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La noticia llegó a la
fortaleza de San Carlos
de La Cabaña cuando el
licenciado José María
Nerey intentaba sacudir
el sopor de su mala
siesta. No era un día
especialmente
bochornoso, pero el
licenciado, sentado en
su cama, no se decidía
entre encender su pipa o
humedecerse el rostro.
Había despertado de mal
talante. Por lo común
despertaba de mal
talante. Una herencia de
familia.
―Adelante ―dijo con
cierta brusquedad al
escuchar los toques en
la puerta.
Se percató de que su voz
no vibraba como le era
cotidiano, tenía el tono
desagradable de los
sedientos.
―Adelante ―dijo como
queriendo advertir al
desconocido que tocaba―:
Más valdría que fuese
importante.
Desde luego habría
odiado a quien
franqueara la entrada lo
mismo si fuese un
soldado que cualquiera
de los arcángeles del
cielo; porque en el
ejercicio de su deber
cotidiano, esa mañana ya
había interrogado a
varios reclusos que se
negaban, como todos, a
delatar a sus cómplices
de correrías. Tendría
que insistir en los
próximos días, tal vez
durante todo el mes,
hasta que alguno de los
condenados diera
indicios de querer
colaborar, o hasta que
el licenciado,
repugnado, advirtiera
que se trataba de otra
partida de pobres
diablos que caían en
prisión para encubrir
vergüenzas ajenas.
En fin, un sábado
detestable de finales de
marzo en el que el
viento del norte se
había ido a paseo y las
gotas de sudor se
escurrían por las
patillas del licenciado
hasta su cuello.
Allá abajo, al oeste,
separada de la fortaleza
por la bahía, la ciudad
de La Habana todavía
dormitaba su siesta
mientras enviaba a Nerey, al siempre fiel
licenciado Nerey, los
peores de sus hijos.
El motivo por el que no
se decidía entre su pipa
y el aseo era una vaga
pesadilla. Su esposa y
su bella hija casadera
le sometían a un largo
interrogatorio durante
el cual el licenciado no
podía contestar pregunta
alguna porque ignoraba
las respuestas; o
porque una inexplicable
mudez se lo impedía. De
modo que estaba
intentando recordar las
preguntas del sueño
cuando escuchó que
llamaban a la puerta.
Así que “adelante” y al
infierno, que ninguna
buena nueva le esperaba.
―El señor alcalde
requiere de su
presencia, señor ―dijo
el soldado que apareció
a contraluz en la
entrada de la
habitación.
El licenciado ordenó al
soldado esperar fuera.
Luego se aseó. Volvió a
sentarse en la cama y
encendió su pipa. Dos o
tres chupadas le
bastaron para entender
que perdía el tiempo
intentando adivinar el
motivo por el cual el
alcalde casi le obliga a
despertar de su siesta.
Tomó su casaca del
respaldo de un sillón y
se la puso. Odiaba esa
prenda, y mucho más para
salir al sol, pero debía
usarla delante del
alcalde, como un
necesario signo de
respeto ante la
autoridad superior.
Lo único que le gustaba
del ardiente suelo por
donde caminaba, a solo
dos pasos del soldado,
era su extensión y la
pureza del aire. La
fortaleza de San Carlos
de la Cabaña era enorme,
y si bien hospedaba a
unos malditos de la peor
ralea, ellos se
encontraban tras los
barrotes. En cambio, se
podía disfrutar del
silencio predominante,
solo mal logrado por el
apacible ulular del
viento marítimo y las
voces de los mercaderes
y cuadrilleros, que
llegaban, en sordina, de
los puertos, al otro
lado de la bahía.
A diferencia de la
ciudad, la fortaleza no
apestaba, ni aturdía los
sentidos, ni manchaba
los botines del lodo
omnipresente.
Al igual que la
fortaleza, Nerey poseía,
por contraste,
cualidades que no
aparecían en sus colegas
de oficio. A sus 42 años
era el interrogador
principal de la prisión
política más importante
de América; una pieza
estimable por el señor
don José de Ilincheta,
quien fungía, más que
como teniente
gobernador, como asesor
y mano derecha del
capitán general, don
José de Muro y Salazar,
marqués de Someruelos.
Si se manejaba bien,
como hasta el momento,
Nerey casaría a su bella
Fermina con algún
oficial de alta
graduación; o con un
noble, si la suerte le
deparaba como premio a
sus servicios, la
concesión de algún
título nobiliario.
Cabía suponer que lo
merecería. Había
extraído información
preciosa a cada enemigo
inglés, francés o
sedicioso del país desde
hacía 12 años; sí,
señor, 12 años al
servicio de Su Majestad
Católica. Cara a cara
frente a los más
peligrosos, los más
extraños, o los más
astutos. De oscuro
abogaducho de bufete a
interrogador principal.
