Año IX
La Habana
20 al 26
de NOVIEMBRE 
de 2010

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TE PONGA EL PLATO?

 

Premio alejo carpentier de novela 2010

Una biblia perdida
(Fragmento)

Ernesto Peña González  • La Habana

 

La noticia llegó a la fortaleza de San Carlos de La Cabaña cuando el licenciado José María Nerey intentaba sacudir el sopor de su mala siesta. No era un día especialmente bochornoso, pero el licenciado, sentado en su cama, no se decidía entre encender su pipa o humedecerse el rostro. Había despertado de mal talante. Por lo común despertaba de mal talante. Una herencia de familia.

―Adelante ―dijo con cierta brusquedad al escuchar los toques en la puerta.

Se percató de que su voz no vibraba como le era cotidiano, tenía el tono desagradable de los sedientos.

―Adelante ―dijo como queriendo advertir al desconocido que tocaba―: Más valdría que fuese importante.

Desde luego habría odiado a quien franqueara la entrada lo mismo si fuese un soldado que cualquiera de los arcángeles del cielo; porque en el ejercicio de su deber cotidiano, esa mañana ya había interrogado a varios reclusos que se negaban, como todos, a delatar a sus cómplices de correrías. Tendría que insistir en los próximos días, tal vez durante todo el mes, hasta que alguno de los condenados diera indicios de querer colaborar, o hasta que el licenciado, repugnado, advirtiera que se trataba de otra partida de pobres diablos que caían en prisión para encubrir vergüenzas ajenas.

En fin, un sábado detestable de finales de marzo en el que el viento del norte se había ido a paseo y las gotas de sudor se escurrían por las patillas del licenciado hasta su cuello.

Allá abajo, al oeste, separada de la fortaleza por la bahía, la ciudad de La Habana todavía dormitaba su siesta mientras enviaba a Nerey, al siempre fiel licenciado Nerey, los peores de sus hijos.

El motivo por el que no se decidía entre su pipa y el aseo era una vaga pesadilla. Su esposa y su bella hija casadera le sometían a un largo interrogatorio durante el cual el licenciado no podía contestar pregunta alguna porque ignoraba las respuestas; o porque una inexplicable mudez se lo impedía. De modo que estaba intentando recordar las preguntas del sueño cuando escuchó que llamaban a la puerta.

Así que “adelante” y al infierno, que ninguna buena nueva le esperaba.

―El señor alcalde requiere de su presencia, señor ―dijo el soldado que apareció a contraluz en la entrada de la habitación.

El licenciado ordenó al soldado esperar fuera. Luego se aseó. Volvió a sentarse en la cama y encendió su pipa. Dos o tres chupadas le bastaron para entender que perdía el tiempo intentando adivinar el motivo por el cual el alcalde casi le obliga a despertar de su siesta.

Tomó su casaca del respaldo de un sillón y se la puso. Odiaba esa prenda, y mucho más para salir al sol, pero debía usarla delante del alcalde, como un necesario signo de respeto ante la autoridad superior.

Lo único que le gustaba del ardiente suelo por donde caminaba, a solo dos pasos del soldado, era su extensión y la pureza del aire. La fortaleza de San Carlos de la Cabaña era enorme, y si bien hospedaba a unos malditos de la peor ralea, ellos se encontraban tras los barrotes. En cambio, se podía disfrutar del silencio predominante, solo mal logrado por el apacible ulular del viento marítimo y las voces de los mercaderes y cuadrilleros, que llegaban, en sordina, de los puertos, al otro lado de la bahía.

A diferencia de la ciudad, la fortaleza no apestaba, ni aturdía los sentidos, ni manchaba los botines del lodo omnipresente.

Al igual que la fortaleza, Nerey poseía, por contraste, cualidades que no aparecían en sus colegas de oficio. A sus 42 años era el interrogador principal de la prisión política más importante de América; una pieza estimable por el señor don José de Ilincheta, quien fungía, más que como teniente gobernador, como asesor y mano derecha del capitán general, don José de Muro y Salazar, marqués de Someruelos.

Si se manejaba bien, como hasta el momento, Nerey casaría a su bella Fermina con algún oficial de alta graduación; o con un noble, si la suerte le deparaba como premio a sus servicios, la concesión de algún título nobiliario.

