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Celebra este año la
América Latina el
bicentenario de su
independencia de la
metrópoli española. El
suceso es ocasión para
debates de variado
signo, cuyo núcleo puede
formularse de manera
interrogativa: ¿cuánto
hemos caminado desde
entonces? O, de modo más
preciso: ¿cuánto de los
ideales y utopías que
animaron a los Padres
Fundadores de nuestras
naciones ha podido
encarnarse en la
historia que hemos
vivido?
Una de las obsesiones de
nuestros libertadores,
nutridos por el espíritu
de la Ilustración, fue
refundar la educación,
querían para la Patria
nueva una escuela
distinta, que forjara a
los ciudadanos en la
virtud. No había
fronteras entre
educación y política,
ambas eran
responsabilidades
patrióticas.
Recordemos que en torno
a Bolívar gravitan dos
maestros, bien diversos
entre sí, pero que
marcan ese puente
visible entre la
formación del individuo
y las obligaciones
cívicas: Simón Rodríguez
y Andrés Bello.
Rodríguez, de quien dijo
José Lezama Lima, el
poeta cubano cuyo
Centenario celebramos
por estos días, en un
ensayo de La
expresión americana:
“Vivía en la libertad
irreductible, tenía la
irradiación del
esplendor aun en la
pobreza, engendraba una
nueva causalidad”[1],
era un discípulo
privilegiado de
Rousseau, quería
sustituir la magra
escuela colonial por el
retorno a la naturaleza
más o menos como lo
preconizaba el autor del
Emilio, pero a la
vez buscaba la
integración del estado
nuevo con la tradición
cultural del Continente,
veneraba la herencia de
los pueblos originarios
y vagando de pueblo en
pueblo, buscaba fundar
una escuela distinta en
la que tenían su sitio
las masas de los que
habían sido hasta
entonces desheredados en
su propia tierra.
Por su parte, Andrés
Bello se empeñó en la
tarea titánica de dotar
a las nuevas repúblicas
de leyes adecuadas y aún
de diplomacia y
convenios
internacionales que
preservaran la libertad
de los nacientes
estados. En su
Gramática de 1847
fue más lejos, al
relacionar lenguaje y
cambios sociales. En el
“Prólogo”, después de
aclarar que no escribe
para los europeos, sino
para los
hispanoamericanos que
deben emplear la lengua
“como un medio
providencial de
comunicación y un
vínculo de fraternidad
entre las varias
naciones de origen
español derramadas sobre
los dos continentes”[2]
—lo que viene a resultar
un apoyo al ideal
anfictiónico
bolivariano—,
adelantándose a
cualquier reproche de
conservadurismo,
advierte: “Pero no es un
purismo supersticioso lo
que me atrevo a
recomendarles. El
adelantamiento
prodigioso de todas las
ciencias y las artes, la
difusión de la cultura
intelectual y las
revoluciones políticas,
piden cada día nuevos
signos para expresar
ideas nuevas”.
Estos “nuevos signos e
ideas nuevas” fueron
abordados varias décadas
después por José Martí,
patriota cubano y una de
las mayores figuras
intelectuales de su
siglo. En su ensayo
capital Nuestra
América, su gran
manifiesto para la
unidad y la
independencia del
Continente y la mejor
definición del ser
americano hasta entonces
escrita, dedica páginas
capitales a la cuestión
educativa:
El libro importado ha
sido vencido en América
por el hombre natural.
Los hombres naturales
han vencido a los
letrados artificiales.
