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En Moi, Tituba
sorciere... Noire de
Salem[1]
una serie de indicios
apuntan hacia la
gravedad de esta novela
de Maryse Condé. Su
asunto es la historia
“real” de una esclava de
Barbados que es
implicada en el famoso
proceso de brujas del
siglo XVII, en Salem,
Massachusetts. En un
paratexto final, que
aparece como “Nota
histórica”, firmado con
las iniciales de la
autora, se avala la
legitimidad de la
protagonista y se
explica el deseo de
completar el final de su
vida, ausente del
registro de archivo.
Este propósito supone el
otorgamiento de voz y
estatuto a una
(doblemente) oscura
testimoniante del juicio
de Salem, voz de triple
subalternidad, por su
clase, su raza y su
género. Propósito que
entrega al arte la
misión de completar una
existencia trunca e
ignorada, de validar su
existencia imaginaria
como completamiento de
la Historia oficial.
En este relato de
supervivencia, se
reconstruye desde el
nacimiento hasta la
muerte de la
protagonista. Se
completa su último
destino y los
antecedentes a su
experiencia en Salem. La
anécdota comienza con la
violación de su madre
por un marino inglés, de
la cual ella es fruto,
hasta su ahorcamiento
por su colaboración en
una frustrada revuelta
de esclavos en Barbados.
En el epílogo, Tituba
prolonga su existencia
en el mundo de los
invisibles y participa
del mundo de los vivos.
De esta anécdota se
deriva la construcción
de varias líneas
temáticas. La historia
fabulada es un
encadenamiento de
sucesos que engarzan
experiencias vitales de
la mujer: el amor, la
sexualidad, la
maternidad, la relación
madre / hija, la amistad
femenina, la búsqueda
del propio ser. La
clase, la raza y el
género de la
protagonista, su
ubicación epocal —siglo
XVII— y espacial —una
colonia en el Caribe y
un asentamiento puritano
en los EE.UU.—, permiten
la crítica al racismo.
Crítica que a través del
pasado mira al presente.
En nota al pie de página
(117) se informa al
lector que la fuente
acerca de la
participación de Tituba
en el proceso de Salem
se encuentra en los
Archivos del Condado de
Essex, en Massachusetts.
Este texto documental es
pre-texto ideal para la
dinámica del
desplazamiento en un
texto de ficción. En el
sentido más elemental,
la protagonista se
traslada de un país a
otro, y sobre todo, de
una cultura a otra. Esa
traslación cultural
refuerza la diferencia
entre las creencias
animistas africanas y
las del cristianismo
europeo. El conocimiento
de los secretos de la
naturaleza, las
habilidades curativas y
el contacto con el mundo
de los invisibles,
atributo sustancial de
la protagonista, recibe
otra interpretación en
el mundo de los blancos.
La historia de esta
esclava cumple con
ciertas expectativas de
una literatura de
reivindicación y rescate
como la literatura
caribeña. Su pesar
fundamental reside en su
propia condición y
existencia. El
ahorcamiento de su
madre, el abandono a su
propia suerte, los
abusos e injurias, la
tortura mental y física,
su encarcelamiento y
muerte, son el efecto de
una causa inalienable:
ser una negra esclava.
Para reivindicarla, se
hace de ella como
protagonista, un
personaje sufriente, que
sobrevive fuertes
conmociones y cuya
resistencia reside en su
contacto con el mundo
del más allá, en su
arraigamiento etno-cultural.
En la perspectiva de una
poética de
desplazamiento, este
trazado no podría ser
definitivo. El contacto
con las ánimas es la
fuerza de la
protagonista, pero al
mismo tiempo, su
textualización sugiere
una voluntad
desacralizadora y por
tanto, un
desplazamiento. Los
diálogos de Tituba con
los espíritus de su
madre, de Man Ya —su
iniciadora en los
poderes ocultos—, de su
padre adoptivo, no
tienen solemnidad y por
el contrario se
construyen dándoles un
tono de “naturalidad”
que de alguna manera los
banaliza.
