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El teatro como
representación, como
espectáculo, es una
nueva realidad que se
ofrece a unos
espectadores para lograr
una estrecha y
productiva comunicación
entre el escenario y la
platea. Esa es una
comunicación que parte
de un aquí y un ahora
concretos y que vemos
desarrollarse ante
nosotros, impulsándonos
a relacionarnos con
ella, ya como simple
disfrute o como
posibilidad de
reflexión, siempre
imbuidos por una magia
que despliega la escena
hacia nosotros. Magia
que es bien diferente a
la del cine, pues este
nos sumerge
absolutamente en la
historia y los
personajes para que los
asimilemos como verdad
incuestionable; sin
embargo la magia del
teatro es muy sui
generis: es el
encanto en que nos
transportamos ante algo
que nos cautiva, pero
que, al mismo tiempo, no
deja de alertarnos de
que estamos ante una
representación. Por
ejemplo, cuando la gran
Alicia Alonso
personificaba a la
adolescente aldeana
Giselle contando más de
70 años, el teatro nos
envolvía en la magia de
aceptar plenamente
aquella excepcional
transfiguración; sin
embargo, por el realismo
total que nutre al cine
con su implacable Primer
Plano, sería
absolutamente imposible
experimentar ese estado
de magia. Esa es una
gran ventaja que posee
el teatro. Pues ahora
―pensando en Voltaire
que decía: “Definidme
primero los términos que
empleáis”―, me atrevería
a precisar una
definición, no sin el
temor de parecer
intransigente: El teatro
es una recreación de la
realidad que al
realizarse ante nosotros
nos permite influir en
ella a partir de
nuestras reacciones; y,
al mismo tiempo, como
experiencia colectiva,
nos brinda la
posibilidad de
establecer contacto con
las impresiones de los
otros convocados, en
medio de un estado de
magia envolvente.
Escribo obras de teatro
porque mediante ellas
puedo crear seres
humanos. Transfigurarme
en ellos es una
experiencia
extraordinaria que me
llena de múltiples
existencias. En mi
trabajo dramatúrgico
siempre he partido del
personaje. Esta
selección convierte al
escritor en un ser
verdaderamente
esquizoide, dividido y
multiplicado en diversas
personalidades, por lo
que es algo
decididamente angustioso
y muy perturbador. Pero
no hay alternativa.
Imaginamos los
personajes y luego estos
nos poseen; entonces nos
convertimos en ellos
para después sacarlos de
nosotros en la medida en
que los trasladamos a la
página en blanco. Su
alumbramiento definitivo
es el acontecimiento más
importante que suele
sucedernos. Y como por
lo general —salvo cuando
escribimos monólogos— el
parto es múltiple,
quedamos exhaustos. En
realidad son más que
hijos, pues esos guardan
zonas de vida a las que
no hay acceso, mientras
que los personajes no
pueden ocultarnos nada.
El creador de estos
seres, al convertirse en
una suerte de esponja
que va absorbiendo de
cada persona conocida
rasgos de carácter,
expresiones, reacciones,
problemas, termina por
poseer su propio y
contundente arsenal, a
manera de gran zoológico
humano. He creado
“tipos” y “caracteres”
porque he escrito muchas
farsas y algunos dramas,
y en cada caso la
convivencia ha sido de
manera distinta. Con los
“tipos”, por
impresiones, tratando de
aislar sus rasgos
distintivos a partir de
una premeditada voluntad
de síntesis. En cambio,
con los “caracteres” la
posesión ha sido siempre
más larga y detenida, y
el modelo real de
inspiración lo ha
conformado un mosaico de
diversas personas
interesantes, hacinadas
en mi archivo de
referencias. Claro que
esas criaturas pueden
surgir como ancianos,
personas adultas o
adolescentes o niños,
entonces concebirlos
cuesta prácticamente el
conocimiento de todas
sus vivencias anteriores
e, incluso, las futuras.