Cabía suponer que lo merecería. Había extraído información preciosa a cada enemigo inglés, francés o sedicioso del país desde hacía 12 años; sí, señor, 12 años al servicio de Su Majestad Católica. Cara a cara frente a los más peligrosos, los más extraños, o los más astutos. De oscuro abogaducho de bufete a interrogador principal. Aunque 12 años era tanto tiempo como para sentirse un cautivo más de la prisión, merecedor de solo un día de asueto a la semana y muchos días de malas nuevas. Una de estas malas noticias era la que de seguro le esperaba en la habitación del señor alcalde.

El alcalde de la fortaleza era un sevillano metido en carnes, deudo del capitán general, quien le había colocado en su puesto. Tenía los párpados caídos, lo que le confería una expresión soñolienta, pero nada más conveniente de su taimada ferocidad de cocodrilo. Un depredador que se deslizaba por las más oscuras aguas imitando a un tronco muerto.

―¿Dormía usted? ―dijo al tiempo que servía una copita de vino.

―Ya estaba despierto ―respondió Nerey.

―Es asunto de urgencia... No ignoro que mañana es su día de asueto...

El alcalde alcanzó la copita a Nerey y escanció otra para sí. El licenciado bebió la suya de golpe y de pronto recordó una de las preguntas que su esposa le espetaba en la pesadilla: “¿No merece nuestra Fermina un hombre de bien y laborioso?”

Al licenciado se le erizaron los vellos de la nuca. No habría día de asueto. Una guerra inminente, pensó. Pero de camino a la habitación del señor alcalde no había visto ninguna nave en el horizonte.

―Se trata de una insurrección de negros ―dijo el alcalde como si hablara de un asunto sin importancia―. Hay un señor asesinado, dos niños y un mayoral.

―¿Dos niños? Los negros no se atrev... ―claro que se atreverían, se dijo. Se han atrevido a cosas peores―. ¿Dónde?

―El ingenio Peñas Altas. Fue incendiado. Antes de ayer en la mañana. Los negros continuaron envalentonados hacia el ingenio Trinidad, pero allí las tropas los cercaron y los dispersaron. Se me participó que atraparon a algunos de los cabecillas.

―¿Y las mujeres? ―inquirió Nerey sin coherencia alguna.

Se negaba a aceptar la idea de un motín de desesperados sin escrúpulos en sacrificar niños. ¿Y las mujeres?, disparaba su mente haciendo regresar las imágenes de su esposa e hija.

En el breve lapso en que el alcalde pestañeaba, como si no hubiese entendido la pregunta, Nerey supo que el sopor del día y lo insólito de la novedad le forzaron a violar uno de los principios de su oficio: no revelar emociones.

El alcalde humedeció sus labios en la copita como si hubiese dado un beso breve. Se reprochaba haber omitido que una vez asesinados los hombres del ingenio, la señora María Elena y sus hijas habían sido ultrajadas. Era inútil esconder un elemento tan grave al licenciado, acostumbrado a largos interrogatorios.

―Raptadas y vejadas ―dijo.

Nerey asintió, como si hubiese previsto la respuesta.

―El capitán general ordenó se consiguiera una lista de nombres y un compendio de los designios de los revoltosos ―añadió el alcalde sin dar tiempo a que el licenciado meditara―. Lo antes posible. Se sospecha que no es un simple motín de esclavos.

Ese presentimiento ya formaba parte de los miedos no infundados de la aristocracia. Negros en el cercano Haití que, como perros rabiosos, recorrieron toda la región norte del país, incendiando, matando, ultrajando. Cenizas. Toda una región próspera reducida a cenizas.

―El ingenio Peñas Altas está muy cerca de la ciudad ―añadió el alcalde después de vaciar su copita―, en Guanabo.

Un poco tarde, Nerey cayó en cuenta de que el alcalde tenía en su poder la relación completa de lo ocurrido. No constituía una simple noticia traída por algún funcionario del Gobierno; tal vez se tratara de una carta larga en la que figuraban todos los detalles de la matanza. Tal vez la hubiera recibido desde la mañana, y no se la mostraría al licenciado sino que jugaría a brindarle la información poquito a poco, para delimitar poderes. Un hombre con poder y sin prisas, pero que se aburre, puede incurrir en tales desvaríos. En definitiva Nerey estaba persuadido de que todos los hombres eran locos perturbados, pero que solamente en algunos se evidenciaba tal misterio.

Se arrellanó en su butaca para aceptar el desafío no explícito.

Fragmento de la novela Una biblia perdida de Ernesto Peña González, Letras Cubanas, La Habana, 2010.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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