El golpe final se le
asesta a través del
discurso de uno de los
personajes. En el
preludio a la
insurrección, la
protagonista, ya con
canas, sostiene este
diálogo con Iphigene, su
joven amante:
—Hemos decidido atacar
dentro de cuatro noches.
Protesté:
—¿Dentro de cuatro
noches? ¿Por qué tanta
precipitación? Déjame
por lo menos interrogar
a mis invisibles para
saber si esa noche será
la adecuada.
Emitió una carcajada que
sus lugartenientes
corearon y dijo:
—Hasta ahora, madre, los
invisibles no te han
tratado demasiado bien.
Si no, no estarías donde
estás [...] (180)
En Moi, Tituba...
el animismo pasivo que
acepta el fatalismo de
la mala suerte (Tituba)
es enfrentado a un
pragmatismo activo que
lo rechaza (Iphigene).
Como personaje, Tituba
tenía todos los
requisitos para
convertirse en un
personaje mítico. Al
sacarla del anonimato,
Maryse Condé podría
haberla vestido de
atributos que la
hicieran rebasar lo
ordinario y elevarse a
la categoría de lo
trascendente. Su
historia “real” se
prestaba para la
mitificación y de hecho,
hacerla perdurar en el
mundo de los muertos,
inclinaba hacia esa
construcción.
Esa propuesta era
coherente con una
cultura necesitada de
mitos fundacionales,
asociados con las raíces
culturales y con formas
de resistencia y
supervivencia, y por ese
motivo, rica en ellos.
Condé escribió una
novela seria, en la cual
la ficción salva e
inscribe un personaje
histórico en el
imaginario caribeño.
Sin embargo, Tituba, al
tiempo que cumple esa
función, no deja de ser
un personaje ordinario.
Sus alegrías y sus
pesares se construyen en
el decursar de una
existencia a ratos
antiheroica. La
declaración enfática del
título, Moi, Tituba
sorciere... Noire de
Salem (Yo, la
bruja Tituba, negra de
Salem)[2]
apunta hacia una
voluntad afirmativa,
hacia una declaración de
principios, subrayada
luego por el uso de la
primera persona en la
narración.
Pero la estrategia
discursiva de Condé
incluye un paratexto
inicial en el cual ella
declara: “Tituba y yo
hemos vivido en estrecha
intimidad durante un
año. En el transcurso de
nuestras interminables
conversaciones me ha
dicho cosas que no había
confesado a nadie”.
(s/p) Esa primera
persona, entonces, puede
desdoblarse en la voz de
otra narradora, Condé en
este caso, que toma
distancia de su
protagonista e ironiza:
“Los que han seguido
hasta aquí mi relato
deben de estar
irritados. ¿Qué clase de
bruja es esta que no
sabe odiar y que se
asombra una y otra vez
de la maldad que se
aloja en el corazón del
hombre?” (167).
En el pasaje del proceso
de las brujas, la
protagonista se
distancia de sí misma y
se autopresenta en esa
dimensión ordinaria que
la escritora busca dar:
“Yo tenía simplemente
miedo. Los pensamientos
heroicos que había
concebido en casa y en
mi celda se desvanecían”
(117).
La fuerza dramática de
la amenaza del capitán
del navío en el cual
regresa a Barbados
—“Negra, cuando te
dirijas a mí llámame
patrón y baja los ojos,
si no te haré volar en
pedazos los pocos
dientes que te quedan”
(150)—, se disuelve con
la nota al pie de
página: “He olvidado
decir que en la cárcel
había perdido la mayor
parte de mis piezas
dentales” (idem).
El dato puntual
neutraliza el
dramatismo, lo
desautomatiza, tanto más
cuanto que está ubicado
“fuera” del texto, como
acotación informativa.
Los poderes de Tituba,
rasgos fundamentales en
la caracterización del
personaje, son atributos
que la escritora toma de
un imaginario en el cual
el contacto con lo
esotérico es esencial.