El mestizo autóctono ha
vencido al criollo
exótico. No hay batalla
entre la civilización y
barbarie, sino entre la
falsa erudición y la
naturaleza.[3]
Sus reflexiones le
llevan a la pregunta
tremenda: “¿Cómo han de
salir de las
universidades, los
gobernantes, si no hay
universidad en América
donde se enseñe lo
rudimentario del arte
del gobierno, que es el
análisis de los
elementos peculiares de
los pueblos de América?”[4]
De allí deriva una
verdad inocultable:
“Conocer el país, y
gobernarlo conforme al
conocimiento, es el
único modo de librarlo
de tiranías.”[5]
A estas alturas la
pregunta debe ser: ¿cómo
es posible que un
continente que haya
tenido tales maestros no
haya logrado resolver el
problema educativo y más
aún, pedagogía y
política parezcan
compartimientos estancos
y hasta enemistados
entre sí? Hay
afirmaciones evidentes y
otras más sutiles: el
revés del ideal
bolivariano en los días
del Libertador, la
usurpación de poder por
las clases poderosas, la
intervención continua de
los EE.UU. en las
naciones al sur del río
Bravo, garantizaron el
que no pudiera removerse
la costra colonial y que
fuera posible a pesar de
las campañas liberales y
positivistas, conservar
la educación como
patrimonio de las
elites, hacer de la
universidad un lujo
inalcanzable para
millones de personas y
convertir la política no
en asunto cívico y
público, sino secreto y
culpable que solo se
relaciona con la
educación en días de
campaña o de forma
funesta para cercenarle
los presupuestos. La
educación en América ha
producido un Alfonso
Reyes, un Pedro
Henríquez Ureña, un
Mariano Picón Salas, un
Paulo Freire, pero no ha
podido cumplir las
aspiraciones de Bello y
Martí.
Esto es lamentable y
algunos hablarán de
“subdesarrollo”,
“dependencia”, “rezagos
coloniales” o lo
asimilarán a la ya
caótica lista de
problemas asociados a
eso que con cierta
inexactitud geográfica
se llama “el Sur”. Mas,
con todo el respeto a
que me obliga mi
condición de invitado en
un país de Europa, me
atrevo a afirmar que
tampoco aquí, en esta
región, cuna de grandes
civilizaciones, la
cuestión educativa ha
sido resuelta de modo
satisfactorio. Europa
puede enorgullecerse de
Comenio y de Rousseau,
de Ortega y de Marx,
pero tampoco ha logrado
alcanzar el ideal
ilustrado de una
formación humanista del
ciudadano. Creo que, si
en la propia nación que
vio encenderse las luces
de la Enciclopedia, un
presidente puede culpar
a los gitanos de los
males del país y
expulsarlos de forma
violenta, sin que la
ciudadanía lo deponga
inmediatamente, no se ha
avanzado mucho desde
aquella Edad Media
dominada por las
alucinaciones colectivas
y el espíritu
inquisitorial, en que
los gitanos eran
llevados a la hoguera
por provocar “el mal de
ojo”.
La preocupación en
nuestros países de
América va más allá de
las transformaciones
económicas y legales,
que permitan a los
ciudadanos no solo el
acceso a una educación
universal y obligatoria,
sino la radical reforma
de esta, para que
corresponda al espíritu
de estos tiempos. Es más
fácil modificar
constituciones, votar
presupuestos, construir
centros de enseñanza,
que educar ―como quería
Martí― “conforme al
espíritu del país”.
La experiencia de Cuba
ha sido muy positiva en
ese sentido. No solo se
abrieron desde hace
medio siglo las escuelas
a todos sus ciudadanos,
sino que se les dio
acceso a todo un sistema
de la cultura: a los
libros, que son los más
baratos del mundo, a las
funciones de ballet,
ópera, teatro dramático
y conciertos, no para
apreciarlos únicamente
en sus sedes habituales,
sino a través de
presentaciones “de
extensión” en los
lugares más intricados
de la Isla. Seguramente
gustará a los italianos
saber que la Ópera
Nacional de Cuba, no
una, sino muchas veces,
ha visitado las montañas
de la Sierra Maestra en
la región oriental de
nuestro país, y entre
sus agrestes paisajes
han resonado las arias
de Donizzetti, Bellini y
Verdi para un público de
campesinos.
Sin embargo, tampoco
hemos estado exentos de
problemas. Aun los más
hermosos proyectos
pueden estar amenazados
no solo por los
inevitables límites de
la coyuntura económica,
local o global o por las
agresiones políticas
externas, sino también
por el dogmatismo, el
voluntarismo y las mañas
de una burocracia que se
reproduce como la mala
hierba. Entre la utopía
y la realidad cotidiana
hay siempre un difícil
margen cotidiano.