Una vez que conocemos a
nuestros personajes
sucederá algo muy
curioso y pirandelliano:
mientras más logramos
controlarlos, más
independientes se hacen
y hasta llegan a
guiarnos y
autodefenderse.
¡Enigmática paradoja!
Resulta muy divertido,
por otra parte, saber
que podemos conocer más
de nuestros personajes
que lo que un ser humano
lograría descubrir sobre
sí mismo. Esto lo
posibilita otra paradoja
de la creación, pues
estando tan
comprometidos con ellos,
al mismo tiempo
ejercemos una distancia
crítica para juzgarlos y
para determinar las
causas de sus acciones y
hasta los vericuetos de
su subconsciente. Pero
lo cierto es que ellos
también tienen sus
ventajas: nada de la
construcción dramática
les es ajeno, hasta el
tono y el ritmo. ¿Acaso
los personajes de
comedia no tienden a ser
ridículos y de ahí el
tono de irrisión del
género? ¿No se nutre lo
trágico del tono grave
de sus protagonistas? Y
con el ritmo sucede algo
similar. Esos personajes
pasivos o cerebrales,
¿no propician un ritmo
muy especial? ¿Y de
dónde proceden esos
ritmos vertiginosos,
sino de las
provocaciones de
personajes violentos y
dinámicos? De la
contraposición de
personajes con ritmos
internos diferentes he
logrado efectos muy
dramáticos. Para mí los
personajes son el centro
irradiante, y no dudo en
asumirlos,
decididamente, como la
clave de mi creación.
Mis vínculos con el
teatro comenzaron cuando
tenía 12 años. A
principios de 1956, mi
madre me había
matriculado en la
Sección de Teatro
Infantil de la Academia
Municipal de Artes
Dramáticas en el Vedado.
Poco tiempo después ella
me llevó a dos
presentaciones teatrales
que dejaron en mí una
honda huella. Por suerte
no se trataba de teatro
de títeres, ni guiñol.
Nada de eso. Dos dramas
para gente bien adulta.
En la pequeña, pero muy
acogedora sala teatral
del Palacio de Bellas
Artes, el único niño en
el público era yo,
gracias a la valentía de
mi madre. En ambas obras
trabajaban dos
estupendas actrices
españolas que fueron muy
importantes para el
teatro cubano. Una de
ellas la extraordinaria
Adela Escartín, que
centralizó la vida
teatral cubana durante
dos décadas, llegada de
Nueva York donde había
sido alumna preferida de
la gran Estela Adler, y
recientemente fallecida
en Madrid. Ella actuaba
en una pieza cubana
Un color para este miedo,
y según recuerdo todo el
tiempo de la obra se la
pasaba acostada en una
cama desde la que hacía
las más insólitas
maniobras. Un alarde
único de movimiento
justificado por la
histeria y la angustia
del personaje, y por
otro lado aquella voz
magnífica con una tan
peculiar manera de
decir, lo dejaba a uno
sin aliento. Me uní al
final de la
representación a unos
enfebrecidos aplausos
que agradecían aquel
derroche de
histrionismo.
La otra actriz fue Ana
Lasalle, también
española y procedente de
Argentina; murió en
Cuba, ya anciana.
Gracias a ella amé por
primera vez a
Doña Rosita la soltera.
Su interpretación fue
tan perfecta que todos
estábamos fascinados. ¡Y
lucía tan bella y
esplendorosa al inicio
de la obra cuando
reclamaba su sombrilla…!
La escena de las tres
Manolas me arrebató.