Pero esos atributos son
sometidos a un
deslizamiento cuando la
protagonista / narradora
/ Condé banaliza lo que
podría haber sido
solemne:
“Una o dos veces,
vagando por el bosque me
tropecé con habitantes
del pueblo que se
inclinaban torpemente
sobre hierbas y plantas
con miradas furtivas que
revelaban las
intenciones de sus
corazones. Esto me
divertía mucho. El arte
de hacer daño es
complejo. Si se apoya en
el conocimiento de las
plantas, debe estar
asociado a un poder de
actuación sobre unas
fuerzas evanescentes
como el aire, en primer
lugar rebeldes, y a las
que se trata de
conjurar. ¡No se declara
bruja quien quiere!”
(77)
Este desmontaje del acto
de la “brujería”, le
resta gravedad y
misterio, lo trivializa;
al desproveerlo del
hechizo de lo
maravilloso, por su
explicitación, lo
convierte en un acto
pragmático, funcional. A
la pregunta de Françoise
Pfaff sobre la
posibilidad de un
vínculo entre el
tratamiento de lo oculto
en esta novela con el
“realismo mágico”, Condé
responde enfática: “De
ninguna manera. Todo es
irrisión. No veo cómo
algunos han podido leer
Moi, Tituba sorciere...
Noire de Salem en
serio y en primer grado
y hacer de Tituba lo que
ella no es” (90).
Mi respuesta a la
pregunta es que en la
novela coexisten lo
serio y la burla, el
primero y el segundo
grado. Quizá en la
tradición de Rabelais,
Condé construye y luego
pone de cabeza, afirma y
luego niega, mediante el
distanciamiento de la
ironía y la parodia. Eso
explica que a pesar de
sus intenciones, el
horizonte de recepción
incluye la posible
lectura seria, porque
ella misma lo condiciona
con sus paratextos, nada
irónicos y con el acto
mismo de completar
artísticamente esta
historia trunca.
Condé dice a Pfaff:
“[...] como no me
inclino a crear modelos,
me apresuré a destruir
todo lo que en la
historia podía ser
ejemplar para finalmente
hacer de Tituba alguien
bastante ingenuo y a
veces ridículo” (91).
Pero lo ejemplar y
modélico son necesarios
para poder luego ser
desplazados,
desdibujados más que
destruidos, debilitados.
La heroína dice de sí
misma: “¡Créanme, no soy
gran cosa!” (171).
En esa misma
perspectiva, la
maternidad es
desacralizada en la
medida en que se
condiciona
históricamente. En un
mundo de iniquidades la
maternidad, tanto para
la madre como para la
hija, puede no ser
fuente de felicidad.
Condé rechaza el modelo
de la madre y la abuela
“sacrosantas” que en las
novelas caribeñas
contemporáneas se
multiplicaban como
personajes / asideros /
de resistencia. En la
anécdota, todos los
actos de maternidad
biológica son frustrados
o violentos —Tituba nace
de una violación; Hester,
embarazada, se suicida;
Tituba, embarazada, es
ahorcada..., por solo
citar los casos más
dramáticos. No es tanto
que se niegue la
maternidad sino que se
desmitifica, al
contextualizarla y por
tanto, relativizarla.
Igualmente, la
existencia no puede ser
vista de un solo color.
Como otra forma del
movimiento esta se
traslada de las alegrías
a los pesares. Aun en
medio de la amargura
—“La vida solo podría
ser un don si cada uno
de nosotros pudiera
elegir el vientre
materno” (133), “[...]
la vida no es más que
una piedra atada al
cuello de los hombres o
de las mujeres. ¡Amarga
y triste poción!”
(150)—, las alegrías
compensan.
La autodefensa frente a
la adversidad se
alimenta del esfuerzo
por encontrar una
posible felicidad,
aunque solo sea en una
memoria selectiva:
“[…] nuestras infancias
de pequeñas esclavas,
sin embargo tan amargas,
parecían luminosas,
alumbradas por el sol de
nuestros juegos, de los
paseos, de los
vagabundeos en común.
Hacíamos flotar balsas
de corteza de caña de
azúcar por los
torrentes. Asábamos
pescados rosados y
amarillos sobre hogueras
de leña verde.
