de tu país van a
la escuela, aunque haya
cosas que decir a favor
y en contra de la
pedagogía que se hace.
No dudo de que diverja
en algunas cosas, pero
concuerdo con la
totalidad, que es la
revolución. Y mi crítica
se hace desde dentro de
la revolución, y nunca
desde afuera. Y soy muy
radical en esto.
Estoy en un país en el
que hay un horizonte de
libertad, de
creatividad, en que la
Revolución tiene la
valentía de decir que
también se equivoca, en
que la Revolución tiene
la valentía de decir que
hay compañeros de la
dirección revolucionaria
que se equivocan. Esto
para mí —y parece un
absurdo casi mágico lo
que les voy a decir— es
como si yo no pudiera
partir del mundo sin
conocer materialmente,
palpablemente,
sensiblemente a Cuba. He
depositado mi cuerpo en
tu país, porque ya antes
había depositado en él
mi alma —sin dicotomizar
una cosa de la otra,
¿eh?
Notas:
1- El
Congreso de Psicología
se celebró en 1987.
2- Se
refiere a la
comparecencia de Fidel
Castro en la televisión
el 24 de junio de 1987.
[N. del E.]
3- En
diciembre de 1986 tuvo
lugar el III Congreso
del PCC, al que alude el
periodista. En abril de
1987 se había celebrado
el V Congreso de la UJC.
[N. del E.]
4- P.
Freire y A. Faúndez,
Por una pedagogía da
pregunta, Paz e
Terra, Río de Janeiro,
1985. Se trata de un
diálogo entre ambos
autores, realizado en
Ginebra en agosto de
1984.
5- En el
habla brasileña popular
el sujeto “a gente”
toma significado de
“nosotros”. [N. del E.]
6- Se
refiere al libro de la
educadora ecuatoriana
Rosa María Torres,
Educación Popular. Un
encuentro con Paulo
Freire, Bibliotecas
Universitarias, Centro
Editor de América
Latina, Buenos Aires,
1988. Un extenso
fragmento de este ha
sido recientemente
publicado por nuestra
editorial, como parte
del volumen Palabras
desde Brasil,
Editorial Caminos, La
Habana, 1996, pp. 7-46.
[N. del E.]
7- Se
refiere al libro en
coautoría con A. Faúndez,
Por una pedagogía da
pregunta.
Esta entrevista fue
publicada originalmente
en la revista Casa de
las Américas, No.
164, La Habana,
septiembre-octubre de
1987, pp. 114-118.
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