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Tal vez, como se ha
visto suceder tantas
veces en libros y
películas de
descubrimientos y
misterios, en los que
solo la convicción
fervorosa —ya de un
soñador adolescente o un
erudito arrinconado—
logra hallar evidencias
de que existen la ciudad
perdida, el tesoro
mítico, el libro
prohibido, el camino
hacia el centro de la
tierra; tal vez de ese
modo se fueron juntando
las pistas para que
Ernesto Peña González
encontrase
Una biblia
perdida y la trajese
hoy a nuestras manos.
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Ya una vez alguno de los
más advertidos
buscadores de misterios
cubanos hizo un
inventario de reliquias
que debieron haber sido
salvadas, aun a costa de
la vida, en el flotante
baúl de un barco
hipotético tragado por
las aguas: recetas
médicas en verso, las
pinturas orientales de
un poeta, las páginas
extraviadas de un
diario1…
Con ese ojo, con ese
mismo lamento, se lanzó
Ernesto Peña en la
búsqueda del libro
ilustrado por José
Antonio Aponte: en
documentos de archivo,
en crónicas de
historiadores, en
novelas y en sueños
halla indicios demasiado
sutiles. Pero el proceso
de la pesquisa lo va
encariñando con los
personajes, con el
entorno, y aunque la
promesa del Libro
perdido no deja de
imantarlo, él decide
escribir la historia de
su Autor, no menos
velada para la mayoría
de nosotros, tan
distantes ya del 1800.
El libro dentro del
libro
Lo histórico, la conjura
para una sublevación de
esclavos y de negros y
mulatos libres contra el
régimen de esclavitud en
la colonia española de
Cuba, al calor de los
recientes sucesos en
Saint-Domingue, que
fracasó y terminó con la
ejecución de los
principales cabecillas,
es el núcleo desde el
que Ernesto expande su
poder fabulador.
La novela está
estructurada sobre la
conducción del proceso
legal contra Aponte (uno
de los “cabecillas”); el
cual es interceptado por
la narración de
anteriores momentos en
su vida y la de su amigo
y compañero de conjura,
Clemente Chacón, y de
escenas relacionadas con
la fragua y consumación
del levantamiento. En
los interrogatorios,
donde el licenciado José
María Nerey, maestro en
las artes del
agotamiento psicológico,
obtiene revelaciones
dudosas, nosotros,
lectores confiables,
recibimos datos sutiles
que incentivarán nuestro
interés, y detalladas
confesiones de la vida
de Aponte, quien así
como se negara a
quebrarse ante la
amenaza y la crueldad,
también fue parco en sus
revelaciones a la
Historia.
A los interrogadores de
Aponte les llama
poderosamente la
atención un hallazgo
entre las pertenencias
de este, un libro
distinto a todos los
libros que habían visto
o leído, un libro que,
según colige el
Licenciado Nerey, puede
ser la piedra
fundamental para lograr
la inculpación, y aún
más, para lograr una
confesión, el ansiado
trofeo del Licenciado,
ya que según vislumbra,
en las páginas de ese
libro se revela la trama
mental de Aponte, las
claves para hallar las
fisuras de su
constitución. Bien
temprano en la páginas
del libro de Ernesto,
hallamos nosotros la
alusión al libro de
Aponte; nuestra
curiosidad es enseguida
espoleada, y se mantiene
despierta para lanzarnos
de párrafo en párrafo de
la novela. “Supongo que
ha examinado bien el
libro”, le dice Nerey a
uno de sus subordinados,
—¿Y bien?
—Se trata de un libro
sobre la Gloria.
—¿La Gloria?
—Los momentos gloriosos
de la raza negra (…) El
libro está dividido en
tres grandes partes. La
primera representa la
Creación y diversos
símbolos zodiacales
relacionados con los
días de la semana. Al
término de esta parte y
en toda la segunda
aparecen los momentos de
gloria de los reyes
etíopes y de las
Milicias de Morenos
Leales de La Habana. (…)
La tercera parte
representa las
maravillas del mundo
antiguo y pretende
justificar la antigüedad
del linaje negro
Aponte, cuando es
interrogado, dice otra
cosa, le resta
importancia a lo que es,
ya lo imaginamos
nosotros, su fe de vida.