Recuerdo que al final de
la función corrí hacia
el borde del escenario
para aplaudir. La actriz
me miró, y con un alegre
entusiasmo me dijo
“¡Así, pequeño, así se
hace!” Yo tenía diez u
11 años y aquellas dos
actrices y aquellas
piezas bastaron para que
amara el teatro para
siempre. No recuerdo con
exactitud mi primera
lectura teatral. Desde
niño vi muchas obras:
Santa Juana,
Bodas de Sangre,
La oscuridad al final
de la escalera,
Esperando al zurdo,
La ramera respetuosa,
Panorama desde el
puente y muchas
otras de grandes
autores, y una
considerable muestra de
piezas cubanas. Como se
dará cuenta, mi
conocimiento de la
literatura dramática era
por vía de las
representaciones y
disfruté mucho todos
aquellos títulos. Tal
vez las primeras obras
que leí ya después de
haber estrenado mis dos
farsas iniciales Las
pericas y
El palacio de los
cartones, a los 15
años, fueron comedias de
Molière y algunas de las
obras maestras de
Brecht. La creación de
personajes y el humor en
el primero y el sentido
espectacular en el
segundo llamaron
poderosamente mi
atención.
El estreno de mi obra
La chacota en el
teatro más popular de La
Habana, el Martí (1973),
fue sumamente importante
para mí. Ver por primera
vez un teatro de más de
800 lunetas repleto
diariamente durante
varios meses fue un
experiencia inolvidable;
también lo fue la
presencia en el elenco
de una actriz
maravillosa, Margot de
Armas, que hizo una
creación adorable de mi
personaje central:
Lolita; y junto a ella
el extraordinario Adolfo
Llauradó en el personaje
de Rodolfo. Otro
baluarte de aquella
estupenda puesta en
escena de Modesto
Centeno fue la
escenografía
poderosamente realista
del patio central de una
casa de vecindad, creada
por el más importante de
nuestros escenógrafos:
Eduardo Arrocha. Esta
puesta fue muy
importante porque me
permitió constatar que
podía relacionarme
perfectamente con un
público masivo y
popular. La chacota
fue el espectáculo más
taquillero de la década
de los 70 en Cuba.
Después de esta comedia
costumbrista tuve otras
importantes experiencias
con el gran público.
Pienso fundamentalmente
en tres títulos de
amplia aceptación
popular: Una casa
colonial (1981),
Confesión en el barrio
chino (1983),
Vivir en Santa Fe
(1986), y El hombre
más codiciado del mundo
(2005), todas estrenadas
en teatros de amplias
localidades.
Si tuviera que indicar
puntos indispensables a
los que debe responder
como arte una obra
dramatúrgica, preferiría
hablar de cinco puntos
como presencias
fundamentales en la
creación dramatúrgica,
que los llamo “Los cinco
sentidos del drama”.
Ellos son: la
Contraposición, el
Avance, el Ritmo, la
Síntesis y la
Duración. Paso a
explicarlos. El término
Contraposición es muy
abarcador y se refiere
tanto a las
contradicciones, los
conflictos, como a las
pequeñas diferencias y
las oposiciones no
conflictuales, pero que
alimentan lo dramático,
es decir, la acción. No
puede haber acción sin
contraposiciones que
ofrecen vida y
movimiento. Esta
contraposición debiera
estar presente en todos
los componentes del
drama, desde la
conformación de los
personajes hasta las
situaciones, los
diálogos, las
atmósferas. El oficio me
ha enseñado que sin
elementos de
contraposición no hay
drama, no hay sustancia.
El sentido del Avance es
el relacionado con la
Progresión, toda
estructura dramatúrgica
ha de progresar hacia un
momento de alta
significación lo que se
le ha dado en llamar
Clímax. Si una historia,
unos personajes, unas
situaciones, etc., no
avanzan o se
profundizan, el interés
del espectador se
detiene pues se deja de
tener una comunicación
productiva con la
historia. Los mayores
enemigos del avance son
la estaticidad y las
reiteraciones. El Ritmo
juega un papel
determinante en el
tiempo, en el aumento o
disminución de la
intensidad dramática y
del interés del
espectador; contraponer
ritmos es darle vida a
nuestra historia,
fluidez y personalidad.
