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Rafael de Águila es un
escritor que cuenta
historias-estados,
historias-atmósferas
donde el diálogo
directo, anclado en la
sencillez de un hablar
“en los límites”,
va aludiendo a lo que
ocurre dentro de la
acción, al par que
revela la identidad de
los personajes y el
conflicto ético y
emocional en que se
hallan. Rafael de Águila
escribe relatos que son
situaciones-experimentos.
No es un narrador
clásico ni por asomo, y
el momento más
importante de esas
historias suyas no se
halla en lo que
acontece, sino en una
forma peculiar de
acontecer que solo se
percibe cuando
comprendemos que
“entender” y “vivir” ese
acontecer depende por
completo de las
palabras.
Acabo de describir una
zona de la poética de
sus cuentos, próxima,
por cierto, a una
extrañeza sentimental
que me interesa mucho
como lector. Nunca está
de más, ni estaría mal,
empezar a calificar un
libro por medio de
referencias a algo más
grande y amplio que lo
domina, algo que en todo
caso sería capaz de
sostenerlo, porque en
definitiva los
escritores tenemos cada
uno una genealogía de la
que se alimenta el
fisgoneo de los críticos
y la curiosidad de
algunos lectores
inteligentes, y la
genealogía sirve, al
menos, para demarcar
territorios que van
subrayando nuestra
identidad. Por ejemplo,
Rafael de Águila, lector
de Kafka, Borges,
Cortázar y Virgilio
Piñera —un cuarteto
harto previsible, me
temo— publicó su primer
libro —un envidiable
primer libro titulado
Último viaje con Ariadna—
hace 13 años, y todavía
allí uno puede
distinguir los embriones
de algunas piezas aquí
reunidas, todas
desplazándose —lo diré
así, para que se me
entienda un poco
mejor—desde el asedio
experimental de la
lógica narrativa, al
estacionamiento más
cotidiano, más
inmediato, más de los
compuestos orgánicos
presentes en esa misma
lógica.
Hay un concepto, en
forma de pregunta, que
vuelve a levantarse
después de la lectura de
este libro. La pregunta
es múltiple, versátil, y
tiene que ver con el
lector: para quién
escribimos, por qué lo
hacemos, y, sobre todo,
cuán útil es eso que
inventamos o creemos
inventar mientras
dejamos que la ficción
tome su curso y se
inocule en nosotros
hasta que, llegado el
momento, nos apoderamos
de la destreza y la
competencia necesarias
para convertirla en
escritura.
Uno de los temas
principales de Del
otro lado es esa
sorda tristeza, ya
irreparable, que queda
dentro del sujeto, al
cabo del tiempo, cuando
el sujeto no ha hecho lo
que debía hacer con su
vida, no ha hecho lo que
la vida le indicaba o le
sugería, o no ha tomado
por el camino de una
felicidad arriesgada
—porque para buscar la
felicidad hay que tener
valentía— debido a la
cobardía moral, la
confusión, la tozudez o
los prejuicios. Es
cierto, nos dicen estos
cuentos, que los
imposibles existen, pero
también es cierto que
algunos imposibles
prosperan y florecen
fatídicamente a
posteriori, en el
castigo que nos
sobreviene cuando
abandonamos ciertas
oportunidades que no
regresan jamás. Uno no
puede renunciar, sin
riesgo para la vida, a
ciertas dádivas
imprevistas.
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“Wagner y los cabrones”
apunta hacia la fuerza
ritual del arte frente a
la inminencia de la
muerte, en especial
cuando el arte dibuja
una línea de sucesos
paralela a la línea de
la vida o paralela a
algo crucial que de
pronto es o se convierte
en el sentido de la
vida. “El viento y el
polvo” nos dice, entre
otras cosas, que la
renuncia al sentimiento
del dolor es una salida
demasiado fácil —y a la
larga costosa— frente al
dolor mismo, que por lo
general, en el interior
del sujeto, expresa la
intensidad de eso que
llamamos vivir. Si se
renuncia o se evita el
dolor, algo se pierde.
Por su parte,
“Un perro
y Mozart” al parecer
indica que el amor puede
ocultarse mucho tiempo,
pero cuando el
padecimiento es extremo,
surgen circunstancias
que lo favorecen
—especialmente para ser
enunciado— y lo
transforman en algo
contrario a la muerte o
al deseo de morir o la
tentación de morir.
Si la literatura es la
densidad y la movilidad
trémula de aquello que
únicamente podemos
expresar por medio de un
poema o un cuento o una
novela, entonces vale la
pena entrar en este
libro, una colección de
narraciones que nos
dicen algo casi
impalpable, algo que tal
vez podríamos explicar o
comunicar echando mano
de la filosofía, la
clínica y el mundo de
nuestras emociones. Pero
el hecho cierto es que
estos cuentos son
literarios —la
literatura cubana, como
toda literatura que se
respete, está llena de
cuentos que no son
literarios— porque solo
articulándonos con sus
palabras, sus personajes
y sus hechos sabremos
entender y comprender
qué ocurre en ellos que
no podía ni podría,
solventemente, ser
explicado o dicho o
comunicado de otra
manera. “¿Qué quiso
decir usted con su
novela Malone muere?”,
le preguntaron una
vez a Samuel Beckett.
“Exactamente lo que he
dicho”, contestó.