“El libro (…)
representaba a figuras
históricas y batallas
(…) Era una simple
historia de la raza
negra. Una historia
formada a partir de
pasajes extraídos aquí y
allá de la Biblia y de
otros libros (…)”
En la descripción de lo
que el libro es, de su
paulatina redacción, de
su función en la vida y
final de Aponte, pero
sobre todo de lo que el
libro contiene, Ernesto
Peña produce escenas de
una plasticidad y
sensualidad originales,
como si atisbara la mano
y la mente de Aponte, o
sus frutos colocados en
el más excelso museo
para el disfrute del
Arte. Como si las
hubiera visto y ahora
las posase frente a
nosotros, logra
convencernos de su real
persistencia,
haciéndonos sentir
culpables por haber
ignorado durante
demasiado tiempo este
testimonio cubano de la
belleza.
Los autores
Tras los muros de San
Carlos de la Cabaña,
Aponte encerrado peleaba
contra un régimen que si
lo juzgaba según ley
como a hombre libre,
pensaba castigarlo como
a esclavo, contra un
interrogador que en un
acendrado combate mental
llegaba a aquilatarlo
como hombre distinto,
muy inteligente, pero
intentaba humillarlo;
contra la desconfianza
que se instilaba en los
interrogatorios con
noticias de supuestas
confesiones o delaciones
de sus compañeros;
contra sus propios
presupuestos éticos
sobre la forma y los
resultados en que se
habían producido los
acontecimientos que él
había contribuido a
preparar.
Tras los muros de una
fortaleza, o tras los
muros de su cabeza, como
una piedra dentro de la
piedra, o un libro
dentro de un libro, los
sucesos cruzan
imperceptiblemente las
fronteras, los sucesos
reales se tornan
simbólicos, y lo
simbólico, real. En el
conflicto del guerrero y
el artista, del ángel
con espada, van y
vuelven Ernesto Peña y
José Antonio Aponte, y
cada uno nos trae su
propio e inspirado
libro, y su propia y
personal contienda.
Ante un lienzo del
Maestro José Nicolás de
la Escalera, del cual
llegaría a ser
discípulo, se pregunta
Aponte:
“¿Debía tomar refugio en
el arte, convertirse en
un cimarrón, en un
apalencado de la
Belleza, el único lugar
donde todos los hombres
podrían ser iguales?”
Pero muchas veces la
belleza distingue, y el
camino hacia esa
diferencia también
resulta arduo de
recorrer, también
equivale a sostener un
filo como almohada.
Aunque dos veces ganador
del Premio Literario
Fundación de la ciudad
de Santa Clara; autor de
tres libros de cuentos:
La hierba frondosa o
Los delirios de grandeza,
Museo de Arcángeles
caídos e Interior
de una casa inexistente;
y del poemario
Vestigios de Sibaris,
Ernesto Peña González es
de seguro un desconocido
para muchos, incluso,
para los hoy reunidos
aquí. Así como esta
novela Una biblia
perdida nos revelará
al carpintero-ebanista
que apenas ocupaba tres
líneas en los libros de
la enseñanza general
donde la mayoría mal
aprende la historia de
Cuba, también nos
revelará a Ernesto,
alguien que ha bebido
literatura en todas las
aguas, y se ha
decantado, y contentado,
con el sumo placer de
contar. Por una secreta
resonancia descubre la
oreja de un relato, y
comienza a fabular sin
proponerse grandes
aventuras estilísticas o
la declamación de
profundas verdades
recién descubiertas. Con
la certeza de que siendo
Historia, es también, y
fundamentalmente,
invención, en esta
historia el autor
construye, o nos
restituye, un buen
pedazo de lectura, con
condimentos para
lectores horizontales y
verticales. Siendo su
primera novela editada,
para nada es una obra
principiante, y en nada
revela a un autor
principiante —¡aún añeja
dos textos extensos en
la gaveta!