Hay que tener conciencia
y propiciar que en una
obra dramatúrgica tiende
a haber diversos tipos
de ritmos: el del
personaje protagónico,
el de los otros, el de
las situaciones, el del
diálogo, etc. También
los diferentes estilos
tienen en sí mismos
diferentes ritmos;
también está el ritmo
distintivo del creador
que forma entonces parte
del estilo. Por ejemplo,
no es lo mismo el ritmo
general de un filme de
Antonioni que el de
Fellini.
Una herramienta básica
de la producción
dramatúrgica es la
Síntesis; ella nos lleva
a la brevedad, a la
concentración, a
despojar y despejar la
acción de todo aquello
que no sea necesario.
Pone a prueba nuestra
capacidad de
distanciarnos
críticamente de nuestro
trabajo para someterlo
al rigor de la
selección. La síntesis
debe ser aplicada como
recurso utilizable
preferentemente al
término del trabajo para
que no sea mutilante,
sino esclarecedora.
Llegamos así al que
considero el quinto
punto indispensable en
una obra dramatúrgica:
La Duración. Su uso
permite dominar la
medida exacta en el
desarrollo de una
acción, ni pasarnos ni
quedarnos cortos. La
defino como el tiempo
necesario para
desarrollar una acción.
La duración nos remite a
medida y proporción. Se
relaciona estrechamente
con el ritmo y aunque no
nace de él, se
desarrolla al menos en
una forma rítmica.
A pesar de que llevo 50
años escribiendo dramas,
confieso que no he
logrado hasta el
presente tener un método
de creación. Soy muy
anárquico para comenzar
una escritura. Por lo
general parto de algunas
palabras de un
determinado personaje,
tiendo a repetirlas
durante varios días y de
pronto, no sé por qué
misterio, empieza a
aparecer la futura
estructura. El acto de
creación es algo
inexplicable; algo muy
angustioso y vivificante
al mismo tiempo, pero es
ante todo un acto de
pasión; la razón no
juega un papel guiador
en una primera etapa del
trabajo; por eso no hago
un “recurso del método”.
Son los personajes con
sus personalidades los
que me aportan tonos,
estilos y géneros.
Siempre he preferido los
personajes raros,
insólitos, con historias
también impredecibles y
en este ámbito es casi
inevitable que se
mezclen lo patético y lo
irrisorio, lo grave y lo
ridículo, lo cómico y
hasta lo trágico. Esta
última y perturbadora
combinación creo haberla
apresado en
Confesión en el barrio
chino. En cuanto a
los llamados géneros
dramáticos ya no los
tomo en cuenta, pues
cada vez más todo se
mezcla: un “todo vale”
como señalara el querido
dramaturgo argentino
Osvaldo Dragún con
respecto a mis primeras
piezas. Los géneros
dramáticos puros se
encuentran solo en las
obras que les dieron
origen. Pretender
seguirlos para nuestra
dramaturgia actual sería
anacrónico y
verdaderamente poco
comunicativo para el
espectador de hoy. Como
me dejo llevar por los
personajes y sus
historias nunca he
poseído un estilo
predominante o
caracterizador. A veces
un lector no avisado
puede considerar que
algunas de mis piezas
son de autores
diferentes. Y eso me
complace. Creo que desde
Edwin Piscator para acá
los autores estamos a
expensas de la voluntad
del director de cambiar
el original. Ya no
existen los directores a
lo Stanislawski, que era
capaz de ponerse
totalmente al servicio
de la dramaturgia de un
Chejov o un Gorki, y no
por ello dejar de hacer
puestas en escena
personales y
trascendentes. Muchos
autores han preferido
comenzar a dirigir sus
propias obras para
evitarse esa tiranía
inconformista del
director. Una gran
mayoría de directores de
teatro parten a
priori de una
especie de
obligatoriedad de no
estar plenamente
conformes con el texto
escogido para entonces,
a partir de él,
canalizar sus
preocupaciones temáticas
o estéticas. En algunos
casos creo que estamos
en presencia de
dramaturgos frustrados.