Aunque 12 años era tanto
tiempo como para
sentirse un cautivo más
de la prisión, merecedor
de solo un día de asueto
a la semana y muchos
días de malas nuevas.
Una de estas malas
noticias era la que de
seguro le esperaba en
la habitación del señor
alcalde.
El alcalde de la
fortaleza era un
sevillano metido en
carnes, deudo del
capitán general, quien
le había colocado en su
puesto. Tenía los
párpados caídos, lo que
le confería una
expresión soñolienta,
pero nada más
conveniente de su
taimada ferocidad de
cocodrilo. Un depredador
que se deslizaba por las
más oscuras aguas
imitando a un tronco
muerto.
―¿Dormía usted? ―dijo al
tiempo que servía una
copita de vino.
―Ya estaba despierto
―respondió Nerey.
―Es asunto de
urgencia... No ignoro
que mañana es su día de
asueto...
El alcalde alcanzó la
copita a Nerey y
escanció otra para sí.
El licenciado bebió la
suya de golpe y de
pronto recordó una de
las preguntas que su
esposa le espetaba en la
pesadilla: “¿No merece
nuestra Fermina un
hombre de bien y
laborioso?”
Al licenciado se le
erizaron los vellos de
la nuca. No habría día
de asueto. Una guerra
inminente, pensó. Pero
de camino a la
habitación del señor
alcalde no había visto
ninguna nave en el
horizonte.
―Se trata de una
insurrección de negros
―dijo el alcalde como si
hablara de un asunto sin
importancia―. Hay un
señor asesinado, dos
niños y un mayoral.
―¿Dos niños? Los negros
no se atrev... ―claro
que se atreverían, se
dijo. Se han atrevido a
cosas peores―. ¿Dónde?
―El ingenio Peñas Altas.
Fue incendiado. Antes de
ayer en la mañana. Los
negros continuaron
envalentonados hacia el
ingenio Trinidad, pero
allí las tropas los
cercaron y los
dispersaron. Se me
participó que atraparon
a algunos de los
cabecillas.
―¿Y las mujeres?
―inquirió Nerey sin
coherencia alguna.
Se negaba a aceptar la
idea de un motín de
desesperados sin
escrúpulos en sacrificar
niños. ¿Y las mujeres?,
disparaba su mente
haciendo regresar las
imágenes de su esposa e
hija.
En el breve lapso en que
el alcalde pestañeaba,
como si no hubiese
entendido la pregunta,
Nerey supo que el sopor
del día y lo insólito de
la novedad le forzaron a
violar uno de los
principios de su
oficio: no revelar
emociones.
El alcalde humedeció sus
labios en la copita como
si hubiese dado un beso
breve. Se reprochaba
haber omitido que una
vez asesinados los
hombres del ingenio, la
señora María Elena y sus
hijas habían sido
ultrajadas. Era inútil
esconder un elemento
tan grave al licenciado,
acostumbrado a largos
interrogatorios.
―Raptadas y vejadas
―dijo.
Nerey asintió, como si
hubiese previsto la
respuesta.
―El capitán general
ordenó se consiguiera
una lista de nombres y
un compendio de los
designios de los
revoltosos ―añadió el
alcalde sin dar tiempo a
que el licenciado
meditara―. Lo antes
posible. Se sospecha que
no es un simple motín de
esclavos.
Ese presentimiento ya
formaba parte de los
miedos no infundados de
la aristocracia. Negros
en el cercano Haití que,
como perros rabiosos,
recorrieron toda la
región norte del país,
incendiando, matando,
ultrajando. Cenizas.
Toda una región
próspera reducida a
cenizas.
―El ingenio Peñas Altas
está muy cerca de la
ciudad ―añadió el
alcalde después de
vaciar su copita―, en Guanabo.
Un poco tarde, Nerey
cayó en cuenta de que el
alcalde tenía en su
poder la relación
completa de lo ocurrido.
No constituía una
simple noticia traída
por algún funcionario
del Gobierno; tal vez
se tratara de una carta
larga en la que
figuraban todos los
detalles de la matanza.
Tal vez la hubiera
recibido desde la
mañana, y no se la
mostraría al licenciado
sino que jugaría a
brindarle la información
poquito a poco, para
delimitar poderes. Un
hombre con poder y sin
prisas, pero que se
aburre, puede incurrir
en tales desvaríos. En
definitiva Nerey estaba
persuadido de que todos
los hombres eran locos
perturbados, pero que
solamente en algunos se
evidenciaba tal
misterio.
Se arrellanó en su
butaca para aceptar el
desafío no explícito.
Fragmento de la novela
Una biblia perdida
de Ernesto Peña
González, Letras
Cubanas, La Habana,
2010. |