Año IX
La Habana
20 al 26
de NOVIEMBRE 
de 2010

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“Hay que defender el surgimiento
de un nuevo humanismo”

Roberto Méndez Martínez • La Habana

 

Celebra este año la América Latina el bicentenario de su independencia de la metrópoli española. El suceso es ocasión para debates de variado signo, cuyo núcleo puede formularse de manera interrogativa: ¿cuánto hemos caminado desde entonces? O, de modo más preciso: ¿cuánto de los ideales y utopías que animaron a los Padres Fundadores de nuestras naciones ha podido encarnarse en la historia que hemos vivido? 

Una de las obsesiones de nuestros libertadores, nutridos por el espíritu de la Ilustración, fue refundar la educación, querían para la Patria nueva una escuela distinta, que forjara a los ciudadanos en la virtud. No había fronteras entre educación y política, ambas eran responsabilidades patrióticas. 

Recordemos que en torno a Bolívar gravitan dos maestros, bien diversos entre sí, pero que marcan ese puente visible entre la formación del individuo y las obligaciones cívicas: Simón Rodríguez y Andrés Bello. Rodríguez, de quien dijo José Lezama Lima, el poeta cubano cuyo Centenario celebramos por estos días, en un ensayo de La expresión americana: “Vivía en la libertad irreductible, tenía la irradiación del esplendor aun en la pobreza, engendraba una nueva causalidad”[1], era un discípulo privilegiado de Rousseau, quería sustituir la magra escuela colonial por el retorno a la naturaleza más o menos como lo preconizaba el autor del Emilio, pero a la vez buscaba la integración del estado nuevo con la tradición cultural del Continente, veneraba la herencia de los pueblos originarios y vagando de pueblo en pueblo, buscaba fundar una escuela distinta en la que tenían su sitio las masas de los que habían sido hasta entonces desheredados en su propia tierra. 

Por su parte, Andrés Bello se empeñó en la tarea titánica de dotar a las nuevas repúblicas de leyes adecuadas y aún de diplomacia y convenios internacionales que preservaran la libertad de los nacientes estados. En su Gramática de 1847 fue más lejos, al relacionar lenguaje y cambios sociales. En el “Prólogo”, después de aclarar que no escribe para los europeos, sino para los hispanoamericanos que deben emplear la lengua “como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes”[2] —lo que viene a resultar un apoyo al ideal anfictiónico bolivariano—, adelantándose a cualquier reproche de conservadurismo, advierte: “Pero no es un purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas”. 

Estos “nuevos signos e ideas nuevas” fueron abordados varias décadas después por José Martí, patriota cubano y una de las mayores figuras intelectuales de su siglo. En su ensayo capital Nuestra América, su gran manifiesto para la unidad y la independencia del Continente y la mejor definición del ser americano hasta entonces escrita, dedica páginas capitales a la cuestión educativa:  

El libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.[3] 

Sus reflexiones le llevan a la pregunta tremenda: “¿Cómo han de salir de las universidades, los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América?”[4] De allí deriva una verdad inocultable: “Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías.”[5] 

A estas alturas la pregunta debe ser: ¿cómo es posible que un continente que haya tenido tales maestros no haya logrado resolver el problema educativo y más aún, pedagogía y política parezcan compartimientos estancos y hasta enemistados entre sí? Hay afirmaciones evidentes y otras más sutiles: el revés del ideal bolivariano en los días del Libertador, la usurpación de poder por las clases poderosas, la intervención continua de los EE.UU. en las naciones al sur del río Bravo, garantizaron el que no pudiera removerse la costra colonial y que fuera posible a pesar de las campañas liberales y positivistas, conservar la educación como patrimonio de las elites, hacer de la universidad un lujo inalcanzable para millones de personas y convertir la política no en asunto cívico y público, sino secreto y culpable que solo se relaciona con la educación en días de campaña o de forma funesta para cercenarle los presupuestos. La educación en América ha producido un Alfonso Reyes, un Pedro Henríquez Ureña, un Mariano Picón Salas, un Paulo Freire, pero no ha podido cumplir las aspiraciones de Bello y Martí. 

Esto es lamentable y algunos hablarán de “subdesarrollo”, “dependencia”, “rezagos coloniales” o lo asimilarán a la ya caótica lista de problemas asociados a eso que con cierta inexactitud geográfica se llama “el Sur”. Mas, con todo el respeto a que me obliga mi condición de invitado en un país de Europa, me atrevo a afirmar que tampoco aquí, en esta región, cuna de grandes civilizaciones, la cuestión educativa ha sido resuelta de modo satisfactorio. Europa puede enorgullecerse de Comenio y de Rousseau, de Ortega y de Marx, pero tampoco ha logrado alcanzar el ideal ilustrado de una formación humanista del ciudadano. Creo que, si en la propia nación que vio encenderse las luces de la Enciclopedia, un presidente puede culpar a los gitanos de los males del país y expulsarlos de forma violenta, sin que la ciudadanía lo deponga inmediatamente, no se ha avanzado mucho desde aquella Edad Media dominada por las alucinaciones colectivas y el espíritu inquisitorial, en que los gitanos eran llevados a la hoguera por provocar “el mal de ojo”. 