Si he acudido al
principio de todo, a las
bases de todo, que es
donde hallaremos, sin
duda, nuestra condición
de escritores —o donde
la perderemos si nos
dejamos enredar en
ciertos peligros—, es
porque nunca resulta del
todo ocioso visitar una
y otra vez los
fundamentos de la
escritura literaria. Son
esos fundamentos los que
permiten explorar, en
una fase muy tensa de la
emoción —un pathos
de doble valor o con una
doble pugnacidad—, lo
que le sucede al abuelo
de Beny, expolicía
batistiano que cierta
vez asesinó a un hombre
moribundo en una cárcel
y que ahora yace,
moribundo también, entre
la náusea y el dolor,
víctima del cáncer. En
el trasfondo, un joven,
el nieto, y una chica
que ha sido su novia y
que ahora acepta volver
a él, acto que sí pueden
ejecutar, porque solo la
muerte es irremediable.
Lo demás pertenece, para
bien o para mal, al
reino de la esperanza.
Este libro se entiende
muy bien con textos
episódicos como “Hit and
run”, que declara la
afligida persistencia
del amor en medio de una
despedida crucial; o
como “Las amantes”, que
también indaga en esa
persistencia, pero desde
el ángulo del deseo,
cuando el deseo es la
otra cara del rechazo; o
como “El cielo gris de
Asimov”, que ensambla lo
patético con lo risible
y nos recuerda que la
disolución de la mente
es la disolución del
cuerpo.
De pronto, me ha
parecido —aunque quizá
se trate de un
espejismo— que Rafael de
Águila tiene dos maneras
de contar. Una,
ostensible en los
relatos de más empaque
conceptual, donde
alcanza a inquirir con
audacia dentro de la
emoción, de acuerdo con
lo que sucede, por
ejemplo, en “Wagner y
los cabrones”. La otra
está como bordada por la
locuacidad de los
personajes y el
narrador, y se expresa
en una escritura
dialogante y que se
entrega a cierto
automatismo que no deja
de subrayar, sin
embargo, la prestancia
extraña de ciertos
contactos humanos, como
ocurre en “Escarabajos
en un terrario”, un
relato que termina justo
cuando la fiesta de
cumpleaños empieza a
metamorfosearse en algo
más.
Todos estos personajes
quedan seducidos por la
visión o la entrevisión
de una libertad personal
que tienen a su alcance
y que les resulta
problemática. Sin
embargo, ¿cuándo no es
la libertad un asunto
problemático? Y si ellos
la entienden así, en
situaciones decisivas,
¿cuándo no es ella,
además, una cuestión de
las palabras y su
posibilidad de
discernimiento y captura
del mundo interior, el
propio y el ajeno? Así
pasa, de cierta manera,
en un relato expansivo a
despecho de su
claustrofobia factual,
“Generales y doctores”,
donde hay un elevador
que se traba y donde el
pensamiento vuela.
Me gustaría añadir que
Rafael de Águila cultiva
con sobriedad el ingenio
de sus personajes, vale
decir, su propio
ingenio. Porque para
escribir historias que
deben mucho a un estado
narrativo, ficcional, de
la enumeración caótica,
que es un recurso
minimalista, más próximo
al poema que a la épica
de los hechos, hay que
tener ingenio.
“Carpe diem” es un
cuento que podría
articularse muy bien con
“Un perro y Mozart”. Los
dos tolerarían una
acreditada calificación:
son cuentos de amor. A
pesar de la fealdad del
mundo, de la estrechez
del paisaje humano, del
padecimiento social, de
la esclerosis de las
utopías, de las penurias
morales, la belleza y el
amor y la densidad del
sentimiento están al
alcance de la mano, y si
una chica sugestiva te
invita, ahora que ya no
eres tan joven, a
acariciar su sexo e irte
con ella a la playa a
esperar la salida del
sol, a cambio de que la
enseñes a escribir, lo
mejor, si estás cuerdo,
es que te vayas con ella
sin pensarlo mucho,
aunque de pronto
aparezcan los
guardafronteras y te
digan que no puedes
estar ahí, echado en la
arena, pensando en tu
destino.
El libro de Rafael de
Águila termina con un
allegro vivace —lo
que él denomina coda,
titulada “Inicio de
viaje”. No sé si fue
Jorge Luis Borges quien
dijo que todo hombre
tenía la responsabilidad
de ser feliz o de
construir algo parecido
a su felicidad. Los
personajes de este
último cuento se
entregan precisamente a
eso, construyen la
ficción de un viaje por
la Isla, una ficción más
o menos verosímil, más o
menos hacedera, y la
imaginan mientras tienen
un sexo cálido y
encrespado por medio del
cual aplazan, sin
embargo, el viaje. Y,
como en casi todas las
demás historias que
Rafael de Águila ha
incluido en Del otro
lado, una quimera
interior, un deseo
imaginable en la vigilia
de una búsqueda o una
tendencia instintiva
hacia la elaboración de
cosas que restauren la
noción de felicidad o el
sentido del acto de
vivir, se
constituyen en la marca
de sus personajes, el
eje que los atraviesa y
sostiene.
Este es, a mi modo de
ver, un libro placentero
y estimulante. Ojalá
también lo sea para
ustedes.
Muchas gracias.
Nota:
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