Yo, por ejemplo, como
soy un dramaturgo
realizado, he dirigido
piezas de autores
contemporáneos sin
alterar nada del
original, pues sé
valorar lo que escojo.
No tengo necesidad de
hacer versiones para
destacarme como
dramaturgo, pues para
eso, escribo mis propias
obras. Me han agregado
hasta textos o me han
cambiado escenas sin
consultarme. Si son
directores del mismo
país de uno, esto es
inaceptable y muy
cercano a la insolencia;
si son directores de
otros países, pues no
puedes hacer nada, y
solo deseas que tengan
éxito y que por lo menos
tu nombre esté en los
créditos.
A la primera puesta en
España de mi obra Las
pericas, a finales
de los 70, el director
le escribió un prólogo
estilo brechtiano, donde
las viejas locas
explicaban sus
condicionantes sociales
y económicas. ¡Un
verdadero disparate,
para una farsa de humor
negro!; pero era el
fruto, mal digerido, de
una moda brechtiana.
Nunca hicieron el menor
esfuerzo de localizarme.
Me enteré después de
terminadas las
funciones, por cierto
con mucho éxito. En mi
propio país para la
traslación de una de mis
obras al cine de la
televisión, el director
cambió el título sin mi
autorización.
Afortunadamente lo supe
unos días antes de su
première y conté con
el auxilio de una tenaz
abogada. Tuvieron que
filmar nuevamente el
crédito con mi título:
Una casa colonial.
Hay una ley de Derecho
de Autor que te defiende
frente a indisciplinas
como estas. Tiendo a
ser celoso con mi texto
cuando se trata de un
estreno mundial. Ahí sí
prefiero que no se
altere nada de la pieza
sin mi consentimiento;
pues quiero que se dé a
conocer por vez primera
tal y como la concebí.
Una vez que hay otras
puestas es inteligente
ser flexible. Lo que
agradecería siempre, y
rara vez sucede, es que
se me consultara sobre
los cambios que se
deseen hacer. Una
relación armónica entre
el autor y el director
es muy aconsejable y
tranquilizadora para
ambas partes. Buñuel
decía: “el director y el
guionista, he ahí el
binomio”. Lo ideal sería
que la concepción
estética del director
coincidiera con la del
autor.
Siempre he disfrutado
aplaudir el éxito ajeno
cuando es merecido. Pues
de igual manera me
complace recibir
críticas favorables de
periodistas que no estén
obligados a ello por
amistad o
condescendencia. Las
críticas mal
intencionadas de los
envidiosos no me
alteran, pues siempre me
siento muy por encima de
esas pequeñeces humanas.
Escribió Agustín de
Rojas Villandrando en su
maravilloso libro
Viaje entretenido,
refiriéndose al
teatro, en una deliciosa
cuarteta:
Contentar a tantos
gustos
y dar gusto a tanta
gente
que no hay trabajo en
el mundo
que pueda igualarse a
este.
La aceptación unánime de
público y crítica es
algo muy eventual. Tuve
la satisfacción de
lograrla en 1981 con
Una casa colonial.
La crítica es el
ejercicio del criterio y
no hay por qué
desestimarla y mucho
menos rechazarla. Tanto
la visión especializada
y avispada de un
especialista, como la
comunicación y entrega
no comprometida de un
público abierto y
desprejuiciado, tienen
idéntico valor y en
muchas ocasiones pueden,
incluso, complementarse.
Prefiero siempre un
público inteligente,
sagaz y bien expresivo.
Tanto para el público
teatral como para el
lector de teatro hay una
primera y esencial
recomendación: que
disfruten la obra.
¿Quién podría negar la
necesidad del teatro
para la vida humana, por
siglos sustentada?
Siempre que haya vida
habrá teatro, pues el
teatro es eso, Vida. |