Vivimos un instante de
excepcional
responsabilidad para los
intelectuales: la
revolución americana se
manifiesta hoy a través
de los movimientos que
remueven las viejas
constituciones y
hermanan naciones frente
al enemigo común. La
palabra de orden es “refundar”,
pero cómo hacerlo si las
grandes masas continúan
siendo mayoritariamente
iletradas. En primera
instancia, la cuestión
es alfabetizar, pero no
basta con eso: la
educación requiere un
vuelco, que quizá no sea
cuestión de teorías y
escuelas pedagógicas,
sino de principios
éticos y cívicos. Hay
que releer la tradición
y la historia, desbordar
las aulas, hacer escuela
de los medios de
difusión y avivar la
responsabilidad del
intelectual para que no
se limite a hacer su
obra, sino que ejerza,
con la altura del caso,
un magisterio que es
obligación social.
Recordemos con Martí
que: “Pensar es
servir”.
Estoy convencido de que
la cuestión de la
educación y la cultura
tanto en los pueblos de
América, como en
cualquier país donde
pueda concebirse
proyectos educativos
basados en la positiva y
tenaz voluntad de
defender la humanidad,
está estrechamente
relacionada con una
cuestión de raíz
filosófica: frente al
espíritu derrotista,
decepcionado y
enajenante de la
posmodernidad, hay que
defender el surgimiento
de un nuevo humanismo,
desalienante,
ecologista, inclusivo y
solidario. Un mundo
donde las posibilidades
de acceso global a la
información sirvan para
el auténtico crecimiento
humano, la abolición de
fronteras geográficas y
de valladares
discriminatorios y donde
los países y
colectividades humanas
que hasta ahora han
quedado al margen, pasen
de algún modo a formar
parte de un centro
específico,
perfectamente conectado
con otros centros. Será
como fundar de nuevo
nuestro planeta, según
eso que el colombiano
William Ospina ha
formulado a partir de
una frase de Jorge Luis
Borges: el mundo ha de
ser “una esfera cuyo
centro está en todas
partes y la
circunferencia en
ninguna”[6].
Algunos dirán que eso
resulta imposible, pero
ahí viene en nuestro
auxilio un pensamiento
de José Lezama Lima: “Lo
imposible al actuar
sobre lo posible,
engendra un posible en
la infinidad”[7].
Los intelectuales no
podemos conformarnos con
menos que eso.
Como soy básicamente un
poeta y no un teórico,
preferiría decirlo con
palabras del Poeta
Nacional cubano Nicolás
Guillén. En un mundo que
defiende el “pensamiento
débil” y finge creer en
“el fin de la historia”,
hace falta algo sólido,
un muro contra las
decepciones ―no el
fenecido Muro de Berlín
ni el que aísla a los
palestinos en Gaza ni el
que levantan en la
frontera sur de EE.UU.
para contener a los
inmigrantes―, sino un
muro contra la guerra,
contra el despojo,
contra la rapacidad
imperialista, una obra
común que tenga un
sentido solidario y una
mira positiva hacia el
porvenir:
Alcemos una muralla
juntando todas las
manos;
los negros, sus manos
negras,
los blancos, sus blancas
manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el
monte,
desde el monte hasta la
playa, bien,
allá sobre el
horizonte...[8]
Notas:
[1]
José Lezama
Lima: La
expresión
americana.
La Habana,
Editorial Letras
Cubanas, 1993,
p.72.
[2]
Andrés Bello:
“Prólogo”, en
Gramática
castellana,
Buenos Aires,
Editorial Glem,
p.VII
[3]
José Martí:
“Nuestra
América”, en
Obras completas,
La Habana,
Editorial de
Ciencias
Sociales, 1975
Tomo 6,
p.17.
[6]
Cf. William
Ospina: Los
nuevos centros
de la esfera.
La Habana, Fondo
Editorial Casa
de las Américas,
2001.
[7]
José Lezama
Lima: “Se invoca
al Ángel de la
Jiribilla”,
Confluencias,
La Habana,
Editorial
Letras Cubanas,
1988, p.100.
[8]
Nicolás Guillén:
“La muralla”, en
Poesía mayor.
La Habana,
Ediciones
Huracán, 1969,
p.171.
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