La preocupación en nuestros países de América va más allá de las transformaciones económicas y legales, que permitan a los ciudadanos no solo el acceso a una educación universal y obligatoria, sino la radical reforma de esta, para que corresponda al espíritu de estos tiempos. Es más fácil modificar constituciones, votar presupuestos, construir centros de enseñanza, que educar ―como quería Martí― “conforme al espíritu del país”. 

La experiencia de Cuba ha sido muy positiva en ese sentido. No solo se abrieron desde hace medio siglo las escuelas a todos sus ciudadanos, sino que se les dio acceso a todo un sistema de la cultura: a los libros, que son los más baratos del mundo, a las funciones de ballet, ópera, teatro dramático y conciertos, no para apreciarlos únicamente en sus sedes habituales, sino a través de presentaciones “de extensión” en los lugares más intricados de la Isla. Seguramente gustará a los italianos saber que la Ópera Nacional de Cuba, no una, sino muchas veces, ha visitado las montañas de la Sierra Maestra en la región oriental de nuestro país, y entre sus agrestes paisajes han resonado las arias de Donizzetti, Bellini y Verdi para un público de campesinos. 

Sin embargo, tampoco hemos estado exentos de problemas. Aun los más hermosos proyectos pueden estar amenazados no solo por los inevitables límites de la coyuntura económica, local o global o por las agresiones políticas externas, sino también por el dogmatismo, el voluntarismo y las mañas de una burocracia que se reproduce como la mala hierba. Entre la utopía y la realidad cotidiana hay siempre un difícil margen cotidiano.

Vivimos un instante de excepcional responsabilidad para los intelectuales: la revolución americana se manifiesta hoy a través de los movimientos que remueven las viejas constituciones y hermanan naciones frente al enemigo común. La palabra de orden es “refundar”, pero cómo hacerlo si las grandes masas continúan siendo mayoritariamente iletradas. En primera instancia, la cuestión es alfabetizar, pero no basta con eso: la educación requiere un vuelco, que quizá no sea cuestión de teorías y escuelas pedagógicas, sino de principios éticos y cívicos. Hay que releer la tradición y la historia, desbordar las aulas, hacer escuela de los medios de difusión y avivar la responsabilidad del intelectual para que no se limite a hacer su obra, sino que ejerza, con la altura del caso, un magisterio que es obligación social. Recordemos con Martí que: “Pensar es servir”. 

Estoy convencido de que la cuestión de la educación y la cultura tanto en los pueblos de América, como en cualquier país donde pueda concebirse proyectos educativos basados en la positiva y tenaz voluntad de defender la humanidad, está estrechamente relacionada con una cuestión de raíz filosófica: frente al espíritu derrotista, decepcionado y enajenante de la posmodernidad, hay que defender el surgimiento de un nuevo humanismo, desalienante, ecologista, inclusivo y solidario. Un mundo donde las posibilidades de acceso global a la información sirvan para el auténtico crecimiento humano, la abolición de fronteras geográficas y de valladares discriminatorios y donde los países y colectividades humanas que hasta ahora han quedado al margen, pasen de algún modo a formar parte de un centro específico, perfectamente conectado con otros centros. Será como fundar de nuevo nuestro planeta, según eso que el colombiano William Ospina ha formulado a partir de una frase de Jorge Luis Borges: el mundo ha de ser “una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”[6]. Algunos dirán que eso resulta imposible, pero ahí viene en nuestro auxilio un pensamiento de José Lezama Lima: “Lo imposible al actuar sobre lo posible, engendra un posible en la infinidad”[7]. Los intelectuales no podemos conformarnos con menos que eso. 

Como soy básicamente un poeta y no un teórico, preferiría decirlo con palabras del Poeta Nacional cubano Nicolás Guillén. En un mundo que defiende el “pensamiento débil” y finge creer en “el fin de la historia”, hace falta algo sólido, un muro contra las decepciones ―no el fenecido Muro de Berlín ni el que aísla a los palestinos en Gaza ni el que levantan en la frontera sur de EE.UU. para contener a los inmigrantes―, sino un muro contra la guerra, contra el despojo, contra la rapacidad imperialista, una obra común que tenga un sentido solidario y una mira positiva hacia el porvenir: 

Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte...[8] 


Notas:

[1] José Lezama Lima: La expresión americana. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993, p.72.

[2] Andrés Bello: “Prólogo”, en Gramática castellana, Buenos Aires, Editorial Glem, p.VII

[3] José Martí: “Nuestra América”, en Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975 Tomo 6, p.17.

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

[6] Cf. William Ospina: Los nuevos centros de la esfera. La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2001.

[7] José Lezama Lima: “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”, Confluencias, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1988, p.100.

[8] Nicolás Guillén: “La muralla”, en Poesía mayor. La Habana, Ediciones Huracán, 1969, p.171.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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