Bailábamos.” (71)
La alegría del sexo, el
placer de los cuerpos,
la sexualidad
desprejuiciada también
es contrapeso para el
pesar fatal de la
existencia. En un
movimiento dual, la
sexualidad es la alegría
frente a la tristeza,
pero también punto de
contraste en culturas
diferentes. Si la
protagonista disfruta
sexualmente, desde la
juventud hasta la vejez
—e, incluso, ya muerta
visita a los vivos en
busca del goce—, los
personajes de las
blancas no viven esas
experiencias. Contraste
que en un tercer nivel
del desplazamiento
ironiza los modelos de
la negra sexual /
gozadora hasta el
cansancio y la blanca
asexuada / frígida hasta
la neurosis.
Entre los personajes de
las blancas se destaca
Hester. Mediante ella,
se establecen diversas
relaciones. Se trata de
un guiño intertextual a
La letra escarlata
(1850), y por lo tanto
una proyección hacia
otro espacio literario.
Como Hawthorne, Condé ha
encontrado en un archivo
el asunto para su
novela, y como él, ha
fabulado una historia
para rellenar un vacío.
Ambos cuentan un relato
de persecución e
intolerancia que tiene a
una comunidad puritana
de Nueva Inglaterra como
locus de la
acción y como referente
histórico la segunda
mitad del siglo XVII.
Nathaniel Hawthorne
(desde Salem) ha narrado
la historia de la
adúltera Hester, en la
asfixiante atmósfera
religiosa y moralizante
de Bastan. Maryse Condé
hace coincidir la
historia de Hester —pues
construye otro final
para ella—, como
acontecimiento paralelo
al proceso de las
brujas. Coincidencia
pertinente y alusiva en
el plano temático. Esa
reduplicación supone una
traslación textual, un
diálogo entre las dos
novelas y otro
movimiento.
En la anécdota de Moi,
Tituba..., el
personaje de Hester
conserva de la
caracterización de su
antecesora los cabellos
muy negros y de su
historia, el embarazo
adúltero. Pero su
recorrido argumental es
distinto. Su reacción al
engaño y abandono del
amante, a la vejación de
la cárcel, no es la
aceptación de su culpa y
su supervivencia por la
fuerza interior y el
amor a su hija, sino el
aborrecimiento al varón
y su anhelo de una
sociedad futura,
dirigida por mujeres.
Hester sugiere a Tituba
la posibilidad de una
sexualidad otra. En un
doble giro, al hacer de
ella una feminista
avant la lettre,
radical, Condé la acerca
a una época presente, al
tiempo que la distancia
del personaje del
pasado, construido por
Hawthorne. La homología
entre ambas persiste en
la condición de
víctimas, pero la de
Condé es más moderna.
En el epílogo, el
personaje referido
permite establecer aun
otro nexo temático /
argumental, que enfatiza
la relatividad de la
experiencia humana. En
la felicidad del mundo
de los muertos,
persisten los pesares:
“Solo tengo un pesar,
porque los invisibles
tienen sus pesares a fin
de que su parte de
felicidad tenga más
sabor, y es el de estar
separada de Hester”
(195).
De lo uno a lo otro, de
lo idéntico a lo
diferente, del pasado al
presente, de lo absoluto
a lo relativo, de la
heroína a la antiheroína,
de la máscara trágica a
la cómica, del sentido
directo al irónico, la
poética de Maryse Condé
se anima y construye de
un movimiento perpetuo.
Perpetuum mobile
que se resiste al
locus unitario y la
sujeción de los modelos,
a la identidad inmutable
y los clisés. Poética
que se corresponde con
una concepción
antidogmática y fluida
del decursar humano: No
hay fracaso total ni
éxito total y uno
siempre encuentra algo
válido en todos los
pasos que da.
Notas:
1. La edición original
fue publicada en París
en 1986, por la
editorial Mercure de
France. Para este
trabajo utilizo la
traducción al español,
La bruja de Salem,
Barcelona, Ediciones B,
1988. Es una buena
traducción en la cual
desapruebo el título y
el uso de algunas formas
verbales, como
“creedme”, que sustituyo
en una de las citas que
hago de esa edición, por
el más neutral
“créanme”.
2. Lamentablemente, este
énfasis se pierde en la
traducción al español
del título (La bruja
de Salem), al
eliminarse el pronombre
personal, el nombre de
la protagonista y su
autodenominación de
bruja y negra. |