Año IX
La Habana
20 al 26
de NOVIEMBRE 
de 2010

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Arqueología bíblica en tierra non-sancta

Isván Alvarez Herrera • La Habana


Tal vez, como se ha visto suceder tantas veces en libros y películas de descubrimientos y misterios, en los que solo la convicción fervorosa —ya de un soñador adolescente o un erudito arrinconado— logra hallar evidencias de que existen la ciudad perdida, el tesoro mítico, el libro prohibido, el camino hacia el centro de la tierra; tal vez de ese modo se fueron juntando las pistas para que Ernesto Peña González encontrase Una biblia perdida y la trajese hoy a nuestras manos.

Ya una vez alguno de los más advertidos buscadores de misterios cubanos hizo un inventario de reliquias que debieron haber sido salvadas, aun a costa de la vida, en el flotante baúl de un barco hipotético tragado por las aguas: recetas médicas en verso, las pinturas orientales de un poeta, las páginas extraviadas de un diario1 Con ese ojo, con ese mismo lamento, se lanzó Ernesto Peña en la búsqueda del libro ilustrado por José Antonio Aponte: en documentos de archivo, en crónicas de historiadores, en novelas y en sueños halla indicios demasiado sutiles. Pero el proceso de la pesquisa lo va encariñando con los personajes, con el entorno, y aunque la promesa del Libro perdido no deja de imantarlo, él decide escribir la historia de su Autor, no menos velada para la mayoría de nosotros, tan distantes ya del 1800.

El libro dentro del libro

Lo histórico, la conjura para una sublevación de esclavos y de negros y mulatos libres contra el régimen de esclavitud en la colonia española de Cuba, al calor de los recientes sucesos en Saint-Domingue, que fracasó y terminó con la ejecución de los principales cabecillas, es el núcleo desde el que Ernesto expande su poder fabulador.

La novela está estructurada sobre la conducción del proceso legal contra Aponte (uno de los “cabecillas”); el cual es interceptado por la narración de anteriores momentos en su vida y la de su amigo y compañero de conjura, Clemente Chacón, y de escenas relacionadas con la fragua y consumación del levantamiento. En los interrogatorios, donde el licenciado José María Nerey, maestro en las artes del agotamiento psicológico, obtiene revelaciones dudosas, nosotros, lectores confiables, recibimos datos sutiles que incentivarán nuestro interés, y detalladas confesiones de la vida de Aponte, quien así como se negara a quebrarse ante la amenaza y la crueldad, también fue parco en sus revelaciones a la Historia.

A los interrogadores de Aponte les llama poderosamente la atención un hallazgo entre las pertenencias de este, un libro distinto a todos los libros que habían visto o leído, un libro que, según colige el Licenciado Nerey, puede ser la piedra fundamental para lograr la inculpación, y aún más, para lograr una confesión, el ansiado trofeo del Licenciado, ya que según vislumbra, en las páginas de ese libro se revela la trama mental de Aponte, las claves para hallar las fisuras de su constitución. Bien temprano en la páginas del libro de Ernesto, hallamos nosotros la alusión al libro de Aponte; nuestra curiosidad es enseguida espoleada, y se mantiene despierta para lanzarnos de párrafo en párrafo de la novela. “Supongo que ha examinado bien el libro”, le dice Nerey a uno de sus subordinados,

—¿Y bien?

 

—Se trata de un libro sobre la Gloria.

 

—¿La Gloria?

—Los momentos gloriosos de la raza negra (…) El libro está dividido en tres grandes partes. La primera representa la Creación y diversos símbolos zodiacales relacionados con los días de la semana. Al término de esta parte y en toda la segunda aparecen los momentos de gloria de los reyes etíopes y de las Milicias de Morenos Leales de La Habana. (…) La tercera parte representa las maravillas del mundo antiguo y pretende justificar la antigüedad del linaje negro

Aponte, cuando es interrogado, dice otra cosa, le resta importancia a lo que es, ya lo imaginamos nosotros, su fe de vida.

“El libro (…) representaba a figuras históricas y batallas (…) Era una simple historia de la raza negra. Una historia formada a partir de pasajes extraídos aquí y allá de la Biblia y de otros libros (…)”

En la descripción de lo que el libro es, de su paulatina redacción, de su función en la vida y final de Aponte, pero sobre todo de lo que el libro contiene, Ernesto Peña produce escenas de una plasticidad y sensualidad originales, como si atisbara la mano y la mente de Aponte, o sus frutos colocados en el más excelso museo para el disfrute del Arte. Como si las hubiera visto y ahora las posase frente a nosotros, logra convencernos de su real persistencia, haciéndonos sentir culpables por haber ignorado durante demasiado tiempo este testimonio cubano de la belleza.

Los autores

Tras los muros de San Carlos de la Cabaña, Aponte encerrado peleaba contra un régimen que si lo juzgaba según ley como a hombre libre, pensaba castigarlo como a esclavo, contra un interrogador que en un acendrado combate mental llegaba a aquilatarlo como hombre distinto, muy inteligente, pero intentaba humillarlo; contra la desconfianza que se instilaba en los interrogatorios con noticias de supuestas confesiones o delaciones de sus compañeros; contra sus propios presupuestos éticos sobre la forma y los resultados en que se habían producido los acontecimientos que él había contribuido a preparar.

Tras los muros de una fortaleza, o tras los muros de su cabeza, como una piedra dentro de la piedra, o un libro dentro de un libro, los sucesos cruzan imperceptiblemente las fronteras, los sucesos reales se tornan simbólicos, y lo simbólico, real. En el conflicto del guerrero y el artista, del ángel con espada, van y vuelven Ernesto Peña y José Antonio Aponte, y cada uno nos trae su propio e inspirado libro, y su propia y personal contienda.