Intuyo que algunos,
aupados por la
curiosidad de que premio
tan jugoso en nuestro
ámbito haya caído en
manos tan “inocentes”,
se acercarán a la novela
para ejercer, además del
juico obligado tras
cualquier lectura —en un
espectro que puede ir
desde el simple “me
gusta o no me gusta”
hasta la carrera
doctoral, la ofrenda de
una vida o el cesto de
basura—, el juicio sobre
el acierto o desacierto
del jurado a la hora de
entregar el premio Alejo
Carpentier en esta
ocasión. Cualquiera sea
este juicio, solo puedo
garantizar que Ernesto
no saldrá culpable.
Desde su Condado natal,
donde sin ser conde se
esconde, ha trabajado
duro, con la certeza de
que este oficio al que
solo le bastan un lápiz,
un papel —y agrego yo,
una cabeza como la suya,
una fortaleza donde se
aherroja al guerrero y
al artista— es su único
oficio posible, al menos
en esta vida.
Las amistades
(peligrosas)
Para uno que conoce el
pacto entre Ernesto y la
literatura desde hace
mucho tiempo, y ha visto
cuentos y poemas nacer,
crecer y publicarse,
esta novela es el
afirmarse de una voz en
su tesitura. Aunque el
modo o el subgénero, el
de la novela histórica,
sea novedoso en la obra
de Ernesto, ya él nos
tenía acostumbrados a
esos excursos. Pero su
pulso de escritor, su
estilo, la manera de
equilibrar palabras y
hacer fluir ideas, y
sobre todo las acciones
donde estas toman cuerpo
para revelar personajes,
las formas múltiples en
que sufre o se complace
lo humano, solo han
crecido en potencia, en
facilidad. Si bien
empezó haciendo cuentos
divertidos, donde lo
serio y lo ridículo de
nuestras vidas
contrapuntean con lo
ridículo o lo serio de
nuestro entorno, para
que nazcan la ironía, la
curadora revelación de
una sonrisa; y después
escribió cuentos que
penetraban el mundo de
naturalezas
conflictuadas consigo,
de lo sobre y a veces
paranatural; y entonces
ahora se apega a lo
real, distante en el
tiempo, pero encumbrado
como hito en la
ordenación de una
identidad y un país, y,
por ende, necesitado de
un tratamiento
debidamente respetuoso,
las constantes se
mantienen, se hacen cada
vez más claras de lo que
es, de lo que va siendo
la escritura de Ernesto
Peña, y de los que han
sido, a pesar de los
distintos trajes, los
cuerpos temáticos de su
literatura.
La lucha en el interior
de la persona, con sus
demonios constitutivos o
los que han sido
inaceptados por la
vivencia —ya sean estos
demonios los
patrocinadores del miedo
racional, del miedo
irracional a lo de
afuera o a la locura
dentro, o el miedo al
propio sueño de grandeza
y gloria—; las
relaciones con los seres
amados, padres e hijos,
amantes, amigos; la
posibilidad de alimentar
un proyecto o sueño en
condiciones reales
adversas donde debe el
hombre instrumentarse a
sí mismo; estos temas
reaparecen en la novela
y toman formas
inusitadas, como es el
caso de la amistad entre
Chacón y Aponte, puesta
en tela de juicio —y
dicho de modo más
literal, más histórico,
en este caso los
términos se confunden—
en el telar de un
juicio. Sobre Clemente
Chacón, en mi opinión
delineado y redivivo en
la novela con la misma
gracia con que lo ha
sido Aponte, caen las
dudas de haber
traicionado a su amigo.
Pero ambos, con fe
inquebrantable uno en el
otro, despistan,
entregan menudencias
para ganar tiempo a la
voracidad de quienes los
instigan, pero firmes
desde la memoria y la
admiración que solo la
amistad verdadera
sostiene. He aquí la
fundamental emoción de
esta novela.
A mí hoy solo me toca,
más que presentarles un
libro y su hombre, ver
cumplido un sueño.
Siempre he creído en las
posibilidades de
Ernesto, al margen de
los sitios y los
galardones donde se
afiance su letra. Aunque
pedir más es demasiada
osadía, aún me atrevería
a insinuarles que
permitan a este
Biblós perdido
asaltar el bolsillo de
sus corazones.
13 de noviembre de 2010
Nota
Lezama Lima J. Paralelos
de la pintura y la
poesía en Cuba (siglos
XVIII y XIX), en La
cantidad hechizada.
La Habana, Ediciones
Unión, 1970, 145-187.
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