Ante un lienzo del Maestro José Nicolás de la Escalera, del cual llegaría a ser discípulo, se pregunta Aponte:

“¿Debía tomar refugio en el arte, convertirse en un cimarrón, en un apalencado de la Belleza, el único lugar donde todos los hombres podrían ser iguales?”

Pero muchas veces la belleza distingue, y el camino hacia esa diferencia también resulta arduo de recorrer, también equivale a sostener un filo como almohada.

Aunque dos veces ganador del Premio Literario Fundación de la ciudad de Santa Clara; autor de tres libros de cuentos: La hierba frondosa o Los delirios de grandeza, Museo de Arcángeles caídos e Interior de una casa inexistente; y del poemario Vestigios de Sibaris, Ernesto Peña González es de seguro un desconocido para muchos, incluso, para los hoy reunidos aquí. Así como esta novela Una biblia perdida nos revelará al carpintero-ebanista que apenas ocupaba tres líneas en los libros de la enseñanza general donde la mayoría mal aprende la historia de Cuba, también nos revelará a Ernesto, alguien que ha bebido literatura en todas las aguas, y se ha decantado, y contentado, con el sumo placer de contar. Por una secreta resonancia descubre la oreja de un relato, y comienza a fabular sin proponerse grandes aventuras estilísticas o la declamación de profundas verdades recién descubiertas. Con la certeza de que siendo Historia, es también, y fundamentalmente, invención, en esta historia el autor construye, o nos restituye, un buen pedazo de lectura, con condimentos para lectores horizontales y verticales. Siendo su primera novela editada, para nada es una obra principiante, y en nada revela a un autor principiante —¡aún añeja dos textos extensos en la gaveta!

Intuyo que algunos, aupados por la curiosidad de que premio tan jugoso en nuestro ámbito haya caído en manos tan “inocentes”, se acercarán a la novela para ejercer, además del juico obligado tras cualquier lectura —en un espectro que puede ir desde el simple “me gusta o no me gusta” hasta la carrera doctoral, la ofrenda de una vida o el cesto de basura—, el juicio sobre el acierto o desacierto del jurado a la hora de entregar el premio Alejo Carpentier en esta ocasión. Cualquiera sea este juicio, solo puedo garantizar que Ernesto no saldrá culpable. Desde su Condado natal, donde sin ser conde se esconde, ha trabajado duro, con la certeza de que este oficio al que solo le bastan un lápiz, un papel —y agrego yo, una cabeza como la suya, una fortaleza donde se aherroja al guerrero y al artista— es su único oficio posible, al menos en esta vida. 

Las amistades (peligrosas)

Para uno que conoce el pacto entre Ernesto y la literatura desde hace mucho tiempo, y ha visto cuentos y poemas nacer, crecer y publicarse, esta novela es el afirmarse de una voz en su tesitura. Aunque el modo o el subgénero, el de la novela histórica, sea novedoso en la obra de Ernesto, ya él nos tenía acostumbrados a esos excursos. Pero su pulso de escritor, su estilo, la manera de equilibrar palabras y hacer fluir ideas, y sobre todo las acciones donde estas toman cuerpo para revelar personajes, las formas múltiples en que sufre o se complace lo humano, solo han crecido en potencia, en facilidad. Si bien empezó haciendo cuentos divertidos, donde lo serio y lo ridículo de nuestras vidas contrapuntean con lo ridículo o lo serio de nuestro entorno, para que nazcan la ironía, la curadora revelación de una sonrisa; y después escribió cuentos que penetraban el mundo de naturalezas conflictuadas consigo, de lo sobre y a veces paranatural; y entonces ahora se apega a lo real, distante en el tiempo, pero encumbrado como hito en la ordenación de una identidad y un país, y, por ende, necesitado de un tratamiento debidamente respetuoso, las constantes se mantienen, se hacen cada vez más claras de lo que es, de lo que va siendo la escritura de Ernesto Peña, y de los que han sido, a pesar de los distintos trajes, los cuerpos temáticos de su literatura.

La lucha en el interior de la persona, con sus demonios constitutivos o los que han sido inaceptados por la vivencia —ya sean estos demonios los patrocinadores del miedo racional, del miedo irracional a lo de afuera o a la locura dentro, o el miedo al propio sueño de grandeza y gloria—; las relaciones con los seres amados, padres e hijos, amantes, amigos; la posibilidad de alimentar un proyecto o sueño en condiciones reales adversas donde debe el hombre instrumentarse a sí mismo; estos temas reaparecen en la novela y toman formas inusitadas, como es el caso de la amistad entre Chacón y Aponte, puesta en tela de juicio —y dicho de modo más literal, más histórico, en este caso los términos se confunden— en el telar de un juicio. Sobre Clemente Chacón, en mi opinión delineado y redivivo en la novela con la misma gracia con que lo ha sido Aponte, caen las dudas de haber traicionado a su amigo. Pero ambos, con fe inquebrantable uno en el otro, despistan, entregan menudencias para ganar tiempo a la voracidad de quienes los instigan, pero firmes desde la memoria y la admiración que solo la amistad verdadera sostiene. He aquí la fundamental emoción de esta novela.

A mí hoy solo me toca, más que presentarles un libro y su hombre, ver cumplido un sueño. Siempre he creído en las posibilidades de Ernesto, al margen de los sitios y los galardones donde se afiance su letra. Aunque pedir más es demasiada osadía, aún me atrevería a insinuarles que permitan a este Biblós perdido asaltar el bolsillo de sus corazones.

13 de noviembre de 2010


Nota

[1] Lezama Lima J. Paralelos de la pintura y la poesía en Cuba (siglos XVIII y XIX), en La cantidad hechizada. La Habana, Ediciones Unión, 1970, 145-187.
 

 

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